Capítulo 3. La ética del trabajo.A. Ruiz Reteguic) EL NACIMIENTO DE LA FILOSOFIA DEL TRABAJO La conciencia de que es el mundo mismo el que se va configurando con la acción humana se irá desarrollando a lo largo del siglo XVIII, que podría llamarse el siglo de la Historia. Lo que en un principio se presentaba como una simple inversión de acción y contemplación, va calando en todos los niveles de autocompresión del hombre, que desde diversas perspectivas se ve como resultado de su propia acción. El siglo XVIII es también el siglo en que se ponen las bases del idealismo transcendental con Kant, Schelling y sobre todo Fichte. Con estos dos elementos -el economicismo que alcanza su culmen en Adam Smith, por una parte, y el idealismo transcendental por otro- Hegel elabora lo que podríamos llamar la primera gran filosofía del trabajo, en el más amplio sentido. El intento de Hegel es reconquistar las dimensiones de la acción humana -facere y agere- que había señalado Aristóteles. Pero, a la vista del carácter no natural y fijo de la estructura del mundo humano, trata de dar cuenta de la importancia que tiene el producto de su acción para el hombre mismo. Si el trabajo humano produce cosas que quedan fuera, el hombre se aliena en ese trabajo. Por esto la articulación entre facere y agere no puede ser, ni la meramente instrumental, ni tampoco la articulación moral, pues, para Hegel en ambos casos el hombre quedaría alienado en su trabajo al perder definitivamente la forma que da a su obra. En esta perspectiva, las realizaciones de la actividad humana ya no son vistas como simples productos del trabajo del hombre, sino como manifestaciones peculiares de un "espíritu" -entendido como totalidad histórica- al que también el mismo hombre debe su propia existencia determinada: cada hombre es "hijo de su tiempo", es decir es un producto, no de unas condiciones naturales de esencia ahistórica, sino de una mentalidad, de unas costumbres, de una educación, que lo hacen esencialmente punto de condensación peculiar del espíritu (la palabra espíritu significa totalidad histórica). Pero la doctrina hegeliana no tiene importancia sólo como momento de la historia de la filosofía, sino también en la determinación concreta de la historia a través de su decisiva influencia en Marx. La izquierda hegeliana y en concreto Karl Marx llevará a cabo una interpretación del pensamiento hegeliano que supone una transformación de la dialéctica de Hegel al ámbito de la actividad trabajadora, de la intervención del hombre en la naturaleza, que es vista como la realidad configuradora real del mundo. Cualquier otra dimensión de la existencia humana es reducida literalmente a epifenómenos de las relaciones de producción. Para Marx, la Historia, única ciencia reconocida, es el hacerse del hombre por el hombre, por medio del trabajo; y el hombre no es más que el parto de la Historia, es decir el producto de un proceso en el que lo realmente determinante ha sido la satisfacción de las necesidades inmediatas a través de la actuación en la naturaleza. Aunque tanto Hegel como Marx presentan sus reflexiones como explicación total de la realidad, los límites de su planteamiento son muy graves. Tienen el mérito de haber descubierto aspectos ignorados, y de haber afrontado problemas estrictamente nuevos, pero en la medida en que se dejan embriagar por la novedad de lo descubierto, sus doctrinas son necesariamente parciales, y, en tanto que elevan su perspectiva a criterio absoluto y reducen todas las otras dimensiones a epifenómenos o derivaciones de sus postulados, sus doctrinas son distorsionantes y falsas. En esa perspectiva, la persona humana queda literalmente disuelta en la colectividad; no se puede reconocer ningún aspecto, ni ninguna dimensión, ni ningún espacio de la persona que no sea función de las relaciones sociales. Y, por supuesto, si el hombre es disuelto como simple momento del devenir, la naturaleza humana queda aun más disuelta en una total falta de significación propia. En el mundo no pueden encontrarse, desde esa perspectiva, significaciones propias; es reino de una facticidad muda y neutra, simplemente sometida al dominio económico o productivo del hombre. Si "todo fluye" es inútil tratar de encontrar significados supuestamente derivados de una naturaleza permanente, que resulten interpelantes para la acción humana. No puede reconocerse algo así como una "norma natural", o "ley natural". Tampoco tendría sentido la búsqueda de una organización de la pluralidad humana a partir de "lo que el hombre es". La perspectiva historicista y sus estructuras El cambio inicial tiene lugar cuando en vez de sentirse el hombre situado en un mundo estable, pasa a sentirse situado en medio de un mundo en el que todos los elementos van cambiando. Cuando, por el desarrollo de la técnica, los objetos que el hombre ha construido y que configuran su mundo -desde la ciudades y las casas, las ordenaciones legales y los planes de estudios, hasta los objetos de uso más menudo y cotidiano, como la pluma o la máquina de afeitar- son constantemente sustituidos por "otros mejores". Este fenómeno, que ha tenido lugar desde siempre, era tan lento que, hasta hace poco, los cambios no eran particularmente sensibles en el espacio de una vida humana. Sin embargo, desde hace unas décadas, la capacidad de perfeccionamiento técnico es tan abrumadora que la mayoría de las cosas que usamos ceden rápidamente su lugar a otras. Ya no tenemos un mundo configurado por realidades estables, sino por industrias o procesos que nos proporcionan constantemente otros objetos. La durabilidad ya no es una cualidad deseable, pues supondría un obstáculo para la renovación. El famoso Volkswagen hace unos años se anunciaba como un coche capaz de andar casi sin límite de kilómetros: aún se estaba en la perspectiva del mundo constituido por objetos durables. Sin embargo, desde hace una década se ha dejado de hacer. Lo que se pretende es que los objetos de uso cumplan su función cada vez más perfectamente y estén prontos a ser sustituidos por los nuevos productos en cuanto sean elaborados. El desarrollo técnico induce un mundo constituído por objetos de "usar y tirar". Los actuales relojes de circuitos impresos constituyen un ejemplo típico. Su exactitud, y, por tanto, la capacidad de cumplir su función es mucho más elevada que la de los más costosos relojes antiguos. Pero ya no es concebible que, como antaño, un padre deje en herencia a su hijo el reloj. Si, al principio de este capítulo, decíamos que hay una distinción entre las actividades o trabajos humanos por los que el hombre atiende a las necesidades de la vida y no deja nada tras de sí más que el mismo proceso de la vida, y aquellas actividades por las que el hombre fabrica cosas pretendidamente durables, hemos de decir que esta distinción tiende a ser disuelta por la técnica. Los objetos ya no son pretendidamente durables y cada vez se parecen más a los metabolitos. Aunque no cabe duda de las ventajas que la técnica ha proporcionado a la vida humana, estamos ya muy lejos de la adoración del trabajo productivo que era característica de los comienzos del desarrollo científico y técnico. Las reservas frente al ilimitado desarrollo de la técnica no surgen únicamente de los miedos nuevos que invaden al hombre ante las sobrecogedoras capacidades destructivas o manipuladoras que la técnica va ofreciendo. Ese es su aspecto más elemental. La cuestión no nace sólo de los productos peligrosos que la técnica permite fabricar, sino de la técnica misma en cuanto se alza como configuradora fundamental del mundo. Lo que se cuestiona es si un mundo tan configurado por el trabajo es verdaderamente humano, o, si más bien, la adoración del trabajo, la pasión por el trabajo no puede situarnos en un entorno que se vuelva contra el hombre. No se trata, evidentemente, de añorar la idílica existencia campestre, sino de señalar los límites humanos de esa laboriosidad, sin descanso y sin contemplación, sin reposo junto a alguna trascendencia. Ciertamente, no todo en nuestro mundo actual está sometido al dominio de la técnica. Aún hay muchas cosas estables en el ámbito de nuestra existencia. Pero la cuestión no es lo que hay de permanente, sino la mentalidad de cambio, de mejora, de progreso, que induce el llamativo "usar y tirar" de tantas cosas. Es la mentalidad según lo cual lo nuevo es bueno y lo antiguo es malo. La institución del "best seller" es una muestra de cómo, aun en el ámbito de la literatura, las creaciones tienen una vigencia muy reducida, casi como los periódicos. Algo similar podría decirse de la música: ya no se trata de crear "otra" música, además de la que compusieron hace años. También aquí el cambio es más profundo. Quizá todavía se dice de algunas composiciones que "quedarán". Pero la inmensa mayoría de las producciones musicales están sometidas a la misma ley del metabolismo total; se consumen durante unos meses y después ya queda anticuada, pierde vigencia y otras ocuparán su puesto. Esta perspectiva tiene el valor positivo de mostrar algunas características reales de la condición humana que no habían sido advertidas o señaladas en explicaciones intelectuales anteriores, pero tienen, como decíamos, la limitación de su parcialidad, y cuando inspiran una organización humana, es decir, cuando alcanzan una vigencia práctica, su parcialidad se convierte en falsedad que falsea, es decir, maltrata la propia realidad humana. Riesgos de la sociedad configurada por el trabajo Podemos señalar dos características negativas del mundo configurado según la visión omnideterminante del trabajo. La primera es que la sociedad se hace consumista, es una sociedad de consumo. Con esta expresión no se trata solo de denominar una sociedad constituida por personas que en sí mismas sean derrochadoras y no tengan la virtud de la templanza. El alcance de esa expresión es más hondo. Se trata de una sociedad, de un mundo humano, en el que las realidades que lo constituyen ya no son objetos estables destinados a ser usados de un modo duradero, sino objetos de durabilidad breve respecto a la vida de la persona; por tanto, son objetos que podrían denominarse de consumo. Lo característico de este mundo es que esa poca durabilidad de las cosas no se debe a defectos involuntarios en su elaboración, sino, como hemos visto ya, se debe a la estructura misma del sistema de la primacía del trabajo, de la actividad productiva cada vez más plenamente dominadora. El consumo, la renovación de sus objetos de uso, por parte de las personas, viene a ser un requerimiento del sistema producido por la perfección material creciente. Si las personas que viven en esa sociedad adoptasen una actitud "ahorrativa" y pusieran los medios para conservar lo más posible sus objetos de uso, el sistema productivo se colapsaría. Esta situación da lugar a un tipo humano cada vez más lleno de necesidades. Los sistemas de propaganda se han afinado para engendrar necesidad de los nuevos productos más perfeccionados, de modo que, si faltan, la vida parezca desprovista de elementos fundamentales. La sociedad de consumo engendra hombres perennemente insatisfechos. Es indudable que en esta sociedad, el hombre dispone cada vez de más instrumentos para hacer lo que quiera. Pero es justamente el carácter instrumental de los productos lo que puede resultar obstáculo para dar una valoración humana a esa sociedad. En efecto, puede afirmarse, que los instrumentos no son de suyo ni malos ni buenos, y que, en la medida en que permiten al hombre alcanzar sus objetivos con menos resistencia material, son buenos. La cuestión es que no se trata sólo de una situación en la que el hombre tiene mejores instrumentos, es decir, no se trata de comparar situaciones en las que los instrumentos son precarios, con otras en las que los instrumentos están más perfeccionados, sino de valorar una situación en que los instrumentos van siendo progresivamente mejorados. Entonces se advierte que, junto a la ampliación progresiva de intervenciones del hombre, se dan también otros efectos, que no es seguro que hagan al mundo más humano. Además de las necesidades crecientes, se induce en el hombre una actitud de confianza en el dominio total de los procesos materiales de la naturaleza, de modo que para todas las limitaciones y dolores que se encuentran en la vida casi se exige la solución por vía del dominio científico-técnico. La primacía de la acción sobre la contemplación se traduce enseguida en una preeminencia de la actitud intervencionista respecto a la actitud de la búsqueda del sentido de los fenómenos naturales. En ningún ámbito de la vida se muestra tan claramente el carácter corruptor de esa inversión como en el cambio de actitud respecto al dolor. Desde siempre trató el hombre de encontrar el modo de mitigar sus dolores. Pero esa búsqueda no era obstáculo para encontrar un sentido al dolor mismo. Actualmente, el dolor es casi exclusivamente un desencadenante de la lucha del hombre por eliminarlo. El dolor en sí mismo ha dejado de ser un misterio ligado estrechamente al misterio mismo del hombre y ha pasado a ser una perturbación técnica que ha de ser tratada técnicamente por los expertos. Ciertamente esta actitud ha conducido a progresos valiosísimos en la Medicina, pero ha dejado, o corre el riesgo de dejar, al hombre literalmente indefenso ante el dolor inevitable. El crispado recurso a psicofármacos en casos donde lo que se necesita es ejercicio de virtudes, y los casos cada vez más frecuentes de suicidios por causas objetivamente nimias tienen raíces comunes en la unilateral confianza en el dominio total del hombre sobre la naturaleza. La sociedad de consumo es una sociedad destemplada que confía siempre más en la ayuda que a la vida humana pueden prestar los artefactos, y se aparta consiguientemente del cultivo de aquellas dimensiones vitales en las que la técnica puede prestar menos ayuda. La sociedad de consumo es una sociedad superficial, sensual, trepidante y aburrida. Si el desarrollo de la técnica es válido, lo es como correctivo de la situación en la que el hombre era impedido para vivir humanamente por factores materiales. Pero cuando la técnica llega a configurar de modo decisivo la sociedad, los correctivos que se necesitan son mucho más poderosos, y quizá dolorosos. Además de aburrimiento y crispación, la febril sociedad consumista da lugar a un extrañamiento del hombre respecto de su trabajo, como no había existido nunca, y para el que, además, no es fácil vislumbrar soluciones. En efecto, la producción de artefactos funcionalmente cada vez más perfectos supone una complejidad en el proceso productor que es difícilmente abarcable con una sola mirada. Más aun, dada la matematización de muchos de los problemas de investigación básica, se ha llegado a la paradójica situación en que muchas de las cosas que hace el hombre no las entiende nadie. Las Matemáticas permiten proyectar gran parte de los problemas técnicos sobre una base operativa de extraordinaria eficacia, pero que, aunque permita operar, enseguida se convierte en algo no inteligible: las Matemáticas, al principio son una ayuda para elaborar con rapidez y precisión procesos conceptuales, pero cuando empiezan a desarrollarse según sus leyes propias, dan lugar, enseguida, a operaciones que no son conceptualizables, y la técnica se le escapa al hombre de las manos. Se hace problema "dominar el propio dominio". Esta es la segunda característica negativa del mundo configurado por la técnica. La complejidad del proceso de producción de esos productos tan sofisticados, requiere que cada uno de los que intervienen realice sólo una mínima parte, desconociendo en la práctica lo que realizan los otros que también intervienen en el mismo proceso. La complejidad de lo que exige ser realizado por varias, o quizás muchísimas, personas podría quizá ayudar a formar la conciencia de estar trabajando en equipo, pero en la práctica esa pretensión resulta excesiva, pues supondría que cada uno de los que intervienen alcanza la totalidad y es capaz de entender su trabajo precisamente como parte de un proceso cuyo sentido reconoce y hace propio. Eso es una pretensión antropológica excesiva y, además, resulta contraria a la propia tendencia del proceso donde, por la fragmentación en pasos cada vez más pequeños, lo que se requiere de cada uno de los que trabajan en él es tan simple que, como advirtió agudamente Marx, conduce a la anulación de la diferencia entre trabajo diestro y trabajo inhábil. Esta fragmentación del trabajo no es sólo debida a la complejidad del producto pretendido, sino a la búsqueda de la productividad. En esto coinciden los análisis de Adam Smith y Karl Marx: la productividad se debe a la división del trabajo más que al trabajo mismo. La primacía del trabajo en la consideración de la sociedad, conduce a considerar la sociedad humana como una organización laboral, es decir, como el artificio racional para articular la, convivencia, de modo que los trabajadores confluyan en su labor para producir más y mejor. Esa sería una articulación mecánica que hace de la política una técnica y de la sociedad un edificio constituido según el modelo de las construcciones técnicas, en las que cada uno de los elementos es ajeno al conjunto, encontrándose integrado en él sólo por factores extrínsecos. Es posible que el empeño por superar las dificultades inherentes a este sistema social sea muy difícil. Quizá la clave de todos estos problemas esté precisamente en la importancia que se le ha dado al trabajo productivo. Aunque se disfrace de la necesidad imperiosa de "crear bienes", la organización social basada en ese trabajo descansa sobre el tremendo error de considerar al hombre sólo como un ser que trabaja, o destinado al trabajo. Esta idea es estrictamente moderna, y, en los términos en que viene planteado hoy, es ajena a la visión cristiana del hombre. Anterior Siguiente Indice
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