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Capítulo 1. La Ciencia y la fundamentación de la Etica.

Parte I: La dignidad de la persona

A. Ruiz Retegui

d) FUNDAMENTACION CREACIONISTA DE LA ETICA

Valor moral y creación

La creación puede considerarse desde varias perspectivas, pero entenderla como la simple posición de la existencia o concesión del ser sería un reduccionismo. Si el Creador no es un principio universal sino un Ser personal, el acto creador será inteligente y libre. Por esto la creación puede considerarse como fruto de la Sabiduría creadora o del Amor creador. En cuanto fruto de la Sabiduría creadora las criaturas son adecuadas a una inteligencia y, por tanto, son inteligibles y ontológicamente verdaderas, es decir, en su misma esencia adecuadas a la Sabiduría creadora: así, nosotros conocemos porque las criaturas son inteligibles, pero son inteligibles porque en su esencia han sido constituidas por una Inteligencia. Por esto se dice que la Inteligencia de Dios "mide" y no es "medida" por nada; las criaturas son "medidas" por la Sabiduría de Dios y "miden" el conocimiento humano; y éste es "medido" por la verdad de las cosas y no las "mide", salvo las artificiales.

Análogamente, las criaturas tienen bondad, son buenas porque han sido causadas por un acto del Ser Creador, porque han sido constituidas al ser amadas por Dios.

En el acto divino de la creación no hay separación entre la concesión del ser, la puesta en la existencia, el Conocimiento creador y el Amor creador: constituyen un único acto, sólo distinguible desde la parcialidad de nuestra perspectiva; en la realidad el Ser infinito es idéntico a la Sabiduría y al Amor. Pero, según nos interese estudiar un aspecto u otro de las cosas creadas, podemos tomar como guía uno de los aspectos del acto de la creación. Para considerar la bondad o valor intrínseco de las criaturas debemos, pues, considerar la creación en la perspectiva del Amor creador.

Por supuesto, nosotros no podemos escudriñar el Amor creador y contemplar cómo ha sido amada cada criatura para deducir de ahí qué grado de amabilidad, de bien posee, pero sí podemos deducir, de la observación del mundo, algunas de sus características.

Valor absoluto de la persona

Hemos mostrado ya que la persona humana se presenta, especialmente, en la experiencia ética, como un bien en sí mismo, es decir, no relativo a otra cosa. Esta afirmación puede considerarse de una evidencia universal reconocida. No obstante, el valor absoluto de la persona humana suscita una cuestión intelectual: 'cómo es posible que la persona humana concreta, en su evidente contingencia, se me presente como un valor absoluto? La única respuesta posible radica, según lo que hemos dicho antes sobre el Amor creador, en que la persona humana, cada persona humana, ha sido querida por sí misma en el acto creador de Dios. No es que la dignidad de la persona la deduzcamos del Amor creador: la dignidad de la persona se muestra directamente para una mirada atenta, particularmente en la experiencia ética que es una experiencia originaria. Pero su explicación racional es, en última instancia, que ha sido querida por sí misma por parte de Dios. Si la persona humana aparece como absolutamente valiosa, es decir, amable por sí misma, se debe a que ha sido amada en sí misma por parte de Dios. La persona es la única criatura que encontramos en el mundo que posea esta dignidad. Podemos afirmar, con toda la tradición cristiana, que el hombre es la única criatura del mundo que Dios ama por sí misma (11).

La plenitud del hombre y su valor absoluto

La afirmación del valor absoluto de la persona ha de ser precisada aún. En efecto, cada uno de nosotros se experimenta a sí mismo como un bien, pero aún no definitivo, sino más bien como proyecto. El hombre vive no en la satisfacción de lo que ya es, sino en la esperanza de lo que aún no es, como en tensión hacia una plenitud aún no poseída. La dimensión ética que caracteriza todos los actos del hombre muestran que su vida es camino hacia la propia realización como persona. La conciencia es justamente la luz que conduce y orienta en ese camino, advirtiéndole qué actos realizan su dignidad y cuáles lo destruyen.

Esa experiencia adquiere una explicación adecuada en una consideración más precisa del Amor creador. En efecto, si el hombre se advierte a sí mismo como dotado de una dignidad inviolable, y a la vez se detecta como tarea o proyecto a realizar, ha de ser porque lo que Dios ha querido al crearnos no ha sido simplemente la persona humana en sus contenidos esenciales, sino el hombre cumplido, en la plenitud de la vida propiamente humana, es decir, el hombre que ha colmado su ilimitada aspiración de amor y conocimiento. Por esto también a nosotros se nos presenta cada persona como digna de amor, no sólo en lo que ya es. No sería un amor recto a una persona necesitada, hambrienta, ignorante u oprimida, la pura complacencia en su situación actual: quererla por sí misma significa quererla en una plenitud de vida, quererla feliz, y hacer lo posible por liberarla de lo que lo impide. Si el Amor creador se refiere al hombre en la plenitud a la que aspira -que es plenitud de amor y de felicidad,sin el temor de la separación y de la frustración- no puede referirse al hombre en la situación mundana actual: sólo en la consideración del destino transcendente del hombre se esclarece el sentido y el alcance de la creación como acto amoroso de un Dios personal.

El designio creador del Amor divino es el hombre en su felicidad definitiva, y por eso su "verdad" radical -razón de su inteligibilidad- es su situación de plenitud, pues ése es el designio de la Sabiduría creadora, lo que Dios "ha conocido" al crearlo, es decir, el conocimiento divino que mide la verdad del hombre. Por esto la sentencia condenatoria del Juez del último día suena: "no os conozco". En la situación de camino hacia la plenitud, el hombre no es aún plenamente inteligible en sí mismo. Análogamente, lo que Dios ha amado por sí mismo, y por tanto es verdadera y propiamente un bien en sí mismo, es el hombre en la plenitud de la felicidad, mientras que en la situación actual se encuentra aún en riesgo de frustración.

La vida humana como camino de la realización personal

La situación es paradójica. Hemos dicho en principio que el Amor de Dios es eficaz, pero ahora advertimos que, según parece, el designio creador no se cumple inmediatamente, sino que se nos muestra como algo que requiere proceso, tiempo. En efecto, así es; y no puede ser de otro modo. Si el designio creador del Amor divino es el hombre en plenitud de vida, no puede alcanzarse de inmediato, pues la plenitud del hombre implica de suyo la propia colaboración del hombre, ya que se trata de una plenitud de amor, y el amor supone iniciativa personal del que ama: el amor no puede imponerse. No es posible -posiblemente sea contradictorio- la creación inmediata de un "hombre entregado por amor", pues la entrega de amor debe tener su principio en la misma persona. El "espacio" de esta aceptación es la vida tal como la experimentamos en nuestra situación. Por eso es verdadera vida biográfica -y no mero desarrollo de factores biológicos-, historia de salvación personal, de realización de la propia verdad. Resulta, pues, que el designio creador alcanza su efecto con una situación temporal, como en dos "momentos": uno, primero, en el que es constituido el sujeto como ser libre destinado al amor; un segundo momento, en el que el mismo designio alcanza su plenitud cuando la libertad del hombre opta efectivamente por su verdad y se entrega en el amor.

Se manifiesta así con toda su profundidad antropológica y transcendente el alcance de la libertad de la criatura. Sólo cuando el hombre se entrega libremente a la realización de su verdad -lo cual es una entrega implícita o explícita a la llamada del Amor creador-, es decir, cuando el hombre libremente se deja querer, aceptando y consintiendo al Amor creador, su propia verdad se cumple, y lo que Dios ha querido por sí mismo alcanza efectivamente su valor absoluto.

La persona humana resulta, pues, valiosa absolutamente no tanto por lo que ya es, cuanto por lo que está llamada a ser, teniendo siempre presente que esa llamada no es algo que se añade al hombre ya constituido: es lo que le ha dado origen y le ha situado en la posición ontológica y existencial en que se encuentra.

La frustración posible

Esta correspondencia del hombre puede no tener lugar cuando la persona, con su libertad, se niega a responder al Amor de Dios y a aceptar su "verdad" sobre sí mismo, cerrándose para realizar su propio proyecto al margen del designio creador. Entonces el proyecto divino sobre la persona queda truncado y el hombre se frustra: queda como "a medio crear", a mitad de camino entre la nada y la vida. Esto es justamente lo que advierte la conciencia cuando, ante el mal moral, condena a la persona en sí misma: eres malo. No se trata de quedar privado de una cualidad más o menos valiosa, ni de haber fallado en un ámbito sectorial, sino de haber decaído el propio ser personal, de haberse despojado del propio valor al negarse a realizarlo en plenitud. Por esto los pensadores más radicales han concebido siempre la malicia moral como una "caída hacia la nada", decía San Agustín; y Camus, desde una perspectiva atea, afirma: "hay un único problema filosófico serio: el suicidio". La generalizada invasión del nihilismo entre los negadores de la transcendencia más consecuentes y radicales, manifiesta la repercusión psicológica inevitable de la negación de Dios creador.

Valor de la vida del hombre

Con esto tenemos las claves últimas para dar una explicación adecuada de la vida del hombre. Lo que hemos visto nos dice que, incluso dentro de la existencia humana, la vida puede entenderse según aspectos distintos. La vida como plenitud de existencia corresponde exclusivamente a la situación definitiva y última del hombre que ha consentido con la llamada del Amor creador. La existencia histórica del hombre es ciertamente una forma de vida, pero no es aún plenamente vida buena y amable por sí misma de modo absoluto. Más aun, despojada de su dimensión de camino de esperanza y plenitud, puede presentarse como algo que no es en absoluto digno de ser amado y vivido: la vida sin sentido, es decir sin finalidad ni esperanza de realización se hace insoportable y aborrecible. Si la vida histórica tiene valor es por su intrínseca conexión con la plenitud a la que apunta, pero en sí misma no tiene ni la razón de ser, ni su inteligibilidad, ni su razón de bondad y valor. Ciertamente es algo, pero es más "camino hacia el ser" que "ser definitivo", aún puede frustrarse. Puede entenderse en cierta medida, pero una comprensión sólo de lo que el hombre es ya en esta situación no le bastaría para entenderse a sí mismo y dar sentido a su existencia; es un bien muy valioso, pero, sobre todo, en la medida en que se vive en la entrega, como camino hacia la plenitud de bondad. Lo característico de la situación presente es que no se trata simplemente de una versión reducida de la vida cumplida, es decir, no se trata de una vida distinta, sino de la misma vida que está llamada a la plenitud, pero todavía incoada. Por esto encontramos en nuestra situación aspectos de plenitud ya apuntados, y por lo tanto de bien absoluto, mezclados con aspectos irremisiblemente precarios, en una situación que lleva inscrita en sí la marca de la provisionalidad.


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