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Declaración de Buenos Aires
Familia y vida, a los 50 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos


Creación: Consejo Pontificio para la Familia
Fuente: Santa Sede
Lengua original: Italiano
Copyright del original italiano: No
Traducción castellana: Santa Sede
Copyright de la traducción castellana: No
Fecha: 5 de agosto de 1999
Comprobado el 30 de abril de 2003

 


Declaración de Buenos Aires
Familia y vida, a los 50 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos

Introducción

Políticos y Legisladores de América, en nutridas delegaciones de la casi totalidad de las naciones de América, en un número superior a cuatrocientos participantes, acompañados por un grupo de Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Iglesias del Continente, nos hemos reunido en Buenos Aires, Argentina, del 3 al 5 de Agosto de 1999, convocados por el Pontificio Consejo para la Familia.

El Santo Padre Juan Pablo II nos ha enviado un rico y paternal mensaje por intermedio del Secretario de Estado. Agradecemos profundamente sus sabias orientaciones que nos han servido de inspiración y estímulo y su cercanía llena de confianza y esperanza en nuestra importante y delicada misión.

Agradecemos muy sinceramente la generosa colaboración del Presidente de la República Argentina, Dr. Carlos Saúl Menem, que ha brindado la más cálida acogida y colaboración para la realización de este encuentro, que ha tenido a bien declararlo "de interés nacional" y ha querido inaugurarlo personalmente. El Senado argentino ha igualmente subrayado su interés especial por este evento.

Consignamos nuestra viva gratitud a la Iglesia Argentina en la persona del Arzobispo de Buenos Aires, S.E. Mons. Jorge Mario Bergoglio, S.J., quien presidió la Eucaristía inaugural en la Catedral Primada, y de S.E. Mons. Estanislao Karlic, Arzobispo de Paraná y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien nos dio la bienvenida. Va nuestro agradecimiento también al Pontificio Consejo para la Familia, a su Presidente, el Cardenal Alfonso López Trujillo, y a sus colaboradores, así como a S.E. Mons Jean Louis Tauran, Secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, quien brindó un denso mensaje.

Manifestamos nuestro reconocimiento a quienes prestaron su valiosa colaboración junto con el Pontificio Consejo para la Familia, particularmente al Embajador de la República Argentina ante la Santa Sede, Dr. Esteban Juan Caselli, y al Dr. Rodolfo Carlos Barra, Asesor Presidencial para la Defensa de los Derechos de la Persona por Nacer, así como a quienes han cooperado con ellos para la fructuosa realización del certamen.

Es la tercera vez que nos encontramos después de las experiencias de Rio de Janeiro en Agosto de 1993 (el primer Encuentro) y de México en junio de 1996 (el segundo). En esta ocasión, hemos reflexionado sobre la Familia y la Vida, a los 50 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Este tema es de importancia capital en los albores del Tercer Milenio, marcado por tantos interrogantes, incertidumbres y también por tantas y fundadas esperanzas. Defender la familia y la vida en el ámbito político y legislativo, y hacer respetar sus derechos, es vital para el futuro de nuestros países y de toda la humanidad.

Conclusiones

1. Nos asociamos con gozosa esperanza a la celebración del cincuentenario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada y proclamada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 10 de Diciembre de 1948. Reconocemos el valor y la permanente capacidad de inspiración de esta Declaración, en todo lo que constituye el reconocimiento de la dignidad del hombre, no obstante algunas reservas que se han formulado en el sentido de que puede favorecer el individualismo y el subjetivismo. Debemos notar la convergencia entre ella y la antropología y la ética cristianas, no obstante el hecho de que no se haga una explícita referencia a Dios. LaDeclaración constituye, sin duda, una vibrante defensa del hombre y de su dignidad trascendente, inviolable, inalienable e insustituible. Es "uno de los documentos más preciosos y significativos de la historia del derecho", como lo ha calificado Su Santidad Juan Pablo II (Mensaje al Presidente de la Asamblea General de la ONU con ocasión del 50 Aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 30/11/98).

2. No nos proponemos entrar en todos sus aspectos, incluso en relación con el tema elegido. Consideramos que es preciso subrayar algunos puntos de la Declaración, su valor y también sus límites.

3. La primera reflexión es que laDeclaración no otorga los derechos que proclama sino que los reconoce. No se trata, pues, de derechos creados por la Declaración, sino sólo reconocidos y codificados por ella, por ser inherentes a la dignidad de la persona humana. Son derechos universales, con independencia de cualquier cultura, religión, contexto político, social o económico, porque están ligados a la naturaleza humana y son la expresión de sus bienes fundamentales. Se distinguen así de los derechos o bienes particulares, secundarios en la jerarquía de valores, o de pseudo–derechos arbitrarios o ligados a una determinada cultura o ideología.

4. El segundo punto de nuestra reflexión subraya que los derechos articulados en la Declaración constituyen un todo integrado, que tiene como base común el principio de la dignidad de toda persona. La derogación de cualquier derecho viola a la persona en su humanidad y constituye, por eso, una violación de la totalidad de sus derechos, como una red integrada. Juan Pablo II ha afirmado muy oportunamente que el uso selectivo de sus principios, amenaza "la estructura orgánica de laDeclaración, que asocia cada derecho a otros derechos y a otros deberes y límites necesarios para un orden social justo" (Mensaje al Presidente de la Asamblea General de la ONU con ocasión del 50 Aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, 30/11/98).

5. Un tercer aspecto de nuestra consideración se refiere al fundamento mismo de los derechos humanos. La interpretación individualista, que considere al sujeto aislado frente al Estado, como en un territorio privado es radicalmente insuficiente. El fundamento de estos derechos no está en la satisfacción particular del individuo, sino en la naturaleza social del hombre y de la familia. Los derechos humanos están basados en el derecho natural –aquello que es justo en virtud del orden natural- y que es la expresión de la sabiduría de la humanidad. Estos derechos suponen la facultad jurídica de exigir el cumplimiento del derecho natural.

6. Resaltamos y reafirmamos por su prioridad social el art. 16, inciso 3, de la Declaración Universal de Derechos Humanos: "La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado". La vida y la familia no han de considerarse únicamente como derechos inalienables, sino como fuente y condición de los demás. La familia, en particular, representa el ámbito primigenio y privilegiado de todo derecho. Los derechos de la familia son el núcleo original de los derechos del hombre. La defensa de la familia y de la vida es como el fundamento y el punto más alto del proceso de humanización desde la abolición de la esclavitud y del reconocimiento de la igualdad fundamental del hombre y de la mujer. Por ello la familia debe ser reconocida en su naturaleza de sujeto social. Es poseedora del derecho a la protección por parte del Estado y, además, por parte de la comunidad internacional. Si la personalidad jurídica del individuo se fundamenta en su titularidad de derechos reconocidos por el orden internacional, así debe ser también la personalidad jurídica de la familia. El Estado no puede adoptar medidas disolventes contra la familia sin incurrir en actos contrarios a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es necesario, pues, defender a la familia, proclamándola como una Buena Nueva para la humanidad, dada su capacidad de inspirar acciones y actitudes que construyen la sociedad.

7. La familia es el núcleo central de la sociedad civil. Tiene ciertamente un papel económico importante, que no puede ser olvidado, pues constituye el mayor capital humano, pero su misión engloba muchas otras tareas. Es sobre todo una comunidad natural de vida, una comunidad que está fundada sobre el matrimonio, y por ello presenta una cohesión que supera la de cualquier otra comunidad social. Por eso, la familia debe ser respetada y protegida por el Estado como la primera institución social que, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, requiere que el Estado no pueda intervenir en campos en los que la iniciativa de la familia es suficiente. Un impacto muy negativo sufrido durante las últimas décadas ha sido que la familia haya recibido los mismos ataques que el Estado ha dirigido contra los otros cuerpos intermedios de la "sociedad civil", debilitándolos, suprimiéndolos o buscando regirlos. Cuando el Estado se arroga el poder de reglamentar los vínculos familiares y de dictar leyes que no respetan la comunidad natural que es la familia, anterior y superior a él (Cfr. Aristoteles, Etica a Nicómaco, VIII, 15-20), existe el temor fundado de que el Estado se valga de la familia en interés propio y que, en lugar de protegerla y defender sus derechos, la debilite y resquebraje. LaDeclaración Universal previene estas desviaciones. Reconoce el derecho del hombre y de la mujer a constituir una sociedad matrimonial (art. 16,1) y crear así una familia. Con su insistencia en que esta célula "natural y fundamental" (art. 16,3) merece la protección no sólo del Estado sino también de la sociedad, laDeclaración Universal previene estas desviaciones.

8. La familia así reconocida por laDeclaración, constituye un bien fundamental para la sociedad (Gaudium et Spes, 52,2). Pero se descubre, en el umbral del nuevo milenio, que se promueve una consideración ambigua y errónea que atenta contra su naturaleza y se habla entonces de una crisis de identidad. Aunque la familia tiene su propia identidad muy clara, basada en el matrimonio, que es su origen y fuente, se dice, hoy, que no se la puede definir, que existen diversas familias, diversos modelos de familia. Se insinúa que los cambios que experimenta la familia son muy rápidos y las formas que puede adquirir son casi infinitas. Se llega incluso a decir que no es dable asegurar nada sobre el futuro de la familia. Todo sería fruto de proyectos humanos por vía consensual que encontrarían apoyo legal. Se desvirtúa de esta manera la idea de una institución natural, estable y permanente, que merece la protección de la sociedad. Esta pobre visión antropológica al concebir la familia como club o asociación que se hace o se deshace caprichosamente, vacía el hombre de sentido de responsabilidad y compromiso y siembra en los hogares gérmenes de descomposición social, siendo los hijos quienes pagan los costos más altos. La razón de estos ataques contra la idea misma de familia, está en que muchos ya no aceptan la idea de una "ley natural", no aceptan las instituciones naturales, pero la razón profunda es que rechazan a Dios, origen de la ley natural. Ya no se acepta la dimensión de verdad y ello conduce a un verdadero "eclipse del sentido de Dios y del hombre" (Evangelium Vitae, 23). Lo que cuenta es la opinión personal, la contingencia. Resultado de esa perspectiva es que todas la formas posibles de convivencia, hetero– y homosexuales, podrían entrar en esta concepción de la familia.

9. Es a causa de esta crisis profunda de la verdad, de esta ilusión antropológica, que en diversos parlamentos en el mundo se ha propuesto reconocer las uniones de hecho como "familias", y procurar para ellas las mismas ventajas que para la familia. Estas uniones son "de hecho", no de derecho. Algunos parlamentos quieren hacer prevalecer el "hecho" antes del derecho, con la justificación de que no se debe "discriminar" a los homosexuales, a las lesbianas y a los que no quieren contraer matrimonio. La consecuencia de esta confusión conceptual sobre el matrimonio, es hacer de éste una institución socialmente irrelevante. Esto no puede ser más trágico dado que el matrimonio es un bien natural, que constituye además el mejor medio para la socialización. Su ausencia repercute negativamente en la trasmisión de valores y es causa de numerosas patologías sociales. Hemos de estar particularmente atentos para que las uniones consensuales libres y las uniones de hecho no tengan cabida alguna en nuestras legislaciones.

10. Estos ataques contra la familia vienen de las mismas personas que atacan la vida humana en sus dos momentos y situaciones particularmente decisivos: el niño por nacer y el enfermo por morir. Este paralelismo entre los ataques a la familia y a la vida humana, no es sorprendente, porque no hay vida sin familia y no hay familia sin la vida. La familia es la "cuna" de la vida humana, como dice Su Santidad Juan Pablo II (Cfr. Christifideles Laici, 40). Es en la familia donde la vida tiene su inicio, se desarrolla, madura y también llega a su término en el modo más adecuado. Por eso, quien ataca a la familia ataca también a la vida humana, y quien promueve la familia promueve también, en modo coherente, la misma vida humana. Este vínculo fundamental entre la familia y la vida es claramente puesto en luz por la Declaración Universal de Derechos Humanos, que pone como consecuencia inmediata y básica de la afirmación de la dignidad de todo ser humano, el derecho fundamental a la vida reconocido en el articulo 3 de laDeclaración: "Todo ser humano tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".

11. Este principio del derecho a la vida, fundamento clave de todos los demás derechos en cuanto derecho inviolable, garantizado y protegido en toda situación, fue desarrollado por la Declaración de los Derechos del Niño adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1959, según la cual "el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal tanto antes como después del nacimiento" (Preámbulo). Este principio pone al embrión humano como ser humano desde el momento mismo en que inicia su existencia, es decir, desde el momento de la concepción y no sólo desde el nacimiento. Esto debe ser considerado como principio fundamental del sistema de protección internacional de los derechos humanos.

12. Por eso partiendo de la Declaración, hemos reflexionado acerca del estatuto del embrión humano. ¿Es el niño por nacer persona, sujeto de derechos, o simplemente un individuo humano? El derecho positivo internacional (Cfr. Declaración de los Derechos del Niño, Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, Convención Americana sobre Derechos Humanos — Pacto de San José de Costa Rica) reconoce la subjetividad del embrión como sujeto de derechos propios, es decir, distintos de los de la madre y de terceros. Esto fundamenta la interdicción de arbitrariedad sobre el embrión y el deber de protegerlo y cuidarlo. Pero en el derecho positivo de varios países (España, Estados Unidos de América), se distingue entre ser humano y persona. Sólo esta última sería sujeto de derechos, y se la identifica con el nacido. El nascituro se considera humano pero no persona. Su protección se concibe como una concesión del Estado a los derechos de la madre o a los intereses del Estado mismo. Con ello se establece un criterio injusto de discriminación entre seres humanos en distintos estados de su desarrollo, contradiciendo por lo tanto el derecho. Es pues necesario legislar sobre el estatuto del embrión humano, especialmente en los países donde se distingue falazmente entre ser humano y persona humana. Es preciso reflexionar y traducir en leyes coherentes las exigencias éticas que hacen ilícita la fecundación asistida tanto homóloga como heteróloga (cfr. Donum Vitae, II). Es necesario además proclamar los derechos del embrión: derecho a la vida, derecho a la identidad, derecho a la protección por el Estado y por la sociedad. El "nascituro" no puede ser objeto de manipulación y de las agresiones que conducen a su eliminación. No es digno de la persona humana la producción de embriones y el tratamiento a que se les somete como si no fueran seres humanos y personas humanas, sino cosas o instrumentos. La razón es que toda fecundación fuera del acto sexual comporta un modo no humano —esto es, carente de la expresión integral y significativa que es la unión sexual— y es incompatible con la dignidad del nuevo ser concebido (cfr.Donum Vitae, I.6 y II.4.a).

13. La familia, como cuna de la vida humana, es también el lugar más adecuado para cuidar a los enfermos y acompañarlos en el proceso de su enfermedad hasta la muerte. Se propone hoy una "muerte digna" y con este argumento se pretende falazmente justificar y defender cada vez más la propuesta de la eutanasia para los enfermos graves. Es necesario comprender en forma adecuada el concepto de "dignidad humana", fundamental en la bioética que se apoya en la verdad del hombre, en una antropología que reconoce el valor eminente de la persona humana. El concepto de "muerte digna" requiere una continua revisión para que no se trasforme en una palabra vacía o convencional, especialmente frente al criterio utilitarista de costo / beneficio, con el cual se pretende conceder o negar los recursos en el campo de la salud. Si se reemplaza la dignidad por la utilidad, ¿cómo puede tener la vida valor en sí misma? El uso distorsionado del concepto de "dignidad" oculta una deformación del valor de la vida y de la persona. El verdadero derecho a morir con dignidad supone aceptar morir con la dignidad propia del hombre: con nobleza, aceptación, serenidad, es decir "cumplir el oficio de la vida hasta el fin" (Cicerón, Sueño de Escipión, III, 7). El enfermo, acompañado de los debidos cuidados, en las variadas manifestaciones de un amor responsable, especialmente en las familias y en las clínicas y hospitales, muere con la dignidad de ser amado por Dios, por los suyos y por todos los que deben reconocer su dignidad de persona (Cfr. Evangelium Vitae, 88. Cfr. también 46-47, 67, 83).

14. Hay una palabra que tiene cada vez mayor importancia en el discurso contemporáneo: es la palabra "globalización". Este concepto no debe limitarse al campo de la interrelación económica entre los pueblos, sino que ha de abrirse a otras dimensiones, siempre con la indispensable atención a los requerimientos éticos. En la Exhortación ApostólicaEcclesia in America, fruto del Sínodo de América, Juan Pablo II advierte: "si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada" (Ecclesia in America, 20). Es evidente la importancia que todo esto reviste respecto de la familia. Además, lo que suele entenderse ahora por globalización es más bien un criterio relativista de juicio que se ha extendido a todos los ámbitos, un procedimiento de elección entre alternativas comparables entre sí. Ante esta "indiferencia" de los objetos, se vuelve determinante la consideración subjetiva del gusto, de la preferencia, de la utilidad, de la oportunidad. Este criterio de evaluación y de juicio está detrás de muchos de los problemas de la vida y de la familia que se suscitan en la actualidad y que son materia de este encuentro: divorcio, convivencia de hecho, aborto, eugenesia, eutanasia. Si es indiferente vivir con una persona u otra, engendrar un hijo u otro, todo según preferencias subjetivas, ya no puede existir ningún criterio de elección que trascienda las circunstancias, la reacción instintiva. Por eso, frente a este prevaleciente subjetivismo que lleva al relativismo ético, con sus gravísimos peligros, debemos volver a conceder un lugar central, como de piedra angular a la Declaración Universal de Derechos Humanos, con la protección que garantiza a la familia y a la vida.

Recomendaciones

Estas conclusiones nos llevan a presentar las siguientes recomendaciones:

1. Considerar la defensa de la familia y de la vida como acción central para los políticos y legisladores, para tutelar los valores fundamentales en sus respectivos países y en los foros internacionales, en contra de falsas alternativas.

2. Influir en los gobiernos a fin de que sus delegaciones ante los organismos y reuniones internacionales tengan una auténtica representación del sentir de cada país en favor de la familia y de la vida, atendiendo al alto concepto y aprecio que manifiestan.

3. Promover el conocimiento y difusión de la Encíclica Evangelium Vitae, como defensa profética de los más pobres, inocentes y desvalidos, en la categoría de personas que requieren un cuidado especial. Defiende los fundamentos primarios de la sociedad contra los excesos del individualismo y de la cultura de la muerte, que es creciente amenaza contra los pueblos pobres, cuya soberanía es conculcada con una especie de invasión ideológica que priva la familia y la vida de sus derechos.

4. Oponerse con firmeza a cualquier legalización del aborto y procurar cambiar progresivamente las leyes permisivas donde existan. Es importante en este campo legislativo luchar siempre y no resignarse sin comprometerse en esta noble y decisiva causa, porque las leyes son siempre mejorables.

5. Promover leyes que reconozcan al embrión humanocomo sujeto al mismo nivel de cualquier otro individuo ya nacido y rechazar aquellas que lo consideran como objeto que se pueda manipular.

6. Procurar que las políticas de educación sexual estén basadas en los valores de la familia y de la vida en el respeto, en el uso adecuado de la libertad que evite la banalización del sexo, y respeten el derecho de los padres sobre la educación de los hijos.

7. Vigilar a fin de que en los medios de comunicación social, el valor de la vida y de la familia sea respetado y promovido como base misma de la democracia.

8. Intervenir con leyes en el campo de la fecundación artificial, para contrarrestar la permisividad actual, escogiendo como criterio de orientación el bien del hijo y garantizando, por tanto, su derecho a la vida, a la familia y a la identidad. Es preciso legislar en defensa del embrión humano, con el reconocimiento de los derechos que le son debidos como sujeto, persona humana.

9. Promover la lucha contra el dolor también mediante curaciones paliativas, y fomentar la organización de estructuras públicas y privadas para asistir humana, espiritual y físicamente, a los discapacitados y enfermos así llamados terminales.

10. Apoyar la organización de los servicios de salud públicos y privados, de manera que se asegure a todos el acceso a la protección de la vida y la salud.

11. Cuidar de la formación del personal de salud, médico y paramédico, a fin de que preste atención respetuosa a los derechos de las familias, de los niños nacidos y por nacer, y al acompañamiento cuidadoso de los enfermos graves y terminales.

12. Vigilar no sólo la elaboración de las leyes sino también su aplicación práctica en las reglamentaciones, cuidando que el personal administrativo que las ejecuta sea consciente y esté capacitado en los principios y criterios cristianos.

13. Fiscalizar las acciones de los gobiernos nacionales, departamentales o locales, a fin de que cumplan las leyes, normas y programas establecidos en favor de la familia y de la vida.

14. Teniendo en cuenta que la "política familiar debe ser eje y motor de todas las políticas sociales" (Evangelium Vitae, 90), hacer que los parlamentos sancionen leyes que establezcan una verdadera política de familia con el positivo concurso de los padres e instituciones familiares al menos en los siguientes puntos:

- igualdad de oportunidades de trabajo y de salario para la mujer;

- facilitación de periodos comunes de vacaciones de los esposos de manera que se conserve y se refuerce la unidad de la familia como comunidad de vida;

- facilitación a los esposos de posibilidades de trabajo en áreas no muy distantes uno del otro;

- Buscar caminos para que el trabajo de la mujer fuera del hogar, a que se ve muchas veces obligada, no vaya en detrimento de su misión en la familia de tal modo que haya mecanismos de alivio y humanización.

- respeto de un tiempo libre adecuado durante el embarazo para la mujer y, cuando sea necesario, también para el hombre;

- evitar la discriminacion de la mujer por la posibilidad de embarazo y por la atención a sus niños pequeños; y

- facilitar a las familias nuevas, la adquisición o alquiler de vivienda.

15. Apoyar la constitución de una red continental de legisladores y políticos de América en defensa de la vida y la familia, a fin de abrir un espacio continuo y ágil de comunicación, asesoramiento y coordinación de iniciativas comunes.

16. Apoyar la creación de una comisión multipartidaria de legisladores por la vida, que dé seguimiento a los contenidos y compromisos de este III Encuentro de Legisladores y Políticos de América y abra un espacio permanente de reflexión y acción legislativa a favor de la vida humana.

17. Promover la organización de centros de investigación y apoyo a las actividades pro-vida y familia.

18. Organizar diálogos y encuentros semejantes a éste al interior de cada país de America con ocasión del Jubileo del Año 2000.

Somos conscientes de la gran responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros como Politicos y Legisladores de nuestras Naciones, al igual que reconocemos los grandes desafios que debemos afrontar en la defensa de la familia y de la vida.

Somos también conscientes de que no estamos sin recursos, sin ayuda o sin fuerzas. El Señor de la Familia y de la Vida está con nosotros. La llamada de Cristo nos compromete como hijos e hijas de la Iglesia y de América, a continuar ejerciendo nuestra vocación de Políticos y Legisladores en un diálogo abierto y comprometido que ponga el bien de la familia en el centro mismo de nuestras preocupaciones y tareas, atentos a las aspiraciones profundas de nuestros pueblos y siguiendo fielmente las enseñanzas y las orientaciones del Magisterio de la Iglesia. Así acogemos la exhortación que ha tenido la bondad de dirigirnos el Santo Padre a renovar nuestros "esfuerzos por promover, particularmente en el ámbito político y legislativo, los valores fundamentales de la familia y la vida, fomentando incansablemente su trascendente dignidad".



 

Dichiarazione di Buenos Aires
Famiglia e vita, a cinquant'anni dalla “Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo”

Introduzione

Noi, Politici e Legislatori d'America, in nutrite delegazioni di quasi tutte le nazioni americane, per un totale di oltre quattrocento partecipanti, accompagnati da un gruppo di Cardinali, Arcivescovi e Vescovi delle Chiese nel Continente, ci siamo riuniti a Buenos Aires, in Argentina, dal 3 al 5 agosto 1999, su invito del Pontificio Consiglio per la Famiglia.

Il Santo Padre, per mezzo del Cardinale Segretario di Stato, ci ha inviato un significativo e paterno messaggio. Lo ringraziamo vivamente per i suoi saggi orientamenti che ci sono serviti da ispirazione e da stimolo e per la sua vicinanza piena di fiducia e di speranza nellanostra importante e delicatamissione.

Ringraziamo sinceramente per la sua generosa collaborazione il Presidente della Repubblica Argentina, Dott. Carlos Saúl Menem, il quale ci ha accolti calorosamente e ha cooperato alla realizzazione di questo incontro, che ha tenuto a definire “d'interesse nazionale” e che ha voluto inaugurare personalmente. Il Senato argentino ha parimenti sottolineato il suo particolare interesse per questo evento.

Esprimiamo la nostra viva gratitudine alla Chiesa argentina nella persona dell'Arcivescovo di Buenos Aires, S.E. Monsignor Jorge Mario Bergoglio, S.J., che ha presieduto l'Eucaristia inaugurale nella Cattedrale Primaziale, e di S.E. Monsignor Estanislao Esteban Karlic, Arcivescovo di Paraná e Presidente della Conferenza Episcopale Argentina, che ci ha dato il benvenuto. Il nostro ringraziamento va anche al Pontificio Consiglio per la Famiglia, al suo Presidente, il Cardinale Alfonso López Trujillo, e ai suoi collaboratori, così come a S.E. Monsignor Jean-Louis Tauran, Arcivescovo, Segretario per i Rapporti con gli Stati della Santa Sede, che ha partecipato con un significativo messaggio.

Esprimiamo la nostra riconoscenza a quanti hanno prestato la loro preziosa collaborazione accanto al Pontificio Consiglio per la Famiglia, in particolare all'Ambasciatore della Repubblica Argentina presso la Santa Sede, Dott. Esteban Juan Caselli, e al Dott. Rodolfo Carlos Barra, Consigliere presidenziale per la difesa dei Diritti del Nascituro, e a quanti hanno collaborato con essi per la fruttuosa realizzazione dell'incontro.

È la terza volta che ci incontriamo dopo le esperienze di Rio de Janeiro, nell'agosto del 1993, e di Città del Messico, nel giugno del 1996. In questa occasione abbiamo riflettuto su la famiglia e la vita, a cinquant'anni dalla Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo. Il tema riveste un'enorme importanza all'alba del Terzo Millennio, contraddistinto da tanti interrogativi, incertezze e anche da tante e fondate speranze. Difendere la famiglia e la vita nell'ambito politico e legislativo e far rispettare i loro diritti è fondamentale per il futuro dei nostri Paesi e di tutta l'umanità.

Conclusioni

1. Ci uniamo con gioiosa speranza alla celebrazione del cinquantesimo anniversario della Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo, approvata e proclamata dall'Organizzazione delle Nazioni Unite (ONU) il 10 dicembre 1948. Riconosciamo il valore e la costante capacità d'ispirazione di questaDichiarazione per tutto ciò che concerne il riconoscimento della dignità dell'uomo, nonostante alcune riserve formulate circa il fatto che possa favorire l'individualismo e il soggettivismo. È bene notare la convergenza fra questa dichiarazione e l'antropologia e l'etica cristiane, sebbene in essa non vi sia alcun riferimento esplicito a Dio. La Dichiarazione costituisce indubbiamente una vibrante difesa dell'uomo e della sua dignità trascendente, inviolabile, inalienabile e insostituibile. Giovanni Paolo II lo ha definito “uno dei documenti più preziosi e significativi della storia del diritto” (Messaggio al Presidente dell'Assemblea Generale dell'ONU in occasione del 50° Anniversario della Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo, 30/11/98).

2. Non intendiamo esaminare qui tutti i suoi aspetti, neppure quelli legati al tema prescelto. Riteniamo invece necessario sottolinearne alcuni punti, considerare il suo valore e anche i suoi limiti.

3. La prima riflessione da fare è che la Dichiarazionenon concede i diritti che proclama ma li riconosce. Non si tratta quindi di diritti creati dalla Dichiarazione ma di diritti riconosciuti e codificati da essa, in quanto inerenti alla dignità della persona umana. Sono diritti universali, indipendenti da qualsiasi cultura, religione, contesto politico, sociale ed economico, perché legati alla natura umana ed espressione dei suoi beni fondamentali. Si distinguono così dai diritti e dai beni particolari, secondari nella gerarchia dei valori, e dagli pseudo diritti arbitrari o legati a una determinata cultura e ideologia.

4. Il secondo punto della nostra riflessione si concentra sul fatto che i diritti articolati nella Dichiarazione costituiscono un insieme integrato, che ha come base comune il principio della dignità di ogni persona. Qualsiasi deroga a uno di questi diritti viola la persona nella sua umanità e costituisce pertanto una violazione della totalità dei suoi diritti, come in una rete integrata. Giovanni Paolo II ha opportunamente affermato che l'uso selettivo dei suoi principi mina “la struttura organica dellaDichiarazione, che associa ogni diritto ad altri diritti e ad altri doveri e limiti necessari per un ordine sociale giusto” (Messaggio al Presidente dell'Assemblea Generale dell'ONU in occasione del 50° Anniversario della Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo, 30/11/98).

5. Il terzo aspetto della nostra riflessione fa riferimento alfondamento stesso dei diritti dell'uomo. L'interpretazione individualistica, che considera il soggetto isolato di fronte allo Stato, come in un territorio privato, è radicalmente insufficiente. Il fondamento di questi diritti non risiede nella soddisfazione privata dell'individuo, ma nella natura sociale dell'uomo e della famiglia. I diritti umani sono basati sul diritto naturale — quello che è giusto in virtù dell'ordine naturale — che è l'espressione della saggezza dell'umanità. Tali diritti presuppongono la facoltà giuridica di esigere il rispetto del diritto naturale.

6. Sottolineiamo e riaffermiamo, per il suo grande valore sociale, l'articolo 16, comma c, della Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo: “La famiglia è il nucleo naturale e fondamentale della società e ha diritto di essere protetta dalla società e dallo Stato”. La vita e la famiglia non devono essere considerate solo come diritti inalienabili, ma anche come origine e condizione di tutti gli altri diritti. La famiglia, in particolare, rappresenta l'ambito primigenio e privilegiato di qualsiasi diritto. I diritti della famiglia sono il nucleo originale dei diritti dell'uomo. La difesa della famiglia e della vita è il fondamento e il punto culminante del processo di umanizzazione avviato con l'abolizione della schiavitù e il riconoscimento della fondamentale uguaglianza fra uomo e donna. Per questo la famiglia deve essere riconosciuta nella sua natura di soggetto sociale. Ha diritto alla tutela dello Stato e anche della comunità internazionale. Se la personalità giuridica dell'individuo si fonda sulla sua titolarità di diritti riconosciuti dall'ordine internazionale, lo stesso deve accadere con la personalità giuridica della famiglia. Lo Stato non può adottare misure volte a dissolvere la famiglia senza incorrere in atti contrari alla Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo. Occorre quindi difendere la famiglia, proclamandola come Buona Novella per l'umanità, data la sua capacità di ispirare azioni e atteggiamenti che edificano la società.

7. La famiglia è il nucleo centrale della società civile. Ha certamente un ruolo economico importante, che non può essere dimenticato, in quanto costituisce il più grande capitale umano, ma la sua missione include molti altri compiti. È prima di tutto una comunità naturale di vita, una comunità fondata sul matrimonio e che quindi presenta una coesione superiore a quella di qualsiasi altra comunità sociale. La famiglia deve dunque essere rispettata e protetta dallo Stato come la prima istituzione sociale che, in base al principio della sussidiarietà, chiede allo Stato stesso di non intervenire in quegli ambiti in cui l'iniziativa familiare è sufficiente. Negli ultimi decenni un impatto molto negativo sulla famiglia è stato esercitato dal fatto che le sono stati rivolti gli stessi attacchi che lo Stato ha sferrato contro gli altri organismi intermedi della “società civile”, indebolendoli, sopprimendoli o cercando di controllarli. Quando lo Stato si arroga il potere di regolare i vincoli familiari e di dettare leggi che non rispettano la comunità naturale che è la famiglia, ad esso anteriore e superiore (cfr Aristotele Etica Nicomachea, VIII, 15-20), vi è il fondato pericolo che lo Stato si avvalga della famiglia per i propri interessi e che, invece di proteggerla e di difendere i suoi diritti, la indebolisca e la disgreghi. La Dichiarazione Universale previene simili deviazioni. Riconosce il diritto dell'uomo e della donna acostituire una società matrimoniale (cfr art. 16, a) e a creare così una famiglia. Insistendo sul fatto che questa cellula “naturale e fondamentale” (Art. 16, c) merita la protezione non solo dello Stato ma anche della società, la Dichiarazione Universale previene tali deviazioni.

8. La famiglia così riconosciuta dalla Dichiarazione costituisce un bene fondamentale per la società (cfrGaudium et spes, n. 52). Tuttavia, alle soglie del Terzo Millennio, si scopre che si sta promuovendo una visione ambigua ed erronea della famiglia che attenta contro la sua natura; si parla allora di una crisi d'identità. Nonostante la famiglia abbia un'identità molto precisa, fondata sul matrimonio, che è la sua origine e la sua fonte, oggi si afferma che non la si può definire, che esistono diverse famiglie, diversi modelli di famiglia e s'insinua che i cambiamenti che la famiglia sperimenta sono molto rapidi e le forme che può assumere quasi infinite. Si arriva persino a dire che non è possibile assicurare nulla sul futuro della famiglia. Tutto sarebbe il frutto di progetti umani per via consensuale e con il sostegno legale. Così facendo s'indebolisce l'idea di una istituzione naturale, stabile e permanente, che merita la protezione della società. Questa riduttiva visione antropologica, che concepisce la famiglia come un club o un'associazione che si fa e si disfa a capriccio, svuota l'uomo del senso di responsabilità e d'impegno e genera nei focolari domestici germi di disgregazione sociali; e sono i figli a pagarne il prezzo più alto. La ragione di questi attacchi contro l'idea stessa di famiglia radica nel fatto che molti non accettano più l'idea di una “legge naturale” e non accettano neppure le istituzioni naturali. In realtà, la ragione profonda è che rifiutano Dio, origine della legge naturale. Non si accetta più la dimensione di verità e ciò porta a un'autentica “eclissi del senso di Dio e dell'uomo” (Evangelium vitae, n. 23). A contare è l'opinione personale, il fatto contingente. Ne consegue che ogni possibile forma di convivenza, etero ed omosessuale, potrebbe essere inserita in questa concezione della famiglia.

9. È a causa di questa profonda crisi della verità, di questa illusione antropologica, che in diversi Parlamenti del mondo si è proposto di riconoscere le unioni di fatto come “famiglie” e di attribuire loro gli stessi vantaggi offerti alla famiglia. Si tratta in realtà di unioni “di fatto” e non di diritto. Alcuni Parlamenti vogliono far prevalere il “fatto” sul diritto, adducendo che non si devono “discriminare” le unioni di omosessuali o di quanti non desiderano contrarre matrimonio. Il rischio insito in questa confusione concettuale è che il matrimonio diventi un'istituzione socialmente irrilevante, il che sarebbe tragico, in quanto esso è un bene naturale e costituisce il migliore mezzo di socializzazione. La sua assenza si ripercuote negativamente sulla trasmissione dei valori ed è causa di numerose patologie sociali. Dobbiamo vegliare in modo particolare affinché le unioni consensuali libere e le unioni di fatto non trovino posto nelle nostre legislazioni.

10. Gli attacchi contro la famiglia provengono dalle stesse persone che attaccano la vita umana nei suoi due momenti decisivi: la nascita per il bambino e la morte per il malato. Questo parallelismo fra gli attacchi alla famiglia e quelli alla vita umana non sorprende, in quanto non vi è vita senza famiglia e non vi è famiglia senza la vita. La famiglia è la “culla” della vita umana, come afferma Giovanni Paolo II (cfr Chrstifideles laici, n. 40). È nella famiglia che la vita ha inizio, si sviluppa, matura e giunge al termine nel modo più adeguato. Perciò chi attacca la famiglia attacca anche la vita umana e chi promuove la famiglia promuove anche, e in modo coerente, la vita umana. Questo vincolo fondamentale fra la famiglia e la vita è chiaramente evidenziato dalla Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo, che pone come conseguenza immediata e principale dell'affermazione della dignità di ogni essere umano il diritto fondamentale alla vita riconosciuto nell'articolo 3: “Ogni individuo ha diritto alla vita, alla libertà e alla sicurezza della propria persona”.

11. Questo principio del diritto alla vita, fondamento di tutti gli altri diritti in quanto inviolabile, garantito e tutelato in qualunque situazione, è stato sviluppato dallaDichiarazione dei Diritti del Bambino, adottata dall'Assemblea Generale delle Nazioni Unite il 20 novembre 1959, secondo la quale il bambino, per la sua mancanza di maturità fisica e mentale, ha bisogno di protezione e di cure speciali, includendo la debita protezione legale sia prima che dopo la nascita (cfr Preambolo). Questo principio considera l'embrione umano come un essere umano fin dal primo istante della sua esistenza, ossia dal momento del concepimento e non della nascita. Tale principio deve essere posto alla base del sistema di tutela internazionale dei diritti umani.

12. Partendo dalla Dichiarazione, abbiamo quindi riflettuto sullo statuto dell'embrione umano. Il nascituro è una persona, soggetto di diritti, o semplicemente un individuo umano? Il diritto positivo internazionale (cfrDichiarazione dei Diritti del Bambino, Convenzione delle Nazioni Unite sui Diritti del Bambino, Convenzione Americana sui Diritti dell'Uomo - Patto di San José de Costa Rica) riconosce l'embrione come soggetto di diritti propri, ossia distinti da quelli della madre o di terzi. Ciò giustifica l'interdizione a compiere atti arbitrari sull'embrione e il dovere di proteggerlo e di assisterlo. Tuttavia nel diritto positivo di diversi Paesi (Spagna, Stati Uniti d'America) si fa una distinzione fra essere umano e persona. Solo quest'ultima, che s'identifica con gli esseri già nati, sarebbe soggetto di diritti. Il nascituro viene considerato umano ma non persona. La sua tutela è concepita come una concessione dello Stato ai diritti della madre o agli interessi dello Stato stesso. In tal modo si stabilisce un ingiusto criterio di discriminazione fra esseri umani in diversi stadi del loro sviluppo, contraddicendo così il diritto stesso. È quindi necessario legiferare sullo statuto dell'embrione umano, soprattutto nei Paesi dove si fa una fallace distinzione fra essere umano e persona umana. È necessario riflettere e tradurre in leggi coerenti le esigenze etiche che rendono illecita la fecondazione assistita sia omologa sia eterologa (cfrDonum vitae, II). È inoltre necessario proclamare i diritti dell'embrione: diritto alla vita, diritto all'identità, diritto alla protezione da parte dello Stato e della società. Il “nascituro” non può essere oggetto di manipolazioni e di aggressioni che conducono alla sua eliminazione. Non sono degni della persona umana la produzione di embrioni e il trattamento al quale vengono sottoposti come se non fossero esseri umani e persone umane, ma cose o strumenti. La ragione è che qualsiasi fecondazione al di fuori dell'atto sessuale comporta un processo non umano, ossia carente di quell'espressione integrale e significativa che è l'unione sessuale, ed è quindi incompatibile con la dignità del nuovo essere concepito (cfr Donum vitae, I.6 e II.4.a).

13. La famiglia, quale culla della vita umana, è anche il luogo più adeguato a curare i malati e a seguirli nell'evolversi della loro malattia fino alla morte. Oggi si propone una “morte degna” e con questo argomento si intende erroneamente giustificare e sostenere la proposta di eutanasia per i malati gravi. È necessario comprendere adeguatamente il concetto di “dignità umana”, fondamentale nella bioetica che si fonda sulla verità dell'uomo, su un'antropologia che riconosce il valore eminente della persona umana. Il concetto di “morte degna” esige una continua revisione per non divenire un termine vuoto o convenzionale, soprattutto di fronte al criterio utilitaristico di costo/beneficio, con il quale s'intende concedere o negare le risorse in campo sanitario. Se l'umanità viene sostituita dall'utilità, come può la vita avere di per sé valore? L'uso distorto del concetto di “dignità” occulta una deformazione del valore della vita e della persona. Il vero diritto a morire con dignità presuppone il saper morire con la dignità propria dell'uomo: con nobiltà, accettazione e serenità; bisogna cioè “compiere l'ufficio della vita fino alla fine” (Cicerone, Somnium Scipionis, III, 7). Il malato, seguito con le dovute cure, nelle diverse manifestazioni di un amore responsabile, soprattutto in famiglia, nelle cliniche e negli ospedali, muore con la dignità di essere amato da Dio, dai suoi e da tutti coloro che devono riconoscere la sua dignità di persona (cfr Evangelium vitae, n. 88; cfr anche 46-47, 67, 83).

14. Vi è una parola che sta assumendo sempre più importanza nel linguaggio contemporaneo: “globalizzazione”. Questo concetto non deve limitarsi al campo dell'interrelazione economica fra i popoli, ma deve aprirsi ad altre dimensioni, prestando sempre attenzione alle esigenze etiche. Nell'Esortazione Apostolica Ecclesia in America, frutto del Sinodo per l'America, Giovanni Paolo II avverte: “Se però la globalizzazione è retta dalle pure leggi del mercato applicate secondo le convenienza dei potenti, le conseguenze non possono essere che negative. Tali sono, ad esempio, l'attribuzione di un valore assoluto all'economia, la disoccupazione, la diminuzione e il deterioramento di alcuni servizi pubblici, la distruzione dell'ambiente e della natura, l'aumento delle differenze fra ricchi e poveri, la concorrenza ingiusta che pone le Nazioni povere in una situazione di inferiorità sempre più marcata” (n. 20). È evidente l'importanza che tutto ciò riveste per la famiglia. Inoltre, oggi con globalizzazione si è soliti intendere un criterio relativistico di giudizio che si è esteso a tutti gli ambiti, un processo di scelta fra alternative paragonabili fra di loro. Di fronte a questa “indifferenza” degli oggetti, diviene determinante la considerazione soggettiva del gusto, della preferenza, dell'utilità, dell'opportunità. Questo criterio di valutazione e di giudizio sta dietro a molti problemi attuali della vita e della famiglia che costituiscono la materia di questo incontro: divorzio, convivenza, aborto, eugenetica, eutanasia. Se è indifferente la persona con cui si vive o il figlio che si genera — il tutto solo in base a preferenze soggettive — allora non può più esistere un criterio di scelta che trascenda le circostanze, la reazione istintiva. Di fronte a questo imperante soggettivismo che conduce al relativismo etico, con i gravi rischi che questo comporta, dobbiamo attribuire nuovamente un posto centrale, da pietra d'angolo, alla Dichiarazione Universale dei Diritti dell'Uomo, vista la tutela che garantisce alla famiglia e alla vita.

Raccomandazioni

Queste conclusioni ci portano a formulare le seguenti raccomandazioni:

1. Considerare la difesa della famiglia e della vita come un'azione centrale per i politici e i legislatori, al fine di tutelare i valori fondamentali nei loro rispettivi Paesi e nei forum internazionali, in risposta alle false alternative.

2. Influire sui Governi affinché le loro delegazioni presso gli organismi e le assemblee internazionali siano realmente rappresentative dei sentimenti di ogni Paese a favore della famiglia e della vita, tenendo conto dell'alto concetto e della stima che manifestano.

3. Promuovere la conoscenza e la diffusione dell'EnciclicaEvangelium vitae, quale difesa profetica delle persone povere, innocenti e derelitte, come categoria che richiede un'attenzione particolare. Tale Enciclica difende i fondamenti della società contro gli eccessi dell'individualismo e della cultura della morte, che costituiscono una crescente minaccia contro i popoli poveri, la cui sovranità viene calpestata con una sorta di invasione ideologica che priva la famiglia e la vita dei suoi diritti.

4. Opporsi con fermezza a qualsiasi forma di legalizzazione dell'aborto e cercare di cambiare progressivamente le leggi permissive laddove esistono. In tale ambito legislativo è importante lottare sempre e non rassegnarsi, impegnandosi in questa nobile e decisiva causa, poiché le leggi sono sempre migliorabili.

5. Promuovere leggi che riconoscano l'embrione umano come soggetto sullo stesso piano di qualsiasi altro individuo già nato e rifiutare quelle che lo ritengono un oggetto che si può manipolare.

6. Far sì che le politiche di educazione sessuale siano basate sui valori della famiglia e della vita nel rispetto e in un uso adeguato della libertà che eviti la “banalizzazione” del sesso, e che rispettino il diritto dei genitori a scegliere l'educazione da impartire ai figli.

7. Vegliare affinché nei mezzi di comunicazione sociale il valore della vita e della famiglia venga rispettato e promosso come fondamento stesso della democrazia.

8. Intervenire con leggi nel campo della fecondazione artificiale, per contrastare il permissivismo attuale, scegliendo come criterio di orientamento il bene dei figli e garantendo loro il diritto alla vita, alla famiglia e all'identità. È necessario legiferare in difesa dell'embrione umano, con il riconoscimento dei diritti che gli sono dovuti in quantosoggetto, persona umana.

9. Promuovere la lotta contro il dolore anche mediante cure palliative e favorire la creazione di strutture pubbliche e private volte ad assistere, dal punto di vista umano, spirituale e fisico, i disabili e i malati cosiddetti terminali.

10. Sostenere l'organizzazione dei servizi sanitari pubblici e privati, di modo che a tutti sia garantito di poter accedere alla tutela della vita e della salute.

11. Vegliare sulla formazione del personale sanitario, medico e paramedico, affinché presti una rispettosa attenzione ai diritti delle famiglie, dei bambini nati e dei nascituri, e offra un'accurata assistenza ai malati gravi e terminali.

12. Vegliare non solo sull'elaborazione delle leggi ma anche sulla loro applicazione pratica nei regolamenti, facendo sì che il personale amministrativo che le applica sia consapevole e formato ai principi e ai criteri etici.

13. Controllare l'operato delle amministrazioni nazionali, dipartimentali o locali, affinché rispettino le leggi, le norme e i programmi stabiliti a favore della famiglia e della vita.

14. Tenendo presente che “la politica familiare deve essere perno e motore di tutte le politiche sociali” (Evangelium vitae, n. 90) far sì che i Parlamenti sanciscano leggi che creino un'autentica politica pro famiglia con il positivo concorso dei genitori e delle istituzioni familiari per lo meno sui seguenti punti:

- pari opportunità di lavoro e di salario fra uomo e donna;

- periodi comuni di vacanze per i coniugi di modo che si conservi e si rafforzi l'unità della famiglia come comunità di vita;

- possibilità per i coniugi di lavorare in aree non molto distanti fra loro;

- ricercare modi per far sì che il lavoro della donna al di fuori del focolare domestico, al quale spesso si vede obbligata, non vada a detrimento della sua missione nella famiglia, creando strutture di aiuto e di sostegno;

- garantire alla donna un tempo libero adeguato durante la gravidanza e, se necessario, anche all'uomo;

- evitare di discriminare la donna in vista di una possibile gravidanza o per l'attenzione che deve prestare ai figli piccoli;

- dare la possibilità alle nuove famiglie di acquistare o di affittare una casa.

15. Favorire l'organizzazione di una rete continentale di legislatori e politici d'America a difesa della vita e della famiglia, al fine di creare un ambito permanente ed agile di comunicazione, consulenza e coordinamento di iniziative comuni.

16. Favorire la creazione di una commissione pluripartitica di legislatori pro vita, che traduca in pratica i contenuti e gli impegni di questo III Incontro di Legislatori e Politici d'America e inauguri un ambito permanente di riflessione e di azione legislativa a favore della vita umana.

17. Promuovere l'organizzazione di centri di ricerca e di sostegno per le attività pro vita e pro famiglia.

18. Organizzare dibattiti e incontri simili a questo in ogni Paese d'America in occasione del Giubileo dell'Anno 2000.

Siamo consapevoli della grande responsabilità che grava sulle nostre spalle quali Politici e Legislatori delle nostre Nazioni e riconosciamo le grandi sfide che dobbiamo affrontare per la difesa della famiglia e della vita.

Siamo però anche consapevoli di non essere privi di risorse, di aiuti o di forze. Il Signore della Famiglia e della Vita è con noi. La chiamata di Cristo ci spinge, come figli e figlie della Chiesa d'America, a continuare ad esercitare la nostra vocazione di politici e di legislatori in un dialogo aperto e impegnato che metta il bene della famiglia al centro delle nostre preoccupazioni e dei nostri compiti, prestando attenzione alle ispirazioni profonde dei nostri popoli e seguendo fedelmente gli insegnamenti e gli orientamenti del Magistero della Chiesa. Così facendo risponderemo all'esortazione, che il Santo Padre ha avuto la bontà di rivolgerci, a rinnovare i nostri “sforzi per promuovere, in particolare nell'ambito politico e legislativo, i valori fondamentali della famiglia e della vita, favorendo instancabilmente la sua trascendente dignità”.


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