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Canon de Leonardo
Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 15. Valor de la vida biológica.

A. Ruiz Retegui

d) VALOR DE LA VIDA FISICA DEL HOMBRE

Al tratar de la fundamentación de la Etica hemos situado el fundamento de la dignidad absoluta de la persona y, por tanto, de la interpelación personal, en el amor creador de Dios, que al querer a la persona no en relación a otra cosa sino por sí misma, la constituye en un bien no relativo, sino absoluto.

Pero la llamada creadora de Dios a cada persona es compleja. En esa llamada se componen de manera singular la creación directa del alma por parte de Dios y la generación de parte de los padres. La forma de esa singular composición entre creación y generación no debe entenderse con el esquema del dualismo cartesiano según el cual Dios crearía el alma y los padres engendrarían el cuerpo. Este esquema divide al hombre en dos substancias que se unirían de forma accidental. La tradición clásica y cristiana ha afirmado siempre la unidad de la persona humana en su complejidad corporal y espiritual y por eso afirma que la creación directa del alma por Dios y la generación del cuerpo por los padres se componen de forma que también el cuerpo es resultado de la llamada creadora, pues lo que le hace ser propiamente un cuerpo humano -lo que en la terminología de la filosofía clásica se denomina forma sustancial- es el alma espiritual creada por Dios. Esto quiere decir que la llamada creadora no se dirige a algo que ya preexiste, sino que es la misma llamada la que pone en la existencia. No existen en el hombre elementos ajenos a esa llamada: todo lo que el hombre es, es consecuencia del Amor Creador, que lo marca en todas sus dimensiones. Es decir, todas las dimensiones de la existencia humana están direccionadas por la llamada creadora que se ha compuesto con la generación paterna. Por eso el hombre no apunta hacia su plenitud únicamente con las llamadas facultades espirituales, sino con todas las dimensiones de su ser. La moralidad no es asunto exclusivo de las potencias espirituales, sino que se inscribe también en las dimensiones corporales. A este respecto, es muy ilustrativo que en la Escritura se afirma que el Espíritu Santo, no inhabita sólo "en el alma" del hombre justificado: el cuerpo mismo es inhabitado, es "templo" del Espíritu. En el fondo, las teorías que despojan del significado moral propio al cuerpo y a los gestos corporales, tienen una raíz dualista. La frecuente justificación de conductas corporales arbitrarias, a las que únicamente se le reconoce el significado que en cada momento se le quiera dar, no tiene nada que ver con una supuesta valoración del cuerpo, sino con su degradación a algo banal, como una máquina que puede ser utilizada a capricho. La gravedad de las consecuencias de este esquema dualista son más profundas de lo que aparece a primera vista pues, además de despojar de significación moral -es decir, humana- al cuerpo, induce una forma de dominio sobre él que resulta violentadora. Muchas de las depresiones que aparecen en personas trabajadoras y llenas de buena voluntad proceden de una forma de imperio sobre el cuerpo semejante al imperio sobre una maquina neutra. El "voluntarismo ascético" tan propio de una sociedad competitiva casa muy bien con la concepción dualista, pero no tiene nada que ver con el auténtico dominio del alma sobre el cuerpo que enseñó la tradición cristiana. Esta concebía que el alma debía gobernar formalmente al cuerpo, pero no eficientemente, es decir, no desde fuera, como un dueño somete a un esclavo, o el conductor domina a la máquina. Tratado violentamente, el cuerpo se resiente, y su queja aparece frecuentemente en formas de depresión, de falta de energía vital justamente en la zona en que más se vinculan las potencias espirituales: en el sistema nervioso.

En realidad, al palabra espíritu no significa principalmente substancia sutil o no material, sino dirección a Dios y a los demás, apertura a la trascendencia. La apertura, intrínsecamente dirigida hacia Dios y a los demás, que traspasa todas las dimensiones de la existencia humana es lo que formalmente hace el alma. Por esto, decir que el cuerpo humano tiene alma, significa que no es inteligible como tal cuerpo humano exclusivamente en cuanto objeto material con sus propiedades físicas. El cuerpo humano es máximamente significativo, en cuanto humano, en las manos y, sobre todo, en el rostro, que es como decir que es significativo humanamente en su dimensión relacional. Incluso en la dimensión corporal humana protegida por el pudor, se advierte que el cuerpo se hace significativo no principalmente en sus puros componentes materiales, sino, sobre todo, en su mostrarse. No es impúdico ni excitante la contemplación de las vísceras, sino el cuerpo en trance de comunicación personal. La experiencia muestra que lo impúdico no es tanto la pura desnudez, cuanto el desnudarse, es decir la situación de comunicación y ofrecimiento. Si ciertas situaciones de desnudez resultan impúdicas es más bien por lo que suponen de "descubrimiento" que de mero estar descubierto.

No obstante el cuerpo humano es material y por tanto sometido a las leyes que rigen lo material, en concreto, a las leyes que rigen los comportamientos biológicos. En su aspecto o carácter material y orgánico, el cuerpo humano es "un trozo de naturaleza". Bajo esta perspectiva el cuerpo humano es una unidad orgánica y por tanto puede ser considerado como "un todo de significado" biológico. Ese todo de significado biológico es el que considera en su estudio la ciencia positiva.

Pero esa totalidad de significado no es, como hemos visto, la totalidad de la persona: hay aspectos de la persona, y son precisamente los más fundamentales y propios de la persona en cuanto tal, que no están incluidos en la totalidad de significado biológico. La persona sólo es plenamente comprendida cuando su corporalidad es integrada en una totalidad mayor, más plena: la totalidad personal que incluye su dimensión relacional. Por esto el todo de significado biológico no es la referencia moral. La vida física o biológica no es un valor moral, sino que ha de integrarse en la totalidad personal, que es la que constituye un todo de significación humana y por tanto moral. Que esto es así es también cuestión de experiencia: en el trance de la proximidad de una muerte inevitable, es decir, de la pérdida de la vida física, la actitud digna del hombre no es el rechazo crispado, sino la aceptación serena. Esto indica que la vida física no es un valor moral, pues nunca es digno del hombre la aceptación de la pérdida de un valor moral, siempre ha de resistirse con todas sus fuerzas: de hecho, los valores morales -la lealtad, la justicia, la fe, etc.- han de ser defendidos aún a costa de la propia vida. A su vez, la vida física puede ser entregada no sólo en defensa de un valor moral, sino también para preservar otras vidas o también para proteger o promover otros valores humanos.

Estas consideraciones son necesarias para evitar el riesgo de argumentar moralmente desde el cuerpo en su aspecto de "totalidad de significado biológico". Por el contrario, la referencia moral es la persona humana -en su corporalidad y trascendencia- que incluye -relativizándola- la unidad de significado biológico.

Cuando el cientifismo domina en la comprensión del hombre, su apertura a la donación a Dios y a los demás desaparece del horizonte. La consecuencia inmediata es situar la referencia moral en la unidad de significado biológico. Esto quiere decir que, entonces, el valor supremo será la vida física, biológica, y por tanto la referencia moral será ese valor supremo. La ética resultante es el "higienismo", el culto crispado del cuerpo, de la salud, la prohibición "moral" del tabaco... Las manifestaciones de esta actitud ética se observan en la falta de límites para la acción médica sobre las personas, la agresividad terapéutica, y el "todo vale" para mantener el sistema biológico del cuerpo en marcha. Es una ética hedonista, pues lo que puede esperarse del puro funcionar corporal es el placer, y antes o después, paradójica, pero consecuentemente, es una ética que justifica la eutanasia y el suicidio. Cuando el "saco de bioquímica" está irreparablemente dañado y es doloroso, no hay más que esperar de él.

En otro ámbito, las posturas exasperadamente ecologistas que propugnan una total inmersión del hombre en la naturaleza y la total equiparación de todas las especies de seres vivientes, no son una protesta adecuada frente a la invasión de la técnica, no son un fenómeno post-moderno, no van detrás del intento moderno de plena comprensión y dominio sobre el mundo con la perspectiva cientifista, sino que es una de sus manifestaciones naturales.

Uniendo estas consideraciones con lo expuesto en los fundamentos de la dimensión ética del hombre podemos resumir diciendo que es necesario distinguir, sin separar, entre los diversos significados que tiene la "vida" en el hombre:

a) la vida plena del hombre, objeto del designio creador, que es la que propia y directamente tiene valor absoluto, porque es la que ha sido querida por sí misma por el Amor Creador.

b) la vida en la situación actual, que es situación media, que apunta hacia el valor absoluto de la vida plena, pero que aún no la realiza; es sólo incoación de esa plenitud, tiempo de colaboración de la libertad humana con la llamada creadora para realizar su propia verdad y alcanzar su plenitud.

c) la vida física como sustrato material de la vida en el tiempo, como principio de colaboración con el Creador, a través de su sexualidad, para la multiplicidad humana y condición de la mundanidad de la existencia humana plural.


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