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Capítulo 2. La Ciencia y la fundamentación de la Etica.

Parte II: La pluralidad humana

A. Ruiz Retegui

a) LA CONDICION PLURAL DEL HOMBRE

En el capítulo precedente, sobre la fundamentación de la moralidad humana, aunque hemos hablado ocasionalmente de las tradiciones culturales, de la sociedad, etc., el objeto central de las consideraciones era el hombre tomado en general o, más exactamente, en universal; es decir hemos tratado de aquellas propiedades, cualidades y leyes que se encuentran en todos los hombres; por eso hemos tratado de asuntos esenciales -pertenecientes a la esencia-, y, por lo tanto, hablamos del hombre en singular porque en esa perspectiva la esencia humana es una.

Esto es en cierto modo lógico, pues un estudio intelectual que tiene la pretensión de explicar el fenómeno humano no puede ser un inventario de descripciones de casos concretos, sino una búsqueda de las leyes y propiedades universales que siendo la medida de los casos los trascienden. Tampoco la Ciencia se ocupa de los casos concretos individuales: su investigación se dirige a encontrar las leyes y determinaciones universales que permiten entender ordenadamente los hechos singulares. A la Física no le interesa si tal o cual objeto ha caído como consecuencia de su peso, por grande o importante que pueda ser su masa. La Física se interesa por las leyes universales, por ejemplo, la ley de la gravedad. Si hay cosas singulares interesantes para la Ciencia son aquellas que sirven como experimento y prueba de las leyes universales.

No obstante, el puro estudio esencial del hombre es insuficiente, porque cada uno es objeto, como hemos dicho, de un acto creador singular y explícito por parte de Dios, y por esto no puede ser considerado un simple caso de leyes generales. La dignidad absoluta de la persona humana, y la creación explícita de cada una en que esa dignidad se funda, exige ampliar nuestras consideraciones a las peculiaridades, absolutamente propias, que tiene la pluralidad humana.

Ciertamente la pluralidad humana permite establecer leyes universales y consideraciones generales válidas para todos los hombres: es posible la ciencia antropológica, en su sentido más amplio. Pero si detuviéramos nuestras consideraciones en este nivel nos veríamos abocados a riesgos gravísimos en la valoración de las personas. De hecho, afirmar que el hombre ha sido querido por sí mismo por parte de Dios no parece significar de inmediato que cada persona sea absolutamente digna: la posibilidad de separar el valor del hombre y el valor de cada persona es real y no ha sido infrecuente a largo de la historia, especialmente en el dominio del pensamiento abstracto y racionalista de los últimos siglos. La afirmación de que Dios ha querido al hombre por sí mismo podría entenderse en el sentido de que lo querido por sí mismo ha sido la especie humana, o el hombre en universal. En ese caso la persona, irreductible, singular e irrepetible, quedaría reducida a un caso, a un individuo de la especie humana. La situación sería parecida al caso de una obra literaria extraordinariamente valiosa, con ediciones de miles de ejemplares. El valor de cada uno de esos ejemplares, aunque depende y participa del valor de la creación literaria en cuestión, no se identifica con él. Esa creación artística existe evidentemente sólo en esos ejemplares, y si todos se destruyen la obra literaria se pierde. No obstante, sin que suponga ningún desprecio para ella, de algunos ejemplares puede prescindirse. Más aun, si por valorarla tanto se la quiere presentar cuidadosamente impresa, los ejemplares con detalles defectuosos se destruyen. No faltan ejemplos, en los últimos siglos, de ideologías que han triturado personas humanas precisamente a título de amor al hombre. Por supuesto que la ambición y la ferocidad humana han violado muchas veces en la historia la dignidad de las personas: lo paradójico es que las más crueles violaciones de la historia reciente hayan tenido lugar en nombre de amor a la humanidad. Lógicamente, cuanto más en abstracto y en universal se considere al hombre, tanto menos será valorada la persona singular y mayor será el riesgo de esas violaciones. De hecho, la experiencia demuestra que las más fuertes violaciones de la dignidad personal han tenido lugar en el seno de sociedades dominadas por ideologías colectivistas y universalizantes. En este sentido, el cientifismo es uno de los mayores riesgos.

Por esto, una consideración de lo humano que pretenda hacer justicia a la persona debe tomar en cuenta que la "pluralidad humana tiene el doble carácter de igualdad y distinción". Si los hombres no fueran iguales no tendría siquiera sentido hablar de pluralidad, y consecuentemente no sería posible ninguna ciencia antropológica: los hombres no podrían entenderse, no podrían explicar sus razones, sus conductas, sus proyectos, ante los demás con la pretensión de ser comprendidos. Pero si los hombres no fueran distintos, no tendría sentido hablar de dignidad absoluta de la persona: bastaría hablar de individuos, es decir, de casos concretos de humanidad. La distinción irreductible entre persona e individuo se expresa en lenguaje ordinario en la distinción entre las preguntas por el qué es y por el quién es. El qué es se responde con una enumeración de cualidades o propiedades universales, es decir, de notas que se pueden encontrar en otras personas, y que por eso se expresan con nombres comunes. El quién es se refiere a la irrepetible realidad personal y es cuestión que sólo puede responderse por el nombre propio o similares. Cuando tratamos de explicar discursivamente quién es una persona determinada, es decir, cuando tratamos de darla a conocer, nos vemos enseguida diciendo propiedades y cualidades que inevitablemente pueden estar presentes en muchas otras personas, y por esto permanecemos en el terreno del qué es, sin acceder nunca a decir quién es. Por tupida que podamos hacer la malla de cualidades con que busquemos expresar a la persona, ésta se nos escapa siempre. Hay una distinción insalvable entre el saber qué es alguien y saber quién es. El jefe de personal de una gran empresa puede estar muy documentado sobre qué es cada uno de sus obreros, pero sólo quien trata personalmente a alguien puede saber quién es, aunque no tenga un conocimiento tan pormenorizado de sus propiedades. El contacto directo en la conducta y la conversación con la persona singular es absolutamente insustituible por el más completo "informe personal".

Esta distinción entre el quién es y el qué es, tiende a difuminarse en le ámbito del pensamiento racionalista y universalizante. Sin embargo, esa distinción era la clave de la filosofía política clásica, donde la afirmación de la libertad personal se concebía ante todo como la capacidad para realizar "gestas" personales, acciones de suficiente amplitud como para mostrar a la persona en su singularidad irrepetible. La areté de los griegos -palabra que ha sido ambiguamente traducida por virtud- no era propiamente una cualidad moral positiva, sino algo previo: la fuerza humana personal para realizar gestas inéditas y así mostrar la propia excelencia personal. A esto apunta un ciertouso actual de la palabra héroe, en el sentido de protagonista -no necesariamente "heroico"- de una historia o novela que muestra su realidad única e irrepetible.

La persona humana no puede ser conocida adecuadamente a través de propiedades universales, porque esas propiedades son necesariamente parte, y la persona trasciende en su unidad a la suma de esas parte. La persona puede ser conocida, o con el trato personal, o a través de la narración de historias. Los informes objetivos dicen demasiado y a la vez demasiado poco: dicen demasiado qué es, pero nunca quién es. Por esto las personas se sienten vulneradas -y lo son realmente- cuando se les aplican de modo automático leyes generales; en cambio "todas la penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas" (Isak Dinesen).

El conocimiento de la persona se sustrae así a la ley general de nuestro conocimiento científico especulativo, que es siempre un intento por desanudar los numerosos cabos de cualidades que se mezclan en el caso de la existencia personal.

El ámbito donde la persona se encuentra más firmemente asentada sobre su fundamento ontológico -y no sólo su origen empírico- es el hogar, donde se sabe querida por sí misma, y no por sus cualidades y logros, que, por grandes que fueran, la harían sustituible por otra: el único terreno firme para su existencia es el ámbito del amor. Sólo en ese ámbito puede hundir sus raíces la existencia personal y extraer energías para su vida propia, libre e inédita. Las leyes y determinaciones universales, por justas y equitativas que sean, no pueden por sí solas constituir un espacio adecuado para la vida personal, no pueden ser más que determinaciones de frontera para la vida. Lógicamente, en la medida en que la leyes sean más pormenorizadas y determinantes, fuerzan la homogenización de las conductas personales, dificultando, o quizá impidiendo, la realización de lo que tienen de más propio. La pluralidad humana se nos presenta así como la extraña pluralidad de seres únicos e irrepetibles.


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