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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 14. Fundamentos éticos de la relación del hombre con la naturaleza.

A. Ruiz Retegui

a) LA RELACION DEL HOMBRE CON EL MUNDO

La condición material del hombre, estrechamente unida con su pluralidad y con su carácter sexuado, es a la vez principio de su mundanidad. La vida humana en su dependencia del cuerpo se encuentra en un entorno material en el que esa vida es posible, y fuera de ese entorno no es siquiera concebible. Aunque el cuerpo humano es una unidad bien definida, su funcionamiento incluye necesariamente elementos externos. El hombre, si es esencialmente corporal es esencialmente mundano, es un ser en el mundo. Por tanto, la creación del hombre en su condición plural sexuada, corporal, supone la constitución de un mundo en el que esa vida es posible.

El mundo, y toda la multiplicidad de procesos y de criaturas que se dan en él, han sido queridos en un único designio de creación, al servicio del hombre; sólo al hombre lo encontramos absolutamente valioso, querido por sí mismo. El mundo es un mundo para el hombre, porque el hombre es un ser en el mundo. En este sentido, la relación entre el hombre y el mundo es necesaria; sin relacionarse y "metabolizar" con el mundo el hombre no puede ejercer su existencia.

La relación del hombre con el mundo será constituida por intercambios naturales, que pueden ser estudiados como cualquier otro tipo de relación material y fisiológica, regulada por las leyes científicas naturales (las leyes de la gravedad, de la tensión superficial, de la presión osmótica o de los gases..., y, en general, todas las leyes de la Física y de la Fisiología rigen tanto para el cuerpo humano como para los demás cuerpos del mundo). Pero entre el hombre y el mundo se dan también otras influencias que de ninguna manera son reducibles a los intercambios fisiológicos o a las influencias físicas, aunque se desarrollen a través de éstas. En el curso del funcionamiento natural del mundo, el hombre es un factor de novedad. Sin el hombre, el mundo sería puro despliegue de causas y efectos naturales. El hombre da lugar a "comienzos", es decir a procesos o acciones que no pueden reducirse a desarrollo natural de la situación previa: la relación entre el hombre y el mundo es libre.

La libertad del hombre, en su relación con el mundo, se manifiesta de un modo patente en la construcción de artificios, en los que la forma o estructura no se deriva de la materia que lo constituyen, ni del obrar, sino del pensamiento humano. El conocimiento espontáneo distingue lo natural de lo artificial, porque implícitamente advierte en éste una configuración que no se copertenece con la materia en la que está, sino que es inducida desde fuera. De este modo, los artificios no son resultado de las fuerzas naturales, sino de la inteligencia encarnada del hombre que puede influir, por medio principalmente de las manos, en el mundo.

La libertad tiene una enorme capacidad de modificación del entorno mundano del hombre. No obstante, mientras esa capacidad estaba poco desarrollada técnicamente, la interferencia del hombre en los procesos naturales resultaba irrelevante, y la naturaleza, contemplada en su imponente grandeza y fuerza material, aparecía como el ámbito en que el hombre nacía, vivía y moría, recibiendo de ella inexorablemente beneficios o dolores, según el curso de las fuerzas naturales. La potencia física de la naturaleza se presentaba a los ojos de la pequeña y vulnerable criatura humana como muy superior, y, por tanto, objeto de veneración. Las manifestaciones más directas de las fuerzas de la naturaleza -sol, lluvia, fuego, fecundidad, etc.- han sido divinizadas en muchas culturas; mediante la magia se buscaba su favor. Incluso, cuando se aceptaba a un creador supremo de todo, de la naturaleza y del hombre, las más importantes manifestaciones de la naturaleza eran contempladas con un cierto carácter teofánico, o de manifestación sensible de la infinitud divina. En ese ámbito, la actitud más noble del hombre era conocer la naturaleza, el ideal era el homo sapiens. El desarrollo progresivo de la técnica ha permitido al hombre dominar cada vez más las fuerzas naturales, y configurar ámbitos más según sus proyectos y menos según los condicionamientos que la naturaleza suponía. El resultado es que el "mundo", como entorno de la vida del hombre, ya no remite tanto a una naturaleza superior o a un creador divino, cuanto al hombre mismo en su libertad. No habla tanto de Dios, cuanto del mismo hombre y su capacidad de manipulación libre. Ese "mundo" habla, y es entendido por el hombre, en los términos de la ciencia positiva y de la utilidad práctica. En él el hombre se siente llamado o impulsado, no tanto al conocimiento de verdades y significados inscritos en la misma naturaleza de las cosas, cuanto a transformar el mundo, es decir, no tanto homo sapiens, cuanto homo faber. Como se ha explicado antes, la ciencia positiva experimental encontró un método y ese método indujo una forma de mirar el mundo. La búsqueda de las "leyes naturales" no eran una búsqueda de conocimiento sobre la realidad de las cosas, sino sobre las regularidades universales de comportamiento. El universo entero, sometido a las mismas leyes científicas, se hizo a la vez opaco en cuestiones de sentido, y plenamente disponible para la manipulación humana. La Ciencia abdicó definitivamente de su antigua pretensión de sabiduría y renunció a conocer el valor de las cosas en sí mismas: se hizo un conocimiento esencialmente instrumental, no podía pronunciarse sobre cuestiones de finalidad. Las finalidades pasaron a ser asunto de la voluntad incondicionada. Con el universo y lo que en él se contiene el hombre puede hacer lo que quiera. El mundo no tiene sentido ni más valor en sí mismo que el de un conjunto de materiales dotado de unas propiedades bien conocidas o concebibles científicamente con los que el hombre ha de construir a su antojo. La naturaleza no es objeto de contemplación ni de veneración, sino de explotación como se explota una mina de hierro. Se trata de saber para prever, y de prever para poder.

No obstante, ha sido el desarrollo de la técnica que ha acompañado el formidable progreso de las ciencias positivas lo que ha cuestionado su validez. Ese desarrollo, por una parte ha mejorado la condición humana en el mundo, le ha hecho más seguro y confortable. Pero la técnica de suyo no tiene límites y, mientras sus primeros progresos producían un paralelo mejoramiento de las condiciones humanas, enseguida se hizo patente que progreso tecnológico y mejoramiento de las condiciones humanas no se identifican. El alto desarrollo de la técnica ha dado lugar a fenómenos nuevos, no previstos en los inicios entusiastas de la Ciencia moderna: la ruptura de los ámbitos naturales, el peligro del agotamiento de los recursos, las diversas contaminaciones químicas, radiológicas, nucleares, etc., constituyen como una queja de la naturaleza ante una agresión que no es seguro que la técnica vaya a poder subsanar. En el hombre mismo ha surgido un miedo nuevo, que es consecuencia directa del desarrollo técnico: la inseguridad ante las posibilidades de dominio y de invasión de los ámbitos más estrictamente personales puestas al alcance de casi cualquier poder fáctico. Las terribles posibilidades destructivas de armas nuevas que han cambiado radicalmente la idea de la guerra, la posibilidad de influencia en las personas mediante los conocimientos de los mecanismos psicológicos del hombre y de los medios de comunicación, hacen que nunca como ahora el hombre haya sido sujeto potencial de un poder totalitario. Si en tiempos antiguos los príncipes tenían un poder teóricamente ilimitado, las limitaciones materiales les impedían extenderlo a círculos demasiado amplios. Ese poder se da ahora potencialmente eficaz mediante el desarrollo tecnológico. El hombre siente miedo de su propio poder; son los científicos, los más conscientes del poder potencial que van generando, los máximos protagonistas del debate ético. El hombre se siente urgido angustiosamente a dominar su propio dominio; ha comprobado que el alcance de este dominio ha de tener una regulación ética, medida por la dignidad de la persona y la verdad de las cosas. La racionalidad sin límites es ambigua: capaz de lo bueno y de lo malo, de humanizar al hombre y de violar agresivamente su dignidad. La misma Ciencia sirve para construir cámaras de gas o un hospital, para cirugía intrauterina o para el aborto, para construir un avión o la bomba atómica. Se tratará ahora de mostrar los elementos que han de ser tenidos en cuenta para la elaboración de la norma deontológica que guíe el dominio técnico. Se tratará de criterios de fondo que tendrán el carácter de un conocimiento de la verdad de las relaciones del hombre con el mundo, y del mundo con el hombre, para que la libertad humana no violente realidades objetivas. Para mayor claridad, expondré cada uno de los aspectos de esa verdad que me parecen relevantes, y tras explicar el contenido de cada uno de ellos, trataré de derivar algunas consecuencias prácticas.


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