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Capítulo 10. Interacciones de la Biología y la Antropología.

Parte I: La evolución

A. Llano

c) AZAR Y NECESIDAD EN LA EVOLUCION BIOLOGICA

En el apartado anterior ha sido preciso realizar algunas incursiones filosóficas, que quizá en algún momento no han sido fáciles de seguir. Pero su resultado general resulta muy útil para nuestro propósito. Por de pronto, es de esperar que hayan contribuido a disolver el equívoco que lleva a establecer una contraposición entre creación y evolución. Pero, sobre todo, nos habrán abierto a una concepción filosófica del mundo físico que constituye un marco apto para pensar rigurosamente los presupuestos conceptuales de la teoría de la evolución.

Es indudable -casi nadie lo niega hoy- que la teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin ha desempeñado el papel de un positivo y muy activo catalizador de la investigación biológica. Pero esto no puede hacernos olvidar que el evolucionismo darwinista se propuso -y, sobre todo, se interpretó ideológicamente- desde una concepción mecanicista y materialista del mundo, lo que llevó a muchos de sus seguidores a un transformismo universal opuesto a la metafísica creacionista y al reconocimiento del puesto único del hombre en el cosmos.

La clave para entender los fallos conceptuales del darwinismo se halla en su rechazo de la noción de naturaleza y, por lo tanto, en su olvido de la índole teleológica de la realidad física, especialmente de los organismos vivos. La imagen darwinista del cosmos es, en último término, la de una trama material fundamentalmente indiferenciada, en la que la especie biológica no es una realidad estable y definida. Por eso su idea de evolución es, básicamente, la de una transformación o mutación de una materia homogénea. Darwin entiende la evolución biológica como descendencia, es decir, como transformación sucesiva de un tipo de individuo orgánico en otro tipo de individuo orgánico. Pero, por de pronto, no es preciso entender así el origen de los organismos vivos. Nadie dice que un hijo "desciende" de sus padres: mas bién decimos que ha sido generado por ellos. No se trata de un simple matiz semántico. La idea de generación lleva consigo el convencimiento de que los organismos vivos son capaces de acciones propias, de acuerdo con su naturaleza. En cambio, la idea de descendencia parece implicar que se entiende el surgimiento de organismos nuevos como mero producto de un proceso transformador de una configuración material en otra, por obra de causas externas. Entre ambas concepciones media la distancia que separa al naturalismo teleológico del mecanicismo materialista.

Insistamos en que no se discuten aquí los indudables méritos estrictamente científicos de Charles Darwin y algunos de sus seguidores. Se trata, mas bien, de la concepción filosófica del mundo que está en la base del darwinismo clásico. La cuestión es de gran trascendencia cultural, porque ese tipo de concepción evolucionista ha impregnado muy extensa y profundamente la mentalidad contemporánea; y no sólo en el campo de la Biología, sino también en el de la Antropología, la Economía y la Sociología (al final de estas reflexiones, nos ocuparemos brevemente de la Sociobiología actual, que constituye una muestra clara de lo que aquí se quiere sugerir)

Cuando Darwin publica en 1859 su libro "El origen de las especies", recogió la idea transformista que Lamarck había ya expuesto en su "Filosofía zoológica" de 1809. Según Lamarck, los organismos vivientes han surgido por un proceso de evolución, en el que unas especies se han transformado en otras diferentes. El mecanismo que Lamarck postula para explicar este proceso es la herencia de los caracteres adquiridos por los seres vivos, al intentar adaptarse al medio en el que viven. La acumulación de cambios sucesivos acabaría por dar lugar a una mutación de la propia especie. Por su parte, Darwin recoge de Lamarck la concepción transformista, pero propone otro mecanismo para la formación de especies nuevas: la selección natural en la lucha por la vida (5). Aunque -a diferencia de Lamarck- Darwin mantiene que las mutaciones tienen origen intrínseco, sostiene que no responden a leyes necesarias, sino que son azarosas. En rigor, es un factor externo -la selección natural en una población limitada por un medio- la que impone la pervivencia de los más aptos. Por eso fue inevitable que el Darwinismo diera la impresión de que proponía una completa cosmovisión, de la que quedaba excluída toda referencia a lo trascendente. "La razón de que las ideas de Darwin causaran semejante conmoción cuando se anunciaron por vez primera, fue que presentaban el mundo viviente como un mundo de azar, gobernado por fuerzas materiales, en lugar de presentarlo como un mundo gobernado por un plan divino. Sustituían la necesidad por el azar. Trasladaban la evolución, de lo metafísico a lo natural" (6). Ya sabemos que, de suyo, evolución y creación no son incompatibles. Pero no es posible conjugar una concepción teleológica del cosmos con otra que pone en el azar material la causa principal de su despliegue.

Entendámonos. La metafísica finalista -por ejemplo, la aristotélica- no excluye la presencia del azar, pero siempre lo coordina y lo subordina a las leyes naturales que rigen el despliegue de la materia viva con una necesidad finalista. Tampoco el darwinismo excluye toda ley necesaria, pero incluso este factor de necesidad lo entiende de manera mecánica y ateleológica. En rigor, si se suprime la finalidad, el azar y la necesidad terminan por coincidir, ya que todos los procesos tendrían una índole mecánico-material. Un mundo dominado por el azar sería del todo necesario, en el sentido de una necesidad mecánica. Esta convergencia entre azar y necesidad es la que -a su modo- vislumbró certeramente Jacques Monod en su ya famoso libro.

Desde su formulación inicial, el darwinismo fue objeto de una durísima polémica, en la que se dieron cita motivos ideológicos y explicaciones científicas (7). Pero el acontecimiento científico que vendría a cuestionar más seriamente el planteamiento darwinista fué el surgimiento de la Genética moderna por obra de Gregor Mendel. Aunque Mendel dio a conocer sus experiencias en 1866, su difusión no sobrevino hasta que en 1900, de Vries, Correns y Tschermak expusieron teorías genéticas que venían a coincidir con las de Mendel. Según estos planteamientos, los caracteres genéticos tienen una índole estable y se transmiten de un organismo a otro por mecanismos que son independientes del ambiente y del soma. La reciente Biología molecular, además, descubrió que los mecanismos de la herencia se hallan en el nivel de los genes, en la estructura de la molécula del DNA. Sólo en ellos se encuentran las posibilidades de cambios hereditarios. Cada vez más, esos mecanismos genéticos están siendo explicados por rigurosas leyes bioquímicas.

Advirtamos que, frente a las generalizaciones darwinistas, las investigaciones genéticas tienen la índole de estrictas explicaciones científicas. Pero lo que ahora nos interesa más es destacar que el enfoque genético y bioquímico ya no responde a una concepción indiferenciada de la materia viva como la que proponía el mecanicismo materialista, sino que recupera -en el nivel fenoménico- la idea de forma, que en último análisis, es perfectamente compatible con la noción de naturaleza. Lo que domina ya no es el azar más o menos necesitarista. Reaparece la idea de leyes de cambio que no excluyen, e incluso reclaman, una visión finalista del cosmos.

Como es bien sabido, el darwinismo -que continuó su curso, intentando argumentar con descubrimientos paleontológicos, que mostrarían la existencia de series continuas de organismos- se replantea hacia 1930, incorporando la Genética al esquema del evolucionismo transformista, dando así origen a lo que se llamó neodarwinismo y hoy se conoce por "teoría sintética de la evolución" (8). Lo que esta teoría prentende sintetizar es justamente la Genética con la idea darwinista de la selección natural. El neodarwinismo comienza a reconocer que no todos los cambios genéticos son azarosos y admite que, por lo general, son biológicamente inviables e incluso letales para el organismo. Pero sostiene que la acumulación gradual de mutaciones genéticas azarosas puede dar lugar a nuevas configuraciones biológicas que se adapten favorablemente a un ambiente determinado. Es precisamente ese ambiente el que selecciona un determinado carácter. Para que ese carácter resulte transmisible, es preciso que sea acogido por la población de la especie correspondiente que habite en el mismo ambiente ecológico. Se supone, pues, que tales cambios se producen con una frecuencia suficiente en una determinada población, de manera que se establece una barrera reproductora con los individuos de la población anterior y acaba por surgir una nueva población dominante que finalmente se impone.

Así caracterizan dos cualificados neodarwinistas esta teoría sintética: "La evolución tiene lugar por selección natural de las diferencias hereditarias que surgen aleatoriamente en cada generación, de manera que aquellas que confieren a sus portadores una mayor adaptación al medio se multiplicarán y, las perjudiciales, se eliminarán. Al igual que el darwinismo, la teoría sintética pone de relieve la naturaleza oportunista de la evolución por selección natural, en cuanto que las diferencias aludidas se generan por azar y son seleccionadas en respuesta a las exigencias del medio, y, por otra parte, postula la condición gradual de este proceso" (9).

No nos corresponde entrar ahora en una discusión detallada del conjunto de hipótesis que el neodarwinismo pretende sintetizar. Conviene, con todo, recordar que la conjugación de cambios microevolutivos graduales con el contexto macroevolutivo de una población en un ambiente determinado, ha sido seriamente cuestionada por los planteamientos de los paleontólogos Gould y Eldrege, los cuales, desde 1972, han discutido la existencia de los estadios intermedios -los famosos "eslabones"- que siguen siendo postulados por el neodarwinismo para explicar el tránsito gradual de una especie a otra. Según estos autores, lo que se habrían dado son cambios bruscos y puntuales seguidos de largos períodos de estabilidad (10). Pero aún está por explicar la posibilidad bioquímica y genética de cambios evolutivos grandes y rápidos que sean, además, viables. Y es precisamente de la Biología Molecular de donde ha partido la segunda y mas dura serie de objeciones al neodarwinismo.

Los propios representantes de la teoría sintética reconocen la fuerza de estos enfrentamientos, pero minimizan los ataques provenientes tanto de la Biología molecular como de la Paleontología: "Estas disputas no pasan de ser conflictos de matiz y opinión dentro de una visión evolutiva común. Es más, estamos convencidos de que modificando tanto la postura tradicional como las teorías competidoras, la mayoría de los desacuerdos pueden encajarse en una versión más amplia de la teoría sintética" (9). Pero otros son menos optimistas o menos conciliadores, como el director del Instituto Max-Planck, el biólogo J. Illies, quien llega a decir: "el darwinismo, a pesar de sus muchos intentos por revivir, está muerto desde hace tiempo. La tragedia de nuestro tiempo es que la mayoría de los biólogos no lo quieren aceptar o que ni siquiera lo han advertido aún" (11).

La objeción científicamente más seria -y filosóficamente más relevante- al neodarwinismo es la que proviene de la Biología molecular, para la que cada vez resulta más claro que la aparición de variantes de DNA tiene mucho más de determinación molecular que de puro azar. Como ha señalado Lima de Faria (12), hoy empezamos a estar ya en condiciones de abandonar gran parte de las simplificaciones del neodarwinismo y de cambiarlas por interpretaciones moleculares. Ciertamente nuestro conocimiento de los sistemas moleculares en la célula está aún en sus inicios. Todavía no sabemos cómo los procesos atómicos originan las estructuras celulares. Las interacciones entre los niveles atómicos y los celulares son áreas aún poco desarrolladas de la Química, porque ha sido muy reciente el descubrimiento de su importancia en conexión con los patrones bioquímicos y con la morfogénesis celular. Sin embargo, a medida que aumenta nuestro saber acerca de las leyes que gobiernan el reconocimiento molecular y las leyes que rigen la organización de DNA, de los genes y de los cromosomas, aparece como más viable la presentación de una "alternativa molecular" frente al neodarwinismo, que se muestra cada vez más como una simplificación de los procesos evolutivos. Esto no quiere decir que la selección natural no juegue papel alguno en la evolución, sino que su importancia -como contrapeso de unas supuestas alteraciones azarosas- disminuye a medida que crece el conocimiento de las determinaciones moleculares. Los conceptos de mutación y de selección adquieren un nuevo significado (13).

Tampoco procede abandonar el azar-selección neodarwinista para caer en un nuevo determinismo bioquímico que, a su modo, también sería reduccionista. Lo que corresponde es advertir, con Pierre Paul Grassé, que "la intervención de factores internos se impone a nuestra razón" (14). De manera que "recurrir a un mecanismo diferente al mutacional y aleatorio se impone a todo sistema que pretenda explicar la evolución" (15). Ya no hay tanta resistencia como hace unos decenios a reconocer que el proceso evolutivo parece mostrar ciertas tendencias directivas, como si respondiera a un designio o a un cierto plan (16), aunque todavía se mantenga la precaución -por lo demás, parcialmente justificada- frente a explicaciones "vitalistas" o "místicas". Se abre paso, cada vez más, el concepto de programa evolutivo, que reconoce "puntos críticos" y soluciones favorecidas (17).

Lo importante es que de nuevo se ha abierto camino en la ciencia, la explicación finalista, porque "la finalidad inmanente o esencial de los seres vivos se clasifica entre sus propiedades originales. No se discute, se comprueba" (18). Un investigador tan poco sospechoso de antidarwinismo como es Ayala, ha advertido que "algunos evolucionistas han rechazado las explicaciones teleológicas porque no han reconocido diversos significados que pueden tener el término teleología (...). Se equivocan al afirmar que todas las explicaciones teleológicas tendrían que ser excluídas de la teoría evolutiva. Estos mismos autores utilizan en realidad explicaciones teleológicas en sus trabajos" (19). Aunque Ayala se apresure a precisar que la presencia de tendencias naturales en los organismos vivos no revela una conducta intencionada, ni se dirigen hacia una determinada finalidad. Y esto es frecuente entre algunos biólogos actuales. No discuten que la materia viva manifieste propiedades teleológicas, "pero si se pronuncia la palabra finalidad, se ponen en guardia. Probablemente porque no distinguen la finalidad de hecho o inmanente de la finalidad trascendente. Sobre esta última, el biólogo tiene poco o nada que decir; pertenece al terreno de la Metafísica" (20).

Tal es el planteamiento del que habíamos partido. No se trata de que las explicaciones metafísicas sustituyan a las estrictamente biológicas o las interfieran. Se trata de que la Biología no acepte como si fuera un planteamiento científico la visión del mundo materialista y mecanicista que, como ahora se comprueba, ha constituído un obstáculo para el auténtico progreso científico; y, al mismo tiempo, de que se abra distinguiendo bien los respectivos planos epistemológicos a la interacción con la concepción teleológica del mundo, propia de la Metafísica finalista. La propia Ciencia biológica aporta continuamente explicaciones finalistas -por ejemplo se refiere a cambios evolutivos para adaptarse al entorno ecológico-, pero en ella la finalidad se entiende más en términos de función que en términos de causa final.

En la Metafísica finalista, la necesidad tiene primacía sobre el azar, precisamente porque se entiende que el fin es la primera de las causas. Por lo tanto, el sentido primario de la necesidad no es el de una determinación mecánica, que -por sí sóla- acaba por conducir al necesitarismo mecanicista, el cual -a su vez- se confunde con el azar. El sentido primario de la necesidad es formal y teleológico: viene dado por la naturaleza de cada cosa, que es su principio estable de formalización y de actividad. Pero como, además de las causas formal y final, se reconoce la existencia de las causas material y eficiente, la necesidad metafísica de la que estamos hablando no es absoluta, ni excluye la presencia de un cierto margen de azar. El azar se produce precisamente cuando la causa eficiente no se encamina hacia la causa final propia de aquella cosa u organismo (lo cual, en último término, acontece porque el ajuste entre la materia y la forma nunca es perfecto). Así pues, el mantenimiento de la primacía de la necesidad no excluye el reconocimiento del azar, por más que éste sea siempre un factor negativo y marginal.

Ni el completo determinismo ni el indeterminismo completo permiten explicar la evolución biológica. Esta sólo se puede entender desde un determinismo limitado, que es -simultánea e inseparablemente- un limitado indeterminismo. Unicamente en un mundo así entendido tiene cabida una evolución finalizada que no se confunda con el transformismo evolucionista. Para que haya evolución, es preciso que existan formalidades biológicas, necesariamente determinadas en su acción propia; pero, al propio tiempo, esas mismas formalidades son susceptibles de mutación intrínseca, de cambio sustancial, lo cual implica un indudable factor de indeterminación, que viene dado por la propia índole material de los organismos. Así pues, nuestro mundo -y, más claramente aun, el conjunto de los organismos vivos- no es un reino de formalidades puras que se desplegaran con la implacabilidad de una deducción matemática; pero tampoco es un tejido indiferenciado de materiales homogéneos. Es un mundo material y formalizado a la vez, cuyos sistemas físicos y organismos están teleológicamente orientados con una necesidad no necesitarista, que permite un margen de indeterminación.

Tal imagen diferenciada y articulada de la realidad biológica concuerda perfectamente con los resultados de la Ciencia. Es una imagen abierta. Y se abre también a la inserción en ese mundo de un ser no estrictamente intramundano: el hombre (21). Pero esta última cuestión presenta dificultades propias y exige un tratamiento detallado.


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