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Capítulo 11. Interacciones de la Biología y la Antropología.

Parte II: El hombre

A. Llano

a) CONDUCTA ANIMAL Y CONDUCTA HUMANA

Una de las consecuencias culturales más importantes del transformismo evolucionista consiste en que tiende a minimizar las diferencias entre el hombre y los animales. En esto es perfectamente consecuente. Porque si el cosmos es básicamente un conjunto de materia indiferenciada, regida por mecanismos externos, no puede haber distinciones intrínsecas -o, como dicen los filósofos, esenciales- entre los diversos organismos, y tampoco entre el comportamiento de la materia viva y la conducta inteligente del hombre. Como ya se ha señalado, el evolucionismo transformista es, o bien reduccionista, o bien preformacionista. O bien piensa que la vida y la inteligencia no son más que materia organizada, o bien cree que la materia posee desde siempre la capacidad de organizarse vitalmente y de reflexionar sobre sí misma. En consecuencia, para ninguna de las dos versiones del evolucionismo materialista se produce nada realmente nuevo (tal es la paradoja central del evolucionismo ideológico: que acaba por eliminar toda auténtica evolución innovadora).

El reduccionismo tiene a su favor todo el prestigio de la "concepción científica del mundo", y fue mantenido por los científicos y filósofos "progresistas" desde el siglo XVIII hasta hace muy pocos años. Es curioso, sin embargo, observar cómo más recientemente los planteamientos materialistas se inclinan hacia una preformacionismo que hasta hace bien poco se consideraba como una postura conservadora y mítica. Lo había defendido la Biología romántica del siglo XIX frente al evolucionismo cientificista e ilustrado. Lo mantiene, por ejemplo, Schelling frente a Kant. El darwinismo era claramente reduccionista. Mucho menos lo es, en cambio, el neodarwinismo. Y, por su parte, el determinismo al que tienden algunos cultivadores de la Biología celular se inclina en cierta medida hacia el preformacionismo (1). Aunque otros advierten, más certeramente, que los programas evolutivos admiten un margen de variación; acontecería en ellos algo similar al desarrollo embrionario que sigue un programa propio, aunque los procesos evolutivos -que disponen de un tiempo mucho mayor- no están rigurosamente determinados como lo está éste.

Los biólogos celulares más deterministas subrayan, siguiendo a Schrödinger, que "la vida parece ser una conducta, ordenada y sometida a leyes, de la materia; una conducta que no está basada en la tendencia de la materia a pasar del orden al desorden, sino que está parcialmente basada en un orden que se conserva" (2). Tal orden tendría, por tanto, que estar dado desde siempre. Así pues, la vida no ha comenzado y parece ser inherente a la estructura del universo. Según esto, la vida podía ser definida en los siguientes términos: es un proceso por el cual el universo se divide en dos partes, una de las cuales se confronta con la otra y la inspecciona. Y un organismo sería precisamente uno de los espejos que el universo utiliza para mirarse a sí mismo (3). Así pues, no ya sólo la vida, sino incluso la conciencia, estarían preformadas en la materia desde siempre. La materia misma tendría, de antemano, la capacidad de organizarse orgánicamente y de pensarse a sí misma.

En cualquier caso, el reduccionismo y el preformacionismo -y, de manera más matizada, el fulguracionismo cientificista- coinciden en mantener que no hay diferencias esenciales entre los seres inertes, los organismos vivos y los hombres.

No entraremos aquí en la novedad que supone la aparición de los vivientes. Basta remitirse a las contrapuestas concepciones del mundo que hemos expuesto en apartados anteriores, para advertir que el finalismo naturalista no comparte los planteamientos reduccionistas ni preformacionistas. Considera que la aparición de la vida es una esencial innovación, una nueva actualización de las potencialidades de la materia; innovación que no requiere la presencia de misteriosos principios vitalistas, sino de una nueva forma estructural de la materia. Tampoco parece imprescindible la intervención especial de la Causa creadora para explicar el "paso" de lo inerte a lo vivo. Aunque no haya razones científicas para excluirla, basta con admitir -en un nivel metafísico- la estable acción conservadora y providente de la Causa trascendental.

Vamos a centrarnos en una innovación mucho más radical y decisiva: la aparición del hombre. Porque si parece admisible que la materia inerte llegue a organizarse -por la actualización de sus potencialidades- en materia viva, no hay razón científica alguna que pueda explicar el surgimiento de la inteligencia y la libertad del hombre a partir de los animales. Trataremos de demostrar esta afirmación. Pero antes, reflexionemos por un momento en las consecuencias culturales -antes aludidas- de incluir al hombre en el azaroso o implacable proceso del evolucionismo transformista. Si el hombre es sólo un momento del proceso evolutivo, si cabe reducir su conciencia a causas físicas o encontrarla ya en los animales (e incluso en el caldo primordial), entonces el fundamento de la especialísima dignidad humana se evapora. El hombre sería un sofisticado fragmento de materia. Y la base ontológica de la ética se desvanecería. La moral quedaría reducida a una simple solidaridad intraespecífica: yo no te hago daño a tí, para que tú no me lo hagas a mí (o, más toscamente, como dice Löw: yo te rasco a tí la espalda y tú me la rascas a mí).

Una discusión científica y filosófica seria tiene que partir de una investigación comparada de la conducta animal y la conducta humana. La Etología contemporánea y la Antropología filosófica de nuestro siglo nos proporcionan elementos suficientes y rigurosos para establecer esta confrontación.

Especialización animal: conducta instintiva

Se puede considerar que el iniciador de la Etología actual es Jakob von Uexküll. Es uno de los primeros científicos que acierta a dirigir sus indagaciones en la línea de esa superación del atomismo y del mecanicismo que -desde comienzos de este siglo- abrió nuevos y prometedores caminos para las Ciencias naturales y humanas. Uexküll acierta a romper la alternativa entre el mecanicismo reduccionista y el vitalismo quasi-mágico, para encaminarse hacia un fecundo organicismo que preludia un modo sistémico y estructural de pensar.

Uexküll es también el iniciador de la "Umweltforschung" o investigación de los ambientes vitales, es decir, de la Ecología. Es él precisamente quien introduce la noción de Umwelt: ambiente o perimundo. El "Umwelt" es el todo estructural englobante, en el que vive el ser orgánico. El concepto de ambiente es una noción biológica: no se trata del conjunto de cosas que topográficamente circundan al organismo, porque sólo se integran en el "Umwelt" de un animal aquellas características objetivas que tienen, para él, una significación vital. Las restantes, forman un fondoignorado, ya que no pasan a través del "filtro" de los sentidos, y tampoco reacciona el animal frente a ellas. Por ejemplo, la hembra de la garrapata posee solamente tres sentidos: del olfato, de la temperatura y de la luz. Gracias a cierta capacidad de captación de la luminosidad, puede situarse adecuadamente en una rama. Desde allí -con ayuda del sentido del olfato y de la temperatura- puede detectar el paso de un animal de sangre caliente, sobre el que se deja caer para succionar su sangre. El perimundo no es un concepto material o mecánico sino, por así decirlo, psicológico. Al ambiente de un ave migratoria, por ejemplo, no pertenecen cosas que físicamente se hallan a su lado, precisamente porque no tienen para ella significación biológica; en cambio, se integran en él cosas que están muy lejanas: las del hábitat hacia el que se desplaza.

Ciertamente, al introducir nociones psicológicas en la explicación de la conducta animal se corre el riesgo de caer en un cierto antropomorfismo. Pero ese riesgo no es inevitable: se puede hacer -y se hace de hecho- una Psicología animal o una Etología estrictamente científicas. Mas, si no se introducen esos conceptos "psicológicos", nos vemos abocados aun riesgo aún mayor: el del reduccionismo. Porque es muy difícil -imposible- explicar la conducta animal en términos puramente mecánicos.

Con estas perspectivas, Uexküll propone el famoso esquema del círculo funcional ("Funktionkreis") de las vivencias animales (4). La unidad estructural del "Umwelt", perimundo o ambiente, se distiende en dos campos: el campo de captación y el campo de acción. El primero engloba el sistema de características captables por el organismo y el propio sistema de captacion; el segundo, el sistema de acciones del animal y su medio en cuanto afectado por estas acciones.

El esquema propuesto por Uexküll es el siguiente:



Uexküll

En el polo subjetivo del perimundo se encuentran los órganos de captación y de acción del organismo, mientras que en el polo objetivo se hallan las características del medio biológicamente relevantes (captables por un receptor del organismo) y los efectos que el organismo causa en el medio. La índole unitaria y cerrada del perimundo viene expresada por ese círculo, que tiene el carácter de un circuito de retroalimentación ("feed-back"). Las modificaciones que se producen en el medio afecta al organismo que las capta, el cual pone en marcha una conducta dirigida a restablecer el equilibrio del sistema.

Hoy sabemos que el esquema de Uexküll es básicamente correcto. Para cada especie animal hay un número fijo de desencadenadores que determinan un tipo de comportamiento relativamente similar o constante para todos los individuos de la especie. De manera que la conducta alimenticia, sexual, agresiva, etc. de estos individuos se pone en marcha cuando se dan acontecimientos biológicamente significativos para cada tipo de comportamiento. Tales desencadenadores son fijos y constantes para cada especie: se puede conocer cuántos y cuáles son. Están determinados genéticamente y se corresponden con conductas específicas. Así, lo que se denomina especialización animal viene determinado por el ajuste entre estímulos, receptores, efectores y "realidades", es decir, objetos de los que parten los estímulos. De suerte que, gracias a ese ajuste, se consigue una especialización morfológica determinada y también una especialización de la conducta. Asímismo, el ambiente en el que vive el animal se corresponde con esa especialización. Un medio "especializado" es lo que denominamos nicho ecológico. El nicho ecológico es el sistema de desencadenadores que disparan las conductas específicas. Si, por alteración del nicho ecológico se eliminan algunos de esos desencadenadores, pueden suceder dos cosas: o bien los receptores y efectores cambian y se "reajusta" su especilización; o bien el animal no sobrevive.

Por todo esto ya vemos que la explicación del comportamiento animal no puede agotarse con el esquema estímulo-respuesta del conductismo clásico. Según este esquema, cualquier movimiento animal complejo sería la suma de respuestas parciales a una serie de estímulos puntuales. Pero de este modo no se pueden explicar conductas relativamente simples, como masticar un alimento, y mucho menos comportamientos más complejos, como algunos "ritos" nupciales.

En realidad, el behaviorismo -también el aplicado a la conducta animal- es una simplificación mecanicista. Esto ya lo indicó el biólogo y médico Kurt Goldstein, en su obra de 1934 titulada "La estructura del organismo". Las reacciones provocadas por los estímulos dependen de la significación que éstos tienen para el organismo. Y es precisamente el concepto de significación lo que un mecanicista se niega a admitir, porque sospecha -y con razón- que se trata de una noción que implica una visión teleológica de los seres vivientes. Pero ya sabemos que el finalismo no tiene nada de misterioso ni anticientífico. Lo cierto es que los estímulos adecuados no son meras realidades físicas: son realidades biológicas, integradas en el "Umwelt". Lo que provoca necesariamente una cierta respuesta refleja en el animal, no es una causa físico-química: es una excitación fisiológica -que sólo tiene significación para un organismo específico- de la cual el agente fisico-químico es la ocasión, más que la causa. Y el propio organismo no es un mero sistema de fuerzas que tiende al reposo por el camino más corto, como acontece en el mundo físico, sino un sistema termodinámico abierto que genera entropía negativa, y que no tiende al reposo sino a la acción (5).

Las investigaciones etológicas contemporáneas han puesto de relieve que la conducta instintiva de los animales está regida por esquemas desencadenantes innatos (IRM). Las actividades instintivas son automatismos dirigidos desde el sistema orgánico: tienen un carácter endógeno. Siguiendo al antropólogo Arnold Gehlen (6), se podrían definir los instintos como formas estables de movimiento o figuras de conducta innatas, especializadas y ordenadas a un objeto preciso, las cuales son desencadenadas por excitadores altamente especializados y típicos, que cada especie animal encuentra en su "Umwelt" o nicho ecológico, y hacia los que tal especie está genéticamente orientada. Aunque el excitador dispare de ordinario la conducta instintiva, no se debe concebir como su causa, ni el movimiento estereotipado que le sigue como una suma o combinación de reacciones a diversos excitadores. Como prueba de ello figuran las investigaciones del etólogo Konrad Lorenz (7) sobre comportamientos instintivos sin objeto. El caso más característico es el del estornino hambriento que persigue una presa inexistente, reproduciendo "en vacío" los movimientos típicos de su captura o ingestión. Así pues, los movimientos instintivos están provocados por una fuente interna de estímulos, y sólo está motivado desde el exterior el momento y lugar de su manifestación. Por lo tanto, el esquema atomista y mecánico del conductismo clásico no puede explicar estos comportamientos estructurales.

Conducta animal curiosa

Pero es que, además, el comportamiento animal no se reduce a la conducta instintiva. Presenta otras formas de conducta, en las que se aprecian movimientos de orientación, resolución "inteligente" de problemas nuevos, y procesos de aprendizaje. Son tipos de comportamiento no instintivo, formas de conducirse que no son innatas ni biológicamente predeterminadas. No es innato, por ejemplo, que un pez que nada en una fuerte corriente salve un obstáculo determinado para captar una presa: se trata de la resolución espontánea de un inédito y complicado problema hidrodinámico.

Se ha comprobado que estos tipos de comportamiento no proceden evolutivamente de los instintos y que incluso se da una cierta tendencia a la mutua exclusión. Con esto se disuelve uno de los tópicos del evolucionismo darwinista, según el cual la "inteligencia" animal y la capacidad de aprendizaje aumentaría a medida que se asciende en la escala filogenética. De hecho esta capacidad es mayor en los animales con menor dotación instintiva o, si se prefiere, con unos instintos mas generalizados. Al parecer, los animales con mayor capacidad de resolver problemas nuevos son los arborícolas, los cazadores y los gregarios, con independiencia de su situación taxonómica.

Entre esta segunda serie de procesos no instintivos se debe destacar sobre todo la "actividad exploradora" o "conducta curiosa" de muchos animales, que en ocasiones no se mueven ante estímulos dados, sino que buscan, exploran, reconocen cosas nuevas, andan por ahí curioseando. Es en este tipo de comportamiento donde se muestra más claramente la indigencia explicativa del esquema estímulo-respuesta, aunque los neoconductistas hayan introducido factores medianeros que matizan el modelo primitivo.

Pero, además, este tipo de conducta nos va a servir para comenzar a advertir la esencial diferencia que existe entre la conducta animal y la conducta humana.

Es indudable que la actividad exploradora y el aprendizaje impulsado por la curiosidad se dan en diversas especies animales. Pero el propio Konrad Lorenz -que ha descrito estos fenómenos con tanta agudeza y tan escasamente celoso es de marcar diferencias entre lo animal y lo humano- reconoce que hay un rasgo que distingue fundamentalmente el comportamiento curioso de todos los animales y el del hombre. El de aquéllos sólo está ligado a una corta fase de su primera edad (8). En el animal adulto, el deseo de novedad se transforma en una repulsión violenta contra todo lo desconocido, de manera que un cambio en el entorno puede llevarle al desconcierto e, incluso, a la muerte. El aprendizaje de los individuos adultos dimana únicamente de una situación particular muy precisa; e incluso en los individuos jóvenes, nunca trasciende los complejos sensibles del perimundo y el área de los intereses biológicos.

Conducta objetiva

Por el contrario, todos tenemos experiencia propia y ajena de que la curiosidad humana no tiene límites y, desde luego, que trasciende por completo los intereses biológicos. Además, la curiosidad y la actividad exploratoria se manifiestan en el hombre desde la niñez a la ancianidad. Su interés por los objetos es constante. Su atención no resbala de una cosa a otra, sino que permanece en el objeto, que se presenta como un foco de atención estable. El objeto cobra así autonomía: ya no es un elemento del perimundo, sino algo en sí, del que el hombre se puede distanciar y observarlo tal como es, o intentar producir algo nuevo a partir de él.

Se dice que Miguel Angel "veía" la figura que quería esculpir en el bloque de mármol. Allí, en lo que físicamente era sólo un trozo de piedra, el artista adivinaba la forma de su Moisés. Pero, sin necesidad de elevarnos a tales experiencias artísticas, podemos apreciar la conducta objetiva del hombre en operaciones muy sencillas. Al clavar un clavo en la pared, la actividad del hombre está establemente fija en el objeto mismo, de manera que los sucesivos golpes de martillo van modificando la dirección del clavo mismo, del cual está prendida la atención. (Ningún animal es capaz de clavar un clavo).

Lorenz ha insistido en que el rasgo dominante y más esencial del comportamiento curioso en el hombre es su relación directa al objeto como tal. Es la referencia a la cosa, la relación al objeto, lo que lleva a la elaboración activa de un contorno propio, constituido por objetos (9). Y esto es algo notoriamente privativo del hombre.

Y es que el hombre, propiamente, no tienen "Umwelt" o perimundo. Tiene mundo ("Welt"). El animal vive incrustado en su ambiente, que lleva estructurado consigo mismo a donde quiera que vaya; está sumido en la realidad biológica, biunívocamente correspondiente a sus estados orgánicos, sin aprehenderla nunca "objetivamente". En cambio, el hombre es autónomo frente a los lazos y la presión de lo orgánico.

Así matizó Max Scheler -el iniciador de la Antropología filosófica contemporánea- los planteamientos de Uexküll. En realidad, Uexküll, a pesar de todos sus aciertos, utilizaba impropiamente las expresiones sujeto y objeto al referirlas a la conducta animal. Sólo el hombre es propiamente un sujeto, precisamente porque sólo él es capaz de elevar los impulsos a la categoría de objetos. Puede aprehender la manera de ser misma de esos objetos, sin estar limitado a un medio fijo o a un nicho ecológico. El hombre está abierto al mundo (10).

El hombre tiene la capacidad de conocer los objetos en cuanto tales, es decir, como algo distinto del sujeto que se enfrenta con ellos. Justo eso significa originalmente ob-jeto: ob-iectum, lo que yace enfrente (Gegen-stand, en alemán). Si el hombre está abierto al mundo es porque tiene -en principio- la posibilidad de acceder cognoscitivamente a la totalidad de los objetos que componen el mundo. Le cabe, entonces, poseer un saber proyectivo -anticipante de objetos que aún no se han presentado- e incluso un "saber del no-saber". Es capaz de preguntar y, como decía Nietzsche, puede prometer.

A tenor de esta situación, resulta que la conducta humana está orientada de manera que trasciende los esquemas espacio-temporales a los que, por su condición psicosomática, permanece sin embargo ligada en cierta medida. La representación gráfica que tal "status" sería la de una línea helicoidal. En un primer nivel, apenas se distancia del plano de las necesidades biológicas, a cuyas exigencias se somete. Pero la misma forma en que resuelve estos problemas, le sitúa en el ámbito de los objetos mismos, lo cual le abre una serie ilimitada de posibilidades, que trata de alcanzar escalonadamente en su biografía personal y en el curso de los acontecimientos históricos.

Desde una perspectiva psicológica, Allport ha señalado que "el niño y el adulto están creando contínuamente tensiones en forma de nuevos intereses y trascienden con mucho el nivel básico y seguramente establecido de la homeostasis; el adquirir conocimientos por adquirirlos, la creación de obras bellas o útiles, los actos de amor o inspirados en el sentido del deber... nada de eso puede reducirse a la psicología de los impulsos" (11).

Inespecialización humana

El comportamiento humano tiene un alcance suprabiológico. Por eso no se puede esquematizar según un circuito funcional cerrado. De manera que, en el círculo funcional de la vivencia propuesto por Uexküll, es preciso introducir una triple censura o corte: en los receptores, en los efectores, y en la conexión entre receptores y efectores. Estas rupturas se manifiestan en que, una vez captado el estímulo, no se produce automáticamente la respuesta, sino que hay un hiato entre recepción y acción: ante un determinado estímulo pueden producirse muy variadas respuestas, o no producirse ninguna. Esto manifiesta que la capacidad receptiva del hombre tiene un poder de elaboración -de formalización o simbolización- muy superior a la de cualquier animal. Y que su facultad de actuar está mediada por un factor de variabilidad altísimo. Como veremos, se trata de la inteligencia y de la libertad, las cuales -aunque tengan una base biológica- no pueden ser de naturaleza orgánica.

Esta modificación superadora, que la conducta humana representa, está basada en su referencia a la realidad objetiva: en la capacidad de elevar los impulsos a la categoría de objetos. El concepto de conducta objetiva nos proporciona el fundamento para comprender los rasgos mas peculiares que diferencian al hombre del animal: la inteligencia, la técnica, la libertad y el lenguaje.

La principal característica biológica del hombre es su inespecialización. Son inespecializados sus receptores, son inespecializados sus efectores, y es inespecializado su propio cuerpo.

Las estructuras somático-psíquicas del hombre se adecúan a su apertura universal a un mundo de objetos. Esto es algo que advirtió la Filosofía antigua y que la Antropología actual ha venido a confirmar con investigaciones empíricas.

Ya Heráclito se había preguntado: "¿quién conocerá los límites del alma?"; y Aristóteles formuló en el "De Anima" la memorable sentencia de que "el hombre es en cierta medida todas las cosas". Esta idea de la apertura universal del hombre recorre todo el pensamiento occidental. Llega, por ejemplo, hasta Marx quien en sus "Manuscritos económico-filosóficos" reconoce que el hombre es un ser genérico, universal, precisamente porque puede objetivarlo todo, incluso a sí mismo: por eso su actividad es libre actividad. Más tarde, Heidegger insistirá en que la esencia del hombre es su apertura a la comprensión del sentido del ser. El hombre es un "animal onto-lógico".

La idea de inespecialización biológica del hombre -ligada a su inteligencia- se encuentra claramente expuesta en Tomás de Aquino: "el alma intelectiva, al poder comprender el universal, tiene capacidad para actos infinitos. Por eso no podía la naturaleza imponerle determinadas apreciaciones naturales, ni tampoco determinados medios de defensa o abrigo, como a los otros animales cuyas almas tienen percepciones y facultades determinadas a objetos particulares. Pero en su lugar posee el hombre la razón y las manos, que son el instrumento de los instrumentos, ya que por ellas puede preparar variedad infinita de utensilios en orden a infinitos efectos" (12).

La mano del hombre es, quizá, la manifestación somática más plástica de su inespecialización funcional. Como han puesto de relieve los anatomistas Klatsch y Bolk, el hombre -a diferencia de los simios- tiene una mano inespecializada, que sirve para todo en general, precisamente porque no sirve para nada en particular. La comparación de la mano con la inteligencia se remonta al pensador presocráticoAnaxágoras, a quien se atribuye la aguda sentencia de que "el hombre es el mas inteligente de los seres porque tiene manos". Aristóteles lo expresa de una manera simétrica y menos sorprendente, pero que viene a decir lo mismo: "el hombre tiene manos porque es el mas inteligente de los seres" (13). Su mano es capaz de asirlo todo, de tenerlo todo. Es un órgano politécnico; pero es, antes que nada, el órgano que posibilita el tocar, el reconocimiento táctil de un objeto diverso del propio cuerpo, que es el nivel mas elemental de la objetivación (14).

Hasta el propio ritmo del crecimiento del individuo humano se adecúa a esta inespecialización funcional. Como ha señalado el anatomista Adolf Portman, el hombre nace demasiado pronto, de manera que se puede hablar en él de un "parto prematuro normalizado". Si Portman distinguía los animales en nidícolas -los que necesitan una larga e intensa asistencia de sus progenitores- y nidífugas -los que enseguida se valen por sí mismos-, cabría decir que el hombre es un animal "supernidícola", ya que en él la dependencia de sus padres es larguísima y la dependencia del entorno social es constitutiva: es un animal esencialmente social y educable. Por eso, su período de crecimiento es mucho más largo que el de cualquier otro animal (dura hasta 25 años), y, en relación con sus estructuras somáticas, su vida media es muy dilatada. El organismo humano precisa de mucho tiempo para incorporar los componentes culturales de su entorno: el hombre es un animal cultural.

El hombre es un animal a la vez biológico y biográfico. En cuanto que es biológico, tiene una naturaleza animal. En cuanto que es biográfico, tiene historia. Para reflejar metafóricamente esta condición dual, Ortega y Gasset dijo alguna vez que el hombre es un centauro. La metáfora -aunque sugerente- no es del todo afortunada. Porque no es que tenga una parte animal y una parte humana -biología y biografía, naturaleza e historia- superpuestas o engarzadas. Su propia naturaleza es humana. El cuerpo del hombre es -de punta a cabo- un cuerpo humano.

Esta índole peculiar de la dimensión biológica del hombre ha sido puesta de relieve por el antropobiólogo Arnold Gehlen (15), quien ha insistido en la pobreza instintiva del hombre. No es que el hombre no tenga instintos, ni sólo que tenga relativamente pocos: es que tiene algo así como "instintos inacabados". Ortega -con otra metáfora más feliz- decía que el hombre tiene "muñones de instintos". ¿Por qué? Porque su equipamiento biológico no le prescribe ni estímulos ni respuestas estereotipados. De ahí que habláramos de una ruptura de sus circuitos perceptivos y de sus circuitos efectores. Por eso el hombre no tiene "nicho ecológico". Gracias a lo cual, paradójicamente, puede elaborar la Ecología como ciencia y tener preocupaciones ecológicas. El hombre nunca está plenamente adaptado a un ambiente: tiene que construirse su propio entorno. La vida, para él, no es un desarrollo sino una tarea.


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