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Capítulo 2. La Ciencia y la fundamentación de la Etica.

Parte II: La pluralidad humana

A. Ruiz Retegui

f) LEY MORAL Y CONCIENCIA

La condición personal del hombre lo hace un ser único e irrepetible. Pero así como la creación no se opone sino que se compone con la generación, así también la condición personal no se opone a la condición de individuo de la especie humana. Más aun, como hemos visto, la propia condición personal incluye la dimensión de relación con otras personas.

Esta peculiaridad de la pluralidad humana es la que está en la base del fenómeno que ahora vamos a considerar, que es la naturaleza de las leyes que "miden" la condición personal.

En principio puede parecer paradójico que se hable de leyes que midan a las personas en cuanto tales. Unas tales leyes deberían ser normas universales que regularan los casos que se encuentran bajo ellas. Efectivamente existen estas leyes de la persona en cuanto tal. El que Dios cree a cada persona contando con la generación nos permite hablar de un proyecto divino sobre el hombre, en universal, pues en el designio creador divino, la vida humana de cada persona no ha sido querida aislada o independiente, sino vida de persona entre personas: "no es bueno que el hombre esté solo". Al crear individualmente a cada persona, Dios ama a esa persona con un "amor único", es decir, la ama "por su nombre". Pero al componer esa creación con la generación, Dios constituye al hombre en condición plural, ama a la familia humana de personas únicas y a la vez iguales. La "igualdad" de esos seres únicos que son las personas es ciertamente una igualdad sumamente peculiar. Su medida es la ley del hombre en cuanto tal.

Evidentemente, en cuanto ser material o en cuanto a los aspectos no personales, la persona humana es medida por leyes universales. Las leyes físicas o químicas regulan la realidad humana del mismo modo que regulan a los otros seres. En cuanto "pesada", la persona humana tiene una ley que la hace caso concreto de la ley de la gravedad.

La ley del hombre en cuanto tal, es decir, la que regula su comportamiento como persona y marca las exigencias de su ser personal es, como hemos mostrado en el capítulo precedente, la ley moral.

Ciertamente la ley moral es universal, pues expresa las exigencias del cumplimiento de la persona en su verdad según el designio creador. Pero esa ley no puede ser de una universalidad idéntica a la de, por ejemplo, las leyes físicas que miden inmediatamente los casos concretos. Esta es la peculiaridad de la ley moral que la distingue de cualquier otro tipo de leyes.

La ley moral regula a la persona a través de la conciencia, que es el órgano en que las leyes universales del hombre, en cuanto tal, se personalizan.

Personalizar las leyes morales no es únicamente interiorizarlas, como si la diferencia entre las leyes morales y las leyes físicas fuese únicamente que aquellas se cumplen con conocimiento. La personalización de la ley supone que la ley moral universalmente válida se expresa en exigencias que tienen tonalidades personales, y que pueden imperar actos concretos distintos.

Por supuesto, si consideramos las leyes morales negativas, es decir, aquellas que prohíben actos inhumanos, su contenido es unívoco y, aquí, personalización equivale prácticamente a interiorización. Pero el contenido de las leyes morales es más amplio que la mera prohibición de los actos malos. La ley moral es imperativa de los actos positivos de la virtud, y aquí el ejercicio de la virtud puede expresarse en actos distintos. Maximiliano Kolbe realizó un imperativo de caridad al ofrecer su vida por un padre de familia. Ese acto fue un heroísmo de caridad. Pero también pudo ser acto de caridad el dejarse sustituir. No pueden determinarse materialmente todas las exigencias positivas de las virtudes en actos concretos. Esa es la tarea de la conciencia. La conciencia personaliza la ley universal, y por eso puede decirse que la conciencia es el órgano de la vocación personal. Ahí, y no sólo en la llamada universal de las leyes morales, es donde resuena la llamada de Dios a cada persona en el curso de su vida.

Si la conciencia fuera sólo el órgano de la interiorización de la ley, su formación consistiría en el conocimiento teórico de las leyes universales y, quizá, en el fortalecimiento de la voluntad para cumplirlas. Pero el que la conciencia sea el órgano de la personalización de la ley implica que su formación necesite, además del suficiente conocimiento teórico de las normas morales universales, finura interior o connaturalidad con los valores morales y con el sentido de llamada concreta de Dios que tiene el deber moral. Esta connaturalidad se consigue con el trato frecuente y fiel con los valores morales y con la orientación de buenos maestros.


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