Capítulo 13. Etica de la investigación científica.N. López Moratallac) RESPONSABILIDAD SOCIAL Ciencia básica y Ciencia aplicada Como señala el propio Cournard (7), una de las objeciones que de forma reiterada se han hecho al Código de los científicos es que no tienen en cuenta las implicaciones, mayores cada día, que la Ciencia tiene en la vida social. En este sentido, y para que pueda servir, como se pretende, de guía de la conducta de los investigadores, parece necesario añadir a los imperativos éticos hasta ahora señalados, y que explicitan esa primera obligación del científico de vivir la veracidad, otros que hacen referencia a la responsabilidad social. Otro de los cambios importantes ocurrido en el aspecto organizativo de la actividad científica es la existencia de una relación mucho más estrecha entre lo que se ha venido llamando Ciencia básica y Ciencia aplicada, hasta el punto de que en muchos casos no son distinguibles o separables, claramente. Por una parte, el tiempo que transcurre entre un descubrimiento y su aplicación y explotación comercial es cada vez más corto; los conocimientos son transferidos al mundo tecnológico a tal velocidad que no se encuentra el tiempo necesario para reflexionar en las responsabilidades inherentes a la tarea, en lo que se refiere a la orientación de las aplicaciones de esos conocimientos. En gran medida la Ciencia básica se encuentra también metida en esa dinámica de consumo en la que no es la comunidad científica quien marca las líneas a seguir, sino que le viene impuesta desde fuera por las grandes empresas o los poderes públicos, y con la mirada puesta, la mayor parte de las veces, en una rentabilidad a corto plazo. Por otra parte, los medios a utilizar y la tecnología requeridos en la misma Ciencia básica han crecido considerablemente y la obtención de esos recursos necesarios para la investigación -o simplemente útiles para competir con los nuevos equipos de trabajan en las mismas áreas- genera una dependencia de los diversos poderes, instituciones, sociedad, etc., que aportan dichos medios. "No es infrecuente hoy día -señala Núñez de Castro (8)- encontrar entre los que llamamos hombres de ciencia un malestar profundo al comprobar que su quehacer diario, ese trabajo duro y disciplinado de la investigación, está movido por hilos invisibles, intereses y resortes ajenos a la propia Ciencia. Los científicos se encuentran de alguna manera prisioneros de poderes que traicionan la propia identidad de la Ciencia". Esa falta de libertad ha llevado incluso a algunos científicos a abandonar el mundo de la investigación. Así Leitenberg, bioquímico americano, que trabajó en temas relacionados con armamentos y desarme en el "Stocholm International Peace Research Institute (SIPRI)" se retiraba en 1970 porque "la Ciencia -dijo- es utilizada, y lo es, asimismo, la que llamamos pura... La Ciencia ha dejado de existir, la aplicación tecnológica de los descubrimientos científicos se resumen en una sola: la industria de armamento y la consecuente destrucción de la Humanidad" (9). Werskey (10) afirma que "donde quiera que trabaje, el hombre de Ciencia es una parte de la maquinaria del Estado y, no existe una inmunidad de la Ciencia de su entorno político". En cierta medida, la tecnología derivada de la Ciencia ha hecho que ésta se haya convertido en una fuente de poder, y es lógico que la duda acerca de la autonomía, de quién dirige realmente la investigación, asalte la mente de muchos científicos del mundo entero y que "reclamen -dice Gregory (11)- que se les confiera una parte razonable de responsabilidad y control de las fuerzas creadas por ellos mismos". Precisamente el carácter ambivalente del progreso tecnológico, al ofrecer la alternativa de uso o de abuso de los conocimientos científicos, provoca serias dudas acerca de la tan repetidamente defendida neutralidad ética de las investigaciones científicas. No es cierta la ausencia en el científico de responsabilidad, a la que hizo referencia Rogger Guillemín, en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel en 1977: ..."la Ciencia trata de la adquisición de nuevos conocimientos. El uso, el abuso o el mal uso de tales conocimientos es el dominio de los políticos, ingenieros y técnicos". De igual forma que la Ciencia tiene sus imperativos éticos derivados de su naturaleza, también tienen que servir para una Ciencia orientada en una dirección técnica y funcional, como señaló Juan Pablo II: "no podemos ver el mundo técnico como un dominio totalmente alejado de la verdad. Tampoco es éste un mundo completamente vacio de sentido... No se puede negar que las condiciones de la vida humana han mejorado de manera decisiva. Las dificultades originadas por las consecuencias nocivas del progreso de la civilización técnica no pueden hacer olvidar los bienes aportados por este mismo progreso... La Ciencia técnica, orientada a la transformación del mundo, se justifica por su servicio al hombre y a la Humanidad. Pero no siempre es así; hay consecuencias espontáneas e imprevisibles que pueden ser perniciosas y peligrosas. Surgen dudas serias sobre que el progreso sirva al hombre y estas dudas restan valor a la Ciencia técnica... Esas desviaciones de su sentido propio pueden ser previstas y evitadas; el científico tendrá que preguntarse por el espíritu y la orientación con que él mismo desarrolle su Ciencia; tendrá que proponerse, inmediata o mediatamente, la tarea de revisar continuamente el método y la finalidad de la Ciencia, bajo el aspecto del problema relativo al sentido de las cosas" (12). Esas posibles desviaciones pueden y deben ser previstas, no ya sólo en el momento de la aplicación práctica, sino, en buena parte, desde el mismo planteamiento de la investigación básica. Es responsabilidad del científico la reflexión acerca de la finalidad de su trabajo en relación al hombre. El sentido de la cultura, también de la cultura técnica, no puede ser otro que facilitar el ejercicio de la libertad humana. De esta forma, la Etica permite a la Ciencia aplicada encontrar la orientación primaria de la que deriva su sentido y su valor: el servicio al hombre y el perfeccionamiento de la naturaleza; sin un punto de referencia claro y objetivo que permita discernir lo que es bueno o malo para el hombre, no cabe hablar de servicio a la humanidad. Es así como la Ciencia, aliada a la conciencia, alcanza su máximo valor al contribuir a hacer la vida del hombre más humana. En este sentido, como indica G. Herranz, "hay para el científico hasta cierto punto una obligación general de realizar un trabajo de investigación y, dentro de sus capacidades y medios, dirigirlo hacia aquellas áreas en las que hay mayor necesidad de información, mayor urgencia de servicio, mayor apremio de disipar la ignorancia. Esta obligación se extiende a quienes en la sociedad planifican la investigación y dirigen la política científica. Esta obligación general de investigar afecta también, de algún modo, al hombre común en cuanto sujeto pasivo potencial de la investigación. Supuestas las circunstancias de solidez científica, riesgo proporcionado y libre consentimiento informado, que toda investigación sobre seres humanos debe reunir para ser moralmente lícita, el prestarse voluntariamente a participar en el ensayo de un nuevo procedimiento experimental puede ser un acto bueno y virtuoso: es un acto de solidaridad humana que manifiesta un deseo de mayor bien para los semejantes, y de ensanchar el ámbito de los conocimientos" (13). El sentido de responsabilidad debe llevar, muchas veces, a elegir temas de investigación encaminados a conocer aquellos aspectos esenciales de su área -por arduos y poco en boga que resulten- y que, sin embargo, son la base para solucionar más tarde las necesidades prioritarias de la humanidad. La iniciativa, la dificultad que entraña abrir nuevas brechas, es de un enorme valor y, sin embargo, la literatura científica está demasiado llena de artículos que suponen, casi exclusivamente, los datos resultantes de la aburrida repetición de una técnica a cientos de ejemplos más o menos iguales. Si bien al comienzo de una dedicación a la investigación muy raramente el problema concreto a estudiar suele ser elegido personalmente, pasada esa etapa inicial, la libertad de elegir la dirección de la investigación en un determinado sentido es de ordinario amplia, aún estando integrado en un equipo de investigación. Funcionalismo tecnológico El poder que las aplicaciones de los conocimientos aportan, puede llevar consigo también una falta de libertad frente a lo que se puede designar como funcionalismo tecnológico, es decir, olvidar que la Ciencia debe desarrollarse con independencia de la utilización inmediata de los conocimientos adquiridos. El hecho de que los conocimientos científicos hayan contribuido a una reorganización profunda de la técnica humana y, como consecuencia, a mejorar las condiciones de la vida humana sobre la tierra, ha llevado consigo el que para muchos la tecnología aplicada a la transformación del mundo haya constituido el sentido y el objetivo último de la Ciencia, de tal forma que primariamente se le dé valor de "conocimiento" a aquello que conduce a un éxito técnico. Hay que señalar, de una parte, que no es necesario dejar de ser investigador básico para ser "útil". No sólo porque difícilmente, como es obvio, se puede aplicar lo que no es conocido, lo que no está descubierto, sino porque, en sí mismo, el conocimiento es un bien. Por otra parte, el investigador preocupado primariamente por conocer la verdad puede detectar mejor desviaciones y abusos, que quienes tienen primariamente como objetivo el rendimiento económico. Un sencillo ejemplo, entre otros, en esta línea, es la llamada de atención que el científico Alberto Sols, ha hecho acerca de las inconsistencias bioquímicas terapéuticas; lo que ha llamado "el mito de los coenzimas cargados". Una larga serie de coenzimas están comercializados, con alto coste, en nuestro país, tales como ATP, UTP, GTP, UDP-Glucosa, Acetil CoA, tiamina pirofosfato; y es de sobra conocido que, porque no pueden penetrar en las células y por tener un rápido recambio, no cumplen la utilidad que se pretende al recetarlos, y suponen, simplemente, "mantener la caldera de la calefacción quemando billetes de mil pesetas" (14). Es posible además, muchas veces, evitar abusos de las aplicaciones prácticas, incluso aunque se trabaje en campos alejados del tema. Por ejemplo, Rachel Carsoin realizó un estudio crítico y publicó las conclusiones que obtuvo acerca de las consecuencias del uso persistente de pesticidas tóxicos; si bien fue duramente criticado, el estudio sirvió al menos para que el cancerígeno DDT fuera eliminado. Ese funcionalismo tecnológico podría hacernos olvidar que la Ciencia no puede estar regida por "teorías de mínimos"; no se trata de coordinar los esfuerzos de la comunidad científica y la sociedad para conseguir el mínimo necesario e imprescindible de conocimientos para que la técnica avance, sino que la meta sea la obtención del máximo posible de saber. Podría pensarse que la responsabilidad personal del científico es irrelevante ante la empresa de reconducir la Ciencia a su verdadero sentido. Sin embargo, la comunidad científica, a quien compete tal responsabilidad, es la suma cooperativa de esas respuestas individuales. Y la experiencia demuestra que es posible el acuerdo, o los pactos, entre científicos, comprometiéndose a dar una orientación positiva a unos determinados conocimientos y evitar su utilización abusiva para la dignidad del hombre, o destructora de la naturaleza, si cada uno está convencido de que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Pararse a reflexionar en ese "debe" requiere un cierto grado de libertad de los intereses económicos o políticos, estando comprometidos exclusivamente con los intereses auténticos del hombre. Como pararse a reflexionar en la orientación de la aplicación de los conocimientos y dirigirlos hacia aquellos ámbitos en que existen necesidades más o menos perentorias para la humanidad, requiere una actitud de servicio, para poder responsablemente prevenir a los demás de los riesgos que comportan las aplicaciones de ciertos descubrimientos, es necesario haber aceptado previamente el compromiso de las aplicaciones de los propios resultados obtenidos. La responsabilidad social de la investigación no radica en el área en la que se investiga, sino en la mentalidad de servicio del investigador. Responsabilidad "universal". En el presente, en la Biología, y más concretamente en el ámbito de la biología molecular, adquiere una significación más precisa el concepto y la problemática de las intervenciones del hombre en los procesos naturales. Esa forma de tratar y relacionarse con la naturaleza -consecuencia del cientifismo- como si hubiera de ser producto de la actividad humana trae consigo, junto a la actitud dominadora que caracteriza esa mentalidad cientifista, el asumir, como algo que le corresponde, la responsabilidad de la marcha, futuro y progreso del universo, y de las especies vivientes. Una obligación de intervenir en todo y a cualquier precio. No sorprende -por ejemplo- que desde esa perspectiva tras la aparición de la arqueología genética se plantee la "obligación" de devolver a la vida actual de nuestro planeta especies extinguidas, como los dinosaurios. Es una postura muy generalizada ese no saber encontrar los límites propios de la responsabilidad como científicos; algo así como sentirse impulsado necesariamente a cambiar el rumbo de la vida de nuestro planeta al paso de la aparición de los nuevos descubrimientos. En el simposio CIBA, tras el desciframiento del código genético, cuando un grupo de biólogos quisieron asumir la función de crear nuevas especies, manipulando el mensaje genético, J. Lederberg declaró que "no hacerlo equivaldría a dilapidar pecaminosamente el tesoro de nuestro saber genético" (15). George Unger, neuroquímico que descubrió la sustancia cerebral que produce en ratones la sensación de miedo a la oscuridad, respondía así a la pregunta de aplicar los conocimientos de su especialidad al control de la mente humana: "Como científico estoy convencido de que, desde el momento en que existen indudables ventajas en todo lo que estamos haciendo, nuestro deber es seguir adelante. He dicho que la conquista de la mente inspira miedo. Ello no me obliga a cambiar de oficio. Sería contrario a mi naturaleza, como querer forzar con marcha atrás un mecanismo que ha sido pensado para andar sólo hacia adelante. Por tanto, estamos ya demasiado adelantados en este juego para que podamos detenernos". Se ha ido creando paulatinamente una especie de "vértigo de posibilidad": la obligación de cambiar, de influir en todo aquello que hace posible el progreso del conocimiento científico. Señala Spaemann (16) que es una concepción específicamente moderna ese no distinguir la libertad de obrar de una forma o de otra de la libertad de obrar o no obrar, lo que "convierte en universal la idea de una responsabilidad inevitable"; no existe tal responsabilidad especialmente en omitir acciones de las que además no podemos tener garantía de que sus consecuencias negativas puedan compensarse con nuevas intervenciones. Dado el desarrollo tecnológico las consecuencias posibles de las posibles acciones en un determinado momento son muy complejas e imprevisibles, y para definir una omisión, como tal, se requiere ponerla en relación con una esfera delimitada de responsabilidades exigibles. Establecer esas esferas dentro de las cuales el agente es responsable de sus acciones u omisiones es función de las instituciones: leyes y costumbres definen la esfera. Así, afirma Spaemann "es asunto de las leyes determinar hasta qué punto una fábrica debe responder de los daños que ocasiona en el entorno. Sin tales leyes sería cínico apelar a la moral individual" (17). Nos encontramos en una situación en que "por una parte, nos es imposible tomar en consideración todos los efectos secundarios; pero, por otra, sería irresponsable ante las amenazas humanas retroceder sólo ante los efectos secundarios conocidos y comprobados. La moderna norma probatoria probabilista "in dubio pro libertate" presupone la existencia de un cosmos que la acción humana no puede perturbar. Invertir esta norma haría imposible una vida digna para el hombre. Si frente a esta situación queremos formular una norma ética fundamental, habría de basarse en la regla de que lo óptimo "no es nunca un máximo de algo". Mas entonces sólo podría ser aquella vieja norma de la ética griega: nada en exceso" (18). Anterior Siguiente Indice
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