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Departamento de Humanidades Biomédicas
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Capítulo 10. Interacciones de la Biología y la Antropología.

Parte I: La evolución

A. Llano

a) IMPLICACIONES ANTROPOLOGICAS DE LA BIOLOGIA

El panorama cultural de nuestro tiempo viene, en gran parte, caracterizado por la extensión y eficacia de la explicación científica del mundo. Las ciencias de la naturaleza nos han proporcionado un conocimiento del cosmos que ha desvelado numerosos enigmas y ha permitido mejorar en muchos aspectos la vida del hombre.

Se ha insistido anteriormente en que el conocimiento científico -por extenso y preciso que aparezca ante nosotros- no agota las posibilidades cognoscitivas del hombre. Hemos visto cómo el nivel de la objetividad científica -caracterizado por su universalidad y rigor- hunde sus raíces en un nivel cognoscitivo previo: el conocimiento cotidiano del que, de un modo u otro, siempre parten las explicaciones científicas. Y también advertimos que las explicaciones científicas se refieren al aspecto empírico de la realidad: tematizan la realidad tal como se manifiesta, tal como aparece en los fenómenos de la experiencia sensible (alcanzados, muchas veces, por sofisticados instrumentos de observación). Por eso la Ciencia positiva se distingue de la Filosofía. La Ciencia se mantiene -por sus propios imperativos metodológicos- en el plano fenoménico. No pretende estudiar la realidad tal como es en sí misma, sino sólo como aparece ante nosotros. Por ejemplo, la Física no se pregunta: ¿qué es la materia?; se limita -y no es poco- a investigar las leyes que rigen el movimiento o la acción de los cuerpos materiales. Por su parte, la Biología tampoco se interroga por el ser o la esencia de los organismos vivos; se preocupa, más bien, por descubrir las leyes a las que están sometidos los cuerpos vivos, los fenómenos vitales. En cambio, la Filosofía es el conocimiento que trata precisamente acerca del ser de todas estas realidades. Se cuestiona qué es en sí misma la materia, cuál es la esencia de la vida, en qué consiste ser hombre, etc. Por eso decimos que el ámbito de objetividad propio de la Filosofía es el nivel ontológico. "Ontológico" significa lo concerniente a la inteligibilidad de lo real (on-ontos es una palabra griega cuyo sentido es precisamente ser).

También sabemos ya que el intento de reducir todo el conocimiento humano al que nos proporcionan las Ciencias positivas es un reduccionismo. Todo reduccionismo consiste en tomar la parte por el todo: en decir "esto no es más que...". A ese ilegítimo estrechamiento del conocimiento humano se le llama cientificismo. En los ambientes filosóficos y científicos serios y avanzados, el cientificismo positivista está hoy completamente abandonado. Pero aún permanece -e incluso se extiende- el cientificismo como ideología, es decir, como concepción del mundo que pretende ser científica, pero que -en realidad- no es sino un conjunto de valoraciones, representaciones y mitos, al servicio de inconfesados intereses de dominio.

La superación del absolutismo cientificista nos abre el camino para ampliar el horizonte de nuestro saber. Es, desde luego, muy beneficiosa para la propia investigación científica, que se aparta de los dogmatismos ideológicos y adquiere conciencia de su alcance y de sus límites. Y esta superación es indispensable para avanzar hacia una concepción filosófica del mundo y del hombre que sea rigurosa y esté a la altura de nuestro tiempo.

Pero -supuesto que hayamos superado el cientificismo- no todo está hecho: es condición necesaria, pero no suficiente. Porque, al distinguir la Ciencias de la Filosofía, puede suceder -y sucede de hecho con mucha frecuencia- que las separemos. No es lo mismo distinguir que separar. Hay que distinguir, pero no para separar, sino para unir, para buscar síntesis culturales que nos ayuden a orientarnos en el mundo y a tener una idea más cierta y cabal de la entera realidad y, especialmente, del hombre.

Por distintas que sean, la Ciencia y la Filosofía no están -no deben estar- separadas. En realidad, entre ambos niveles de conocimiento hay constantes interacciones. Por un lado, la propia Ciencia echa mano continuamente de nociones filosóficas: causa, efecto, finalidad, existencia, etc. La Historia de la Ciencia nos muestra cómo muchos descubrimientos científicos tienen en su base problemas filosóficos o "intuiciones" filosóficas. Sin necesidad de remontarnos a Galileo o a Newton, baste con recordar la teoría general de la relatividad de Einstein o el principio de incertidumbre de Heisenberg. Mas, por otro lado, la Filosofía tampoco puede prescindir de la Ciencia: no puede pretender limitarse ingenuamente al solo conocimiento cotidiano. De hecho, los resultados de la Ciencia y la propia investigación científica plantean al filósofo cuestiones de gran interés y problemas que no puede dejar de plantearse e intentar resolver.

Estas interacciones entre Ciencia y Filosofía requieren un enfoque interdisciplinar. Ante el actual astillamiento del panorama del saber, se impone avanzar hacia nuevas síntesis, en las que se intente diseñar modelos conceptuales más amplios y comprensivos, en los que se integren los descubrimientos científicos y las interpretaciones filosóficas. Los obstáculos que se presentan ante este empeño son patentes. No es el menor de ellos la diversidad de los lenguajes, que ha conducido a lo que el Profesor Polo ha llamado "babelización intelectual". Los filósofos no entienden la terminología "técnica" de los científicos, y los científicos no acaban de comprender a qué se refieren las "abstracciones" de los filósofos. Pero hay que saber convertir las dificultades en nuevas oportunidades de acción. Para entablar un fecundo diálogo interdisciplinar, ambas partes han de ponerse en claro -"aclararse"- acerca de lo que están haciendo. Y buscar puntos de encuentro, que suelen hallarse en las nociones básicas que utilizan los propios científicos y que tienen una indudable relevancia filosófica: materia, vida, finalidad, verdad, lenguaje, información, etc. Así lo están haciendo ya en las mejores universidades del mundo.

La necesidad de este encuentro es especialmente interesante y urgente en el campo de las interacciones entre Biología y Antropología. Por una parte, la Biología es quizás hoy la Ciencia más dinámica, en la que están aconteciendo las innovaciones más importantes. Estos descubrimientos plantean cuestiones filosóficas de gran alcance. Es evidente que así sucede en el ámbito de la Bioética y de la Etica de la investigación biológica. Pero, más en el fondo, los actuales avances de la Biología afectan a la concepción filosófica del hombre, es decir, a la Antropología. Para "hacerse una idea" de sí mismo, el hombre actual no puede prescindir de la Biología. Y la propia Biología -en muchos de sus ámbitos- precisa de una fundamentación antropológica cabal.

Tal es el campo en el que se van a mover las consideraciones siguientes. En ellas, naturalmente, no se pretende tratar de todas esas interacciones, ni resolver los arduos problemas teóricos y prácticos que este encuentro plantea. Se trata, más bien, de aclarar algunas cuestiones básicas que faciliten el diálogo interdisciplinar y el propio trabajo científico y docente de los futuros biólogos.

Vamos a centrar nuestros análisis en los puntos donde se concentran los problemas más arduos: la evolución y la distinción entre conducta humana y conducta animal. Ambas cuestiones están, a su vez, interconectadas y no es fácil discernirlas. Pero iremos paso por paso. En primer lugar, nos ocuparemos de un tema básico, que trasciende incluso el objeto de la Antropología, porque es propio de la Metafísica, o sea, del estudio de la realidad en sí misma considerada o, como dicen los filósofos, del ser en cuanto ser. Se trata de las relaciones entre el concepto de evolución y el concepto de creación.


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