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Canon de Leonardo
Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 12. Etica de la comunicación de la Ciencia.

J. M. Desantes-Guanter

b) CARACTERISTICAS ETICAS DE LA COMUNICACION

Objetividad del dato

En la comunicación del mundo externo, como ha quedado dicho, el emisor ha de tener objetividad, es decir, prescindir de todo ingrediente subjetivo para mostrar la realidad tal cual es. La realidad externa es la medida del conocimiento del emisor y la del mensaje fáctico comunicado. El hecho de que la objetividad sea prácticamente imposible de alcanzar no releva al comunicador de procurarla de una manera asintótica (19). En todo caso, la exactitud o verdad de la comunicación del mundo externo puede comprobarse por la adecuación a él del mensaje fáctico comunicado.

En la comunicación del mundo interno esta adecuación es imposible de medir. Queda exclusivamente pendiente de la conciencia y del sentido de responsabilidad del emisor. En otras palabras, solamente admite una valoración ética o -en el caso del investigador científico- deontológica. Pero no pierde su sentido y su fuerza de deber, más riguroso para el investigador, puesto que solamente de él depende su cumplimiento que es incomprobable por otro.

Sinceridad en la ideas

El deber de hacer transparente la propia idea científica es un deber de subjetividad, paralelo al que, en la comunicación del mundo externo, hemos llamado deber de objetividad. El científico ha de prescindir de todo ingrediente externo para comunicar lo que, efectivamente, ha ideado. Esta fidelidad a la propia idea se llama sinceridad.

La comunicación científica ha de ser sincera. El biólogo ha de informar -poner en forma- su mensaje ideológico de modo tal que ofrezca a sus colegas la posibilidad de compartir (20) con él sus propias ideas, sea para admitirlas, sea para rechazarlas. La sinceridad del científico le ha de llevar a decir lo que piensa, todo lo que piensa y nada más que lo que piensa.

La comunicación de una idea que no tiene o que, de un modo o de otro distorsiona, constituye un engaño o inadecuación entre la mente y el mensaje comunicado para que lo reciban otras mentes.

La sinceridad del científico exige la complitud del mensaje comunicado. El biólogo no puede ser un avaro que se reserva ideas que forman parte de la investigación, comunicando ésta de modo fragmentario o incompleto. Con ello queda incumplido su deber deontológico, insatisfecho el derecho a recibir de los miembros de la comunidad científica, y amenazada la existencia de esta comunidad o, al menos, la integración en élla del científico que se reserva las ideas. Esto es así, incluso cuando la idea constituye una perspectiva de la realidad. "Una perspectiva no es un fragmento, sino la cosa toda colocada en un sesgo determinado" (21).

La sinceridad impide, del mismo modo, la fabulación: el ampliar imaginativamente las ideas científicamente elaboradas; el ofrecer como ideas sustantivas las que tienen tan solo un valor marginal o adjetivo; el ponderar excesivamente en sentido positivo el esfuerzo que ha costado o la importancia que tiene una idea; el descartarlas con un más o menos críptico sensacionalismo; la simulación de ideas no obtenidas por el esfuerzo de abstracción del científico comunicador, en general.

La comunicación científica ha de tener el mismo grado de catarsis intelectual que ha de tener la idea científica del biólogo emisor.

La libertad

La pureza intelectual del investigador científico exige su libertad ideológica. Y si la comunicación científica ha de ser sincera, ha de estar presidida también por el principio de libertad. Libertad que, para ser tal, no admite condicionamiento, ni limitación alguna, internos o externos. La ausencia de estos últimos constituye la independencia del comunicador científico (22).

La libertad incondicionable e ilimitable no significa, empero, la posibilidad deontológica de comunicar cualquier cosa bajo la calificación científica. La libertad es el modo libre de ejercitar un derecho o de cumplir un deber. Tiene, por tanto, no por limitación, sino por propia naturaleza, que seguir la suerte del derecho y del deber de la que constituye un adjetivo y ser congruente con el objeto sobre que recaen el derecho y el deber. Así entendida, la libertad de comunicación científico-biológica se refiere exclusivamente a:

a) La comunicación científica y no de otro tipo, como puede ser la comunicación ensayística; o la comunicación de ideas elaboradas no científicamente por un aficionado, o incluso por el biólogo, sin sometimiento a una metodología científica.

b) La comunicación de ideas científicas en el estricto campo de la Biología y no de otras Ciencias que al biólogo le resulten extrañas. Otra cosa es que se valga para su investigación -y que crea conveniente comunicarlas- ideas elaboradas por científicos en campos del saber más o menos aledaños a la Biología, conforme a las reglas que ya se han esbozado acerca de las ideas científicas aprendidas o no originales.

c) La comunicación de las ideas científicas del saber biológico no puede servir de ocasión o excusa para llevar a cabo ninguna especie de propaganda o comunicación persuasiva tendente a fomentar una ideología, o sistema ideológico que, por axioma, no pertenece al campo científico, sino al religioso, político, etc., que tienen sus reglas propias de comunicación.

La comunicación ideológica tiene como constitutivo un bien. La comunicación científica difunde un bien científico. La difusión de un mal no constituiría comunicación, sino que sería un modo de incomunicación, ya que tendría efectos disfuncionales en la Ciencia y en la Sociedad. Nadie tiene derecho a difundir el mal; por el contrario, existe el deber de no difundirlo. Constiuye difusión de un mal la de cualquier mensaje que va en contra de los derechos naturales o fundamentales. En el campo científico de la Biología el derecho más primario y fundamental de todos, que es el derecho a la vida, y otros dos derechos inherentes al núcleo de la personalidad humana: el derecho a la dignidad del hombre y el derecho a su intimidad (23).

Conciencia de los límites del conocimiento científico

El mensaje de la comunicación ideológica tiene como constitutivo el bien o la verdad operativa, equivalente a la verdad científica, cuyo significado es muy distinto al de la verdad como adecuación de la realidad al conocimiento. No se trata aquí del conocimiento de hechos, sino de la elaboración criteriológica de abstracciones o ideas a partir de aquel conocimiento. Al científico no se le exige que comunique la verdad de unos hechos, sino las ideas que él considera válidas para explicar causalmente los fenómenos y considera, en el momento de comunicarlo, como su verdad. Verdad que no puede serlo de una manera absoluta y definitiva, puesto que solamente explica una parte de todo el objeto de su Ciencia y del concreto objeto investigado (24); y porque su hallazgo es susceptible de profundizaciones y generalizaciones sucesivas. Que le sea exigible la sinceridad, no significa que sea exigible la comunicación de una verdad como adecuación total con el ser, al modo de la comunicación de la realidad externa.

Esto no significa escepticismo, ni relativismo, desde el punto de vista de la comunicación ideológica porque lo que es relativa es la llamada "verdad científica". Lo que parece tal al propio investigador en el momento de comunicarlo, puede no serlo en el momento siguiente, en que ha obtenido una idea nueva. Cada sucesiva generalización sitúa al investigador ante nuevos horizontes que hallar que, descubiertos, desvirtúan la verdad científica anterior, la cual, a pesar de su imperfección o incomplitud, ha servido de punto de partida para el nuevo avance. El hombre de ciencia comparte la idea socrática de que cuanto más aprende, más le falta por saber, le sitúa en trance de iniciar nuevas andaduras (25). Se ha dicho, por éso, que la verdad científica es frágil como la porcelana (26). Si en lugar de referirnos a un solo investigador lo hacemos a la sucesión de investigadores que han trabajado en una misma línea, el resultado de provisionalidad de las conclusiones científicas y de su valor de escabel para nuevas investigaciones, es el mismo (27).

Por otra parte, tampoco la "verdad científica" que el investigador responsable comunica sinceramente es verdad en cuanto que él la ha conseguido con honradez, esfuerzo y método. Pero para otro científico que trabaje sobre el mismo objeto puede ser un error, subjetiva u objetivamente hablando. El error científico que el investigador comunicase de buena fe como verdad no obstaría a los mecanismos éticos de la comunicación científica. Y esto no solo por su derecho y su deber de comunicar aquello que, de buena fe y puestos todos los medios epistemológicos, considera un acierto, sino también porque el error supone un valor positivo para la ciencia por el esfuerzo que, el mismo investigador que lo comete u otro distinto, ha de hacer para rebatirlo, cancelarlo, superarlo o rectificarlo. Se ha dicho que la Historia de la Ciencia es la historia de los errores científicos (28). Sean tales errores, sean aciertos incompletos, el avance científico se va produciendo por el conocimiento de unos y otros en la comunidad científica y por su utilización adecuada como apoyos, por acción o por reacción, para cada nuevo objetivo científico a conquistar. Lo que no impide que, por sucesivas decantaciones criteriológicas, se llegue también a conclusiones que puedan ser estables o dificilmente discutibles.

En cualquier caso, la comunicación científica nunca puede ser una comunicación "ex cathedra", no por el relativismo del investigador o porque esté en duda su competencia científica, sino por la relatividad natural de las conclusiones intelectuales que le es dado comunicar.

Reglas formales de la difusión científica

Las reglas deontológicas de la comunicación científica se extienden también a la forma. La comunicación exige una puesta en forma, que es en lo que consiste la información. El científico que comunica los resultados de su investigación es así un informador de unos específicos mensajes ideológicos.

La comunicación científica ha de ser elocuente, en el preciso sentido del concepto y el término elocuencia: decir algo a alguien. La comunicación científica no es un hablar, sino un decir. Decir todo lo que hay que comunicar y nada más. De una manera precisa, sintética y sencilla, pero comprensiva, de todo el mensaje. La grandilocuencia y los adornos en el lenguaje científico pueden considerarse como ociosos y en consecuencia superfluos para el receptor (29). En el supuesto de la comunicación oral, es necesaria una preparación próxima para cuidar las expresiones y su exactitud al máximo. En el caso de la comunicación escrita, es imprescindible la corrección de los términos, del estilo, de los errores y de las erratas de imprenta. De aquí que sea recomendable un espacio de tiempo entre la redacción primera y la corrección o correcciones sucesivas, del autor, de un tercero o de ambos (30).

El algo comunicable ya ha quedado repetido que es el resultado de la investigación. Resultado que ha de decirse con precisión y exactitud. La investigación, en cuanto que es original, puede ser comunicable mediante una conceptualización y terminología conocidas y ya usuales en el lenguaje científico o puede requerir la formulación de nuevos conceptos y la utilización de términos adecuados. Los conceptos se comunican mediante definiciones que han de cumplir las tres reglas criteriológicas de tal manera de expresión: abarcar todo el objeto que se pretende definir; marcar claramente el límite con los demás objetos; y evitar que lo definido entre en la definición. La utilización de términos adecuados es una parte del quehacer científico: nominar es ya hacer ciencia. Nominar con exactitud requiere un extenso e intenso conocimiento del idioma para utilizar las palabras existentes en su más depurado sentido. Solamente cuando no hay término exacto en el propio idioma, la precisión exigirá la adopción de un extranjerismo -siempre que el vocablo extranjero sea también preciso en el idioma original para nominar idéntico objeto-, o la creación de un neologismo, si tampoco se encuentra un término adecuado en otro idioma.

Si en otra comunicación científica anterior, propia o ajena, se ha empleado inadecuadamente un término, debe corregirse la nominación. De no haber inadecuación, debe emplearse el mismo término con el fin de homogeneizar y normalizar la terminología científica.

En la medida de lo posible esta homogeneización debe entenderse por círculos concéntricos a las ciencias afines y a las más alejadas hasta constituir un acervo común con las Humanidades en los puntos de tangencia entre las Ciencias experimentales o de la Naturaleza y las Ciencias del espíritu o del hombre en cuanto ser espiritual.

De este modo el alguien de la comunicación o sujeto receptor puede ir ampliándose sin descender por eso del nivel rigurosamente científico, pero contrapesando recíprocamente los inconvenientes de la especialización científica, sin perder sus ventajas.

El sujeto receptor se ampliará cuantitativamente, sin merma de su calidad, a medida que se aumenta la comunicabilidad de los resultados científicos o la capacidad de comprensión de las personas dedicadas a la investigación científica en las diversas ramas del saber. Y es deber del investigador contribuir a esta expansión.

La calidad intelectual de la comunicación científica exige el decoro en el medio en que se difunde o en el soporte del mensaje comunicado. Este decoro está distante del descuido como del lujo. Una investigación científica difundida con poco gusto, sin cuidado o en forma ostentosa, se devalúa. Esta exigencia depende, en algunos casos, del medio en que la comunicación se difunda, lo que impone al investigador seleccionar este medio. La calidad del papel o del soporte de que se trate, el tipo de letra, la sobriedad y elegancia de portadas y títulos no encarecen el coste de la publicación y dignifican el mensaje que vehiculan. El científico debe acudir, en la duda, a los expertos en las técnicas informativas.

En todo caso, del autor depende la exigencia de lo que es su derecho: que el texto corresponde con el redactado por él; que se corrijan, por él o por otros, los errores y erratas de imprenta, y el dar el "tírese" definitivo al texto compuesto para su impresión.

La publicación de investigaciones colectivas

En el supuesto de un trabajo colectivo, las reglas deontológicas que rigen su comunicación son las mismas que rigen la publicación del trabajo individual. Hay, sin embargo, alguna puntualización oportuna.

Sea un trabajo separable en su publicación, sea un trabajo solidario no individualizable en sus resultados, ninguno de los componentes del equipo debe adelantar la publicación de una parte sin la autorización de los demás; o utilizar resultados del trabajo del equipo para basar, razonar o confirmar los propios trabajos individuales a comunicar. Mucho menos revelar los secretos de una investigación en marcha, cuya titularidad corresponde al equipo o a alguno de sus componentes.

La publicación del trabajo debe hacerse bajo el nombre del responsable de cada parte, o bajo el de todos los que han participado en el trabajo, cuando el resultado es solidario. Es lícito, por supuesto, destacar el nombre del que efectivamente y no solo por su categoría, ha actuado como director del equipo. Hay que evitar, sin embargo, lo que, referido a un versículo evangélico, se ha llamado "efecto San Mateo" (31), que puede adoptar diversas formas: la omisión del nombre de algunos colaboradores modestos, lo que supone una apropiación de la titularidad intelectual por parte del resto; la introducción del nombre de alguna persona que no ha realizado esfuerzo alguno, lo que implica la apropiación por su parte del esfuerzo de los demás; y la figuración de los nombres de los colaboradores, que induzcan a error o confusión acerca de la importancia relativa de su participación en el trabajo, como puede ocurrir con el orden en que figuran, cuando no se objetiva - por ejemplo, el orden alfabético-, o cuando se establece en función de la categoría académica, científica o social de los figurantes y no del efectivo esfuerzo desarrollado en la investigación cuyos resultados se difunden.


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