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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 22. Manipulación del patrimonio genético humano con fines eugenésicos.

N. López Moratalla y A. Ruiz Retegui

b) IDENTIDAD PERSONAL

La persona humana es absolutamente única y singular, irrepetible, con una perfecta unidad de espíritu y cuerpo. Ese cuerpo revela al hombre, es un cuerpo humano; a través del cuerpo, el hombre se distingue de todos los demás animales y se separa de ellos; y, a su vez, cada cuerpo humano expresa a esa persona concreta. Por ello, la naturaleza biológica del hombre, la dotación genética encierra el mensaje que constituye un cuerpo humano, que es intangible, por ser constitutivo de la identidad personal del individuo a lo largo de toda su vida. Respetar la dignidad del hombre supone, en consecuencia, salvaguardar esta identidad del hombre.

La base biológica de esa individualidad irrepetible está, precisamente, en el proceso por el cual se origina una nueva vida. Como comenta Jérome Lejeune (3), "reconocer a un amigo entre una multitud de rostros significa observar que todos los hombres tienen la misma naturaleza, aun cuando cada uno de ellos es único. La razón de este fenómeno es la propagación de la especie por medio del padre y de la madre (...). La conjugación de dos células parentales, compatibles, pero diferentes, proporciona a cada descendiente una combinación inédita. De ello sacan provecho tanto la especie como el individuo. El individuo encuentra ahí su personalidad biológica y la especie recibe una diversidad que le permite adaptarse".

El principio ético, que exige salvar la identidad, se refiere primariamente a las manipulaciones del cigoto -donde el nuevo individuo ya está constituido- o de las primeras células embrionarias. En el curso del establecimiento de las legislaciones abortivas y de difusión de técnicas anticonceptivas, o para eludir la responsabilidad ante el elevado número de muertes de niños en fase de embriones precoces por la fecundación "in vitro" y el deseo de legitimar las investigaciones, y la experimentación, con esos embriones se han alzado voces que, sin ninguna base científica, intentan defender que la individualidad del embrión no se produce hasta la nidación; lo que querría significar para ellos que la vida de un ser humano no comienza realmente antes de esa fase y no con la fecundación como claramente establece la Biología, puesto que es en ese momento cuando se constituye el programa genético. Para los defensores de esta idea, en esos primeros estadios del desarrollo embrionario antes de la nidación, no se podría hablar de ser humano sino que habría que considerar la mórula simplemente como un conglomerado de células humanas sin identidad propia. Se basan en que algunas veces, en el caso de embarazo gemelar, un óvulo fecundado origina más de un individuo, y en que, alguna vez, de forma extraordinaria, se produce un embrión por la fusión de dos embriones antes del término de la nidación.

Los criterios de unidad -imposibilidad de dividirse- y de unicidad -imposibilidad de fusionarse-, con la facilidad de definir al individuo, son nuevos en la Biología, como señala A. del Amo (comunicación oral); la gemelaridad, la posibilidad del cigoto o del embrión humano precoz de dividirse para dar origen a un par de gemelos monocigóticos, nunca ha sido obstáculo para considerar que el cigoto es un individuo. En algunos animales, tanto inferiores como superiores, tiene lugar una mutiplicación vegetativa en los primeros estados embrionarios (proembrionía).

La constitución del patrimonio genético como expresión de su individualidad

La ciencia biológica ha demostrado con suficiente rigor que con la fecundación del óvulo se determina irreversiblemente el individuo -con todos los caracteres propios de la especie expresados en la concreación de ese individuo- al establecerse la dotación genética -inédita e irrepetible- que porta la célula cigoto a partir de la cual se desarrollará ese ser vivo; ahí está ya lo que le va hacer ser de esa especie y lo individual y especifico que le hará ser ese individuo concreto.

El patrimonio genético -completo ya en la concepción- contiene las instrucciones precisas para que se constituyan los diversos tejidos y órganos, y contiene también la guía para terminar su vida una vez alcanzado el límite de duración propio de cada especie.

El desarrollo de cada ser vivo es un proceso continuo, con etapas que se suceden en un orden riguroso y preciso, y todas ellas necesarias para la normalidad e integridad de sus funciones. A pesar de las múltiples etapas de ese desarrollo la dotación genética de cada individuo se mantiene en cada una de sus células y durante toda la vida. De ese modo, aunque los elementos materiales que constituyen el cuerpo experimentan recambio, puede hablarse con propiedad de una identidad biológica de cada individuo vivo desde su concepción hasta su muerte. Esto hace que la identidad de los seres vivos sea muy superior a la de los demás elementos del mundo, y, por supuesto, esencialmente distinta de la de los artefactos.

La individualidad, con la unidad que supone, es rastreable biológicamente a lo largo del desarrollo del organismo desde las primeras divisiones del cigoto. Durante las primeras etapas del desarrollo embrionario las células, que se van originando por divisiones sucesivas del cigoto, son más o menos equivalentes entre sí; cuando el embrión ha alcanzado el número de 16 células, empiezan a distinguirse entre éstas algunas diferencias. Sin embargo, esto no quiere decir que se dé una multiplicación de la identidad, o que la identidad se haga difusa o escurridiza. En efecto, las células que resultan de la división del cigoto no son un simple conjunto de células exactamente iguales entre sí y semejantes a la que constituyó el cigoto, dotadas cada una de la misma individualidad de éste. Aunque puedan separarse, cuando están unidas, constituyen una única realidad biológica, forman un elementalísimo organismo bicelular o tetracelular, etc. Ese conjunto de células constituye una verdadera unidad gracias a la aparición de una proteína específica que se sitúa en la membrana, la proteína F9, una especie de "pegamento" que no sólo las mantiene unidas, sino que además "da noticia" a cada célula de la presencia de las otras, estableciendo una conexión e interacción precisa entre ellas, y ordenándolas en la fase de mórula mientras el número de las células va desde 32 hasta 100 aproximadamente. La proteína F9 es el elemento biológico que nos permite afirmar que la mórula no es un conjunto indiferenciado de células muy parecidas sino una unidad verdaderamente articulada. La señal para la elaboración de esa proteína está ligada al mismo proceso de fecundación, y es posiblemente la primera instrucción emitida por el programa genético recién constituido. La proteína F9 que articula en unidad las células nacidas de las divisiones del cigoto no está presente en los gametos de los progenitores, ni en el cigoto, ni está en ninguna de las células después de superado el periodo de la mórula. De modo patológico puede volver a aparecer en uno de los tipos de células del tumor maligno teratocarcinoma. De forma similar otro antígeno, el SSEA (antígeno específico del estado embrionario), ordena las células de la mórula para dejar la cavidad interna que le convertirá en blastocito.

Gemelaridad.- En la especie humana -como en otras muchas- cuando el programa genético está recién iniciado, es decir, en los primeros días, es posible una multiplicación vegetativa, que no es la propia de los mamíferos, pero que es la forma normal de reproducción de otras especies. Las células presentes en ese periodo se separan entonces en dos mórulas, que darán lugar a gemelos monocigóticos. Si la división no fuera completa nacerían hermanos siameses. La posibilidad de tal multiplicación no es ningún argumento válido contra el carácter individual del cigoto o de la mórula, como tampoco significa carencia de unidad orgánica el que una bacteria se reproduzca por escisión, o que la estrella de mar, por ejemplo, siendo adulta pueda ser escindida y dar lugar a un nuevo individuo a partir de cada mitad.

Más aún, la posibilidad de que las células en fase de mórula se dividan en varias, depende de las interacciones establecidas a través de la proteína de membrana F9 cuya aparición, desaparición y cantidad está genéticamente controlada por el embrión. Experimentalmente se ha comprobado que si artificialmente se deshace la articulación que esa proteína establece entre las células de la mórula -mediante la adición de un anticuerpo específico frente a esa proteína-, ésta se desintegra al separarse las células (4). Cabría, por tanto, incluso afirmar que el caso de la gemelaridad no es un accidente que ocurre al azar, sino establecido en la dotación genética que controlará la disposición y cantidad de la F9. Esto no querría decir que en el único cigoto con esa dotación genética haya dos individuos, sino que a ese único individuo le está facilitada o permitida por su dotación genética una multiplicación vegetativa. Las células que se separan en esta división no pueden dar origen a partes del organismo -como ocurre en algunas especies con una biogénesis de mosaico- sino a otro organismo -que comienza entonces a vivir- cuyo desarrollo estaría dirigido por el mismo programa genético constituido en la fecundación del óvulo, con idénticos caracteres biológicos y con los mismos progenitores.

Fusión embrional.- Muy infrecuentemente puede ocurrir en los primeros días una fusión embrional de hermanos heterocigóticos. La muerte de uno de ellos tiene lugar cuando sus células, es decir, todo su cuerpo, es incorporado por el otro en una especie de trasplante que hará que el receptor manifieste más adelante en las regiones de su cuerpo derivadas de las células incorporadas, los caracteres propios de su hermano. El caso sería similar al del trasplante de riñón, que sigue manifestando los caracteres inmunológicos del donante.

A pesar de la magnitud del cambio que implica la fusión embrional no supone tampoco argumento contra la unidad de la mórula, aunque cuando tiene lugar, la unidad de la mórula se debilita. Como también se debilita la unidad del cuerpo al que se ha trasplantado un corazón.

Así pues, un individuo de cualquier especie tiene su propia identidad irrepetible desde que se establece su programa genético, programa genético que puede pasar en algún caso por una fase de multiplicación vegetativa e, incluso, de fusión con otro embrión muerto.

Identidad y continuidad.- Afirmar que la individuación se alcanza con la nidación, esconde, además de la falacia biológica que hemos visto, la de confundir identidad con continuidad. Si necesariamente, como señala Inciarte (5), la identidad, el que dos cosas sean la misma, significara que en cada uno de los instantes de su existencia ambas tengan las mismas propiedades y que en todos los instantes de su existencia ambos tengan todas las propiedades, entonces la identidad significaría que no es posible ningún cambio. Esa identidad -que no es igual que continuidad- se mantiene a lo largo de todos los cambios que van ocurriendo en el desarrollo embrionario y a lo largo de toda la vida del individuo. Y esos cambios podrían incluir -en casos poco frecuentes- división gemelar o incluso fusión.

El patrimonio genético humano como expresión biológica de la individualidad personal

Como ya se señaló, el fundamento último de la dignidad humana radica en el hecho de que en el origen concreto de cada persona se encuentra, junto con la generación por parte de los padres, una acción creadora del alma individual por parte de Dios; ello supone que los padres engendrantes y Dios creador del alma no son dos causas separadas que tengan efectos distintos, sino verdaderas con-casuas que constituyen un único principio de la persona. Esto significa primariamente, que los padres que engendran son verdadera y propiamente partícipes del poder creador de Dios. "Pero significa también (6) que entre la llamada creadora de Dios, fundamento de la dignidad absoluta de la persona, y la disposición corporal existe una correspondencia biunívoca. En efecto, la individualidad de la llamada creadora se expresa en la concreta disposición del cuerpo, y por tanto es de esperar que la singularidad personal se exprese también biológicamente. La expresión de la singularidad personal dentro de la comunidad específica con los demás "individuos de la especie humana" es la dotación genética, única y singular para cada persona. El patrimonio genético es como la precipitación material -y como tal investigable por la ciencia positiva- de la función ordenadora e integradora del alma como forma sustancial: como la forma sustancial, también el patrimonio genético está presente en cada una de las células somáticas, "marcando" cada parte del cuerpo como parte de un único todo que se expresa en ese patrimonio completo, aunque en cada parte sólo configure el órgano o las células correspondientes.

De este modo la identidad personal, cuyo fundamento está en la llamada singular por parte de Dios y cuya expresión formal es el alma espiritual, tiene su expresión biológica justamente en el patrimonio genético. Podría decirse que el patrimonio genético es el "órgano" de la identidad personal. En su correspondencia con la identidad personal radica la importancia de la significación no sólo biológica, sino antropológica -y por tanto ética- del patrimonio genético, pues implica que a través de éste la identidad puede ser manipulada genéticamente.

Que la persona humana puede ser manipulada a causa de la corporalidad es algo evidente. La protección de la dignidad absoluta de la persona frente a ese peligro está expresada como exigencia moral en el 5º mandamiento del Decálogo. Pero la posibilidad de manipulación y por tanto el alcance de ese precepto se ha ampliado con el desarrollo de las técnicas de manipulación genética. Aun cuando de hecho las posibilidades de manipulación sean actualmente bastante limitadas, es necesario recordar que manipular el código genético no es una manipulación indiferente del "material" del cosmos, sino una manipulación de la identidad personal (7). El 5º precepto del Decálogo adquiere un nuevo alcance para la conciencia del científico: "respetar la dignidad del hombre supone salvaguardar esa identidad" (2). Por tanto la dignidad de la persona prohíbe manipular su patrimonio genético, que como demuestra la Biología, se establece en el momento de la concepción, al fundirse los núcleos de los gametos de los progenitores".


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