Capítulo 11. Interacciones de la Biología y la Antropología.Parte II: El hombreA. Llanob) INTELIGENCIA Y TECNICA EN EL HOMBRE Y EN EL ANIMAL Conocimiento objetivo Biológicamente hablando, el hombre es -como dice Gehlen- un ser de carencias ("Möngelwesen"). Es un animal deficitario, que -en términos puramente biológicos- resulta inviable. Pero, entonces, ¿cómo subsiste la especie humana? Y, sobre todo, ¿cómo les gana la partida a otros organismos que biológicamente son más perfectos? Pues, "sacando fuerzas de flaqueza". Ante su penuria biológica, el hombre tiene que acudir a un recurso suprabiológico: a la inteligencia. El "Australopithecus", que estaba muy bien adaptado a su ambiente, desapareció inexplicablemente sin dejar apenas huella. En cambio, el hombre -constitutivamente "inadaptado"- ha triunfado biológicamente gracias a capacidades que trascienden el plano biológico. Naturalmente, si el hombre puede echar mano de ese recurso es porque lo tiene. Lo que se quiere decir es que, para subsistir, el hombre necesita echar mano de su inteligencia, porque sólo así es viable su estructura psicosomática. Esto tiene que ver con la "ruptura" del circuito perceptivo a la que antes nos referíamos. Por causa de su esencial apertura al mundo, cualquier cosa puede constituir para el hombre un estímulo. Toda realidad tiene para él una significación. Y así acontece que se ve sometido a un cúmulo tal de requerimientos perceptivos, que se encontraría inundado por ellos y paralizado, si no pudiera recurrir a ciertos mecanismos de descarga, cuya intervención es decisiva en lo que podríamos llamar el proceso de objetivación (16). A lo largo de este proceso, el hombre queda exonerado o descargado de la exigencia de tener actualmente presentes la totalidad de los complejos sensibles para hacerse cargo del ámbito que le circunda. Por medio de la memoria y de la imaginación -pero, sobre todo, por medio de la inteligencia-, las experiencias que ya han tenido lugar quedan relegadas y conservadas, de manera que pueden completar los cuadros perceptivos posteriores, sin necesidad de que estén presentes. Basta una insinuación luminosa o táctil, por ejemplo, para que se complete la constelación del objeto. Percibo una sombra y sé que alguien ha pasado delante de la ventana; oigo un ruido sordo y me doy cuenta de que un libro ha caido al suelo; paso la mano por una barandilla metálica y percibo la humedad del ambiente. Es lo que Gehlen llama "estructura simbólica de la percepción". Es cierto que esta estructuración simbólica de lo percibido se da ya, en alguna medida, en diversas especies animales, como ha demostrado la psicología de la "Gestalt". Por ejemplo, hay pájaros que distinguen la configuración o forma -la "Gestalt" - de un ave de presa, caracterizada por su cuello corto, de la de una cigüeña, caracterizada por su cuello largo. Pero esta capacidad animal de formalización está siempre ligada a la conducta instintiva, se reduce a unos pocos patrones perceptivos y nunca trasciende la inmediatez de lo sensible incluído en un perimundo (aunque, como vimos, el estímulo pueda estar topográficamente alejado). Todo esto demuestra que los animales tienen sentidos internos: memoria, imaginación, etc. Pero no demuestra que tengan inteligencia. En cambio, la capacidad de formalización del hombre es inmensamente superior. Todo lo percibimos según configuraciones "gestálticas" autónomas, independientes entre sí. Distinguimos un tipo de objetos de los demás, sea cualquiera el lugar en el que comparezca o la apariencia sensible que presente, siempre que mantenga su estructura esencial. La variedad y variación de las estructuras perceptivas humanas es indefinida. Si sólo dispusiésemos de sentidos internos y externos, los entornos sensibles aparecerían ante nosotros como complejísimos mosaicos perceptivos, ante los que seríamos incapaces de reaccionar, porque no tendrían ningún significado. Si lo tienen, es porque asociamos símbolos a las percepciones. O, mejor, porque nuestras propias percepciones son ya simbólicas: asociamos de continuo conceptos a imágenes. El concepto es también un símbolo, pero ya no es perceptivo sino intelectual. ¿En qué consiste la inteligencia? En la capacidad de hacerse cargo de la realidad en cuanto tal. Ante una situación perceptiva como la que acabamos de describir, el hombre echa mano de una función completamente distinta del mero sentir los estímulos provenientes del medio: hacerse cargo de la situación estimulante como una situación y una estimulación reales. La estimulación ya no se agota en su mera afección al organismo, sino que, independientemente de ella, posee una estructura de suyo: es realidad. Y la inteligencia es la facultad radical y específica del hombre que le confiere la capacidad de habérselas con las cosas como realidades. La inteligencia nos remite a lo que las cosas son de suyo, antes y fuera de la estimulación, de suerte que nos deja situados en lo que las cosas son en y por sí mismas. Xavier Zubiri ha desarrollado esta concepción en una interesante síntesis de datos biológicos y reflexiones filosóficas. "La primera función de la inteligencia -sostiene Zubiri- es estrictamente biológica: hacerse cargo de la situación para excogitar una respuesta adecuada. Pero esta modesta función nos deja instalados en el piélago de la realidad en y por sí misma, sea cual fuere su contenido; con lo cual, a diferencia de lo que acontece con el animal, la vida del hombre no es una vida enclasada, sino constitutivamente abierta" (17). El hombre es animal de realidades. Lo cual, como veremos, implica que su inteligencia sea reflexiva, porque sólo puede conocer la realidad objetiva si se conoce a sí mismo como realidad subjetiva, distinta de los objetos. Por ejemplo, en el agua ve el hombre, primeramente, una sustancia para saciar su sed. Pero, como la percibe en cuanto realidad, objetivamente, puede captarla también como un medio para navegar, o lo que puede mover un molino, o donde se refleja la luna. Es que sabe, en alguna medida, lo que el agua es. Aunque su noción pueda irse perfeccionando, posee ya el concepto del agua, el símbolo intelectual que expresa su esencia: lo que el agua es de suyo. Técnica Esta capacidad intelectual le abre al hombre perspectivas indefinidas, no sólo de conocimiento, sino también de acción. Un simple guijarro puede arrojarse, pero también golpearse contra otro, para construir un primitivo utensilio, como los que al parecer hacía el "Homo habilis" descubierto por Leakey. La técnica es una manifestación fáctica, incuestionable, de la inteligencia humana. ¿Pero es que algunos animales no poseen también una cierta habilidad técnica? Seguro. Pero hay una distancia insalvable -y observable- entre la "técnica" animal y la técnica humana. Las abejas siguen haciendo sus panales exactamente igual a como los describió, hace siglos, Plinio. Y nadie recuerda que los castores hayan construido sus presas de otro modo distinto del actual. En cambio, la técnica humana es constitutivamente variable, evolutiva, precisamente porque el hombre tiene inteligencia, porque capta las cosas como realidades y se capta a sí mismo como sujeto activo. Esta relación de fundamentación ha sido también advertida por Zubiri: "El hombre es el único animal que no está encerrado en un medio específicamente determinado, sino que está constitutivamente abierto al horizonte indefinido del mundo real. Mientras el animal no hace sino resolver situaciones, incluso construyendo pequeños dispositivos, el hombre trasciende su situación actual, y produce artefactos no sólo hechos "ad hoc" para una situación determinada, sino que, situado en la realidad de las cosas, en lo que éstas son de suyo, construye artefactos aunque no tenga necesidad de ellos en la situación presente, sino para cuando llegue a tenerla; es que maneja las cosas como realidades. En una palabra, mientras el animal no hace sino resolver su vida, el hombre proyecta su vida. Por esto su industria no se halla fijada, no es mera repetición, sino que denota una innovación, producto de una invención, de una creación progrediente y progresiva. Precisamente donde los vestigios de utillaje dejan descubrir vestigios de innovación y de creación, la prehistoria los interpreta como características humanas rudimentarias" (18). La inteligencia proporciona al hombre la facultad de captar el medio en cuanto medio, precisamente porque conoce las cosas como realidades objetivas. Y esta capacidad le abre la posibilidad de intervenir activamente en ellas. El objeto aparece como un "centro" autónomo en torno al cual se ordenan las percepciones. Y su constitución propia puede ser -en alguna medida- conocida. Sabemos que esas cosas pertenecen a un orden distinto de las vivencias por las que las captamos. Pertenecen a un orden real, objetivo, diferente de la propia subjetividad, sobre el que podemos operar libremente. Con nuestros propios proyectos, podemos captar o modificar el proyecto constitutivo de las realidades. Adviértase que también esta concepción de la inteligencia supone una visión finalista o teleológica de la realidad. Si podemos actuar sobre las cosas y modificarlas técnicamente, es porque conocemos su sentido o finalidad natural, en la que insertamos nuestros propios fines o metas. Desde luego, conocemos mejor nuestras propias finalidades que las de las cosas. Pero esto no significa que la realidad física sea ateleológica. Sólo sabiendo lo que una piedra es y para qué sirve, se puede construir un hacha de sílex. Frente a las ideologías materialistas y mecanicistas del pasado siglo, la filosofía contemporánea ha vuelto a plantearse la cuestión del sentido. Y ha sabido ver la conexión existente entre el sentido de la realidad y el sentido de la existencia humana. La Fenomenología ha desarrollado esta tarea con especial acierto. Dice, por ejemplo, Maurice Merleau-Ponty: "Lo que define al hombre no es la capacidad de crear una segunda naturaleza -económica, social, cultural- más allá de la naturaleza biológica; es más bien la de superar las estructuras dadas para crear otras. Y este movimiento es ya visible en cada uno de los productos particulares del trabajo humano (...). Para el hombre, la rama de árbol convertida en bastón seguirá siendo justamente una rama-de-árbol-convertida-en-bastón, una misma cosa en dos funciones diferentes, visibles para él bajo una pluralidad de aspectos. Ese poder de elegir y de variar los puntos de vista le permite crear instrumentos, no bajo la presión de una situación de hecho, sino para un uso virtual y, en particular, para fabricar otros con ellos. El sentido del trabajo humano es, pues, el reconocimiento, más allá del medio actual, de un mundo de cosas visibles para cada Yo bajo una pluralidad de aspectos, la toma de posesión de un espacio y un tiempo indefinidos" (19). Por tanto, el carácter progresivo de la industria humana tiene su fundamento en la inteligencia como capacidad de captación de la relación medio-fin, que a su vez se basa en la conceptualización de los objetos como realidades objetivas. Los útiles fabricados por el hombre quedan como "desgajados" de la psique corporalizada individual que les dio origen. Es algo decantado establemente en el mundo de las cosas y que puede se utilizado, a su vez, para intervenir más eficazmente en la realidad. Surge así la herramienta, que es un proyecto de acción objetivado. Sólo el hombre tiene capacidad de construir estos instrumentos para fabricar otros instrumentos. Las experiencias de Jrustov -entre otros- demuestran, en efecto, que el chimpancé es capaz de realizar las operaciones correspondientres al "tool-using" y al "tool-modifying", pero no consigue llevar a cabo un auténtico "tool-making". El chimpancé aprende enseguida a utilizar un palo para acercar un plátano que no alcanza con la mano ("tool-using"). Si, en vez de un palo, se le facilita una tabla con estrías claramente dibujadas, pero que es demasido ancha para pasar entre los barrotes de la jaula, el chimpancé es capaz de romper la tabla para hacer con ella un palo ("tool-modifying"). Pero lo que ya no sabe hacer, en el caso de que la madera sea demasiado dura para romperla con la mano, es utilizar un hacha bifaz -o cualquier otro instrumento- para hacer un palo con una tabla ("tool-making"). Lo que el simio no "ve" -porque ya no es posible verla, sino que hay que pensarla- es la relación transversal u objetiva tabla-hacha-palo: no capta la mediación instrumental, porque eso supone ya un constructo conceptual. Anterior Siguiente Indice
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