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Capítulo 16. La sexualidad humana.

A. Ruiz Retegui

a) LA SEXUALIDAD HUMANA EN GENERAL

Amplitud del fenómeno

La condición sexuada del hombre es un fenómeno de extraordinaria amplitud, que caracteriza de un modo peculiar todos los estratos y componentes de la compleja unidad que constituye al hombre. No se trata, pues, de una mera determinación morfológica o anatómica, ni tampoco de una característica que pueda reducirse a categorías fisiológicas.

En una reciente sentencia judicial respecto a un proceso de cirugía trans-sexual, el juez se declaraba incompetente para determinar definitivamente la sexualidad de una persona. La justificación que daba para fundamentar su incompetencia era precisamente la complejidad de ámbitos existenciales humanos en los cuales pueden basarse los juicios sobre la sexualidad de una persona. En efecto, no parecía bastar la mera consideración fisiológica, pues frente a ella se alzan con frecuencia razones apoyadas en consideraciones psicológicas o sociales. Así concluía aquel juez que no sabía si la sexualidad era asunto de cromosomas, o morfológico, o psicológico, o social, o legal, o afectivo.

Efectivamente, la sexualidad afecta a toda la amplia variedad de estratos o dimensiones que constituye a la persona humana. La persona humana es hombre o mujer, y lleva inscrita esta condición en todo su ser. Sería difícil encontrar una dimensión humana, desde las más espirituales, anímicas o psicológicas, hasta las más materiales o fisiológicas, que no estuviera marcada por la sexualidad propia de una persona.

"Constante" humana

La sexualidad no es sólo un fenómeno amplio en la constitución de la persona. Es, además, un fenómeno extraordinariamente profundo, en cuanto que afecta decididamente al modo de ser de la persona en cuanto tal. Quiere decirse con esto que no se trata de una determinación trivial, sino que alcanza al núcleo mismo de la humanidad en lo que tiene de más propio. Por esto, la condición sexuada del hombre aparece, en todas las formas culturales, como un aspecto decisivo del modo de entenderse el hombre a sí mismo. Puede decirse que las cuestiones relacionadas con la división de la humanidad en hombres y mujeres, constituyen una "constante" humana.

El lenguaje del amor humano está tan vinculado al ser mismo del hombre en cuanto tal que, allí donde se encuentra el fenómeno humano, aparece, de una forma u otra, la expresión de la condición sexuada, y, en consecuencia, allí se entiende perfectamente ese lenguaje. Junto con el poder político y la alimentación, el amplio tema de la sexualidad es un asunto que siempre ha interesado y entendido toda cultura y toda forma de autocomprensión del hombre. Quizá algunas formas de construcción cultural puedan resultar difícilmente inteligibles para algunas culturas; es posible que, para entender por qué algunos asuntos o problemas resultaban interesantes para personas de culturas o tiempos lejanos, se requiera una comprensión previa del proceso que dió lugar al nacimiento de esas cuestiones; e incluso puede ser que, en determinados casos, no podamos hacernos una idea plenamente adecuada de ellas. Esto se debe, quizá, a que esas cuestiones son de tal manera resultado de la propia actividad libre de las personas en esas sociedades, que sólo en la comprensión de esa historia resultan inteligibles. Se trata, pues, de cuestiones no naturales, no vinculadas, próxima e inmediatamente, con la propia condición del hombre en cuanto tal, es decir, con la naturaleza humana. En cambio, los dramas pasionales o los poemas amorosos realizados en culturas que distan de nosotros histórica o geográficamente nos resultan en su raíz perfectamente inteligibles. Por esto decimos que constituyen una "constante" humana, y que son una referencia "clásica", es decir, que trata asuntos que trascienden la determinación cultural concreta en que tienen lugar y, por tanto, son cuestiones universalmente significativas para el hombre.

Profundidad humana de la sexualidad

La sexualidad no se presenta sólo con las características de amplitud antes mencionadas. Además de esa amplitud, la sexualidad tiene una característica decisiva que es su importancia. El fundamento de esta importancia podría situarse en la vehemencia de los impulsos que desata en la persona, pero, en última instancia, la densidad de la significación humana de la sexualidad hay que situarla en la vinculación de la sexualidad con el origen empírico de cada persona humana. Cada hombre existe, toma su origen, en el ejercicio de la sexualidad por parte de sus padres. La importancia de la sexualidad está, pues, estrechamente vinculada con la conciencia del carácter único que tiene la persona, y depende de ella. Es la advertencia de la misteriosa singularidad de cada persona, más o menos explícita, más o menos expresada, la que reclama para su origen una forma misteriosa y, en definitiva, trascendente. Si cada persona se presenta como dotada de libertad, es decir, como un ser inédito, único e indeducible de las circunstancias anteriores, entonces la persona no es un simple trozo de la naturaleza, es algo más, y su origen no puede entenderse como completamente inmerso en los meros procesos naturales por medio de los cuales la materia se multiplica, y las causas naturales actúan. Por supuesto que no todas las culturas han dado una expresión suficientemente adecuada y exacta de la dignidad humana. Incluso es posible que hayan tenido explicaciones muy ambiguas de la realidad de la libertad humana. Sin embargo, la conciencia implícita de la peculiar singularidad humana es innegable. Justamente por esto el origen del hombre singular había de ser dotado de un carácter misterioso, que trascendía la pura causalidad mundana y reclamaba la intervención de fuerzas superiores. Siendo, por otra parte, evidente que el origen de la persona era causado por el ejercicio de la sexualidad, la sexualidad misma había de ser considerada como manifestación de una fuerza trascendente. Evidentemente, la sexualidad es una potencia existente en el hombre, pero no es una potencia creada por la racionalidad humana; de ahí el origen de la consideración religiosa o divina de las fuerzas humanas naturales contenidas en su potencial sexual.

Puede afirmarse que la divinización del eros en algunas formas culturales constituía una deformación, a veces manifiestamente aberrante, de la sexualidad, pero es igualmente evidente que esas deformaciones y aberraciones no suponían una banal glorificación del placer. Incluso las exaltaciones culturales de la pasión amorosa distaban mucho de ser mero hedonismo materialista. Eran más bien todo lo contrario. En esas exaltaciones no se glorifica al hombre en su búsqueda ciega del placer. El placer no resultaba significativo en sí mismo; si eran glorificados era porque en ellos se reconocía implícita o explícitamente que la persona era poseída por un poder trascendente: justamente el poder al que remite el origen del un ser humano.

Banalización de la sexualidad en la cultura actual

Frente a esa concepción de la sexualidad cargada de misterio y trascendecia, la situación cultural de nuestro tiempo presenta un contraste sorprendente. No se trata evidentemente de la desdivinización del eros. Esa desdivinización fue realizada de un modo definitivo en la victoria del cristianismo sobre el paganismo. Se trata más bien de la banalización que la sexualidad va sufriendo de un modo progresivamente acelerado en nuestro mundo cultural. Las vías de esa trivialización son varias. Me limitaré a señalar dos: la banalización científica y la banalización lúdica.

Banalización científica.- La banalización científica de la sexualidad corre pareja a la reducción cientifista del hombre, como consecuencia del método propio de la Ciencia positiva. En virtud de su corporalidad, el hombre es una parte del mundo material y, por tanto, puede ser objeto de investigación, experimentación, explicación y manipulación por parte de la racionalidad científica y técnica. En virtud de la unidad de la persona, ajena a todo dualismo, los fenómenos humanos tienen una dimensión corporal, por medio de la cual no sólo son expresables según el conocimiento científico, sino que consecuentemente resultan manipulables por la técnica derivada de esa Ciencia.

No es necesario detenerse ahora a considerar detalladamente la reducción de perspectiva que supone el método científico y la ausencia de significados propios y de finalidades naturales en las explicaciones científicas. Baste recordar que en la medida en que se absolutice el método científico como vía de conocimiento de la realidad, ésta se presentará a la mirada humana en una curiosa mezcla de conocimientos e ignorancia: conocimiento exacto, experimentado y comprobable de las dimensiones cuantitativas de la realidad; ignorancia de cualquier significado propio o de finalidad natural. La ciencia positiva alcanza un conocimiento de las leyes de la regularidad del comportamiento empírico, pero al ignorar metodológicamente cualquier sentido propio remite necesariamente a una forma de conocimiento distinto, más amplio, más tensionado hacia la totalidad de lo real, y por eso más profundo. Si esas formas de conocimiento extracientífico son negadas por el cientifismo, los significados naturales propios desaparecen, y queda únicamente el significado y la finalidad que el hombre imponga con su decisión incondicionada, sin más límites que las posibilidades que se encuentran en el material, neutro de significación, que le es ofrecido por la Ciencia.

Es claro que en esta perspectiva la sexualidad humana queda privada de su importancia y trascendencia. Los fenómenos que se refieren a la sexualidad pueden ser descritos por la Ciencia, con toda precisión y exactitud, pero desde ese punto de vista no puede darse esa veneración que encontrábamos aun en formas más primitivas de cultura. Que aquí se ha producido un empobrecimiento, no hace falta insistir en ello. No se trata simplemente de una profundización que sitúa el fenómeno humano de la sexualidad en su justa medida. Se trata de un cambio de perspectiva que ignora metódicamente, y por eso radicalmente, todo significado que trascienda el conocimiento científico.

La sexualidad resulta así un conjunto de fenómenos biológicos con unas propiedades operativas particulares y que ofrecen a las posibilidades científicas y técnicas perspectivas muy variadas, es decir, se ponen en manos de los científicos y técnicos capacidades de manipulación y utilización del material humano en su sexualidad para que realice con ellas lo que desee. Estas posibilidades, que hasta hace poco eran relativamente reducidas, se presentan ahora de una amplitud inquietante: desde las manipulaciones genéticas, hasta la más diversa fragmentación de los procesos naturales de generación humana y la utilización de las sustancias humanas correspondientes para finalidades comerciales variadas.

En la perspectiva científica, la sexualidad se reduce a un fenómeno biológico que no se distingue esencialmente de la asimilación del nitrógeno nítrico por parte de las plantas, o de las proteínas por los animales. La única diferencia se refiere a las posibilidades que se ofrecen a la razón técnica. Con el cientifismo, la sexualidad, como el hombre y como el mundo mismo, ha perdido su misterio, pero no por un desvelamiento en profundidad, sino por una negativa a priori y voluntarista.

Para defender a la Ciencia del asalto del cientifismo se requiere una conciencia particularmente viva de la limitación que impone el método, y del consiguiente riesgo de que ese método engendre una mentalidad pretendidamente omnicomprensiva. En otras palabras, se requiere un ejercicio constante e intenso de conocimiento al nivel más elevado. Hoy más que nunca el científico necesita ser hombre.

Banalización lúdica.- La banalización lúdica, depende en cierto modo, de la científica y es como una consecuencia de ella. Las intervenciones técnicas en los procesos de generación, y en particular el desarrollo de la farmacología contraceptiva, permiten una separación casi total entre la generación y el uso de las facultades sexuales, tanto coporales como afectivas. La cuestión del aborto viene a advertir que esa separación no se ha logrado por completo. Pero el empeño por imponerlo muestra hasta qué punto se pretende que esa separación sea total. La sexualidad ha venido así a quedar como dividida en dos aspectos prácticos: por una parte la capacidad para engendrar, y por otra, completamente separada, la capacidad para gozar placeres específicos, desligados de cualquier otra significación humana. La intensidad y atractivo de esos placeres pueden utilizarse a voluntad como un elemento más, de los más poderosos, que determinan la conducta de los hombres. Pero ya no es más que un elemento de la "fisiología" de la sociedad que, en cuanto conocido y dominable, puede resultar tan útil para el dominio de las personas como la metalurgia es útil para la construcción de artefactos.

Es indudable que la erotización creciente de la sociedad, la procacidad desenfrenada, el impudor casi impuesto por las modas, en muchas ocasiones, no tienen nada en común con algunas formas aberrantes en sociedades primitivas. En éstas, esas manifestaciones reflejaban una visión trascendente de la sexualidad. En la actualidad esa referencia al misterio ha desaparecido y no queda más que una empobrecida visión de la sexualidad como capacidad de gozar y, derivadamente, como fuente de dominio de aquellos que tengan en sus manos alguna forma de poder sobre la comunicación y las formas de conducta.

Sentido humano de la sexualidad

Como se ha apuntado al comentar la reducción cientifista, la sexualidad no es un caso aislado en lo que se refiere a la pérdida de sentido. Tampoco la banalización lúdica ha afectado de modo exclusivo a la sexualidad. La cuestión de fondo es precisamente la relación con la realidad y, sobre todo, la relación con la propia humanidad del hombre, es decir, con el hombre en cuanto tal, en cuanto persona. Es esta relación la que determina la importancia o gravedad de esa trivialización cuando afecta a dimensiones de la existencia humana.

Es evidente, por otra parte, que en la compleja unidad del hombre hay diversas dimensiones que afectan de manera distinta a la propia persona. El valor o dignidad de la persona se expresa, o es involucrado, de un manera distinta en cada una de sus dimensiones. En cierto modo son inconmensurables, pero también es claro que hay dimensiones que involucran con más profundidad el ser mismo de la persona. Por esto, para ver la importancia de cada una de esas dimensiones y, consecuentemente, para detectar la peculiar gravedad de su violación, se requiere captar adecuadamente la manera cómo esa dimensión involucra la dignidad de la persona. Esto quiere decir que es necesaria la consideración atenta de cada una de esas dimensiones como dimensión de la persona humana, es decir, el estudio de esas dimensiones existenciales como expresiones del ser mismo de la persona y como articulación concreta de la vida de un ser absolutamente digno.

Sobre la sexualidad abundan, casi de modo excesivo, los estudios descriptivos y los análisis fenomenológicos y culturales. También en este aspecto se puede sufrir la embestida del cientifismo y su pasión por describir hechos, prescindiendo de toda consideración valorativa. Pero esto, en el fondo conduce a prescindir de si algo es significativo o no, es decir, a abandonar la significación o el interés de las cuestiones al ámbito emotivo o a la vigencia cultural. Las descripciones del fenómeno de la sexualidad, si se hacen abstractas, es decir, desligadas de la fuente de significación, pueden constituir un material científico que no muestre más interés que el de una colección ordenada y rigurosa "científicamente" de unos hechos cuya importancia de ningún modo está fundamentada científicamente.

Se requiere, pues, ahora adentrarse en el estudio de la significación humana de la sexualidad. Podremos entonces responder a las preguntas que, en este aspecto, son las decisivas:¿de qué modo la trivialización de la sexualidad supone una trivialización de la persona? O, dicho de modo positivo, ¿de qué modo la dignididad absoluta de la persona se expresa en la dimensión humana de la sexualidad?

No se trata primariamente de una reflexión moral, sino de una consideración antropológica. En la medida que la verdad del hombre resulte interpelante para la libertad, estas reflexiones derivarán en cuestiones propiamente morales.


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