Capítulo 13. Etica de la investigación científica.N. López Moratallaa) OBLIGACION DE VERACIDAD El trabajo del investigador, por ser una actividad encaminada a la búsqueda de un conocimiento de la realidad física, lleva consigo, como exigencia propia, la obligación de mantener una plena veracidad de todas y cada una de las fases por las que atraviesa la investigación, desde el planteamiento del problema objeto de estudio, a la realización de los experimentos o a la interpretación y comunicación de los resultados que obtiene. Esta exigencia ética tiene su raíz en la naturaleza misma de la actividad científica y requiere que el investigador pueda realizar dicha actividad libremente. La libertad ante la verdad es un presupuesto necesario, sin el cual no es posible la actividad investigadora. Sólo la verdad determina la Ciencia, que goza de una autonomía basada tanto en su independencia metodológica, como en la neutralidad en el planteamiento de los problemas y en la interpretación de los resultados. La autonomía se fundamenta, además, en la exigencia de objetividad inherente al mismo método científico, que requiere una continua crítica de los conocimientos adquiridos. El investigador ha de conseguir ser libre frente a cualquier tipo de "prejuicio" que le ate y dificulte su tarea, ya que, si lo hubiera, no podría encontrar más que interpretaciones parciales. Debe ser libre frente a "dogmas científicos", es decir, verdades provisionales que a veces, pueden establecerse en el mundo científico como absolutamente definitivas; libre frente a sus propios intereses personales o ideológicos, o frente a las imposiciones de un posible funcionalismo técnico que considerase como conocimientos válidos sólo aquellos que puedan ser de aplicación inmediata. La libertad lleva unida, de forma inseparable, la responsabilidad. Por ello, es lógico que el sentido de responsabilidad, tanto en la búsqueda de nuevos conocimientos como en las aplicaciones prácticas de los hallazgos, sea considerado como valor ético primario esencial del investigador. Como señala Weinberg (1), "de todos los rasgos que cualifican a un científico, como ciudadano de la república de las Ciencias, yo pondría el sentido de su responsabilidad como científico, en la cima. Un científico puede ser brillante, imaginativo, hábil con las manos, profundo, amplio, limitado, pero no es gran cosa como científico, a menos que sea responsable. La esencia de la responsabilidad científica es el impulso interior, la necesidad interna de ir al fondo de las cosas, el descontento hasta que lo ha hecho. Expresar las reservas de uno, plena y honestamente, y estar preparado a admitir el error". La responsabilidad no es sólo necesaria en situaciones difíciles, en que las decisiones que han de ser tomadas conllevan consecuencias de clara proyección social, como el control nuclear y de armas, el uso de material tóxico, la selección de modos de producción y conservación de la energía, etc., sino también ante otros muchos aspectos de la vida cotidiana de la Ciencia. Fraudes en la Ciencia Desde siempre, la figura del científico, del "sabio" investigador, ha aparecido como la imagen del rigor, de una honradez sobre la que no cabían dudas, hasta el punto de que las opiniones que pudiera expresar sobre diversas cuestiones han supuesto argumentos de autoridad. Sin embargo, en los últimos años se han producido diversos escándalos, porque se han conocido algunos fraudes cometidos por científicos que, por motivos variados, habían perdido su libertad ante la verdad. La literatura científica se ha hecho amplio eco de algunos de estos fraudes, más o menos espectaculares (2,3). Examinemos brevemente algunos de ellos. Cyril Burt, inglés, muerto en 1971 a los 88 años, dedicó su vida a la publicación de estadísticas acerca del coeficiente intelectual (Q.I.) de gemelos homocigóticos de todo el mundo, que habían sido separados y educados por familias diferentes. Estos datos, irreales y fabricados por él, ya que nunca realizó tales estudios, afirmaban rotundamente la herencia de las capacidades intelectuales, sin que la educación ni el desarrollo personal incidiera en absoluto, ya que los Q.I. de tales gemelos eran iguales hasta la tercera cifra decimal. Con la publicación de estos trabajos, se produjeron, grandes debates y controversias ya que es obvia la importancia de este tema. Sólo después de la muerte de Burt se conoció el fraude; posiblemente un convencimiento personal, no científico, de que debía ser así, y quizás el no ser capaz de ver triunfar a los que pensaban lo contrario, fue lo que le llevó a inventar los resultados, citar sus trabajos con otros nombres, nombrar dos colaboradores que no existían, etc. En otras ocasiones, han sido prejuicios científicos o intereses ideológicos lo que ha llevado a torcer el camino de la verdad. Krammever, zoólogo vienés de principios de siglo, afirmó haber conseguido en un sapo de vida terrestre ("Alytes obstetricans") que, a diferencia de los anfibios acuáticos, carece de espículas córneas o rugosidades en las extremidades, el desarrollo de rugosidades en la mano y antebrazo, que se transmitían a las sucesivas generaciones, si se le obliga a realizar la cópula en el agua. Pretendía demostrar de este modo la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos, con lo que no era más que tinta china inyectada. De igual forma, se ha podido poner de manifiesto que el hombre de Piltdown, el eslabón perdido entre el hombre y el mono, no es más que un cráneo envejecido de un hombre reciente y una mandíbula de orangután. Otras veces han sido intereses personales, como en el caso de Franz Moewer, presentado como pionero de la Biología Molecular y propuesto para el premio Nobel por haber mostrado uno a uno los 70 genes del alga unicelular "Chlamydomonas" y su fisiología y bioquímica, sin haber realizado experimentos que condujeran a la obtención de estos conocimientos. En los últimos decenios, la investigación científica ha sufrido una serie de cambios, en lo que se refiere al aspecto organizativo, que en cierta medida han influido, o han hecho más difícil mantener la libertad del científico ante la verdad, imperativo ético primario del científico. La investigación ha pasado, de ser una actividad de personas que se mueven exclusivamente por su afán de conocer, a constituir una necesidad pública, ya que supone un factor esencial de desarrollo de los países. Y si bien esta nueva actitud no significa un cambio sustancial de la actividad científica, ha supuesto, sin embargo, una serie de modificaciones en la estructura de la Ciencia. El factor fundamental es y seguirá siendo el hombre que siente la necesidad de ampliar los conocimientos, de encontrar respuestas a interrogantes planteados. Pero al trabajo individual ha sucedido el trabajo en equipo; a la comunicación de los hallazgos en largos trabajos, o libros, que recogían los resultados de toda una vida de investigación, suceden artículos breves, de rápida difusión, e incluso, notas preliminares y hasta conferencias de prensa o divulgación previas a la aparición de los datos en la literatura científica. A su vez, la "masificación" de los científicos y técnicos lleva consigo una fuerte competitividad y una cierta presión a avanzar con rapidez, que puede dificultar la necesaria serenidad. "Publica o perece" se considera un lema en los ambientes científicos. En algunos casos, esa presión ha restado fuerza en la obligación de veracidad de todo investigador. Así se hicieron famosos los ratones "maquillados" de Summerlin, quien fue sorprendido cuando se disponía a pintarles la piel, para mostrar la pérdida de las características de tejido extraño que adquirían los tejidos en cultivo, cuando fue invitado a repetir, ante otros, su experimento, ya famoso, pero que no había podido lograr reproducir. La competencia y rivalidad, especialmente entre jóvenes investigadores que comienzan su carrera científica en los grandes laboratorios, ha ocasionado también situaciones conflictivas traducidas en denuncias o protestas. Son de sobra conocidas las retractaciones del Premio Nobel Lipmann y de Simpson por el trabajo de un colaborador acerca de la síntesis de citocromo por cultivos libres de células, que no pudo ser repetido por no ser verídico; o la apropiación de trabajos, como ocurrió a Wheelock, que encontró publicado por un becario de su laboratorio un trabajo acerca de la reversión de tumores, que él había preparado como informe para obtener un crédito; o el escándalo en el campo de los mecanismos moleculares de la transformación maligna de las células, dado por Spector en el laboratorio de Racker. Las manifestaciones repetidas de esa falta de veracidad oscurecen, sin duda, la imagen de la Ciencia, y ha dado lugar a que entre los sociólogos de las ciencias se haya comenzado a proponer la necesidad de establecer sistemas de "control y corrección" dentro de la misma Ciencia. Otros "pequeños fraudes", mucho menos espectaculares, se pueden dar de hecho en la vida normal de la investigación científica, por falta de rigor, que lleva a ocultar resultados que contradicen las hipótesis, a recomponer los datos, a no citar correctamente fuentes, etc. Son defectos corregibles que acompañan, por la limitación y los defectos personales, a toda actividad humana; algo, por tanto, que el investigador puede y debe evitar y rechazar. Pero no constituyen partes integrantes de la propia estructura de la investigación científica y del desarrollo de las ciencias, como pretenden los partidarios de las corrientes de relativismo de la Filosofía de la Ciencia. Anterior Siguiente Indice
|