Facultadesfacultadesuniversidad
raya
Canon de Leonardo
Departamento de Humanidades Biomédicas
raya
 Centro de Documentación de BioéticaAnterior Siguiente Imprimir Enviar por correo 
raya
Iglesia Católica - Consejo Pontificio para la FamiliaDocumentos relacionados  Versión PDF 

Familia y Derechos Humanos


Creación: Consejo Pontificio para la Familia
Fuente: Santa Sede
Lengua original: Italiano
Copyright del original italiano: No
Traducción castellana: Santa Sede
Copyright de la traducción castellana: No
Fecha: 15 de noviembre de 2000
Comprobado el 1 de mayo de 2003

 


Familia y Derechos Humanos

Presentación

Hemos celebrado recientemente el 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Fue ciertamente una conquista para la humanidad tal Declaración que, basada en la dignidad de la persona, promueve y defiende el respeto de los pueblos y de cada uno de sus componentes. El Pontificio Consejo para la Familia, ya en octubre de 1998, llevó a cabo en el Vaticano, el Segundo Encuentro de Políticos y Legisladores de Europa y, en agosto de 1999 en Buenos Aires, el Tercer Encuentro de Políticos y Legisladores de América tomándola como objeto de sus reflexiones.

Ciertamente tal Declaración no ha suprimido tantas laceraciones y violaciones perpetradas en estos 50 años de vigencia. Pero el reconocimiento de tales principios es, sin duda, un notable estímulo para el espíritu y la práctica de la justicia a nivel interno de los países y a nivel de la relación entre los Estados siempre y cuando se preserve la verdadera «universalidad» y no sea sujeta a recortes que puedan robarle su espíritu original.

Entre otros derechos fundamentales la Declaración reconoce la Familia como «elemento natural y fundamental de la sociedad» (art. 16). Ofrecemos ahora una reflexión sobre los Derechos de la Familia en el contexto de la Declaración Universal. Ha sido realizada en un seminario en el que han tomado parte un numeroso grupo de especialistas en ciencias diversas.

Ofrecemos también en la publicación, por motivos prácticos y para contribuir a su difusión y conocimiento, la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas y la Carta de los Derechos de la Familia de la Santa Sede. Esta última es ya una profunda reflexión y desarrollo a la luz de la razón de cuanto en aquélla está ya indicado. No siempre estos documentos están al alcance de la mano.

La reflexión que ofrecemos con motivo de este 50 aniversario es un instrumento para el diálogo y el intercambio científico en temas que afectan a los bienes fundamentales de la persona y de la sociedad.

Alfonso Cardenal López Trujillo, Presidente

S. E. Mons. Francisco Gil Hellín, Secretario

1. INTRODUCCIÓN

1.1. Un punto de encuentro

1. Nos hemos reunido, convocados por el Pontificio Consejo para la Familia, un grupo de expertos y otras personas comprometidas en la causa de la familia y de la vida (1) para reflexionar a lo largo de 3 días (14 al 16 de diciembre de 1998) sobre el tema «Derechos humanos y Derechos de la Familia». Nos asociamos así con profunda esperanza a la celebración del cincuentenario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que fue promulgada por la ONU el día 10 de diciembre de 1948. (2)

2. A través del presente documento (que se limita a algunas consideraciones de especial importancia y que nos es grato ofrecer como pistas de ulteriores y más hondas consideraciones), deseamos reconocer el significado y la vigencia de la Declaración, como también caminar, en la perspectiva de una real universalidad y de su necesaria aplicación integral. Reconocemos el valor y la permanente capacidad de inspiración de esta Declaración porque compartimos elementos de una misma verdad.Compartir la verdad es una condición indispensable para la convivencia humana. No ignoramos ciertamente las reservas que dicha Declaración puede suscitar: puede favorecer el individualismo y el subjetivismo. En tal sentido han sido formuladas diversas críticas. Sin embargo, conviene hacer hincapié en la gran convergencia entre tal Declaración y la antropología y la ética cristianas, (3) no obstante el hecho de que prescinda de toda referencia a Dios. Hay también una cercanía conceptual en aquellos puntos que son admitidos como naturales en cuanto parte de la conciencia común de la humanidad. No se trata, ciertamente, de derechos creados por la Declaración, sino reconocidos y codificados por ella. «La Declaración Universal es muy clara: reconoce los derechos que proclama, no los otorga». (4) Además, la Declaración, que reconoce «la dignidad intrínseca» y los «derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana», (5) constituye un «punto de encuentro» para la reflexión y la acción conjuntas.

3. Desde los sufrimientos de la guerra, con las hondas heridas y laceraciones, con gravísimos atentados contra la dignidad del hombre y de los pueblos, la humanidad se unió para afirmar «el valor de la persona humana», (6) en el respeto y la tutela que le son debidos. Proviniendo de todas partes y de todas las culturas, las naciones del mundo proclamaron verdades universales, derechos universales y bienes universales. Aun siendo diversas las naciones del mundo, sus delegados escucharon las insinuaciones del espíritu, el llamado de la razón, las lecciones de la historia y las inclinaciones del corazón. En representación de los pueblos del mundo, (7) las naciones se pusieron de acuerdo para renunciar a la ideología, yendo más allá del utilitarismo y para reconocer los fines arraigados en la naturaleza de todas y de cada una de las personas. Conlleva, pues, una dinámica de universalidad para que, en torno a la verdad del hombre, muchas más naciones de las que inicialmente adhirieron a la Declaración lo hagan, hasta cubrir un día ojalá próximo a todas las naciones de la tierra.

4. Somos conscientes de que la «guerra fría» obstaculizó la aplicación de la Declaración, pero también lo somos de las grandes posibilidades que puede traer esta época así llamada de «globalización». Una globalización que no se limita a los meros aspectos económicos, sino que entraña otras realidades y dimensiones, que han de converger en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y pasar por un cuerpo de valores éticos con fuerza de obligatoriedad. Todo esto será realidad si descubrimos la manera de impulsar el reconocimiento y la aplicación de los derechos humanos.

5. En su mensaje del 30 de noviembre de 1998, Juan Pablo II hace un explícito homenaje a la Declaración Universal de Derechos Humanos al calificarla como «uno de los documentos más preciosos y significativos de la historia del derecho». (8) Los derechos articulados en la Declaración constituyen un todo integrado, que tiene como base común la afirmación de la dignidad de toda persona. La derogación de cualquier derecho viola la humanidad de la persona. Juan Pablo II ha afirmado igualmente y es una advertencia de gran importancia que el uso selectivo de sus principios amenaza «la estructura orgánica de la Declaración, que asocia cada derecho a otros derechos y a otros deberes y límites necesarios para un orden social justo». (9)

6. Por todo ello el presente documento no es tan sólo una «celebración jubilar» de aquel que fue publicado en 1948, sino una convocatoria a todos aquellos que reconocen la centralidad de la persona humana y de la familia como núcleo fundamental e insustituible, capaz de generar esa sociedad que responda al mundo que anhelamos. La construcción de esa sociedad es una noble y difícil tarea de la humanidad.

7. Nos centramos en dos campos inseparables: la familia y la vida, en relación con la histórica Declaración. En estos campos el documento conserva toda su importancia y vigencia, y mucho más ahora, cuando los atentados contra la familia, en su identidad que no permite alternativas ni suplantaciones, se difunden de forma alarmante, y cuando se multiplican las amenazas contra la vida, esgrimiendo un vocabulario de aparente justicia que pretende cubrir la desfiguración de la realidad y sentido de este don sagrado.

1.2. El papel de la familia

8. Consideramos que la Declaración de 1948, inspirada en valores antropológicos y éticos firmemente anclados, afianzada en convicciones de orden moral objetivo ya por entonces arraigadas, si bien respondió a circunstancias culturales, socioeconómicas y políticas históricamentesituadas, mantiene su total vigencia. La Declaración conserva intacta la capacidad de establecer y de animar un diálogo eficaz y fecundo con el mundo de hoy, con sus interrogantes y desafíos. En esa perspectiva, la promoción de los «Derechos humanos» debe ser agilizada frente a las múltiples facetas de la crisis presente.

9. De importancia fundamental para la promoción de los derechos humanos es reconocer los «derechos de la familia», lo que implica la protección del matrimonio en el marco de los «derechos humanos» y de la vida familiar como objetivo de su ordenamiento jurídico. La Carta de los Derechos de la Familia presentada por la Santa Sede implica la concepción de la familia como sujeto integrador de todos sus miembros. La familia es, pues, como un todo que no debe ser dividido en su tratamiento, aislando sus integrantes, ni siquiera invocando razones de suplencia social, que aunque en numerosos casos es necesaria, ciertamente, nunca debe poner al sujeto familia en posición marginal. Familia y matrimonio requieren ser defendidos y promovidos no sólo por el Estado sino por toda la sociedad. Requieren el compromiso decidido de cada persona ya que es a partir de la familia y del matrimonio como se puede dar una respuesta integral a los desafíos del presente y a los riesgos del porvenir.

10. Desafíos como las amenazas a la supervivencia, la «cultura de la muerte», la violencia, la desprotección, el subdesarrollo, el desempleo, las migraciones, las distorsiones de los medios de comunicación, etc., sólo se pueden afrontar con éxito desde una concepción de derechos humanos que se desplieguen a través de la familia, transformando la sociedad que en ella y por ella se genera.

2. LA SOCIEDAD: COMUNIÓN DE PERSONAS

11. Somos conscientes de que es posible, incluso necesario, introducir y adelantar un diálogo a partir de la razón humana sobre la sociedad y los principios y exigencias éticas que han de guiar la convivencia humana. (10) No se ve otra manera de caminar sobre bases comunes con los no creyentes. Sin embargo, queremos adelantar nuestra reflexión en una visión en la que convergen la fe y la razón. Ésta se enriquece iluminada por aquélla y le permite una profundidad y densidad que redunda al servicio de la dignidad del hombre y de los pueblos. (11)

2.1. El fundamento de la fraternidad

12. Desde siempre se buscan en el hombre los rasgos propios de su ser. En nuestro siglo, se ha estudiado bastante al hombre a partir de las múltiples ciencias humanas; sin embargo, jamás se ha preguntado con tanta insistencia sobre quién es el hombre. No se ha superado la siguiente paradoja: por una parte tal vez nunca se ha hablado tanto sobre el hombre, sobre su dignidad, su libertad, su grandeza y su poder, y, por otra, nunca el hombre ha sido tan conculcado, objeto de terribles masacres, humillado por la violencia, sobre todo de los poderosos. (12) Las guerras mundiales, las guerras fratricidas (y toda guerra lo es, pues «todo hombre es mi hermano»), las guerras tribales, son un capítulo tenebroso de la historia. Y más aún los atentados contra los más débiles e inocentes, una categoría de personas conculcada de tantas maneras. (13) Desde la Antigüedad se considera que el hombre se caracteriza por su razón. Así Eurípides afirmaba que «el intelecto es Dios en cada uno de nosotros». (14) En el mismo sentido, Platón (15) y Aristóteles (16) eligieron la razón como la facultad distintiva del hombre. Después de la célebre definición de Boecio: «Individua substantia rationalis naturae», Santo Tomás de Aquino, prosiguiendo en la ruta, reconoció que el hombre es una persona y que ella es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza: perfectissimum in omni natura. El hombre es un ser subsistente, corpóreo y espiritual; es un todo estructurado. Es distinctum subsistens in intellectuali natura.

13. Los conceptos de persona y dignidad están mutuamente relacionados, pero no se identifican. La persona se refiere al ser en su grado más alto de perfección, en sus tres notas de subsistencia, espiritualidad y totalidad. La dignidad se refiere ante todo a una cualidad del ser, a un valor que puede ser opuesto a un antivalor. Toda persona, por el hecho de serlo, posee una dignidad connatural, que es preciso reconocer y respetar. (17) Pero el ser personal, por el hecho de ser libre y de ser en proceso, está llamado a la adquisición de otra dignidad mediante el desarrollo de sus posibilidades humanas. En este sentido puede poseer también una dignidad adquirida, que va conquistando conforme se perfecciona en su propio orden humano.

14. Como imagen de Dios, el hombre ha sido creado por un acto de amor. Dios quiso comunicar al hombre una naturaleza distinta de todo el orden creado. El hombre emerge entre los demás seres creados; los trasciende. Todos participamos de la existencia de modo personal por acción del mismo Dios creador. Como creatura personal, dotada de razón y de voluntad libre, llamada a la felicidad eterna, cada ser humano refleja algo de la magnificencia divina. Este es fundamento último imprescindible de nuestra fraternidad.

15. La familia es el lugar por excelencia, el más propicio e irreemplazable para el reconocimiento y el desarrollo del ser personal en su camino hacia la plena dignidad. En ella da los primeros pasos del desarrollo humano. En ella se forja no sólo en un útero materno, sino también, como indica Santo Tomás, como en un «útero espiritual». (18) En ese ámbito familiar y formativo es donde se inicia el proceso de la educación y la promoción del ser humano. El sujeto que no recibe esta primera promoción familiar queda muy debilitado para lograr la plenitud de lo humano a la que está llamado por su condición de persona.

2.2. La familia: base de la sociedad

16. El respeto de los derechos humanos es necesario para el desarrollo humano de las personas en la comunidad. Estos bienes incluyen la vida misma, la salud, el conocimiento, el trabajo, la comunidad y la religión. Ante todo, «la familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos es la comunión: communio personarum». (19) Los bienes que le son esenciales se pueden realizar sólo cuando un hombre y una mujer se entregan el uno al otro con una donación total en el matrimonio, comunidad de amor y de vida, y están dispuestos a acoger plenamente --en la procreación y en la educación-- el don de una vida nueva. Los padres dan a esa nueva vida el hogar en el cual el niño puede crecer y desarrollarse. Todos los derechos que son necesarios por naturaleza para el desarrollo de la persona en su totalidad, se hacen reales en la familia del modo más eficaz. La familia, por su misma naturaleza, es sujeto de derechos, es el elemento fundacional de la sociedad humana y la fuerza más necesaria para el desarrollo pleno de la persona humana. La importancia de la mediación social de la familia es innegable. Es algo que conserva todo su valor, no obstante los cambios que durante la historia han afectado la familia.

17. Puesto que todos los hombres son personas, el Santo Padre llegó a definir la institución fundamental de la sociedad como una «communio personarum». (20) «La familia es más que cualquier otra realidad social el ambiente en que el hombre puede vivir "por sí mismo" a través de la entrega sincera de sí. Por esto, la familia es una institución social que no se puede ni se debe sustituir: es "el santuario de la vida"». (21) Por consiguiente, promover en el ser del hombre su proyecto existencial es, ante todo, reconocer su realidad personal y la dignidad que le es connatural. Para alcanzar esta finalidad se impone crecientemente la valorización de la familia y de los distintos miembros que la componen.

3. LA PERSONA: SU DIGNIDAD, SUS DERECHOS

3.1. Dignidad e igualdad

18. El concepto de dignidad del ser humano debe ser siempre la clave interpretativa de la Declaración de 1948. Es mencionado en el primer párrafo del proemio, recogido en el primer artículo y posteriormente reiterado a lo largo de toda la Declaración. Todas las afirmaciones, principios y derechos que se mencionan en la Declaración están redactadas y deben ser interpretadas a la luz de la dignidad propia del ser humano.

19. La Declaración recoge el fruto del patrimonio histórico de la humanidad. La comprensión cristiana del hombre, además, permite llegar a una fundamentación más profunda de esa realidad al manifestar que el hombre es el único ser que vale por sí mismo y no sólo por razón de la especie. Más aún, es alguien que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,27) y por tanto dotado de valor absoluto: La creatura humana es querida y amada por Dios por sí misma, como un fin. (22) No es, por tanto, un instrumento, un medio, algo manipulable.

20. La Declaración universal comienza afirmando que reconoce la dignidad innata de todos los miembros de la familia humana, como también la igualdad e inalienabilidad de sus derechos. (23) Deja así constancia de que esa dignidad es una realidad que emana de lo que el hombre es, es decir, de su naturaleza. Es, pues, un reflejo de la realidad substancial y espiritual de la persona humana, y no de una creación de la voluntad humana, ni una concesión de los poderes públicos o un producto de las culturas o de las circunstancias históricas.

21. En la Declaración, la dignidad del ser humano es puesta en relación con la razón y la conciencia de las que el ser humano está dotado (24) y por tanto con su libre voluntad. Es lo que subraya también expresamente la encíclica Pacem in terris. (25) Se pone así de manifiesto que la dignidad no es un concepto genérico, meramente formal o vacío, sino lleno de contenido, como concretan los posteriores artículos de la Declaración. La dignidad y la posibilidad de cada persona real de realizar la propia personalidad y los propios derechos, no en abstracto, sino concretamente, como mujer u hombre, esposa o esposo, hijo o padre.

22. En la Declaración, por otro lado, se afirma y reconoce la plena igualdad de toda persona (26) y por lo tanto la prohibición de toda forma de discriminación o limitación de sus derechos en base a «raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política..., origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición». (27) Esta igualdad se manifiesta también en el reconocimiento a toda persona de su titularidad de derechos en cada fase de su crecimiento y en cada momento de su existencia.

3.2. Todo ser humano

23. Esa dignidad la posee todo ser humano, como reitera la Declaración, que comienza la casi totalidad de sus artículos con expresiones como «todo ser humano», «todo miembro de la especie humana», «todo individuo humano sin distinción de ningún tipo», etc. La enumeración de derechos y deberes que incluye la Declaración ofrece así una orientación a la vez jurídica y ética que permite enfocar las múltiples situaciones humanas, tanto las existentes en el momento en que se redactó la Declaración como las suscitadas por los posteriores cambios sociales y las innovaciones que ha introducido el desarrollo de la tecnología, de la economía y de las instituciones políticas al interior de los Estados.

24. Ahora bien, todo lo que se dice acerca de la dignidad, derechos y deberes del ser humano vale igualmente para el hombre y para la mujer. La común dignidad de hombres y mujeres, y su reciprocidad, es la auténtica base para afirmar su plena dignidad. La reciprocidad implica, en efecto, que entre hombre y mujer no se da ni una igualdad estática e indiferenciada, ni una distinción conflictual inexorable e irreconciliable. (28)

3.3. Trabajo y familia

25. El trabajo, derecho y deber, (29) expresa y realiza la dignidad del ser humano; manifiesta su capacidad de dominio sobre el mundo que le rodea, contribuye al desarrollo de la personalidad (30) y hace posible el crecimiento de la civilización. El conjunto de la sociedad, de los órganos y de las políticas de los estados, deben generar condiciones que conduzcan a la existencia de posibilidades de trabajo para todos. No debe olvidarse que «el trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores uno relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar de la vida humana deben unirse entre sí correctamente y correctamente compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo». (31)

26. El aporte específico que el padre y la madre ofrecen, por su trabajo, a la sociedad, debe ser reconocido. Lo que la madre aporta a la familia y, por medio de ella, a la sociedad es digno de la mayor consideración y por otro lado, ha concitado la atención de algunos de los pensadores más distinguidos de nuestra época. Esta contribución específicamente maternal se constata evidentemente en el campo de la educación, de la salud, de la instrucción, de la formación religiosa y de todas las actividades que afectan al bienestar de la familia y de sus miembros. Juan Pablo II ha subrayado muchas veces la importancia de esta contribución. (32) Por supuesto, la insistencia en el aporte de la madre no debe eclipsar la importancia de la contribución específica del padre; ambos aportes son complementarios.

27. Concretamente, el hombre y la mujer, en la familia, complementan su trabajo y colaboran para la plena realización de su vida conyugal y en la educación y el bienestar de sus hijos. Teniendo en cuenta que la maternidad junto con la paternidad forma parte del don creador más excelso del género humano, a saber, la transmisión de la vida, la organización de la sociedad y las leyes del Estado deben permitir que la estructura y la remuneración del trabajo faciliten a la mujer la realización de su vocación de madre, en la gestación y crianza de los hijos. (33)

4. EL DERECHO A LA VIDA

4.1. La clave de los demás derechos

28. La afirmación de la dignidad de todo ser humano tiene como consecuencia inmediata y básica el derecho fundamental a la vida, reconocido en el artículo 3 de la Declaración: «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona». Ese derecho lo posee el ser humano desde el momento mismo en que inicia su existencia, es decir, desde el momento de la concepción y no sólo desde el nacimiento. (34)

29. Desde el primer instante de su concepción, el hombre recibió de Dios su realidad personal. La persona tiene en su ser una dignidad que le es inherente. Es decir que tanto la persona como su dignidad se sitúan en el plano ontológico. No importan las manifestaciones posibles del hombre durante su evolución; desde el momento de su concepción, él es siempre una persona, cuya dignidad le debe ser reconocida en todas las circunstancias de su itinerario existencial.

30. Antes de todo, el hombre tiene derecho a la vida, fundamento clave de todos los demás derechos en cuanto derecho inviolable, garantizado y protegido en toda situación, no sólo por medio de leyes y políticas de parte del Estado, sino también mediante una verdadera cultura de la vida, «puesto que ninguna ofensa contra el derecho a la vida, contra la dignidad de cada persona, es irrelevante». (35) Es un derecho fundamental, con la mayor fuerza que se le puede reconocer al término, pues los demás perderían su consistencia, por ausencia de sujeto, de soporte. Es preciso distinguir entre derecho fundamental y su valor y nobleza. Hay otros que revisten una mayor altura y nobleza. Tanto es así que por ellos es digno y lícito ofrecer o arriesgar la propia vida.

4.2. Protección antes y después del nacimiento

31. El artículo 3 de la Declaración de 1948 afirma que «Todo individuo tiene derecho a la vida». Este principio fue desarrollado por la Declaración de los Derechos del Niño, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1959, según la cual «el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal tanto antes como después del nacimiento». Esta misma declaración fue incorporada luego en el «Preámbulo» de la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989.

32. Esta debe ser considerada como principio fundamental del sistema de protección internacional de los derechos humanos (ius cogens), (36) ya que se encuentra indudablemente incorporada a la conciencia común de los sujetos de la comunidad internacional.

33. El Derecho Internacional reafirma así un principio de la tradición jurídica romano-canónica por la cual el individuo humano por nacer existe como persona. Los derechos del nascituro y su personalidad fueron ya formulados por Ulpiano, Justiniano, Graciano y tantos otros maestros del Derecho desde la antigüedad. La reflexión judía, la cristiana y la musulmana convergen en esta línea de pensamiento.

34. Por otro lado, todo intento normativo que pretende impulsar el «derecho» al aborto o a otra forma de negación de la vida humana por nacer, choca con lo que ha madurado en la legislación internacional. Esta legislación, coherentemente, garantiza «el derecho a venir al mundo a quien aún no ha nacido»; protege «a los recién nacidos, particularmente a las niñas, del crimen del infanticidio», asegura a «los minusválidos el desarrollo de sus posibilidades, y la debida atención a los enfermos y ancianos». (37)

4.3. Derechos del niño por nacer

35. En coherencia con estas líneas de pensamiento jurídico, reafirmadas por la comunidad internacional y su ordenamiento jurídico, declaramos que:

36. desde el primer momento de su existencia, por la misma fecundación del óvulo, el ser humano se encuentra dotado de la especial dignidad que le es propia como persona y goza de los derechos que le corresponden conforme a la etapa de su desarrollo; (38)

37. desde el comienzo de su existencia prenatal, el ser humano es un sujeto que tiene derecho a la vida y a la seguridad de su persona;

38. desde el comienzo de su vida el ser humano tiene derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica, con todas las consecuencias que se derivan de este reconocimiento;

39. la persona por nacer es «niño» en el sentido y con los alcances fijados en la Convención sobre los Derechos del Niño;

40. el niño por nacer tiene derecho a que la legislación le garantice en la máxima medida posible su supervivencia y desarrollo; (39)

41. las políticas o medidas concretas de planificación demográfica que incluyan o impliquen el atentar contra la supervivencia o la salud del niño por nacer deben ser consideradas contrarias al derecho a la vida y a la dignidad humana.

42. El niño por nacer tiene derecho a que la legislación lo preserve de toda experimentación con su persona o de ser sometido a prácticas médicas que no tengan como objeto directo la protección o mejora de su salud; debe prohibirse la clonación humana y toda otra práctica que atente contra la dignidad del niño por nacer: «Jamás la vida puede ser degradada a objeto». (40).

4.4. Deberes de la familia y del Estado con respeto al niño por nacer

43. La familia es la institución primaria para la protección de los derechos del niño. Por ello, el interés del niño exige que su concepción se produzca en el matrimonio y por el acto específicamente humano de la unión conyugal. «El don de la vida humana debe realizarse en el matrimonio mediante los actos específicos y exclusivos de los esposos, de acuerdo con las leyes inscritas en sus personas y en su unión». (41)

44. La vinculación entre madre y concebido, y la insustituible función del padre hacen necesario que el niño por nacer encuentre su acogida en una familia que le garantice, en cuanto sea posible y conforme al derecho natural, la presencia de la madre y del padre. El padre y la madre, como pareja, con las características que le son propias, procrean y educan al hijo. El niño tiene, pues, el derecho de ser acogido, amado, reconocido, en una familia. En este sentido, la Convención sobre los Derechos del Niño representa un paso de gran significación que es preciso aplicar.

45. El niño por nacer tiene derecho a ser identificado según el nombre de sus padres, a la herencia y, por lo tanto, a la protección de su identidad. (42)

46. El niño por nacer tiene derecho a un nivel de vida suficiente para su pleno desarrollo psicofísico, espiritual, moral y social, incluso en la hipótesis de ruptura del vínculo matrimonial de sus padres. (43)

47. Los padres tienen la responsabilidad primaria de formar y educar a sus hijos para garantizar su desarrollo integral y un nivel de bienestar social, espiritual, moral, físico y mental conveniente para ello. A este fin están llamados a colaborar tanto la legislación como los servicios del Estado, para dar a la familia el apoyo adecuado. (44)

48. Conforme con el principio de subsidiariedad, sólo cuando la familia no se encuentre en condiciones de defender suficientemente los intereses del niño por nacer, el Estado tendrá el deber de disponer en su favor medidas especiales de protección, en particular: la asistencia a la madre antes y después del parto, la cura ventris, la adopción prenatal, la tutela. Analogamente, la intervención del Estado en la vida familiar sólo puede realizarse cuando son puestos en serio peligro la dignidad del niño y sus derechos fundamentales, y teniendo en cuenta únicamente «el interés superior del niño», sin forma alguna de discriminación. (45)

49. Asimismo, por su peculiar condición, así como por los atropellos a los cuales están expuestas, las niñas y las jóvenes requieren de especiales medidas de protección.

50. Como todas las personas minusválidas, con mayor razón los niños minusválidos tienen derecho a la protección y a la ayuda que requieren por su condición. Por lo tanto, el Estado debe auxiliar a la familia a acoger a los minusválidos y favorecer su integración en la sociedad, y concederles el beneficio de aquellas medidas especiales que correspondan a su condición para poder gozar plenamente de todos los derechos fundamentales. (46)

51. Tiene especial actualidad la tarea de profundizar en el sentido del derecho a adoptar, teniendo siempre presente que «el interés superior del niño sea la consideración primordial», (47) sin inmiscuir otro tipo de consideraciones, por nobles que parezcan. A la luz de este interés superior ha de ratificarse el categórico rechazo a que las «uniones de hecho», especialmente cuando se trata de uniones del mismo sexo, puedan alegar un derecho a adoptar. En tal caso la formación integral del niño recibiría un gravísimo perjuicio.

5. SOLIDARIDAD Y FRATERNIDAD

5.1. Participación y libertad

52. La Declaración Universal de Derechos Humanos exhorta a todos los seres humanos a comportarse los unos con los otros en espíritu de fraternidad. (48) En esta afirmación, el documento está en consonancia con el pensamiento social cristiano y con su defensa de la solidaridad humana. Como miembros de pleno derecho de la familia humana, todo hombre y toda mujer tienen el derecho y la responsabilidad de participar en la vida social, política y cultural a los niveles local, nacional e internacional. La persona humana participa en la familia humana por su propia naturaleza. Nuestra humanidad es compartida, y el hecho de ser personas nos vincula, de modo inmediato e irrevocable, al resto de la comunidad humana. En virtud de los vínculos de solidaridad y fraternidad podemos hablar de familia humana, de la familia de los pueblos.

53. Para que la participación alcance su pleno sentido, debe ser conscientemente practicada y elegida. La virtud social de la solidaridad es la voluntad de practicar la participación al buscar la justicia social. No hay que olvidar que «el ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas». Esto implica que los «que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos». (49) La solidaridad, por lo tanto, es la aceptación de nuestra naturaleza social y la afirmación de los vínculos que compartimos con todos nuestros hermanos y hermanas. La solidaridad crea un ambiente en el cual se favorece el servicio mutuo. La solidaridad crea las condiciones sociales para que los derechos humanos sean respetados y alimentados. La capacidad de reconocer y aceptar toda la gama de derechos y de obligaciones correspondientes que se fundamentan en nuestra naturaleza social sólo puede realizarse en una atmósfera vivificada por la solidaridad. Esto vale también a la luz de la creciente interdependencia, la cual «debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados a todos». (50)

5.2. Compromiso con los más débiles

54. Nuestra solidaridad con toda la familia humana implica un compromiso especial con los más vulnerables y marginados. Estos deben ser una categoría privilegiada por el amor y cuidado de los demás. La unidad natural de la familia humana no se puede realizar en plenitud cuando los pueblos sufren las miserias de la pobreza, discriminación, opresión y alienación social que conducen al aislamiento y la desconexión de la comunidad más amplia.

55. Sin embargo, nuestro compromiso de amor debe ser voluntario para que sea virtuoso. De modo particular la solidaridad nos impulsa a buscar relaciones que tiendan hacia la igualdad en los planos local, nacional e internacional. Todos los miembros de la comunidad humana deben ser incorporados de la manera más plena posible en el círculo de las relaciones productivas y creativas. (51)

56. Los pueblos del tercer mundo, en particular, han experimentado los embates de los enemigos de la vida, y merecen por ello nuestra atención especial. Enfermedades como el SIDA, la malaria, etc., las malas cosechas, la sequía, la guerra, la hambruna y la corrupción siguen segando vidas de personas inocentes en muchos países. Estos males impiden el pleno desarrollo y la productividad de estos pueblos, e impiden que se unan al resto de la familia humana en igualdad de condiciones. Con frecuencia, el crecimiento productivo y económico se da dejando de lado a estos pueblos. La solidaridad exige que la comunidad internacional siga trabajando para conseguir estrategias globales conducentes a combatir las enfermedades y el hambre y a promover un auténtico desarrollo humano. La dimensión normativa de la solidaridad exige un esfuerzo por establecer relaciones con los países en desarrollo que tiendan hacia la igualdad. Pero en este proceso los que gozan de los privilegios del exceso tienen una obligación correspondiente: dar generosamente para poner a los menos afortunados en condiciones de alcanzar por sí mismos niveles de vida de acuerdo con la dignidad humana.

57. Sin embargo, es necesario caminar con cautela, para que las intervenciones en países extranjeros sean respetuosas de la integridad de las culturas y economías locales. Con demasiada frecuencia, en el nombre de la solidaridad, la ayuda extranjera fluye hacia gobiernos corruptos y no alcanza a aquellos destinatarios que más la necesitan. Más aún, muchas formas de intervención generan distorsiones locales de tal naturaleza que crean dependencia en lugar de igualdad de condiciones, al destruir los medios para la autosuficiencia. Los programas de ayuda en nombre de la solidaridad deben ser diseñados de tal manera que integren en la lógica de la solidaridad, sólidos principios económicos, culturales y políticos. Así la solidaridad permitirá una significativa unidad de los pueblos en el contexto de la diversidad humana.

5.3. Solidaridad entre hombres y mujeres

58. Como primera comunidad natural, la familia es el lugar ejemplar de la solidaridad. Es en la familia donde el ser humano toma poco a poco conciencia de su dignidad, donde adquiere el sentido de la responsabilidad, donde aprende a prestar atención a los demás. En la familia la solidaridad se desarrolla más allá de la relación de amor entre los cónyuges; se extiende a las relaciones entre padres e hijos, a las relaciones entre hermanos, así como a las relaciones entre generaciones.

59. La verdadera comunión de la solidaridad incorpora y se construye sobre la reciprocidad de los géneros. El hombre y la mujer comparten igualmente los beneficios y las cargas de la solidaridad. Son complementarios: «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gen 1,27). Para manifestar que es imagen del Dios trinitario, el ser humano debe desplegar su existencia según dos modalidades complementarias: el modo masculino y el modo femenino. La existencia humana es entonces participación de la existencia de un Dios que es comunión de amor.

60. Igualdad de dignidad no significa uniformidad indiferenciada. Llamados por el creador a vivir en relaciones de comunión, reciprocidad y solidaridad, hombres y mujeres contribuyen de forma original a la familia y a la sociedad. Una verdadera «cultura de la igualdad» es aquella que acoge y respeta las contribuciones originales tanto de los hombres como de las mujeres.

61. Como personas, los hombres y las mujeres comparten dimensiones y valores comunes fundamentales. En cada uno de ellos, sin embargo, estos valores se diversifican en fuerza, interés y énfasis, y es esta diversidad la que se convierte en fuente de enriquecimiento. Por lo tanto, la solidaridad se realiza más plenamente cuando mujeres y hombres cooperan los unos con los otros en relaciones de reciprocidad y complementaridad.

6. DERECHOS DE LA FAMILIA Y SUBSIDIARIDAD

6.1. Sociedad civil, sociedad política

62. La Iglesia reconoce y apoya el deber indispensable del Estado de defender y promover los derechos humanos. Las instituciones políticas tienen la responsabilidad natural de proporcionar un marco jurídico justo para que todas las comunidades sociales puedan cooperar en alcanzar el bien común. El principio de subsidiaridad es en sí mismo un principio del bien común. Bien común que ha de ser considerado al más amplio nivel, como universal. Por ello los derechos humanos y en especial los de la familia pueden desarrollarse solamente operando de acuerdo con la subsidiariedad. «La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiaridad. Según éste, "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común (52)» (53).

63. La Declaración Universal no sólo reconoce explícitamente la distinción entre la sociedad y el Estado, sino que valora también la contribución al bien común de muchas comunidades que constituyen lo que Tocqueville denominó «sociedad civil», en contraste con la «sociedad política». La sociedad política tiene como razón de ser el ejercicio del poder, con el recurso, dado el caso, a la coerción. Por ello el ejercicio del poder debe ser estrictamente controlado por reglas constitucionales. El Estado no puede intervenir en los campos en los cuales la iniciativa de los particulares, de las comunidades, de las empresas, es suficiente.

64. Esta distinción ilustra el bien fundado principio de subsidiaridad. Mientras que la sociedad política recurre constantemente al poder, a sus agentes, a sus reglamentos, la sociedad civil se vale de las afinidades, las alianzas voluntarias, las solidaridades naturales. Esta distinción esclarece por lo tanto la rica realidad de la familia. Ella es el núcleo central de la sociedad civil. Tiene ciertamente un rol económico importante, pero tiene papeles múltiples. Es sobre todo una comunidad de vida, una comunidad natural. Más aún, como está fundada sobre el matrimonio, presenta una cohesión que no se halla necesariamente en los cuerpos intermedios.

65. Algo que ha producido un impacto negativo durante las últimas décadas, es que la familia ha sufrido los mismos ataques que el Estado ha dirigido contra los otros cuerpos intermedios, suprimiéndolos y buscando regirlos a semejanza suya. Cuando el Estado se arroga el poder de reglamentar los vínculos familiares, de dictar leyes que no respetan aquella comunidad natural que es anterior a él, (54) surge el temor de que el Estado se aproveche de las familias en su propio interés y, en lugar de protegerlas y defender sus derechos, las debilite o destruya para dominar a los pueblos.

66. La Declaración Universal previene estas desviaciones. Reconoce el derecho del hombre y de la mujer a constituir una sociedad matrimonial (55) y así crear una familia. El Papa Juan Pablo II ha recordado, siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II, que la familia es la «célula primera y vital de la sociedad». (56) La Declaración insiste en que esta célula «fundamental y natural» (57) merece la protección no sólo del Estado, sino también de la sociedad. Así pues, la Declaración promueve el despliegue de la familia en medio de otras comunidades, pero enfatiza el carácter único de esa institución natural.

6.2. La familia, primera educadora

67. La Declaración reconoce también el derecho a la propiedad privada no sólo individual, sino también en asociación. (58) Reconoce el derecho a la libertad religiosa, incluyendo el derecho de los creyentes a asociarse para el culto y la educación. (59) Finalmente, la Declaración insiste en que los padres tienen el derecho a decidir y dirigir la educación de sus hijos. (60)

68. A este propósito, conviene recordar que la misión educativa de la familia encuentra su complemento normal en las instituciones educativas. Los padres «comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiaridad». (61) No debe olvidarse que «cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento y, en cierto modo, incluso por encargo suyo». (62)

69. Ciertamente, como lo muestran numerosos estudios psico-pedagógicos, los primeros años de un niño son decisivos para la formación ulterior de su personalidad. Por ello, es de interés no solamente para los niños, sino también para la sociedad, el que los padres puedan confiar a sus hijos a instituciones educativas de su elección.

70. Sin embargo, como lo ilustra el ejemplo de muchos países, incluso considerados como «desarrollados», un medio eficaz para destruir a la familia consiste en privarla de su función educativa, bajo el falaz pretexto de dar a todos los niños iguales oportunidades. En este caso, los «derechos de los niños» son invocados contra los derechos de la familia. Frecuentemente el Estado invade terrenos propios de la familia en nombre de la democracia que debiera respetar el principio de subsidiariedad. Nos hallamos ante un poder político omnipresente y arbitrario. El Estado u otras instituciones se apropian del derecho de hablar en nombre de los niños y los sustraen al marco familiar. Como lo muestran tantas experiencias funestas, pasadas y contemporáneas, el ideal para una dictadura sería tener niños sin familias. Todos los ensayos para sustituir a la familia han fracasado.

6.3. Defender la soberanía de la familia

71. Hoy día, la familia precisa de una protección especial por parte de los poderes públicos. A veces oprimida por el Estado, la familia se encuentra actualmente expuesta también a los ataques provenientes de grupos privados, de organismos no gubernamentales, de entidades transnacionales y también de organizaciones internacionales públicas.

Corresponde a los Estados la responsabilidad de defender la soberanía de la familia, pues ésta constituye el núcleo fundamental del tejido social.

72. Además, defender la soberanía de la familia contribuye a salvaguardar la soberanía de las naciones. Hoy día, en nombre de las ideologías de inspiración malthusiana, hedonista y utilitarista, la familia es víctima de agresiones que la cuestionan hasta en su existencia. Los medios de comunicación, al propalar la separación total de los significados unitivo y procreativo de la unión conyugal, (63) banalizan las experiencias sexuales múltiples pre- y para-matrimoniales, debilitando la institución familiar. En varios países, la edad media del matrimonio ha aumentado de manera significativa, como ha aumentado también la edad en que las mujeres tienen su primer hijo. La proporción de matrimonios que se divorcian ha llegado a ser alarmante. (64) Las familias rotas y «recompuestas», a causa de las cuales los niños sufren tanto, engendran pobreza y marginación. Existe el contraste entre el papel primordial y decisivo que se reconoce a la familia (bien significativo en numerosas encuestas) y el descuido y hostilidad a que la institución familiar es sometida y la erosión que la familia sufre en algunas regiones y naciones.

73. Lo peor de todo es que bajo el impulso de organismos públicos internacionales se preconizan supuestos «modelos nuevos» de familia, que incluyen los hogares monoparentales y hasta las uniones homosexuales. Algunas agencias internacionales, apoyadas por poderosos lobbies, quieren imponer a naciones soberanas «nuevos derechos» humanos, como los «derechos reproductivos», que abarcan el acceso al aborto, a la esterilización, al divorcio fácil, un «estilo de vida» de la juventud que propicia la banalización del sexo, el debilitamiento de la justa autoridad de los padres en la educación de los hijos. (65)

74. Mientras se exalta de esta manera un individualismo liberal exacerbado, aliado a una ética subjetivista que incentiva la búsqueda desenfrenada del placer, la familia sufre también con el resurgir de nuevas expresiones de un socialismo de inspiración marxista. Una tendencia aparecida en la Conferencia de Pekín (1995), pretende introducir en la cultura de los pueblos la «ideología del género» «gender». Esta ideología afirma, entre otras cosas, que la mayor forma de opresión es la opresión de la mujer por el hombre y que esta opresión se encuentra institucionalizada en la familia monogámica. (66) Los ideólogos concluyen entonces que, para acabar con tal opresión, conviene acabar con la familia, fundada en el matrimonio monogámico. El matrimonio y la familia, enraizados en la unión heterosexual, serían productos de una cultura que aparecieron en un momento puntual de la historia, pero que deben desaparecer para que la mujer pueda liberarse y ocupar el lugar que le corresponde en la sociedad de producción.

75. Somos conscientes de que ya muchas veces el Santo Padre, y siguiendo sus huellas el Pontificio Consejo para la Familia, se ha pronunciado sobre estas ideologías que no son sólo anti-vida y anti-familia, sino que son también destructoras de las naciones. En el umbral del tercer milenio, la pastoral de la vida, recibida y comunicada generosamente en la familia, se destaca como una exigencia prioritaria de la celebración jubilar. Es «necesario que la preparación del Gran Jubileo pase, en cierto modo, a través de cada familia. Acaso no fue por medio de una familia, la de Nazaret, que el Hijo de Dios quiso entrar en la historia del hombre». (67)

7. CONCLUSIÓN

76. Los diversos derechos de los individuos y de las comunidades refuerzan mutuamente una cultura de libertad en la cual los seres humanos pueden contribuir al bien común. De hecho, la Declaración Universal de Derechos Humanos afirma de muchos modos que los seres humanos se perfeccionan mediante la iniciativa individual, mediante asociaciones privadas y mediante el compromiso político por el bien común. La Declaración, por ejemplo, reconoce los derechos a la propiedad intelectual, (68) por los cuales la invención, la distribución y el disfrute del conocimiento no son meramente o únicamente logros del Estado. Como ha observado Juan Pablo II, «el recurso principal del hombre es el hombre mismo».(69) La Declaración Universal reconoce sabiamente que una parte esencial de la libertad de asociación (70) que incluye la libertad de unirse en sindicatos (71) es el que los individuos no puedan ser obligados por el Estado a vincularse a una asociación. (72) Todos estos derechos de que gozan los individuos y las asociaciones privadas son vitales para el desarrollo de la «sociedad civil». Constituyen una salvaguardia contra el totalitarismo.

77. El reconocimiento práctico de los derechos de la institución de la familia en el marco del desarrollo de los derechos humanos no puede ignorar las palabras originales, la finalidad y el espíritu de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. La Declaración reconoce en la institución natural del matrimonio como donación mutua de amor entre hombre y mujer constitutivo de una unión estable y abierta a la procreación y educación de la prole, el principal fundamento de la familia. Llamamos a todos los pueblos y naciones a atender cuidadosamente las normas de la Declaración Universal y no derogar sus protecciones beneficiosas y saludables.

78. «¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!». (73) Es por tanto en el tratamiento que los pueblos dan a la familia, en el reconocimiento de su valor fundamental e insustituible o por el contrario, en las formas variadas de descuido o de hostilidad y acoso que dificultan su misión, donde se fragua el futuro de la humanidad.

Notas

(1) Ofrecemos el enriquecimiento de comisiones que han trabajado en diversos temas. Por el método de trabajo, pueden haber algunas repeticiones, que, sin embargo, hacen más ricas las reflexiones. Han colaborado también algunos expertos del Acton Institute.

(2) El Dicasterio ha tenido la ocasión de conmemorar anticipadamente este acontecimiento al realizar el II Encuentro Europeo de Políticos y Legisladores con el tema «Derechos humanos y derechos de la familia», llevado a cabo durante los días 22 al 24 del mes de octubre de 1998. Las conclusiones han sido publicadas en L’Osservatore Romano, 1617-11-98. El volumen correspondiente de las ponencias ha sido ya publicado (Pontificio Consiglio per la Famiglia, Diritti dell’uomo: Famiglia e politica, Libreria Editrice Vaticana, 1999. Las ediciones en español y francés están en preparación). Igualmente se propone llevar a cabo el III Encuentro de Políticos y Legisladores de América, en Buenos Aires, Argentina, del 3 al 5 de agosto de 1999, con el tema «Familia y Vida: a los 50 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos».

(3) Cfr. Juan XXIII, Carta Encíclica Pacem in terris, 11463, 144.

(4) Juan Pablo II, Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999, 81298, 3.

(5) Declaración Universal de Derechos Humanos, Preámbulo.

(6) Cfr. Carta de las Naciones Unidas, Introducción.

(7) Aun cuando el número de los firmantes haya sido relativamente restringido.

(8) Juan Pablo II, Mensaje a Su Excelencia el Sr. Didier Opertti Badán, Presidente de la quincuagésima tercera sesión de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, 301198.

(9) Ibid.

(10) Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor, 6893, 99.

(11) Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio, 29998, proemio; 102.

(12) Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 18.

(13) Cfr. ibid., 12.

(14) Fragmento 1018-Nauck.

(15) Cfr. Primer Alcibíades, 133c.

(16) Cfr. Ética a Eudemo, 1248 a 2830.

(17) Cfr. Santo Tomás de Aquino, ST, I, q. 29, a. 3; I, q. 29, a. 3, ad 2.

(18) ST, II-II, 10, 12.

(19) Juan Pablo II, Carta a las Familias Gratissimam sane, 2294, 7.

(20) Cfr. ibid., 6.7; Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem, 15888, 23.

(21) Gratissimam sane, 11.

(22) Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 71265, 24.

(23) Cfr. Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999, 3.

(24) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 1.

(25) Cfr. Pacem in terris, 9.

(26) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 1.

(27) Ibid., art. 2.

(28) Cfr. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29695, 8.

(29) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 23; cfr. también Gaudium et spes, 26.

(30) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 22.

(31) Juan Pablo II, Carta Encíclica Laborem exercens, 14981, 10.

(32) Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 221181, 23, 25; Laborem exercens, 19; Mensaje para la XXVIII jornada mundial de la Paz 1995, 81294, 5, etc.

(33) Cfr. Santa Sede, Carta de los derechos de la familia, 241183, artículos 9 y 10.

(34) Cfr. ibid., art. 4.

(35) Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999, 4.

(36) Cfr. Declaracion y Programa de Acción de Viena.

(37) Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999, 4.

(38) Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, 22287, I, 1.

(39) Cfr. Convención sobre los Derechos del Niño, art. 6.

(40) Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz 1999, 4; cfr. Donum vitae, I, 6.

(41) Donum vitae, Introducción, 5.

(42) Cfr. Convención sobre los Derechos del Niño, art. 8.

(43) Cfr. ibid., art. 27.

(44) Cfr. ibid., art. 17 y 18.

(45) Cfr. ibid., art. 20.

(46) Cfr. ibid., art. 23.

(47) Ibid., art. 21.

(48) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 1.

(49) Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 301287, 39.

(50) Ibid., 39.

(51) Cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus, 1591, 42.

(52) Centesimus annus, 48.

(53) Catecismo de la Iglesia Católica, 1883.

(54) Ya Aristóteles recordaba que la familia es anterior y superior al Estado (cfr. Ética a Nicómaco, VIII, 15-20). El Santo Padre ha introducido el concepto de la «soberanía» de la familia (cfr. Gratissimam sane, 17).

(55) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 16, 1.

(56) Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los seglares, 11. Citado en Familiaris consortio, 42.

(57) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 16.

(58) Cfr. ibid., art. 17, 1.

(59) Cfr. ibid., art. 18.

(60) Cfr. ibid., art. 26, 3.

(61) Gratissimam sane, 16.

(62) Ibid.

(63) Cfr. Pablo VI, Carta Encíclica Humanae vitae, 25768, 11.

(64) En algunas naciones alcanza la proporción de un tercio.

(65) No pocos se preguntan sobre los «derechos», v.g. de las campañas del Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP) y de algunas intervenciones de organismos como la UNICEF con respecto a los derechos de la familia.

(66) Según esta ideología, los roles del hombre y de la mujer en la sociedad serían puramente producto de la historia y de la cultura. El hombre sería libre de escoger la orientación sexual que le place, sea el que sea su sexo biológico.

(67) Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 101194, 28.

(68) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 27, 2.

(69) Centesimus annus, 32.

(70) Cfr. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 20, 1.

(71) Cfr. ibid., art. 23, 4.

(72) Cfr. ibid., art. 20, 2.

(73) Familiaris consortio, 86.

 

Famiglia e Diritti Umani

Presentazione

Abbiamo da poco celebrato il 50° anniversario della Dichiarazione Universale dei Diritti Umani. Tale documento ha rappresentatocertamente una conquista per l’umanità poiché esso, basandosi sulla dignità della persona, promuove e difende il rispetto dei popoli e di ciascuno dei loro membri. Il Pontificio Consiglio per la Famiglia, già nel mese di ottobre del 1998, aveva tenuto, in Vaticano, il Secondo Incontro di Politici e Legislatori d’Europa e, ad agosto del 1999, a Buenos Aires, il Terzo Incontro di Politici e Legislatori d’America. La Dichiarazione aveva costituito l’oggetto di tali riunioni.

Il documento, in questi cinquanta anni di vita, non ha certo cancellato le molte lacerazioni e violazioni che sono state commesse. Tuttavia, il riconoscimento dei suoi principi costituisce, senza dubbio, uno stimolo notevole per lo spirito e per la pratica della giustizia, sia a livello di rapporti interni dei paesi, sia a livello di relazioni tra gli Stati, a condizione che si preservi la vera «universalità», e che la Dichiarazione non sia soggetta a frantumazioni che possano rivarla del suo spirito originale.

Tra gli altri diritti fondamentali, la Dichiarazione riconosce la Famiglia come «nucleo naturale e fondamentale della società» (art. 16). Offriamo ora una riflessione sui Diritti della Famiglia nel contesto della Dichiarazione Universale. Tale studio è stato realizzato nel corso di un seminario al quale ha preso parte un gruppo numeroso di esperti in diverse scienze.

Per motivi pratici, e con lo scopo di una migliore diffusione e conoscenza, riproduciamo nella presente pubblicazione il testo integrale della Dichiarazione Universale dei Diritti Umani delle Nazioni Unite e la Carta dei Diritti della Famiglia della Santa Sede. La Carta è una riflessione, approfondita e sviluppata alla luce della ragione, su quanto è già indicato nella Dichiarazione. Questi documenti non sono sempre a portata di mano.

Lo studio che offriamo, in occasione di questo 50º anniversario, vuole essere uno strumento per il dialogo e l’interscambio scientifico su temi inerenti ai beni fondamentali della persona e della società.

Alfonso Cardinale López Trujillo, Presidente

Francisco Gil Hellìn, Segretario

1. INTRODUZIONE

1.1. Un punto di incontro

1. Dal 14 al 16 dicembre 1998, su convocazione del Pontificio Consiglioper la Famiglia, si è un riunito un gruppo di esperti ed altre persone impegnate nella causa della famiglia e della vita, (1) per riflettere sul tema «Diritti umani e Diritti della Famiglia». Vogliamo in questo modo associarci, con profonda speranza, alla celebrazione del cinquantesimo anniversario della Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, promulgata dall’Organizzazione delle Nazioni Unite il 10 dicembre 1948. (2)

2. Con il presente documento (che si limita ad alcune considerazioni di particolare importanza e che offriamo come base per ulteriori e più approfondite considerazioni), intendiamo riconoscere il significato e il valore della suddetta Dichiarazione, e incamminarci nella prospettiva di una reale universalità e di una sua necessaria applicazio e integrale. Riconosciamo il valore e la permanente capacità di ispirazione del documento in quanto condividiamo elementi di una stessa verità. Condividere la verità è condizione indispensabile per l’umana convivenza. Non ignoriamo certamente le riserve a cui la Dichiarazione può dar luogo: essa può favorire l’individualismo e il soggettivismo. In tal senso sono state formulate diverse critiche. Tuttavia, è opportuno soffermarci sulla sua grande convergenza con l’antropologia e l’etica cristiane, (3) nonostante il documento prescinda da ogni riferimento a Dio. Esiste inoltre una vicinanza concettuale in quei punti ammessi come naturali in quanto parte della coscienza comune dell’umanità. Non si tratta certamente di diritti che la Dichiarazione ha creato, ma di diritti che ha riconosciuto e codificato. «La Dichiarazione Universale è chiara: riconosce i diritti che proclama, non li conferisce». (4) Inoltre, il documento, che riconosce «la dignità intrinseca» e «i diritti uguali e inalienabili di tutti i membri della famiglia umana», (5) costituisce un «punto di incontro» per la riflessione e l’azione congiunte.

3. Dalle sofferenze della guerra, con le profonde ferite e lacerazioni prodotte, con i gravissimi attentati alla dignità dell’uomo e dei popoli, l’umanità si è unita per affermare «il valore della persona umana», (6) nel rispetto e nella tutela che le sono dovuti. Giunte da ogni parte e da ogni cultura, le nazioni del mondo hanno proclamato verità universali, diritti universali e beni universali. Benché diverse, i loro delegati hanno ascoltato i suggerimenti dello spirito, il richiamo della ragione, le lezioni della storia e le inclinazioni del cuore. In rappresentanza di tutti i popoli del mondo, (7) le nazioni si sono unite per rinunciare all’ideologia, andando al di là dell’utilitarismo, e per riconoscere i fini radicati nella natura di tutti e di ognuno. Si rende quindi necessaria una dinamica di universalità affinché, attorno alla verità dell’uomo, aderisca alla Dichiarazione un numero sempre più grande di nazioni, fino a racchiudere un giorno speriamo prossimo tutte le nazioni della terra.

4. Siamo coscienti del fatto che la «guerra fredda» ha ostacolato l’applicazione della Dichiarazione, ma siamo altresì consapevoli delle grandi possibilità che può arrecare questa epoca cosiddetta di «globalizzazione». Una globalizzazione che non si limiti ai puri aspetti economici, ma che comporti altre realtà e dimensioni, che devono convergere nel riconoscimento della dignità della persona umana e passare obbligatoriamente per un corpo di valori etici. Tutto ciò si realizzerà se scopriremo il modo di dare impulso al riconoscimento e all’applicazione dei diritti dell’uomo.

5. Nel messaggio del 30 novembre 1998, il Santo Padre Giovanni Paolo II ha reso un omaggio esplicito alla Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo qualificandola «uno dei documenti più precisi e significativi della storia del diritto». (8) I diritti articolati nella Dichiarazione costituiscono un insieme unitario, la cui base comune è l’affermazione della dignità di ogni persona. Il derogare a qualsiasi diritto viola l’umanità della persona. Giovanni Paolo II ha altresì affermato ed è questo un avvertimento di grande importanza che l’uso selettivo dei principi del documento «minaccia la struttura organica della Dichiarazione, che associa ogni diritto ad altri diritti e ad altri doveri e limiti necessari per un ordine sociale equo». (9)

6. Per tutto questo il presente documento non è soltanto una «celebrazione giubilare» di quello pubblicato nel 1948, bensì un appello a tutti coloro che riconoscono la centralità della persona umana e della famiglia come nucleo fondamentale e insostituibile, capace di generare quella società che risponde al mondo a cui aspiriamo. La costruzione di una tale società è un compito nobile e difficile dell’umanità.

7. Ci concentreremo su due campi inscindibili: la famiglia e la vita, in relazione alla storica Dichiarazione. In questi campi il documento mantiene tutta la sua importanza e tutto il suo valore, tanto più adesso che si diffondono in modo allarmante gli attentati alla famiglia nella sua identità che non permette alternative né supplenze, e che si moltiplicano le minacce alla vita, sventolando un vocabolario di giustizia apparente che pretende di coprire l’alterazione della realtà e il senso di questo dono sacro.

1.2. Il ruolo della famiglia

8. Riteniamo che la Dichiarazione del 1948, ispirata a valori antropologici ed etici fermamente stabiliti e sostenuta da convinzioni di ordine morale oggettivo radicate, abbia saputo rispondere bene a circostanze culturali, socio-economiche e politiche storicamente situate, e che conservi tutto il suo valore. Resta intatta la sua capacità di creare e di animare un dialogo efficace e fecondo con il mondo di oggi, con i suoi interrogativi e le sue sfide. E in questa prospettiva che, di fronte ai molteplici aspetti della crisi attuale, deve essere facilitata la promozione dei «Diritti dell’uomo».

9. Di fondamentale importanza per la promozione dei diritti umani è il riconoscimento dei «diritti della famiglia», il che implica la protezione del matrimonio nel quadro dei «diritti dell’uomo» e della vita familiare come obiettivo del suo ordinamento giuridico. Secondo la Carta dei Diritti della Famiglia presentata dalla Santa Sede, la famiglia deve essere concepita come soggetto che integra tutti i suoi membri. Essa è, pertanto, come un insieme che non deve essere diviso nel suo trattamento, isolando coloro che ne fanno parte o invocando ragioni di supplenza sociale che, pur se necessaria in numerosi casi, non debe mai porre il soggetto famiglia in posizione marginale. Famiglia e matrimonio esigono di essere difesi e promossi non soltanto allo Stato, ma da tutta la società. Essi richiedono l’impegno deciso di ogni persona giacché è a partire dalla famiglia e dal matrimonio che si può dare una risposta integrale alle sfide del presente e ai rischi del futuro.

10. Sfide come le minacce alla sopravvivenza, la «cultura della morte», la violenza, la mancanza di protezione, il sottosviluppo, la disoccupazione, le migrazioni, le distorsioni dei mezzi di comunicazione, ecc., si possono affrontare con successo soltanto a partire dalla concezione che i diritti umani si sviluppano attraverso la famiglia, trasformando la società che in essa e da essa viene generata.

2. LA SOCIETÀ: COMUNIONE DI PERSONE

11. Siamo consapevoli della possibilità, anzi della necessità, di promuovere e sviluppare un dialogo a partire dalla ragione umana sulla società e sui principi ed esigenze etiche che devono guidare l’umana convivenza. (10) Non si vede altro modo di procedere su basi comuni con i non-credenti. Tuttavia, vogliamo proseguire la nostra riflessione in una visione in cui convergano fede e ragione. La ragione si arricchisce illuminata dalla fede e questa le permette una profondità e una densità che vanno a beneficio del servizio della dignità dell’uomo e dei popoli. (11)

2.1. Il fondamento della fraternità

12. Da sempre si sono cercati nell’uomo gli aspetti propri del suo essere. Nel nostro secolo, le molteplici scienze umane hanno studiato

l’uomo a sufficienza; tuttavia, mai si è chiesto con tanta insistenza chi è l’uomo. Non si è ancora superato il seguente paradosso: da una parte mai si è parlato tanto dell’uomo, della sua dignità, libertà, grandezza e potere, e, dall’altra, mai l’uomo è stato tanto oppresso, fatto oggetto di terribili massacri, umiliato dalla violenza, soprattutto da parte dei potenti. (12) Le guerre mondiali, le guerre fratricide (ogni guerra lo è, poiché «ogni uomo è mio fratello»), le guerre tribali, rappresentano un capitolo oscuro della storia. E ancor più lo sono gli attentati contro i più deboli, gli innocenti, una categoria di persone oppressa in molti modi. (13) Fin dall’antichità si è ritenuto che l’uomo sia caratterizzato dalla ragione. Euripide affermava che «l’intelletto è Dio in ognuno di noi». (14) Nello stesso senso, Platone (15) e Aristotele (16) indicarono la ragione come quella facoltà che contraddistingue l’uomo. Dalla celebre definizione di Boezio: «Individua substantia rationalis naturae», San Tommaso d’Aquino, proseguendo sulla stessa strada, riconobbe che l’uomo è una persona e che esso è quanto di più perfetto esista in tutta la natura: perfectissimum in omni natura. L’uomo è un essere sussistente, corporeo e spirituale; è un insieme strutturato. E distinctum subsistens in intellectuali natura.

13. I concetti di persona e di dignità sono reciprocamente relazionati, ma non si identificano. La persona si riferisce all’essere nel suo grado più alto di perfezione, nelle sue tre note di sussistenza, spiritualità e totalità. La dignità si riferisce anzitutto ad una qualità dell’essere, ad un valore che può essere opposto ad un antivalore. Ogni persona, per il fatto di essere persona, possiede una dignità connaturale, che va riconosciuta e rispettata. (17) Però la persona, per il fatto di essere libera e in un processo di crescita, è chiamata ad acquisire un’altra dignità mediante lo sviluppo delle proprie possibilità umane. In questo senso può possedere ugualmente una dignità acquisita, che conquista conformemente a come si perfeziona nel proprio ordine umano.

14. Come immagine di Dio, l’uomo è stato creato da un atto di amore. Dio ha voluto conferire all’uomo una natura distinta da tutto l’ordine creato. L’uomo si innalza tra gli altri essere creati: li trascende. Tutti partecipiamo all’esistenza in modo personale per opera dello stesso Dio creatore. Come creatura personale, dotata di ragione e di libera volontà, chiamata alla felicità eterna, ogni essere umano riflette qualcosa della magnificenza divina. Questo è il fondamento ultimo e imprescindibile della nostra fraternità.

15. La famiglia è il luogo per eccellenza, il più propizio e insostituibile per il riconoscimento e lo sviluppo della persona nel suo cammino verso la piena dignità. In essa la persona compie i primi passi dello sviluppo umano. In essa si riceve non solo un utero materno, ma anche, come indica San Tommaso, un «utero spirituale». (18) E in questo ambito familiare e formativo che ha inizio il processo educativo e la promozione dell’essere umano. Il soggetto che non riceve questa prima promozione familiare incontra molte difficoltà nel conseguire la pienezza della dimensione umana a cui è chiamato dalla sua condizione di persona.

2.2. La famiglia: base della società

16. Il rispetto dei diritti umani è necessario per lo sviluppo umano delle persone nella comunità. Tali beni includono la vita stessa, la salute, la conoscenza, il lavoro, la comunità e la religione. Anzitutto, «la famiglia è una comunità di persone, per le quali il modo proprio di esistere e di vivere insieme è la comunione: communio personarum». (19) I beni che le sono essenziali si realizzano solo quando un uomo e una donna si donano l’uno all’altra totalmente nel matrimonio, comunità d’amore e di vita, e sono disposti ad accogliere pienamente nella procreazione e nell’educazione il dono di una vita nuova. I genitori danno al neonato il luogo in cui può crescere e svilupparsi. Tutti i diritti che per natura sono necessari per lo sviluppo della persona nella sua totalità, nella famiglia diventano reali nel modo più efficace. La famiglia, per sua stessa natura, è soggetto di diritti, è elemento fondante della società umana e forza maggiormente necessaria per il pieno sviluppo della persona umana. L’importanza della mediazione sociale della famiglia è innegabile. E qualcosa che mantiene tutto il suo valore, nonostante i mutamenti che hanno colpito la famiglia nel corso della storia.

17. Considerato che tutti gli uomini sono persone, il Santo Padre ha definito l’istituzione fondamentale della società come una «communio personarum». (20) «La famiglia è più di ogni altra realtà umana l’ambiente nel quale l’uomo può esistere "per se stesso" mediante il dono sincero di sé. Per questo essa rimane un’istituzione sociale che non si può e non si deve sostituire: è il «santuario della vita». (21) Di conseguenza, promuovere nella persona il suo progetto esistenziale vuol dire, anzitutto, riconoscere la sua realtà personale e la dignità che le è connaturale. Per raggiungere questa finalità si impone sempre più la valorizzazione della famiglia e dei diversi membri che la compongono.

3. LA PERSONA: LA SUA DIGNITÀ, I SUOI DIrITTI

3.1. Dignità ed uguaglianza

18. Il concetto di dignità dell’essere umano deve essere sempre la chiave interpretativa della Dichiarazione del 1948, come menzionato nel primo paragrafo del preambolo, ripreso nel primo articolo e in seguito ripetuto in tutta la Dichiarazione. Tutte le affermazioni, i principi e i diritti menzionati nella Dichiarazione sono redatti e devono essere interpretati alla luce della dignità propria dell’essere umano.

19. La Dichiarazione raccoglie il frutto del patrimonio storico dell’umanità. La comprensione cristiana dell’uomo, inoltre, permette di giungere ad un fondamento più profondo di questa realtà, manifestando che l’uomo è l’unico essere che vale per se stesso e non solo a motivo della specie. Anzi, egli è stato creato ad immagine e somiglianza di Dio (Gn 1,27) e, pertanto, dotato di valore assoluto: la creatura umana è voluta ed amata da Dio per se stessa, come un fine. (22) Non è pertanto uno strumento, un mezzo o qualcosa di manipolabile.

20. La Dichiarazione universale inizia col riconoscere l’innata dignità di tutti i membri della famiglia umana, come pure l’uguaglianza e l’inalienabilità dei suoi diritti. (23) Prende atto che questa dignità è una realtà che emana da ciò che l’uomo è, cioè dalla sua natura. E quindi un riflesso della realtà sostanziale e spirituale della persona umana, e non di una creazione della volontà umana, né una concessione dei poteri pubblici o un prodotto delle culture o delle circostanze storiche.

21. Nella Dichiarazione la dignità dell’essere umano è posta in relazione con la ragione e con la coscienza di cui l’essere umano è dotato (24) e pertanto con la sua libera volontà. E quanto sottolinea espressamente anche l’enciclica Pacem in terris. (25) Viene in questo modo evidenziato che la dignità non è un concetto generico, meramente formale o vuoto, bensì pieno di contenuto, come evidenziano gli articoli successivi della Dichiarazione. La dignità e la possibilità di ogni persona reale di realizzare la propria personalità e i propri diritti, non in astratto, bensì concretamente, come uomo o donna, sposa o sposo, figlio o genitore.

22. Nella Dichiarazione, d’altro canto, si afferma e si riconosce la piena uguaglianza di ogni persona (26) e pertanto la proibizione di ogni forma di discriminazione o limitazione dei suoi diritti in base a «razza, colore, sesso, idioma, religione, opinione politica..., origine nazionale o sociale, posizione economica, nascita o qualunque altra condizione». (27) Tale uguaglianza si manifesta anche nel riconoscimento ad ogni persona della sua titolarità di diritti in ogni fase della sua crescita e in ogni momento della sua esistenza.

3.2. Ogni individuo

23. Ogni individuo possiede questa dignità, come ripete la Dichiarazione che inizia la quasi totalità dei suoi articoli con espressioni quali «tutti gli esseri umani», «tutti i membri della specie umana», «ogni individuo umano senza distinzione di alcun tipo», ecc. L’enumerazione di diritti e doveri inclusi nella Dichiarazione offre così un orientamento nel contempo giuridico ed etico che permette di focalizzare le molteplici situazioni umane, tanto quelle esistenti nel momento in cui è stato redatto il documento, quanto quelle suscitate dai successivi cambiamenti sociali e dalle innovazioni introdotte dallo sviluppo della tecnologia, dell’economia e delle istituzioni politiche all’interno degli stati.

24. Quanto si dice circa la dignità, i diritti e i doveri dell’essere umano vale tanto per l’uomo quanto per la donna. La comune dignità di uomini e donne, e la loro reciprocità, è la base autentica per affermare la loro piena dignità. La reciprocità implica, in effetti, che tra uomo e donna non esista né un’uguaglianza statica ed indifferenziata, né una distinzione conflittuale inesorabile ed irriconciliabile. (28)

3.3. Lavoro e famiglia

25. Il lavoro, diritto e dovere, (29) esprime e realizza la dignità dell’individuo; manifesta la sua capacità di dominio sul mondo che lo circonda, contribuisce allo sviluppo della personalità (30) e rende possibile la crescita della civilizzazione. L’insieme della società, degli organi e delle politiche degli stati, devono creare le condizioni atte a far sì che ci siano possibilità di lavoro per tutti. Non si deve dimenticare che «il lavoro è il fondamento su cui si forma la vita familiare, la quale è un diritto naturale e una vocazione dell’uomo. Questi due cerchi di valori uno congiunto al lavoro, l’altro conseguente al carattere familiare della vita umana devono unirsi tra sé correttamente, e correttamente permearsi. Il lavoro è, in un certo modo, la condizione per rendere possibile la fondazione di una famiglia, poiché questa esige i mezzi di sussistenza, che in via normale l’uomo acquista mediante il lavoro». (31)

26. Deve essere riconosciuto lo specifico contributo offerto dai genitori alla società attraverso il loro lavoro. Ciò che la madre apporta alla famiglia e, per mezzo di essa, alla società è degno della più alta considerazione e d’altro lato ha suscitato l’attenzione di alcuni degli intellettuali più importanti della nostra epoca. Il contributo specificatamente materno si constata in modo particolare nel campo dell’educazione, della salute, dell’istruzione, della formazione religiosa e di tutte le attività che riguardano il benessere della famiglia e dei suoi membri. Giovanni Paolo II ha sottolineato più volte l’importanza di tale contributo. (32) Naturalmente l’insistere sul contributo della madre non deve eclissare l’importanza dell’apporto specifico del padre; entrambi i contributi sono complementari.

27. Concretamente, l’uomo e la donna, nella famiglia, complementano il loro lavoro e collaborano per la piena realizzazione della loro vita coniugale e nell’educazione e nel benessere della prole. Tenendo conto del fatto che la maternità insieme alla paternità fa parte del dono creatore più eccelso del genere umano, cioè la trasmissione della vita, l’organizzazione della società e le leggi dello Stato devono permettere che la struttura e la remunerazione del lavoro facilitino alla donna la realizzazione della propria vocazione di madre, durante la gestazione e l’allattamento dei figli. (33)

4. IL DIRITTO ALLA VITA

4.1. La chiave degli altri diritti

28. L’affermazione della dignità di ogni essere umano ha come conseguenza immediata e basilare il diritto fondamentale alla vita, riconosciuto nell’articolo 3 della Dichiarazione: «Ogni individuo ha diritto alla vita, alla libertà ed alla sicurezza della propria persona». L’essere umano possiede tale diritto fin dal momento stesso in cui inizia la sua esistenza, cioè dal momento del concepimento e non solo dalla nascita. (34)

29. Fin dal primo istante del suo concepimento, l’uomo riceve da Dio la sua realtà personale. La persona ha in sé una dignità che le è inerente. Ciò vuol dire che sia la persona che la sua dignità si collocano nel piano ontologico. Non importano le manifestazioni possibili dell’uomo durante le sua evoluzione; fin dal momento del concepimento, egli è sempre una persona, la cui dignità gli deve essere riconosciuta in tutte le circostanze del suo itinerario esistenziale.

30. Anzitutto, l’uomo ha diritto alla vita, chiave fondamento di tutti gli altri Diritti in quanto diritto inviolabile, garantito e protetto in ogni situazione, non solo per mezzo di leggi e politiche da parte dello Stato, ma anche mediante una vera cultura della vita, «poiché nessuna offesa contro il diritto alla vita, contro la dignità di ogni singola persona, è irrilevante». (35) E un diritto fondamentale, con la massima forza che si può riconoscere al termine, in quanto gli altri perderebbero la loro consistenza, per assenza di soggetto e di sostegno. Bisogna distinguere tra diritto fondamentale e il suo valore e nobiltà. Altri diritti rivestono una maggiore statura e nobiltà, tanto che per questi è degno e lecito offrire o mettere a rischio la propria vita.

4.2. Protezione prima e dopo la nascita

31. L’articolo 3 della Dichiarazione del 1948 afferma che «ogni individuo ha diritto alla vita». Tale principio fu sviluppato dalla Dichiarazione dei Diritti del Fanciullo, adottata dall’Assemblea Generale delle Nazioni Unite il 20 novembre 1959, secondo la quale «il fanciullo, a causa della sua immaturità fisica e intellettuale, ha bisogno di una particolare protezione e di cure speciali compresa un’adeguata protezione giuridica, sia prima che dopo la nascita». Questa stessa Dichiarazione fu incorporata in seguito nel «Preambolo» della Convenzione Internazionale sui Diritti dell’Infanzia, approvata dall’Assemblea Generale delle Nazioni Unite il 20 novembre 1989.

32. Questa deve essere considerata come principio fondamentale del sistema di protezione internazionale dei diritti umani (ius cogens), (36) giacché si trova indubbiamente incorporata nella coscienza comune dei soggetti della comunità internazionale.

33. Il Diritto Internazionale riafferma così un principio della tradizione giuridica romano-canonica secondo cui l’individuo esiste come persona. I diritti del nascituro e la sua personalità furono formulati già nell’antichità da Ulpiano, Giustiniano, Graziano e tanti altri maestri del Diritto. Convergono su questa linea di pensiero, la riflessione giudaica, quella cristiana e quella musulmana.

34. D’altro lato, ogni intento normativo che pretenda di spingere il «diritto» all’aborto o ad altre forme di negazione della vita umana del nascituro, si scontra con quanto maturato nella legislazione internazionale. Tale legislazione coerentemente garantisce «il diritto a venire al mondo a chi non è ancora nato»; protegge «i neonati, particolarmente le bambine, dal crimine dell’infanticidio», assicura agli «invalidi lo sviluppo delle loro possibilità e la debita attenzione ai malati e agli anziani». (37)

4.3. Diritti del nascituro

35. Coerentemente con queste linee di pensiero giuridico, riaffermate dalla comunità internazionale e dal suo ordinamento giuridico, dichiariamo che:

36. fin dal primo istante della sua esistenza, mediante la fecondazione stessa dell’ovulo, l’essere umano viene dotato della particolare dignità che gli è propria come persona e gode dei diritti che gli corrispondono in conformità alla tappa del suo sviluppo; (38)

37. fin dall’inizio della sua esistenza prenatale, l’essere umano è un soggetto che ha diritto alla vita e alla sicurezza della sua persona;

38. fin dall’inizio della sua vita, l’essere umano ha diritto al riconoscimento della sua personalità giuridica, con tutte le conseguenze che ne derivano;

39. il nascituro è «fanciullo» nel senso e con la portata fissata nella Convenzione Internazionale sui Diritti dell’Infanzia;

40. il nascituro ha diritto a che la legislazione gli garantisca, nella più ampia misura possibile, la sua sopravvivenza e il suo sviluppo; (39)

41. le politiche o i mezzi concreti di pianificazione demografica che includano od implichino l’attentato alla sopravvivenza o alla salute del nascituro devono essere considerati contrari al diritto alla vita e alla dignità umana;

42. il nascituro ha diritto a che la legislazione lo preservi da ogni sperimentazione con la sua persona o di essere sottoposto a pratiche mediche che non abbiano come oggetto diretto la protezione o il miglioramento della sua salute; deve essere proibita la clonazione umana ed ogni altra pratica che attenti alla dignità del nascituro: «Mai la vita può essere degradata ad oggetto». (40)

4.4. Doveri della famiglia e dello Stato verso il nascituro

43. La famiglia è l’istituzione primaria per la protezione dei diritti dell’infanzia. Per questo, l’interesse del fanciullo esige che il suo concepimento venga prodotto nel matrimonio e mediante l’atto specificamente umano dell’unione coniugale. «Il dono della vita umana deve realizzarsi nel matrimonio mediante gli atti specifici ed esclusivi degli sposi, secondo le leggi inscritte nelle loro persone e nella loro unione». (41)

44. L’unione tra madre e concepito, e l’insostituibile funzione del padre, fanno sì che sia necessario che il nascituro, trovi accoglienza in una famiglia che gli garantisca, per quanto possibile e in conformità al diritto naturale, la presenza della madre e del padre. Questi, come coppia, con le caratteristiche loro proprie, procreano ed educano il figlio. Il fanciullo quindi ha diritto ad essere accolto, amato e riconosciuto in una famiglia. In questo senso, la Convenzione Internazionale sui Diritti dell’Infanzia rappresenta un passo in avanti di grande significato che deve essere attuato.

45. Il nascituro ha diritto ad essere identificato con il nome dei suoi genitori, ha diritto all’eredità e, pertanto, alla protezione della sua identità. (42)

46. Il nascituro ha diritto ad un livello di vita sufficiente per il suo pieno sviluppo psico-fisico, spirituale, morale e sociale, anche nell’ipotesi di rottura del vincolo matrimoniale dei suoi genitori. (43)

47. I genitori hanno la responsabilità primaria di formare ed educare i propri figli per garantirne lo sviluppo integrale e un livello di benessere sociale, spirituale, morale, fisico e mentale conveniente. A tal fine, sono chiamati a collaborare tanto la legislazione quanto i servizi dello Stato per dare alla famiglia il sostegno adeguato. (44)

48. In conformità con il principio di sussidiarietà, solo quando la famiglia non si trovi in grado di difendere sufficientemente gli interessi del nascituro, lo Stato avrà il dovere di metterle a disposizione mezzi speciali di protezione, in particolare: l’assistenza alla madre prima e dopo il parto, la cura ventris, l’adozione prenatale, la tutela. Analogamente, l’intervento dello Stato nella vita familiare può essere realizzato soltanto quando vengano posti in serio pericolo la dignità del fanciullo e i suoi diritti fondamentali etenendo conto unicamente dell’«interesse superiore del fanciullo», senza forma alcuna di discriminazione. (45)

49. Allo stesso modo, a motivo della loro condizione peculiare, così come per le offese a cui sono esposte, le bambine e le ragazze hanno bisogno di misure speciali di protezione.

50. Come tutti i disabili, a maggior ragione il fanciullo disabile ha diritto alla protezione e all’aiuto richiesti dalla sua condizione. Pertanto, lo Stato deve aiutare la famiglia ad accogliere il fanciullo disabile e favorirne l’integrazione nella società, concedendogli il beneficio delle misure speciali adeguate alla sua condizione per poter godere appieno di tutti i diritti fondamentali. (46)

51. Ha una particolare attualità il compito di un approfondimento nel senso del diritto all’adozione, tenendo sempre presente che «l’interesse superiore del fanciullo costituisce la principale preoccupazione», (47) senza nessun altro tipo di considerazione, per quanto nobile possa apparire. Alla luce di questo interesse superiore deve essere ratificato il rifiuto categorico a che le «unioni di fatto», particolarmente quando si tratta di unioni dello stesso sesso, possano produrre un diritto all’adozione. In tal caso, la formazione integrale del bambino riceverebbe un gravissimo pregiudizio.

5. SOLIDARIETÀ E FRATERNITÀ

5.1. Partecipazione e libertà

52. La Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo esorta tutti gli esseri umani ad agire gli uni verso gli altri in spirito di fratellanza. (48) In questa affermazione, il documento è in consonanza con il pensiero sociale cristiano e con la sua difesa della solidarietà umana. Come membri a pieno diritto della famiglia umana, ogni uomo ed ogni donna hanno il diritto e la responsabilità di partecipare alla vita sociale, politica e culturale a livello locale, nazionale ed internazionale. La persona umana partecipa alla famiglia umana per sua propria natura. La nostra umanità è condivisa e il fatto di essere persone ci vincola, in modo immediato ed irrevocabile, al resto della comunità umana. In virtù dei vincoli di solidarietà e di fratellanza possiamo parlare di famiglia umana, di famiglia dei popoli.

53. Affinché raggiunga il suo pieno significato, la partecipazione debe essere praticata e scelta consapevolmente. La virtù sociale della solidarietà è la volontà di partecipare alla ricerca della giustizia sociale. Non bisogna dimenticare che «l’esercizio della solidarietà all’interno di ogni società è valido, quando i suoi componenti si riconoscono tra di loro come persone». Ciò implica che «coloro che contano di più, disponendo di una porzione più grande di beni e di servizi comuni, si sentano responsabili dei più deboli e siano disposti a condividere quanto possiedono. I più deboli, da parte loro, nella stessa linea di solidarietà, non adottino un atteggiamento puramente passivo o distruttivo del tessuto sociale, ma, pur rivendicando i loro legittimi diritti, facciano quanto loro spetta per il bene di tutti». (49) La solidarietà, pertanto, è l’accettazione della nostra natura sociale e l’affermazione dei vincoli che condividiamo con tutti i nostri fratelli e le nostre sorelle. La solidarietà crea un ambiente in cui viene favorito il reciproco servizio. La solidarietà crea le condizioni sociali perché vengano rispettati ed alimentati i diritti umani. La capacità di riconoscere ed accettare tutta la gamma di diritti e di obblighi relativi che si basano sulla nostra natura sociale può realizzarsi soltanto in un’atmosfera vivificata dalla solidarietà.

Ciò vale anche alla luce della crescente interdipendenza che «debe trasformarsi in solidarietà, fondata sul principio che i beni della creazione sono destinati a tutti». (50)

5.2. Impegno nei confronti dei più deboli

54. La nostra solidarietà verso tutta la famiglia umana implica un impegno particolare nei confronti dei più vulnerabili ed emarginati. Questi devono essere una categoria privilegiata dall’amore e dalla cura degli altri. L’unità naturale della famiglia umana non può essere realizzata in pienezza quando i popoli soffrono le miserie della povertà, della discriminazione, dell’oppressione e dell’alienazione sociale che conducono all’isolamento e alla separazione dalla comunità più estesa.

55. Tuttavia, perché sia virtuoso, il nostro impegno d’amore deve essere volontario. In modo particolare la solidarietà ci spinge a cercare relazioni che tendano all’uguaglianza sul piano locale, nazionale ed internazionale. Tutti i membri della comunità umana devono essere incorporati nel modo più pieno possibile nel circolo delle rela zioni produttive e creative. (51)

56. Le popolazioni del Terzo Mondo, in particolare, hanno sperimentato gli assalti dei nemici della vita, e meritano per questo la nostra particolare attenzione. Malattie come l’AIDS, la malaria, i cattivi raccolti, la siccità, la guerra, la fame e la corruzione continuano a uccidere persone innocenti in molti paesi. Questi mali ostacolano il pieno sviluppo e la produttività di queste popolazioni, ed impediscono che esse si uniscano al resto della famiglia umana in uguaglianza di condizioni. Spesso la crescita produttiva ed economica avviene emarginando queste popolazioni. La solidarietà esige che la comunità internazionale lavori per mettere in atto strategie globali dirette a combattere le malattie e la fame e a promuovere uno sviluppo umano autentico. La dimensione normativa della solidarietà richiede uno sforzo per stabilire relazioni con i paesi in via di sviluppo che tendano all’uguaglianza. Ma, in questo processo, a coloro che godono dei privilegi dell’eccesso corrisponde l’obbligo di dare generosamente per permettere ai meno fortunati di raggiungere da soli livelli di vita consoni alla dignità umana.

57. Tuttavia, è necessario procedere con cautela, affinché gli interventi nei paesi stranieri siano rispettosi dell’integrità delle culture e delle economie locali. Con troppa frequenza, in nome della solidarietà, l’aiuto straniero fluisce verso governi corrotti e non raggiunge i destinatari che maggiormente ne hanno bisogno. Anzi, molte forme di intervento generano distorsioni locali di natura tale da creare dipendenza invece di uguaglianza di condizioni, distruggendo i mezzi per l’autosufficienza. I programmi di aiuto in nome della solidarietà devono essere disegnati in modo tale da integrare nella logica della solidarietà, solidi principi economici, culturali e politici. In questo modo la solidarietà permetterà un’unità significativa dei popoli nel contesto della diversità umana.

5.3. Solidarietà tra uomini e donne

58. Come prima comunità naturale, la famiglia è il luogo esemplare della solidarietà. E nella famiglia che l’essere umano acquisisce poco a poco coscienza della propria dignità e il senso della responsabilità, ed impara a prestare attenzione agli altri. Nella famiglia la solidarietà si sviluppa al di là della relazione d’amore tra i coniugi; si estende alle relazioni tra genitori e figli, tra fratelli, e tra generazioni.

59. La vera comunione della solidarietà incorpora e si edifica sulla reciprocità dei sessi. L’uomo e la donna condividono allo stesso modo i benefici e gli oneri della solidarietà. Sono complementari: «Dio creò l’uomo a sua immagine; a immagine di Dio lo creò; maschio e femmina li creò» (Gn 1,27). Per manifestare di essere immagine del Dio trinitario, l’essere umano deve spiegare la sua esistenza secondo due modalità complementari: quella maschile e quella femminile. L’esistenza umana è quindi partecipazione dell’esistenza di un Dio che è comunione d’amore.

60. Uguaglianza di dignità non significa uniformità indifferenziata. Chiamati dal Creatore a vivere in relazione di comunione, reciprocità e solidarietà, uomini e donne contribuiscono in modo originale alla famiglia e alla società. Una vera «cultura dell’uguaglianza» è quella che accoglie e rispetta il contributo originale tanto degli uomini quanto delle donne.

61. Come persone, uomini e donne condividono dimensioni e valori comuni fondamentali. In ognuno di loro, tuttavia, questi valori si diversificano per forza, interesse ed enfasi, e questa diversità si trasforma in fonte di arricchimento. Pertanto, la solidarietà si realizza più pienamente quando donne e uomini cooperano gli uni con gli altri in relazione di reciprocità e complementarità.

6. DIRITTI DELLA FAMIGLIA E SUSSIDIARIETÀ

6.1. Società civile, società politica

62. La Chiesa riconosce e sostiene il dovere indispensabile dello Stato di difendere e promuovere i diritti umani. Le istituzioni politiche hanno la responsabilità naturale di fornire un quadro giuridico equo affinché tutte le comunità sociali possano cooperare al raggiungimento del bene comune. Il principio di sussidiarietà è in sé un principio del bene comune, che deve essere considerato al più ampio livello, come universale. Per questo i diritti umani e in particolare quelli della famiglia possono svilupparsi soltanto operando secondo la sussidiarietà. «La dottrina della Chiesa ha elaborato il principio detto di sussidiarietà. Secondo tale principio "una società di ordine superiore non deve interferire nella vita interna di una società di ordine inferiore, privandola delle sue competenze, ma deve piuttosto sostenerla in caso di necessità e aiutarla a coordinare la sua azione con quella delle altre componenti sociali, in vista del bene comune" (52)». (53)

63. La Dichiarazione Universale non solo riconosce esplicitamente la distinzione tra società e Stato, ma valorizza anche il contributo al bene comune di molte comunità che costituiscono ciò che Tocqueville ha chiamato «società civile», in contrasto con la «società politica». La «società politica» ha come ragion d’essere l’esercizio del potere, con, nel caso, il ricorso alla coercizione. Per questo l’esercizio del potere deve essere strettamente controllato da regole costituzionali. Lo Stato non può intervenire in campi in cui l’iniziativa dei singoli, delle comunità, delle imprese è sufficiente.

64. Questa distinzione illustra il ben fondato principio di sussidiarietà. Mentre la società politica ricorre costantemente al potere, ai suoi agenti, ai suoi regolamenti, la società civile si vale di affinità, di alleanze volontarie, di solidarietà naturali. Tale distinzione illumina pertanto la ricca realtà della famiglia. Essa è il nucleo centrale della società civile. Occupa certamente un ruolo economico importante, ma ha ruoli molteplici. E soprattutto una comunità di vita, una comunità naturale. Di più, essendo fondata sul matrimonio, presenta una coesione che non esiste necessariamente nei corpi intermedi.

65. Una cosa che ha prodotto un impatto negativo negli ultimi decenni, è il fatto che la famiglia sia stata oggetto degli stessi attacchi che lo Stato ha diretto contro gli altri corpi intermedi, sopprimendoli o cercando di gestirli a sua somiglianza. Quando lo Stato si arroga il potere di regolamentare i vincoli familiari, di dettare leggi che non rispettano quella comunità naturale, che è anteriore a lui, (54) sorge il timore che lo Stato si approfitti delle famiglie per il proprio interesse e, invece di proteggerle e di difendere i loro diritti, le disabiliti o le distrugga per dominare i popoli.

66. La Dichiarazione Universale previene tali deviazioni. Riconosce il diritto dell’uomo e della donna a costituire una società matrimoniale (55) e quindi a creare una famiglia. Il Santo Padre, seguendo la dottrina del Concilio Vaticano II, ha ricordato che la famiglia «è la "prima e vitale cellula della società"». (56) La Dichiarazione insiste sul fatto che questa cellula «fondamentale e naturale» (57) merita la protezione non solo da parte dello Stato, ma anche della società. Così quindi la Dichiarazione promuove lo sviluppo della famiglia in mezzo ad altre comunità, ma enfatizza il carattere unico di questa istituzione naturale.

6.2. La famiglia, prima educatrice

67. La Dichiarazione riconosce anche il diritto alla proprietà privata non solo individuale, ma anche in associazione. (58) Riconosce il diritto alla libertà religiosa, includendo il diritto dei credenti ad associarsi per il culto e l’educazione. (59) Infine, insiste sul fatto che i genitori hanno il diritto di decidere e dirigere l’educazione dei propri figli. (60)

68. A tale proposito, è opportuno ricordare che la missione educativa della famiglia trova il proprio complemento normale nelle istituzioni educative. I genitori «condividono la loro missione educativa con altre persone e istituzioni, come la Chiesa e lo Stato; ciò tuttavia deve sempre avvenire nella corretta applicazione del principio di sussidiarietà». (61) Non si deve dimenticare che «ogni altro partecipante al processo educativo non può che operare a nome dei genitori, con il loro consenso e, in una certa misura, persino su loro incarico». (62)

69. Certamente, come mostrano numerosi studi psico-pedagogici, i primi anni di un bambino sono decisivi per l’ulteriore formazione della sua personalità. Per questo, è interesse non solo per i bambini, ma anche per la società, che i genitori possano affidare i loro figli ad istituzioni educative di loro scelta.

70. Tuttavia, come mostra l’esempio di molti paesi, anche quelli considerati «sviluppati», un mezzo efficace per distruggere la famiglia consiste nel privarla della sua funzione educativa, col finto pretesto di dare a tutti i fanciulli uguali opportunità. In questo caso, vengono invocati i «diritti dei bambini» contro i diritti della famiglia. Spesso lo Stato invade terreni propri della famiglia in nome della democrazia che dovrebbe rispettare il principio di sussidiarietà. Siamo di fronte ad un potere politico onnipresente ed arbitrario. Lo Stato o altre istituzioni si appropriano del diritto di parlare in nome dei fanciulli e li sottraggono al quadro familiare. Come mostrano tante esperienze funeste, passate e contemporanee, l’ideale per una dittatura sarebbe tenere i bambini senza famiglia. Tutti i tentativi per soppiantare la famiglia sono falliti.

6.3. Difendere la sovranità della famiglia

71. Oggi la famiglia necessita di una protezione speciale da parte dei poteri pubblici. A volte oppressa dallo Stato, essa si trova attualmente esposta agli attacchi provenienti da gruppi privati, di organismi non governativi, di enti transnazionali e anche di organizzazioni internazionali pubbliche. Spetta agli Stati la responsabilità di difendere la sovranità della famiglia, in quanto questa costituisce il nucleo fondamentale del tessuto sociale.

72. Inoltre, difendere la sovranità della famiglia contribuisce a salvaguardare la sovranità delle nazioni. Oggi, in nome di ideologie di ispirazione maltusiana, edonistica e utilitaristica, la famiglia è vittima di aggressioni che la interrogano fin nella sua esistenza. I mezzi di comunicazione, pubblicizzando la separazione totale dei significati unitivo e procreativo dell’unione coniugale, (63) banalizzano le molteplici esperienze sessuali pre e para-matrimoniali, indebolendo l’istituzione familiare. In vari paesi, l’età media del matrimonio è aumentata in modo significativo, così come è aumentata l’età per avere il primo figlio. La percentuale dei divorzi ha raggiunto livelli allarmanti. (64) Le famiglie disgregate e «ricomposte», a causa delle quali i figli soffrono notevolmente, generano povertà ed emarginazione. Esiste il contrasto tra il ruolo primordiale e decisivo riconosciuto alla famiglia (piuttosto significativo in numerose inchieste) e la trascuratezza e l’ostilità a cui l’istituzione familiare è soggetta e l’erosione che la famiglia soffre in alcune regioni e nazioni.

73. La cosa peggiore è che, sotto l’impulso di organismi pubblici internazionali, si elogiano supposti «modelli nuovi» di famiglia, che includono le unità familiari monoparentali fino alle unioni omosessuali. Alcune agenzie internazionali, sostenute da potenti lobbies, vogliono imporre a nazioni sovrane «nuovi diritti» umani, come i «diritti riproduttivi», che abbracciano il ricorso all’aborto, alla sterilizzazione, al divorzio facile, ad uno «stile di vita» della gioventù che favorisce la banalizzazione del sesso e all’indebolimento della giusta autorità dei genitori nell’educazione dei figli. (65)

74. Mentre in questo modo si esalta un individualismo liberale esacerbato, unito ad un’etica soggettivistica che incentiva la ricerca sfrenata del piacere, la famiglia soffre anche per il rinascere di nuove espressioni di un socialismo di ispirazione marxista. Una tendenza apparsa nella Conferenza di Pechino (1995), pretende di introdurre nella cultura dei popoli l’«ideologia del sesso» «gender». Tale ideologia afferma tra l’altro che la forma maggiore di oppressione è l’oppressione della donna da parte dell’uomo, e tale oppressione è istituzionalizzata nella famiglia monogamica. (66) Gli ideologi concludono quindi che, per porre termine a tale oppressione, bisogna porre termine alla famiglia fondata sul matrimonio monogamico. Il matrimonio e la famiglia, radicati nell’unione eterosessuale, sarebbero prodotti di una cultura apparsi in un momento primordiale della storia, ma che devono sparire affinché la donna possa liberarsi ed occupare il posto che le spetta nella società produttiva.

75. In ripetute occasioni, il Santo Padre e, sulle sue orme, il Pontificio Consiglio per la Famiglia, si è pronunciato su queste ideologie che non solo sono contro la vita e contro la famiglia, ma che distruggono anche le nazioni. Alle soglie del terzo millennio, la pastorale della vita, ricevuta e comunicata generosamente nella famiglia, si erge come un’esigenza prioritaria della celebrazione giubilare. E «necessario che la preparazione al Grande Giubileo passi, in un certo senso, attraverso ogni famiglia. Non è stato forse attraverso una famiglia, quella di Nazaret, che il Figlio di Dio ha voluto entrare nella storia dell’uomo». (67)

7. CONCLUSIONE

76. I diversi diritti degli individui e delle comunità rafforzano reciprocamente una cultura di libertà in cui gli esseri umani possono contribuire al bene comune. Di fatto, la Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo afferma in molti modi che gli individui si perfezionano mediante l’iniziativa individuale, mediante associazioni private e l’impegno politico per il bene comune. La Dichiarazione, ad esempio, riconosce i diritti alla proprietà intellettuale, (68) per cui l’invenzione, la distribuzione e lo sfruttamento della conoscenza non sono semplicemente od unicamente conseguimento dello Stato. Come ha osservato Giovanni Paolo II, «la principale risorsa dell’uomo è l’uomo stesso». (69) La Dichiarazione Universale riconosce saggiamente che una parte essenziale della libertà d’associazione (70) che include la libertà di unirsi in sindacati (71) consiste nel fatto che gli individui non possono essere obbligati dallo Stato a vincolarsi ad una associazione. (72) Tutti questi diritti, di cui godono gli individui e le associazioni private, sono vitali per lo sviluppo della «società civile» e costituiscono una salvaguardia contro il totalitarismo.

77. Il riconoscimento pratico dei diritti dell’istituzione della famiglia, nel quadro dello sviluppo dei diritti umani, non può ignorare l’originalità, la finalità e lo spirito della Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo del 1948. Questa riconosce nell’istituzione naturale del matrimonio come donazione reciproca d’amore tra un uomo e una donna costitutivo di un’unione stabile ed aperta alla procreazione e all’educazione della prole il fondamento principale della famiglia. Ci appelliamo a tutti i popoli e a tutte le nazioni affinché osservino con accuratezza le norme della Dichiarazione Universale e non deroghino alla loro protezione benefica e salutare.

78. «L’avvenire dell’umanità passa attraverso la famiglia». (73) E, pertanto, attraverso il modo con cui i popoli trattano la famiglia, riconoscendone il valore fondamentale e insostituibile o, al contrario, nelle varie forme di trascuratezza, ostilità e pressione che ne rendono difficile la missione, che si costruisce il futuro dell’umanità.

Note

(1) Presentiamo il risultato del lavoro realizzato su diversi temi da alcune commissioni. Dato il metodo di lavoro, possono essere presenti alcune ripetizioni che, tuttavia, arricchiscono le riflessioni. Hanno collaborato anche alcuni esperti dell’Acton Institute.

(2) Il Dicastero ha avuto occasione di commemorare anticipatamente questo avvenimento con il II Incontro di Politici e Legislatori d’Europa sul tema «Diritti umani e diritti della famiglia», svoltosi dal 22 al 24 ottobre 1998. Le conclusioni sono state pubblicate su L’Osservatore Romano, 16-171198. Sono stati editi gli atti in italiano (Pontificio Consiglio per la Famiglia, Diritti dell’uomo: Famiglia e politica, Libreria Editrice Vaticana, 1999). Sono in preparazione le edizioni in spagnolo e francese. Ci proponiamo inoltre di realizzare il III Incontro di Politici e Legislatori d’America, a Buenos Aires, in Argentina, dal 3 al 15 agosto 1999, sul tema «Famiglia e vita: a 50 anni dalla Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo».

(3) Cfr. Giovanni XXIII, Lettera Enciclica Pacem in terris, 11463, 144.

(4) Giovanni Paolo II, Messaggio per la Celebrazione della Giornata Mondiale della Pace 1999, 81298, 3.

(5) Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, Preambolo.

(6) Cfr. Carta delle Nazioni Unite, Introduzione.

(7) Benché il numero dei firmatari sia stato relativamente ristretto.

(8) Giovanni Paolo II, Messaggio a Sua Eccellenza il Sig. Didier Opertti Badán, Presidente della 53a sessione dell’Assemblea Generale dell’Organizzazione delle Nazioni Unite, 301198.

(9) Ibid.

(10) Cfr. Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Veritatis splendor, 6893, 99.

(11) Cfr. Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Fides et ratio, 29998, proemio; 102.

(12) Cfr. Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Evangelium vitae, 18.

(13) Cfr. ibid., 12.

(14) Fragmento 1018-Nauck.

(15) Cfr. Primer Alcibiades, 133c.

(16) Cfr. Etica a Eudemo, 1248-2830.

(17) Cfr. San Tommaso d’Aquino, ST, I, q. 29, a. 3; I, q. 29, a. 3, ad 2.

(18) ST, II-II, 10, 12.

(19) Giovanni Paolo II, Lettera alle Famiglie Gratissimam sane, 2294, 7.

(20) Cfr. ibid., 6,7; Giovanni Paolo II, Lettera Apostolica Mulieris dignitatem, 15888, 23.

(21) Gratissimam sane, 11.

(22) Cfr. Concilio Vaticano II, Costituzione Pastorale Gaudium et spes sulla Chiesa nel mondo contemporaneo, 71265, 24.

(23) Cfr. Messaggio per la Celebrazione della Giornata Mondiale della Pace 1999, 3.

(24) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 1.

(25) Cfr. Pacem in terris, 9.

(26) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 1.

(27) Ibid., art. 2.

(28) Cfr. Giovanni Paolo II, Lettera alle donne, 29695, 8.

(29) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 23; cfr. anche Gaudium et spes, 26.

(30) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 22.

(31) Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Laborem exercens, 14981, 10.

(32) Cfr. Giovanni Paolo II, Esortazione apostolica Familiaris consortio, 221181, 23, 25; Laborem exercens, 19; Messaggio per la XXVIII Giornata Mondiale della Pace, 1995, 81294, 5, ecc.

(33) Cfr. Carta dei Diritti della Famiglia, 241183, artt. 9 e 10.

(34) Cfr. ibid., art. 4.

(35) Messaggio per la Celebrazione della Giornata Mondiale della Pace 1999, 4.

(36) Cfr. Dichiarazione e Programma d’Azione di Vienna.

(37) Messaggio per la Celebrazione della Giornata Mondiale della Pace 1999, 4.

(38) Cfr. Congregazione per la Dottrina della Fede, Istruzione Donum vitae sul rispetto della vita umana nascente e la dignità della procreazione, 22287, I, 1.

(39) Cfr. Convenzione Internazionale sui Diritti dell’Infanzia, art. 6.

(40) Messaggio per la Celebrazione della Giornata Mondiale della Pace 1999, 4; cfr. Donum vitae, I, 6.

(41) Donum vitae, Introduzione, 5.

(42) Cfr. Convenzione Internazionale sui Diritti dell’Infanzia, art. 8.

(43) Cfr. ibid., art. 27.

(44) Cfr. ibid., artt. 17 e 18.

(45) Cfr. ibid., art. 20.

(46) Cfr. ibid., art. 23.

(47) Cfr. ibid., art. 21.

(48) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 1.

(49) Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Sollicitudo rei socialis, 301287, 39.

(50) Ibid., 39.

(51) Cfr. Giovanni Paolo II, Lettera Enciclica Centesimus annus, 1591, 42.

(52) Centesimus annus, 48.

(53) Catechismo della Chiesa Cattolica, 1883.

(54) Già Aristotele ricordava che la famiglia è anteriore e superiore allo Stato (cf. Etica a Nicomaco, VIII, 15-20). Il Santo Padre ha introdotto il concetto di «sovranità» della famiglia (cf. Gratissimam sane, 17).

(55) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti Umani, art. 16, 1.

(56) Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem sull’apostolato dei laici, 11. Citato in Familiaris consortio, 42.

(57) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 16.

(58) Cfr. ibid., art. 17, 1.

(59) Cfr. ibid., art. 18.

(60) Cfr. ibid., art. 26, 3.

(61) Gratissimam sane, 16.

(62) Ibid.

(63) Cfr. Paolo VI, Lettera Enciclica Humanae vitae, 25768, 11.

(64) In alcune nazioni raggiunge la proporzione di un terzo.

(65) Non pochi si pongono domande sui «diritti», v.g. delle campagne del Fondo per la Popolazione delle Nazioni Unite (FNUAP) e di alcuni interventi di organismi quali l’UNICEF riguardo ai diritti della famiglia.

(66) Secondo tale ideologia, il ruolo dell’uomo e della donna nella società sarebbe soltanto il prodotto della storia e della cultura. L’uomo sarebbe libero di scegliere l’orientamento sessuale che preferisce, qualunque sia il suo sesso biologico.

(67) Giovanni Paolo II, Lettera Apostolica Tertio millennio adveniente, 101194, 28.

(68) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 27, 2.

(69) Centesimus annus, 32.

(70) Cfr. Dichiarazione Universale dei Diritti dell’Uomo, art. 20, 1.

(71) Cfr. ibid., art. 23, 4.

(72) Cfr. ibid., art. 20, 2.

(73) Familiaris consortio, 86.


Iglesia Católica - Consejo Pontificio para la FamiliaDocumentos relacionados  Versión PDF 
raya
Universidad de Navarra | Departamento de Humanidades Biomédicas | Centro de Documentación Anterior Siguiente Imprimir Enviar por correo
EspacioarribaEspacioIrunlarrea, 1. 31008 - Pamplona. España. Tf: +34 948 425600 Fax: +34 948 425630 Correo E:apardo@unav.es
Visitante númerodesde el 25-II-2002