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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 16. La sexualidad humana.

A. Ruiz Retegui

c) SEXUALIDAD Y CREACION

La generación humana como procreación

La fecundidad humana hace que la sexualidad aparezca como estrechamente relacionada con el amor creador por el que Dios tiene una intervención creadora directa en toda persona que nace. Precisamente, para dar cuenta de la dignidad absoluta de la persona humana no basta decir que el hombre es la única criatura que ha sido querida por sí misma. Es de todo punto necesario añadir que cada persona es objeto de un acto de Amor explícito que la constituye desde su ser más profundo en algo absolutamente querido por Dios: esto implica que cada persona humana es creada individualmente, es resultado de un acto creador individual. Esto es lo que afirma la tradición cristiana al decir que cada hombre tiene un alma individual creada inmediatamente por Dios. El dogma cristiano de la creación del alma individual de cada persona, nos permite advertir una relación estrecha entre la sexualidad y el amor creador de Dios. La antropología cristiana, ajena a todo dualismo, nos impide la explicación simplista que afirma que los padres engendran el cuerpo mientras que Dios crea el alma. El término de la generación humana no es el cuerpo sino la persona del hijo: si los padres no engendrasen al hijo, no se podría hablar de generación. Es decir, los padres no engendran un ser animal que recibirá un alma espiritual creada por Dios; los padres causan verdaderamente al hombre que no obstante recibe su determinación humana por la intervención creadora de Dios. Podría decirse que los padres disponen la materia de modo que causan materialmente el alma creada directamente por Dios, mientras que el alma, al ser creada directamente por Dios, causa formalmente la disposición de la materia. Por esto puede afirmarse con propiedad, no figuradamente, que los padres que engendran un hijo participan del poder creador de Dios: la generación humana es propiamente denominada pro-creación.

Sexualidad y trascendencia

El singular concurso con Dios que tienen los padres al engendrar al hijo permite caracterizar la sexualidad como aquella dimensión humana en virtud de la cual dos personas humanas, caracterizadas por la sexualidad como varón y mujer, se hacen capaces de participar del poder creador de Dios que crea. La alianza es entre dos polos: por una parte Dios y por otra parte los padres que constituyen como un solo elemento en esta alianza. No se trata pues de una peculiar concurrencia de tres -Dios, el padre y la madre- sino, como hemos dicho, de dos elementos, uno de los cuales es la unidad constituida por el padre y la madre en virtud de su donación sexual.

La unidad constituida por el padre y la madre en su unión fecunda, es, pues, como el símbolo eficaz del amor con que Dios interviene creando el alma de cada persona.

En cualquier caso, es decisivo comprender que, precisamente por ser símbolo real del amor creador de Dios, la unión que hombre y mujer realizan en virtud de su condición sexuada no puede ser plenamente inteligible si no es en referencia a Dios. No quiere decirse con esto que, mientras no se alcance un conocimiento explícito del Amor Creador, la unión sexuada permanezca opaca y sin sentido para el conocimiento humano, como una realidad de la que se pueda alcanzar únicamente su acontecer material. La unión sexual fecunda no es una realidad inaccesible a la razón humana, no es falta de significación lo que presenta, sino más bien todo lo contrario, un exceso de contenido, una excesiva riqueza que no puede ser agotada por el conocimiento que se detenga en una consideración cerrada de la pura donación sexuada en sí misma. Hay tal desproporción, tal desequilibrio entre los hechos de la unión en su acontecer físico, por un lado, y la persona del hijo, con dignidad absoluta, que es causado, por otro, que no podría resultar adecuadamente entendido más que si ese desequilibrio consigue nivelarse. Esto sólo puede conseguirse: o bien negando la dignidad de la persona engendrada, y se reduce al hijo a un "producto fisiológico de la gestación" o bien reconociendo que el acto de la generación involucra por sí mismo fuerzas trascendentes que van más allá de los puros procesos mecánicos o físicos.

La tradición cristiana, en virtud de una revelación sobrenatural, establece con una profundidad insospechada la naturaleza de esa referencia trascendente, pero de ningún modo puede afirmarse que es una afirmación meramente gratuita. La noticia que la fe cristiana nos da sobre el concurso entre Dios y los padres es una aclaración sobrenatural de lo que es detectable por la razón en su ejercicio natural. Cuando formas primitivas de cultura presentan manifestaciones de divinización del eros, nos están manifestando que los hombres, aun en situaciones de conocimiento muy rudimentario, se inclinan por la segunda de las posibilidades señaladas. En este sentido puede afirmarse que esas manifestaciones culturales de divinización del sexo constituyen una intuición vaga e imprecisa de lo que la fe revelada nos comunica.

En cambio, cuando desde un racionalismo cerrado a priori a la trascendencia se niega toda referencia explícita a Dios creador, la cadencia del pensamiento, según su lógica propia, conducirá inevitablemente hacia la primera posibilidad. Por más que se afirme solemnemente la dignidad de los derechos de la persona, la fuerza de la lógica cientifista acabará por calificar esas declaraciones como un elemento extraño en la visión del mundo de la cultura que esa ciencia crea, y la persona en su nacimiento terminará por ser considerada un elemento de la naturaleza igual que cualquier otro producto sometido al dominio técnico.

Radicalidad de la donación sexuada

Por ser la creación un acto de amor divino, la persona concreta es esencialmente un fruto del amor, un habitante del ámbito del amor, alguien que está esencialmente sustentado, que hunde su raíces ontológicas más profundas en el amor y de él toma fuerza, aire para vivir y su vida misma, su propia existencia. Pero esto quiere decir que su origen empírico ha de ser el amor de sus padres. En efecto, la sexualidad no dota exclusivamente al hombre de mecanismos biológicos para una reproducción material; la sexualidad inscribe en el hombre una estructura de donación amorosa fecunda. Mediante ella, el hombre y la mujer se capacitan, para colaborar, mediante la donación amorosa, con el amor creador de Dios para dar principio a un hombre, a un fruto del amor.

En primer lugar, hay que señalar que quien participa del poder creador de Dios no es una persona individual, sino la comunidad peculiar constituida por dos personas en virtud de su condición sexuada, y, además, esta comunidad alcanza su eficacia participativa en el acto de engendrar. El acto específicamente sexual de la unión corporal ordenada a la generación tiene, pues, una importancia decisiva para entender las múltiples dimensiones de la comunidad humana basada en la sexualidad. Nuevamente aparece aquí la importancia y profundidad de aquella definición de la sexualidad como medio de reproducción, pero ahora estamos en condiciones de advertir sus implicaciones más plenamente.

En efecto, si nosotros nos preguntamos qué es lo que hacen propiamente hombre y mujer cuando se unen corporalmente en orden a la generación, no sería una respuesta satisfactoria la descripción material, mecánica o científica. Esa explicación no puede ser suficiente porque no dice nada sobre la relación que hay entre el hecho cuyo sentido se pregunta y la fuente de significación real que es la persona humana. Al preguntarnos qué hacen varón y mujer cuando se unen corporalmente, estamos preguntando por el contenido humano, por la afección a la persona. La respuesta adecuada no puede ser más que: realizan una donación peculiarmente plena, total, de la propia persona. En esa unión se instituye una forma de comunión en virtud de la cual cada una de las personas se entrega a sí misma plenamente a la otra, hasta el punto de formar una comunión expresa, que es símbolo del poder del amor creador de Dios.

Evidentemente, en el proceso de la generación se da una comunicación material que es observable con los métodos de observación de la materia, pero sería un reduccionismo afirmar que cuando dos personas, hombre y mujer, se unen corporalmente, la donación que existe es simplemente donación material de gametos; la condición humana de ser vivo que existe en un cuerpo sexuado permite que, a través de esos gestos corporales, se realice una donación peculiar de la propia persona.

Singularidad de la donación sexuada.- El caso es, pues, radicalmente distinto de cualquier donación por la que se entrega algo que se posee. Es esencialmente diferente de la donación, también peculiar, por la que una persona puede donar a otra un órgano para trasplante. En él, la persona, al donar una parte de su cuerpo, no da algo que tiene, pues el hombre no tiene o posee su cuerpo, sino que lo es. No obstante, la donación de un órgano es sólo donación de un órgano, y no donación de sí mismo. Podrá expresar la donación de sí por el amor generoso y aun heroico que le induce a hacerlo, pero esa donación no supone, no expresa, no realiza de suyo la donación personal, es sólo una consecuencia o signo de ella.

Sin embargo, la donación corporal sexuada sí es de suyo realización de donación personal.

El peculiar papel que la corporalidad tiene en la entrega sexual, la hace totalmente distinta de la entrega de una persona a otra según dimensión fundamental de la apertura que hemos visto antes. Ciertamente, la corporalidad cuenta en la entrega del maestro a sus alumnos, pero no está expresada en ella: la materialidad es sólo vehículo de comunicación de realidades que no son esa corporalidad concreta, por eso puede darse a muchos sin gastarse. Sin embargo, la donación propia de la sexualidad es esencialmente singular, porque el medio y la substancia misma de la donación es la persona en su corporalidad sexuada, y la corporalidad es justamente el principio de la sexualidad. De ahí que una entrega corporal que no fuera a la vez entrega personal sería en sí misma una mentira, porque consideraría al cuerpo como algo simplemente externo como una cosa disponible y no como la propia realidad personal.

Por lo tanto, podemos afirmar que la sexualidad inscribe de suyo en la persona una estructura de donación a la persona de sexo opuesto en su singularidad personal y en orden a una forma de unión personal que, incluyendo potencialmente la unión corporal sexual, es principio de vida humana. Derivadamente supone también unas formas de apertura que son consecuencia de ella: la relación de maternidad y paternidad son formas de apertura personal, basadas en la estructura sexuada de la persona, que no son reducibles a la mera donación fundamental, sino que derivan directamente de la sexualidad, pero no son la forma primaria y directa de donación, que queda inscrita en la persona en cuanto varón o mujer.

Por ser la sexualidad una estructura de donación inscrita en la persona en orden a colaborar con el acto crador de Dios, la donación propia de la condición sexuada no se cierra en la entrega mutua entre el varón y la mujer. Si la unión sexual es una imagen peculiar y propia del Amor Creador, los padres del nuevo ser humano, de alguna manera significan o reflejan, hacen presente de modo experimentable el amor creador de Dios. Por eso el hogar, y más concretamente el amor materno, se reconoce como ámbito existencial propio de la existencia personal, especialmente en el tiempo de la maduración de la persona.

Sentido de la donación sexuada

La significación humana de la unión sexual es la que da la clave de cómo esos actos interpelan a la libertad, es decir, de qué modo la persona humana es involucrada en esos actos.

Ya hemos dicho que esa significación se expresa en términos de donación personal. No obstante, la realidad corporal del acto requiere un análisis más detenido. El hecho de que una unión corporal específica incluya una donación personal tan plena reclama una valoración ética peculiar de los órganos dispuestos para esa unión, pues en ellos se expresa de una forma particularmente densa de significación humana. Si la sexualidad se inscribe en todo el cuerpo, en los órganos dispuestos para la unión, la sexualidad se encuentra más intensamente condensada. Y siendo la donación corporal sexual tan significativa humanamente, se deriva que la exigencia de fidelidad a la verdad de la persona tenga una expresión especial. El sentido humano del pudor se inscribe en todo el cuerpo, no en sus puras dimensiones materiales, sino en su significación humana; por eso se ha considerado siempre que el pudor respecto a esos órganos es particularmente exigente. Estos órganos corporales no deben ser considerados como meros productores de las células para la reproducción, o como el medio material que facilita la unión física de esas células. Su realidad humana es unión personal. Justamente por esto es inseparable, en su dimensión completa, la unión corporal en cuanto realización de unión personal, y esa misma unión en cuanto que posibilita biológicamente la fecundidad propia de la comunidad. Es inseparable, hemos dicho, y con ello quiere decirse que la posibilidad real de separación mecánica en virtud del dominio de la técnica supone una violación del sentido humano de ese acto y, por tanto, una violación de la persona. Por la materialidad del proceso, se hace posible una fragmentación: es decir, es posible separar sexualidad de generación y ejercicio de genitalidad y fecundidad, pero esa separación requiere un factor eficaz que directamente rompa lo que en sí es un proceso único, que constituye una unidad de significación humana y, por tanto, moral.

La entrega corporal es un elemento esencial del comienzo de la vida humana. Despojar la facultad generativa de su dimensión de entrega corporal, en la fecundación artificial -o, como se denomina a veces eufemísticamente, "fecundación asistida"- supondría hacer a la generación independiente de la entrega peculiar que se inscribe en la dimensión sexuada, que es entrega personal singular. Entonces, aportar las células para una posible generación no se distinguirá esencialmente de la donación de sangre a quien la necesita para sobrevivir. No basta que esa donación se haga "por amor" -lo cual podría admitirse en muchos casos-. La cuestión es que lo que en ese aspecto se dona por amor es sólo un producto del propio cuerpo, y no sería un ejercicio de la donación personal peculiar como hombre o mujer. Y desde luego, no sería aceptable alegar que la entrega corporal se ha realizado en otras ocasiones, pues no se trata de una entrega en abstracto, sino de una entrega que, por incluir la materialidad, no sólo trasciende el tiempo sino que también incluye los actos singulares contenidos en él: la concreción de los actos no es insignificante para el valor humano, y de los actos no puede prescindirse en virtud de una finalidad supuestamente participativa. En ese caso, la entrega corporal, sexual, no tendría un sentido propio y se confundiría con cualquier tipo de donación "generosa" en que uno o una pueden darse a muchos.

Igualmente, usar estos órganos en los que se expresa la donación corporal indiscriminadamente, con una finalidad de obtener el placer propio de la unión sexual, supone un desorden en una de las dimensiones más peculiares y cargadas de sentido humano del cuerpo y por eso un atentado grave a la dignidad de la persona, con una cualificación ética exclusivamente propia, distinta de la que protege o expresa otras dimensiones humanas del cuerpo.

Por último, habría que señalar que la apertura a la donación peculiar que la sexualidad inscribe en la persona es resultado del designio divino de querer al hombre no sólo o aislado, sino constituyendo una familia humana. Por la sexualidad, la persona singular queda inscrita en la cadena de las generaciones y de la multiplicación humana. No es extraño que, perdido el sentido trascendente y reducida la persona que nace a puro producto de los ciegos procesos de la fisiología, la mentalidad positivista vea el crecimiento de la humanidad con congoja y sospecha. No se trata solamente de reservas ante el miedo a una superpoblación futura de la tierra -contrasta demasiado esa "previsión" con el derroche de fuentes naturales no recuperables: sería generosidad sospechosamente parcial-, se trata en definitiva de que quienes no tienen un profundo sentido del bien de la vida, y la reducen a la vida física, carecen de ánimo para traer nuevos seres a este mundo tan amenazado materialmente.


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