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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 23. Manipulaciones de la reproducción humana.

N. López Moratalla

a) SENTIDO BIOLOGICO DEL SEXO Y SEXUALIDAD HUMANA

Como comenta A. del Amo -comunicación oral-, "sorprende verificar que el modo de reproducción normal y universal -desde los seres más inferiores hasta los más organizados- sea la reproducción sexual, siendo así que este modo de reproducción nos aparece como un sistema complicado, poco económico, sobre todo en las plantas y animales acuáticos en los que la fecundación es externa, y el encuentro de los gametos de los progenitores es muy aleatorio. Especialmente si se compara con la multiplicación asexual que nos aparece como una reproducción extremadamente sencilla y eficaz: un fragmento del cuerpo se convierte en un nuevo individuo.

El sentido biológico del sexo parece bastante claro. Mientras la reproducción asexual origina descendientes genéticamente idénticos, la reproducción sexual da origen a una descendencia genéticamente heterogénea. Esta heterogeneidad supone, de una parte, la existencia de diferencias individuales entre los individuos pertenecientes a cada especie, lo que se puede llamar la personalidad biológica de cada individuo. Al mismo tiempo, se aumenta así la probabilidad de que algunos individuos tengan una dotación genética que les haga aptos para sobrevivir en nuevas condiciones ambientales, sin que se corra el peligro de la desaparición de la especie. De modo que, si la vida se ha abierto paso en el tiempo a pesar de numerosos cambios ambientales, no solo de ambiente físico sino también biológico, ha sido gracias a la existencia de la reproducción sexual, gracias a la existencia del sexo. Y por otra parte si la vida se ha diversificado en el espacio, se ha debido también a la reproducción sexual. En efecto, al aumentar el número de individuos y expandirse el área de distribución de una especie, inevitablemente acabará alcanzando áreas con ambientes distintos del originario.

El sexo es, pues, un rasgo biológico al servicio de la propagación de la vida. Este es su sentido biológico".

En los animales hay instintos que hacen eficaz la reproducción sexual, al asegurar la relación entre individuos de sexos diferentes, por lo que biológicamente esta atracción se ordena igualmente a la reproducción. Es más, esta atracción sexual entre animales, se produce exclusivamente en determinados periodos de tiempo -generalmente con carácter cíclico- que coinciden precisamente con los momentos en que es posible fisiológicamente la fecundación; es lógico, ya que si la atracción sexual está al servicio de la reproducción aquella tenga lugar cuando ésta se puede dar; si se eliminara del reino animal esta atracción, las especies se extinguirían. Así pués, biológicamente el sexo y la atracción sexual se ordenan y están íntimamente ligados a la reproducción.

La sexualidad en el hombre tiene un significado propio y profundo, es una dimensión humana, expresión de donación. En el hombre, por su perfecta unidad de cuerpo y espíritu no hay nada que sea solamente anímico, ni tampoco nada de él es por completo reducible a lo meramente biológico e instintivo. El cuerpo es la expresión de la persona y la sexualidad humana no es, por tanto, algo solamente del cuerpo, biológico exclusivamente, como ocurre en los animales, sino del hombre en su totalidad y de este modo está al servicio de la más importante pasión humana, que es el amor, la donación al otro.

La atracción sexual en el hombre presenta en relación al mero instinto sexual de los animales unas diferencias fundamentales. Ya en el nivel más biológico no está la atracción sexual humana ligada al tiempo cíclico de la fertilidad femenina, como ocurre hasta en los más evolucionados de los primates, ni tiene el automatismo característico del instinto, sino que es modelable plenamente por la racionalidad. El hombre, con la luz de su inteligencia, descubre los valores y el significado de lo que está inscrito en su propia naturaleza y puede de esta manera desarrollar su personalidad humana, integrando de forma armónica y congruente todas sus dimensiones.

La sexualidad humana integra todo aquello que se inserta en la biología, pero, al mismo tiempo, la sobrepasa; y la sobrepasa en cuanto que es expresión de una donación completa, de toda la persona, de todo lo que se es, al otro; en este sentido, decíamos antes, está al servicio del amor, del darse plenamente a una persona del otro sexo.

Cada una de las personas humanas está marcada por la sexualidad. En el sexo -masculino o femenino- radican las notas más características que le constituyen como hombre o como mujer, tanto en el plano biológico como en el psicológico y en el espiritual, de tal forma que es uno de los factores principales que le caracterizan, es parte integrante de su personalidad. Pero la corporeidad y la sexualidad no se identifican por completo; aunque en su constitución normal el cuerpo humano lleva todos los caracteres sexuales específicos y sea, por tanto, hombre o mujer; sin embargo, el que sea cuerpo forma parte de la persona humana, más profundamente que el hecho de serlo en versión femenina o masculina. Esto supone el que, aun siendo la sexualidad parte integrante de la personalidad, no significa que la actividad sexual sea necesaria para que la vida humana se realice plenamente. De hecho esa plenitud se alcanza también en la continencia. Ahora bien, por el contrario, para que la actividad sexual sea plenamente humana, sea conforme a la dignidad de la persona, requiere no estar al margen del dominio que la razón ha de tener sobre los apetitos, requiere una realización de acuerdo con la verdad del hombre.

Como señala A. Ruiz Retegui -cfr. capítulo 16- nuestra condición sexuada es verdaderamente decisiva; la sexualidad no es una dimensión insignificante o accesoria del hombre, pues es justamente por el ejercicio de esa facultad que está unida a la condición humana "dividida" en hombres y mujeres, por lo que se inicia nuestra existencia. Existimos justamente como fruto del amor de nuestros padres. Es por la sexualidad, por esa dimensión de la persona humana, por lo que nuestros padres se han hecho partícipes del amor de Dios. Esto es muy grande y desde luego encierra un gran misterio porque significa que los padres disponen de la materia que ha de ser informada por el alma. Cuando Dios crea a cada persona lo hace no El solo, sino que se apoya en la capacidad generadora que tienen los padres en virtud de la sexualidad. Esto, a la vez que nos da una muestra o una razón de la trascendencia de la sexualidad, sitúa su posición dentro de la condición humana; la sexualidad -la masculinidad o la feminidad- se inscribe en el hombre justamente para ésto, es decir, en orden a la participación en el poder creador de Dios.

Es dimensión de la persona, no es mero mecanismo biológico de reproducción de organismos. Nada en el hombre es pura biología y la sexualidad, menos. Como es dimensión personal para que cada persona -hombre o mujer- pueda participar en ese poder creador del amor de Dios, lo que inscribe en el hombre es una capacidad de cooperar con el Amor Creador y esa capacidad deberá tener por lo tanto la categoría de signo del Amor Creador: lo que va a participar con el Amor Creador debe parecerse, debe participar no solo en su eficacia sino en su propia estructura eficiente; por esto la sexualidad inscribe en el hombre una estructura de donación. Esta estructura de donación es bastante peculiar y no es la única estructura de donación que hay en el hombre. Hay otra más radical -por estar llamado a Dios en cuanto persona única e irrepetible- que es capacidad de querer, de darse; por esta capacidad el hombre puede darse a muchos como un maestro puede darse a muchos discípulos, o un médico a muchos enfermos, etc.; en este caso la donación a uno no impide la donación a otro ya que se da en cuanto persona y de suyo no incluye donarse con la corporalidad, aunque, por ejemplo, por amor a un amigo se entrege sangre o se entregue un riñón. Sin embargo, la estructura de donación que inscribe en la persona la sexualidad es una donación en su singularidad que incluye esencialmente la entrega de su dimensión corporal, la entrega del cuerpo en su estructura fecunda. Al ser el cuerpo principio de su singularidad hace que la donación que es de suyo personal, sea potencialmente fecunda y sea definitiva.

Así por el hecho de que el hombre tiene un cuerpo, que es humano, sabe que no es un simple animal, sino un animal racional, un hombre. Y porque el cuerpo humano expresa -además de la humanidad del hombre- el aspecto de la masculinidad o de la feminidad, descubre un nuevo sentido en su propio cuerpo que es un enriquecimiento recíproco en la unidad que se crea por la unión corporal, por la que un hombre y una mujer adquieren la capacidad procreativa. Ese acto no es, pues una mera función orgánica para la transmisión de la vida como ocurre en los animales; sino que en su estructura natural es una acción personal de cada uno de los dos que es expresión de la donación recíproca.

De ahí la norma ética -de ley natural- de no romper esta unidad entre unión y procreación en cualquiera de sus dos direcciones. Es decir, ni buscar la actividad sexual impidiendo la procreación, ni por el contrario, buscar artificialmente una procreación independiente del sexo.

Por no ser un acto meramente biológico, sino un acto humano, toda la persona está comprometida en él: supone asumir la atracción sexual -que no está estrictamente determinada por el instinto sexual- en la donación al otro y acoger o aceptar al otro ser humano como don, no como objeto para uno mismo. Si los factores biológicos de la generación no estuvieran integrados en la unidad de ese acto humano el matrimonio perdería su valor, que es precisamente la estrecha e íntima relación entre el amor conyugal que lleva a la mútua entrega del cuerpo y el poder de generar nuevas vidas humanas en esa donación. Entonces la sexualidad humana pierde su sentido, se degrada, al quedar reducido su uso solo a fines del placer fisiológico e individual y sin estar orientada como corresponde a su naturaleza a la procreación y educación de los hijos y la relación padres-hijos perdería también su más profundo sentido.

Cuando la Iglesia Católica expone reiteradamente estos principios (1-3) morales en torno a la sexualidad, no defiende un principio a aceptar simplemente por los católicos, sino unos principios de ley natural sin respeto a la cuales ningún hombre, ni ninguna sociedad, se podran alcanzar la auténtica plenitud de la vida humana.


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