Capítulo 15. Valor de la vida biológica.A. Ruiz Reteguie) VALOR DE LA VIDA NO HUMANA La vida no humana puede conectar con la persona en su dignidad absoluta, y por lo tanto, hacerse objeto de interpelación "relativamente" moral, a través de su relación con la corporalidad de la persona. Ya hemos señalado que la vida física del hombre no es propiamente un valor moral, pero está íntimamente relacionado con él, pues es la vida física de una persona que sí es absolutamente digna. La vida no humana está más alejada del referente moral fundamental. Ahora, para determinar un criterio que nos permita valorar la vida no humana debemos encontrar cómo es la relación que tiene con la vida humana. También aquí el punto de partida debe ser la consideración del Amor Creador. Si, como hemos visto, el hombre es la única criatura de este mundo querida por sí misma, las demás criaturas no han sido queridas por sí mismas y por tanto no son bienes absolutos, sino bienes o valores relativos, pues han sido creadas en un acto de Amor Creador que no se detiene en ellas sino que se dirige propiamente al hombre. La aparición de las diversas formas de vida en la historia del universo no es brusca y discontinua. La narración con que comienza la Biblia no quiere decir necesariamente que el Creador hiciera aparecer desde la nada directamente cada una de las criaturas y de los seres vivos y los fuera situando en el mundo, de forma que todo formara un conjunto armónico. El sentido profundo de la narración bíblica es que en la creación se da un perfeccionamiento progresivo de ser y de vida que culmina la peculiar intervención de Dios con que aparece el hombre. Podríamos decir que el mundo entero ha sido creado en el acto del Amor Creador dirigido a la persona humana. Las criaturas no humanas no han sido propiamente creadas sino con-creadas, pues no han sido objeto de un acto creador propio e independiente. Esto tiene dos consecuencias importantes en lo que respecta a nuestro problema: En primer lugar, nos da una visión del mundo como una unidad. El mundo no es un compuesto de criaturas autónomas y plenamente significativas por sí mismas que han sido compuestas coordinada y armónicamente para constituir la unidad de orden que hay en el universo. Es decir, el orden del universo no es algo ulterior que accede a las criaturas ya constituidas. Podríamos decir que la unidad del universo, es decir, el todo de las criaturas, precede, en orden de naturaleza, no temporalmente, a cada una de las criaturas. Ciertamente esta visión del mundo como unidad presenta una dificultad para nuestro entendimiento, pues nuestro modo de conocer se dirige primeramente a las realidades individuales, y sólo ulteriormente alcanzamos las unidades de orden. Por eso la unidad de orden nos parece naturalmente más débil, y tendemos a ver el universo como un compuesto de realidades cuidadosamente ordenadas. Esta visión, a modo de inventario, es fuertemente potenciada por la perspectiva positivista que tiende a desmontar el mundo con el análisis minucioso de los elementos que lo constituyen, para volverlo a montar según el orden impuesto por la voluntad del hombre dominador. Entonces es vano tratar de encontrar ninguna relación real entre las formas de vida que nos permita alcanzar la vinculación entre las formas no humanas de vida y la vida del hombre en su corporalidad: las diversas formas de existencia son meras piezas del rompecabezas universal, y en cuanto tal, no relacionadas en sí mismas. La visión creacionista del universo, al considerar que la persona humana es la única criatura querida por sí misma, afirma, y ésta es la segunda consecuencia, que el orden profundo que existe en el mundo no es legal sino humano, es decir, no procede de una composición cuidadosa de elementos preexistentes, sino de la ordenación al hombre. Por esto, cuando el hombre moderno formula la pretensión de construir un mundo racional, es decir, a la medida de su razón, está tratando de emular al Creador. Este proyecto no tiene, sin embargo, ninguna garantía de éxito pues no está garantizada de ninguna manera que la razón humana pueda recomponer plenamente el mundo que previamente desmontó por sus análisis científicos. Si todo el mundo ha sido querido en el acto por el que Dios Creador constituye a la persona, entonces toda criatura lleva en sí misma su referencia al hombre, pues el Amor Creador que le ha dado existencia estaba en sí mismo referido a la persona humana. En la tradición clásica esta ordenación intrínseca de las criaturas al hombre no recibió una formulación explícita porque tendía a considerar primariamente a cada una de las criaturas aisladamente y olvidaba un tanto la hondura de la finalización humana que vertebra el universo entero. No obstante, apuntaba a esta ordenación cuando hablaba de la gradatoria real de perfección entre los seres, según la cual lo menos perfecto es para lo más perfecto. Tampoco el cientifismo evolucionista puede, en la medida en que se aferre a un materialismo ateleológico, fundamentar o siquiera ilustrar la ordenación humana del mundo. Sin embargo, aquellas teorías acerca de la evolución que admiten una teleología intrínseca -expresada en la existencia de un programa en el proceso evolutivo- aun con todas las reservas y rectificaciones que sean necesarias, pueden armonizarse con la doctrina de la creación, e ilustrar, en su ámbito propio, la vincualción real -no sólo en el orden que podemos alcanzar en nuestro conocimiento- entre las diversas formas de vida, y más aún, entre las diversas formas de ser, con el hombre. Ciertamente la biología, como ciencia positiva, sólo da cuenta de las manifestaciones experimentales de la evolución, del mismo modo que la fisiología humana sólo puede dar cuenta de las manifestaciones fisiológicas de la actividad mental del hombre. Del mismo modo que sería un reduccionismo cientifista y materialista negar la espiritualidad del hombre esgrimiendo los hallazgos de la fisiología del sistema nervioso, también sería dogmatismo materialista decir que la evolución biológica pugna con la creación. Mas bien es al contrario: en la medida de sus posibilidades la fisiología confirma la unidad de espíritu y materia en el hombre; del mismo modo la evolución que detectan y describen los biólogos, confirma, en la medida de las posibilidades de la ciencia, que la naturaleza está ordenada, también diacrónicamente, al hombre. Si antes decíamos que la evolución enriquece nuestro conocimiento de la creación, ahora debemos afirmar que la creación hace más plena y coherente nuestra inteligencia de la evolución. Esta perspectiva, la creacionista ilustrada por la evolución, nos explica que la vida corporal humana es principio del valor de todas las formas de ser y de vida que hay en el universo, pues todas ellas han aparecido como consecuencia de la llamada creadora de Dios al hombre. De un modo un poco figurativo podría decirse que al llamar Dios al hombre no apareció directamente el hombre, sino que una materia que evolucionando desde el caos inicial -la tierra estaba confusa y vacía- culmina en la disposición adecuada del cuerpo humano. En los seres no humanos se encuentra de forma parcial e incoativamente la vida corporal humana. Por esto decíamos al principio de este capítulo que lo que da sentido y da razón de la inteligibilidad de las formas de ser y de vidas no humanas es la vida corporal del hombre, y que nosotros entendemos la vida porque la experimentamos en nosotros mismos, y porque nos entendemos a nosotros mismos podemos entender a los otros seres vivos. De este modo todos los seres y, en particular, los seres vivos se nos presentan y son realmente bienes objetivos en sí mismos por su relación con la vida corporal del hombre que, a su vez, participa del valor absoluto de la persona. Afirmar que la evolución está finalizada hacia el hombre no quiere decir, como es evidente, que todas las formas de vida evolucionan hacia el cuerpo humano. En ese caso, las restantes formas de vida serían todas fósiles biológicos o residuos sin sentido del proceso de evolución hacia el hombre. Pero esta conclusión sólo sería lógica si el cuerpo humano fuera autosuficiente y no necesitara del mundo, y de las otras formas de vida, para existir como tal. La finalización hacia el hombre, es decir, la ordenación de toda la creación para el hombre, afirma que toda criatura y toda forma de vida está ordenada diacrónica o sincrónicamente hacia el hombre. Por esto, cuanto más próxima esté una forma de vida a la vida corporal del hombre -aunque no esté en el phylum concreto que haya conducido por la evolución biológica a lo humano- más valiosa es en sí misma y así la reconocemos. Sería pues un error -producto, como se señaló antes, de un planteamiento abstracto- equiparar todas las formas de vida y entender la vida en sentido unívoco. Los fenómenos vitales tienen un arco de significación muy amplio: no es lo mismo la reacción de un árbol a una agresión mecánica que el dolor de un perro, y mucho menos son equiparables el dolor del animal más complejo y el sufrimiento humano. Como tampoco son equiparables la capacidad de ver de un animal y la mirada humana, aunque material y fisiológicamente sean bastante parecidas. Aunque la anatomía de uno y otro tengan elementos análogos, la persona tiene rostro, semblante, el animal no. Resumiendo podemos concluir que los seres vivos no son valiosos únicamente porque sirvan para proporcionar elementos útiles -medio, alimentos, etc.- al hombre dominador de la naturaleza (esa perspectiva podría autorizar una auténtica explotación utilitarista de los animales), sino porque son como huellas del camino ontológico a través del cual el hombre, respondiendo a la llamada creadora de Dios, ha ido saliendo desde la nada hacia la realidad concreta de su existencia corporal. Anterior Siguiente Indice
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