Capítulo 2. La Ciencia y la fundamentación de la Etica.Parte II: La pluralidad humanaA. Ruiz Retegui c) RELACION ENTRE PERSONA E INDIVIDUO En cuanto engendrado por sus padres, la persona humana participa con ellos en la condición humana, es decir, tiene su misma naturaleza en sentido específico, y, por tanto, es susceptible de ser considerado un individuo de la especie humana, en el que se cumplen las leyes universales de la esencia del hombre. De este modo es medido por esas leyes y su existencia puede considerarse regulada por las consideraciones generales de la antropología. En cuanto resultado de un acto creador, la persona trasciende su condición de individuo de la especie y se constituye en un ser único, inédito, irrepetible y dotado de dignidad absoluta: es un bien absoluto. Todo el misterio de la condición humana radica en la tensión entre esos dos polos: su condición de individuo y su condición personal. Por ser individuo de la especie, el hombre singular es un trozo de naturaleza. La generación, que materialmente está regulada por leyes comunes al resto del mundo material, ha constituido su unidad orgánica con unos elementos que antes estaban dispersos por el mundo y que volverían a estarlo después de la muerte. Si la persona fuese sólo engendrada y no creada, podría considerarse como un momento, singular pero transitorio, de la corriente vital o dinámica que atraviesa toda la materia. El hombre, al pertenecer a la cadena de las generaciones, no es sólo indivíduo de especie, sino que está incluido en los procesos materiales transidos de las fuerzas que mueven la materia. No rara vez las personas experimentamos también psicológicamente nuestra pertenencia a una especie de caos tumultuoso de fuerzas telúricas de pasiones y fuerzas vitales ciegas que se encuentran en el devenir del mundo. Nos experimentamos materia entre materia, pero no sólo materia física, sino materia transida de energías, como un punto en que se condensan las energías del caos tumultuoso de fuerzas y pasiones ciegas e interpersonales. Lo que Nietzsche llamó dionisíaco tiene su ocasión o su apoyo en esta dimensión nuestra. También el llamado "ecologismo" extremo, que propugna la total inmersión del hombre en la naturaleza, tiene este mismo punto de soporte. Pero la persona no es sólo engendrada, no es sólo un punto de turbulencia, transitoriamente estable, en el río vital del universo. Nietzsche era coherente: si se niega a Dios lo dionisíaco, pasional, irracional, ha de ser lo dominante, más aun, lo único. Por ser resultado de una llamada del Amor Creador, la persona se constituye en un todo, en una unidad perfectamente diferenciada, llamada a una relación directa con el Dios personal. La condición personal, resultado de su condición de criatura, evita que el hombre singular caiga en el caos indiferenciado de una corriente vital ciega, y lo hace connatural con la respuesta libre, clara, lúcida: lo constituye en sujeto de responsabilidad indeclinable ante el Amor Creador. Esta dimensión no coincide exactamente con lo "apolíneo" nietzscheano, porque Nietzsche no podía entender bien la condición personal, desde su perspectiva crispada y polémicamente atea. Quizá nadie como R.M. Rilke en sus "Elegías de Duino" ha expresado la fuerza de esa tensión entre el caos y la claridad personal, entre las fuerzas elementales de la pasión vital y la libertadpersonal del amor, entre la pertenencia al "dios-río de la sangre" y la llamada de la "clara estrella", entre la naturaleza bruta y la persona. Pero la relación entre esos dos polos no es de oposición, y quizá aquí está el más grave error de apreciación del genial poeta. No es una dialéctica entre el bien y el mal, entre lo "escondido y culpable" y lo "claro e inocente" porque generación y creación no se componen dialécticamente. No son los momentos negativo y positivo de una dialéctica que dé origen al hombre. En el hombre no se mezclan materia mala, obra de la negatividad, y espíritu bueno, creación del Dios Amor. Esas resonancias dualistas son una tentación constante, pero no son cristianas. La creación, que es llamada de la persona a Dios, es una bendición divina sobre la generación que la convierte en procreación. Más aun, toda la realidad del mundo es resultado del designio divino de crear al hombre; porque el hombre es la única criatura de este mundo que ha sido querida por sí misma, todas las demás criaturas, todo el flujo vital que traspasa el universo depende, es fruto, del designio divino que llama a las personas. La llamada creadora no accede a una materia extraña. Los padres engendran, tienen esa capacidad porque Dios se la ha concedido en vista de su designio creador. Por esto, aunque los padres dispongan, en virtud de su capacidad generativa una materia que antes estuvo dispersa, la persona engendrada es toda ella creada, es decir, toda ella, en todas sus dimensiones, es resultado de una llamada y por eso todas las dimensiones humanas están intrínsecamente dirigidas a Dios. Las consecuencias de esta peculiar composición entre creación y generación son amplísimas, y aquí sólo podemos apuntar esquemáticamente algunas. Anterior Siguiente Indice
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