Capítulo 12. Etica de la comunicación de la Ciencia.J. M. Desantes-Guantera) DERECHO Y DEBER DE COMUNICAR LA CIENCIA La primera evidencia que se advierte es que la comunicación de la Ciencia biológica es, ante todo, comunicación científica. Ha de ser, por tanto: a) Comunicación o puesta en común de mensajes entre aquellos que, por formación, son capaces de comprender lo que se comunica. Es, por tanto, una comunicación de sentido horizontal, entre personas de un mismo nivel, que constituyen una cierta comunidad científica o un grupo social, caracterizado por una capacidad comprensiva equivalente de aquello que se emite y se recibe. b) Científica: de mensajes científicos. Es decir, de contenido epistemológico y causal, elaborado conforme a un proceso intelectual -aunque basado en realidades experimentales, como son las biológicas- que permite, por métodos de inducción, abstracción o generalización, obtener unos principios generales a los que llamamos ideas, en sentido amplio. Ideas que, aunque referidas a fenómenos biológicos externos, forman parte del mundo interior del científico que actúa como emisor en un acto comunicativo concreto, en el que se pretende trasladarlas a unos receptores capaces de comprenderlas, como se ha dicho, de modo que se establezca, entre emisor y receptores, una "adæquatio mentis ad mentem". Se advierte que la comunicación científica es, como toda comunicación ideológica, la comunicación de un bien (2). Bien que, en su acepción más precisa, se define como "veritatem agere" o verdad operativa, que, de alguna manera, se traduce en acción; no simplemente verdad lógica o especulativa. Si en todas las ciencias la comunicación de los resultados de la investigación significa la comunicación de un bien, lo significa específicamente en la Biología, no solamente porque las ideas científicas van sirviendo de apoyo, precedente o andamio, a nuevos descubrimientos científicos, sino también por su utilización epistemológica en las Ciencias aplicadas o en las diversas aplicaciones técnicas (3). Partimos del axioma de que el hombre de ciencia -el biólogo en nuestro caso- tiene derecho a la obtención de esas ideas, derecho a la investigación o a la creación científica (4). Este derecho -como todos aquellos que se refieren a una actividad profesional- no es otra cosa que el medio jurídico -y, por tanto, ético- de cumplir su deber de investigación, ideación o creación científica como obtención de un bien para sí mismo (5) y para la humanidad (6). De manera paralela, el biólogo, quizá de un modo más intenso que otro científico, puesto que estudia la vida misma -el primero y más natural de los derechos-, sus fuentes, características, etc., tiene derecho a comunicar sus ideas científicas como modo de cumplir su deber de comunicación de la Ciencia biológica. Deber que, como todos, responde al derecho de otra u otras personas que, como ya ha quedado dicho, constituyen la comunidad científica y que corresponde a todos y cada uno de sus miembros. Este acoplamiento entre el derecho de otro y el propio deber que lo satisface se refiere no solamente al qué, sino también al cómo de la comunicación científica; y este cómo abarca no sólo el fondo o la sustantividad de los mensajes científicos, sino también su forma, a la que D'Ors ha llamado acribia (7). Comunicaciones acientíficas y paracientíficas El planteamiento riguroso de lo que es comunicación científica, en general y especialmente en el área biológica, obliga a excluir de su ámbito la divulgación de lo científico. El resultado comunicativo de la divulgación deja de ser científico. En consecuencia, el proceso informativo que a él lleva deja de ser comunicación científica desde el momento en que no existe comunidad entre el científico y el público -más o menos culto- no experto en Biología. El derecho del público no especialista a conocer los avances científicos se mueve en una órbita más amplia, diversa al derecho a la comunicación científica. Y, por tanto, también en esa línea se encuentra el deber de comunicar. No se trata, en este supuesto, de difundir, sino de divulgar, de hacer comprensible a todos lo que ocurre en el campo de la Biología. Y esta amplia extensión de la comprensibilidad priva de la complitud y de la precisión epistemológica y técnica al mensaje divulgado. El derecho del público a conocer los avances de la Ciencia se satisface con la comunicación del quehacer científico, de las motivaciones y propósitos de los investigadores y de los resultados prácticos de la investigación. Pero no llega -porque no puede llegar- a más. Hay, empero, dos formas de divulgación cuyas reglas deontológicas concretas son diversas, aunque obedezcan a los mismos principios: la divulgación a través de los profesionales de la información, y la que directamente difunde el biólogo. La primera es la que ha dado lugar a lo que impropiamente se ha llamado "periodismo científico", que ha tenido más brillo en su intención programática (8) que en sus resultados efectivos (9). En realidad, este modo de divulgación de lo científico es obra de lo que Brajnovic ha llamado "colaboración continua" o conexión entre el biólogo y el comunicador, para que éste último pueda dar cuenta de lo que ocurre en el nivel científico, y para que el "experto popularizador" interprete aquello que pueda entender (10). La responsabilidad del biólogo termina así en conseguir la comprensión posible por parte del comunicador; no se extiende a lo que resulte de la efectiva comunicación al público, ni a las ambigüedades e inexactitudes en que pueda incurrir el informador que divulga. El biólogo que divulga directamente por medio de artículos, entrevistas, etc., que se difunden a través de medios de comunicación social o en forma verbal y pública, asume la responsabilidad moral -y, en su caso, la jurídica- del mensaje vulgarizado de lo científico. No es un caso de comunicación científica, sino de divulgación por un hombre de Ciencia, sin mediadores profesionales de la información. La dificultad de traducir a términos inteligibles al público las ideas y términos científicos puede inducir, ora a desvirtuar o hacer equívoco lo que se intenta decir, ora a hacerlo incomprensible al público o a la parte de él menos culturalizada. En uno y otro caso se frustra la efectiva comunicación. En el supuesto de que la comunicación se logre (11), acechan otros peligros reales y, por tanto, morales a la divulgación. Uno de éllos es el sensacionalismo con que, más o menos intencional o negligentemente, puede destacarse el mensaje vulgarizado para despertar el interés y la admiración del público, ante una investigación o un hallazgo que no merece una ponderación tan destacada. Otro, la anticipación con que un investigador da noticia de unos resultados inmaduros, no confirmados o inválidos. Estas desviaciones pueden ser graves cuando despiertan expectativas, por ejemplo, de curación; cuando producen temor en las gentes; cuando inducen a pensar a personas impresionables que tienen síntomas de un mal imaginario; cuando le llevan a utilizar medios o sustancias sin control facultativo, etc. El mismo concepto taxativo de comunicación científica margina toda la información que puede llamarse, en términos generales, referencial. El agobiante número de publicaciones científicas que se editan en el mundo y la posibilidad actual de estar enterado de todas ellas por procedimientos electrónicos (12) exige la confección de las escuetas referencias de los trabajos publicados y el dominio de los sistemas de análisis, clasificación y valoración que se les debe aplicar. En un plano algo más elevado, conocer la técnica de la confección de resúmenes o abstracts, que den una primera impresión aproximativa de la calidad y el interés de un trabajo científico. Esta tarea impone una especialización metodológica, más que sustantiva o de contenido. En otras palabras, es tarea de documentalistas y no de biólogos; en último extremo, de biólogos que no actúan como científicos de la Biología, sino como técnicos de la documentación (13). No es el científico el que comunica, sino que es el documentalista de la Biología el que, mediante los distintos tipos de referencia, incluido el resumen, lleva a cabo la información acerca de las comunicaciones científicas. La responsabilidad del biólogo, en este caso, se concentra en la fase previa a su propia investigación: en saber lograr y valorar el material referenciado. No en su comunicación que, todo lo más, acompañará, como elemento de erudición a la comunicación científica propiamente dicha, en forma de notas o de relaciones bibliográficas. La comunicación científica ha de reunir las cualidades suficientes para que sea posible el "rediscovery" o redescubrimiento de lo comunicado, lo que exige que la comunicación de las ideas o generalizaciones científicas vaya acompañada de datos, ejemplos de la realidad, exposición de procesos seguidos en el laboratorio, etc. La aportación fáctica es importante y necesaria para completar la comunicación científica. Pero, por una parte, es tan sólo un suplemento de tal comunicación. Por otra, supone un tipo de mensaje de hechos o comunicación del mundo exterior distinto al mensaje ideológico. Este mensaje fáctico tiene sus propias reglas, que se deducen de su mismo constitutivo, que es la verdad, entendida como adecuación de lo comunicado con la comunicación. Los datos, hechos, acontecimientos, procesos, etc., han de comunicarse tal como son y en la medida en que sean necesarios para explicar la idea científica. Lo mismo cabe decir de las reproducciones icónicas, sean trasunto de la realidad (fotografías, por ejemplo), sean representaciones elaboradas (dibujos, gráficos, etc.). Con respecto a todos ellos, el científico debe ser objetivo en el sentido de prescindir de todo ingrediente subjetivo en su exposición o reproducción clara, escueta, suficiente y verdadera. La aplicación a estos hechos de ideas científicas, propias o ajenas, antecedentes o coetáneas puede llevar a formular juicios u opiniones subjetivas del investigador que, por su inmadurez, no sean susceptibles de generalización o elevación a la categoría de ideas científicas. Puede ser necesaria, conveniente u oportuna su comunicación; pero -como en el caso de los hechos- tal comunicación desempeña un papel ancilar y es objeto, también, de sus propias reglas comunicativas. La opinión ocupa un estado intermedio entre la duda y la certeza. Como tal tiene un gran valor en el avance de la Ciencia al permitir la salida de la esfera de lo dubitativo, aunque sea todavía cuestionable su desemboque en la verdad científica. Las opiniones científicas pueden considerarse como hipótesis que hay que demostrar y es indiscutible el valor preludial e impulsor de la hipótesis en la Ciencia. Pero la opinión no es certeza generalizable; y la hipótesis no es tesis comprobada. Y como tales deben ser expuestas. Y para que puedan ser compartidas o discutidas han de partir de los hechos a enjuiciar y de los criterios con que se ha verificado la subsunción de estos hechos en los principios o ideas generales, para formular unas hipótesis u opiniones que -sin demostrar taxativamente- tan sólo pueden difundirse como comunicación precientífica, con toda la fuerza atenuada, preambular y probable que puedan tener. Comunicación de ideas científicas ajenas Aparte de estos modos de comunicación científica o paracientífica, conviene distinguir dos tipos de comunicación científica, en el sentido riguroso de comunicación ideológica, que pone en común algo del mundo interior del biólogo: la comunicación de aquello que se ha aprendido de otro, cuya autoría le corresponde; y la comunicación del propio hallazgo, del fruto del esfuerzo intelectual del investigador que emite el mensaje científico. La primera no siempre está exenta, empero, de una cierta originalidad en la ordenación de las ideas aprendidas, en el modo de exposición, etc. (14). Pero el mensaje nuclear de la comunicación es en ella interno, en tanto en cuanto ha sido comprendido y asimilado por el emisor. Es la forma habitual de la comunicación con carácter pedagógico; o el recorrido a través de los antecedentes teóricos; o la exposición del "status quæstionis" de un tema en un momento histórico determinado, incluso actual. A la comunicación científica de ideas ajenas le afectan las mismas reglas que a la de las ideas procedentes de la propia investigación, con tres modulaciones. La primera se refiere a la fidelidad del mensaje comunicado con el expresado por el autor de que se trate. No es lícito, por ejemplo, modificarlo con el fin de poderlo criticar más comodamente; o para quitar importancia a la labor científica ajena. La segunda, a la atribución a cada autor de la paternidad de lo que ha sido objeto de su autoría, sin atribuirse la creación científica ajena, lo que constituirá una forma de plagio (15). La tercera, consiste en situar con exactitud el lugar o los lugares donde el autor ha expuesto su original, lo que lleva consigo la obediencia a unas normas técnicas de exposición, de uso común, o impuestas por el medio o por el editor del trabajo científico; pero que, en todo caso, han de ser suficientes para la localización del trabajo original (16). La comunicación del hallazgo científico La comunicación científica, en su sentido más estricto, es así la comunicación ideológica de lo que el investigador ha descubierto por sí mismo, de los resultados de su investigación científica. Lo que sitúa al investigador en una actitud de modestia o humildad intelectual y moral ante la desproporción entre el propio hallazgo y la extensión de la "res civilis" (17) en la disciplina de que se trata, en nuestro caso de la Biología. La humildad no es otra cosa que la verdad. Por lo que el comunicador científico ha de reconocer los límites de su hallazgo para no sobrepasarlos. Se impone el silencio acerca de lo que no se ha llegado a descubrir y que queda abierto a nueva investigación, propia o ajena; o a lo que solamente es una esperanza, es decir, que puede ocurrir, porque todavía no se ha producido; o en la comunicación antes de hora de una investigación incompleta, no terminada; o todavía en hipótesis no confirmada, ni interesante en su estado de simple probabilidad; o, desbordando los linderos del campo de estudio o del método, afirmar, negar o dar explicaciones en materias que trascienden de la Ciencia biológica, amparados en el prestigio de la profesión de biólogo. La modestia o humildad no excluye, antes al contrario, la satisfacción de haber ampliado levemente el conocimiento de la naturaleza, de contribuir al bienestar de los hombres y del cumplimiento del propio deber. La naturaleza intelectual de la comunicación ideológica alcanza su máximo grado de intensidad en los mensajes científicos. Prescindiendo analíticamente de los datos o ingredientes fácticos y de las hipótesis, opiniones, críticas o juicios, el mensaje nuclear de mayor valor epistemológico será el que refleje las ideas obtenidas a través de los métodos acreditados de investigación que, en cada caso, vendrán condicionados por el objeto específico del estudio. Se ha podido decir que, en la cresta de la ola de la comunicación científica, siempre se encuentra la delicada espuma de las ideas (18). Como toda comunicación ideológica, la comunicación científica obedece a unos principios, emanados de su propia naturaleza, que requieren unas adecuaciones a la realidad, elevada a idea, que se va a comunicar. Teniendo en cuenta que la idea científica, una vez decantada y depurada en la mente del investigador, va a ser -por derecho y por deber- puesta a disposición de las mentes de otros científicos capacitados para su comprensión. Anterior Siguiente Indice
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