La oración de Maimónides
Atribuida a Moses Maimónides, médico
judío, nacido en Córdoba (1135-1204).
Se supone que fue escrita por un médico alemán,
Marcus Herz, que la publicó en 1793 como "Oración
diaria de un médico antes de salir a visitar a sus enfermos.
Según un manuscrito en hebreo, de un famoso médico
judío del siglo XII, que trabajó en Egipto"
Versión castellana: Gonzalo Herranz
Comprobado el 22 de septiembre de 2004
Oración diaria del médico
(Oración de Moses Maimónides)
Dios Todopoderoso, Tú has creado el cuerpo humano con
infinita sabiduría. Tú has combinado en él
diez mil veces, diez mil órganos, que actúan sin
cesar y armoniosamente para preservar el todo en su belleza: el
cuerpo que es envoltura del alma inmortal. Trabajan continuamente
en perfecto orden, acuerdo y dependencia.
Sin embargo, cuando la fragilidad de la materia o las pasiones
desbocadas del alma trastornan ese orden o quiebran esa
armonía, entonces unas fuerzas chocan con otras y el cuerpo
se desintegra en el polvo original del cual proviene. Tú
envías al hombre la enfermedad como benéfico
mensajero que anuncia el peligro que se acerca y le urges a que lo
evite.
Tú has bendecido la tierra, las montañas y las
aguas con sustancias curativas, que permiten a tus criaturas
aliviar sus sufrimientos y curar sus enfermedades. Tú has
dotado al hombre de sabiduría para aliviar el dolor de su
hermano, para diagnosticar sus enfermedades, para extraer las
sustancias curativas, para descubrir sus efectos y para prepararlas
y aplicarlas como mejor convenga en cada enfermedad.
En Tu eterna Providencia, Tú me has elegido para velar
sobre la vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora preparado
para dedicarme a los deberes de mi profesión.
Apóyame, Dios Todopoderoso, en este gran trabajo para que
haga bien a los hombres, pues sin Tu ayuda nada de lo que haga
tendrá éxito.
Inspírame un gran amor a mi arte y a Tus criaturas. No
permitas que la sed de ganancias o que la ambición de
renombre y admiración echen a perder mi trabajo, pues son
enemigas de la verdad y del amor a la humanidad y pueden desviarme
del noble deber de atender al bienestar de Tus criaturas.
Da vigor a mi cuerpo y a mi espíritu, a fin de que
estén siempre dispuestos a ayudar con buen ánimo al
pobre y al rico, al malo y al bueno, al enemigo igual que al amigo.
Haz que en el que sufre yo vea siempre a un ser humano.
Ilumina mi mente para que reconozca lo que se presenta a mis
ojos y para que sepa discernir lo que está ausente y
escondido. Que no deje de ver lo que es visible, pero no permitas
que me arrogue el poder de inventar lo que no existe; pues los
límites del arte de preservar la vida y la salud de Tus
criaturas son tenues e indefinidos.
No permitas que me distraiga: que ningún pensamiento
extraño desvíe mi atención cuando esté
a la cabecera del enfermo o perturbe mi mente en su silenciosa
deliberación, pues son grandes y complicadas las reflexiones
que se necesitan para no dañar a Tus criaturas.
Concédeme que mis pacientes tengan confianza en mí
y en mi arte y sigan mis prescripciones y mi consejo. Aleja de su
lado a los charlatanes y a la multitud de los parientes oficiosos y
sabelotodos, gente cruel que con arrogancia echa a perder los
mejores propósitos de nuestro arte y a menudo lleva a la
muerte a Tus criaturas.
Que los que son más sabios quieran ayudarme y me
instruyan. Haz que de corazón les agradezca su guía,
porque es muy extenso nuestro arte.
Que sean los insensatos y locos quienes me censuren. Que el amor
de la profesión me fortalezca frente a ellos. Que yo
permanezca firme y que no me importe ni su edad, su
reputación, o su honor, porque si me rindiera a sus
críticas podría dañar a tus criaturas.
Llena mi alma de delicadeza y serenidad si algún colega
de más años, orgulloso de su mayor experiencia,
quiere desplazarme, me desprecia o se niega a enseñarme. Que
eso no me haga un resentido, porque saben cosas que yo ignoro. Que
no me apene su arrogancia. Porque aunque son ancianos, la edad
avanzada no es dueña de las pasiones. Yo espero alcanzar la
vejez en esta tierra y vivir en Tu presencia, Señor
Todopoderoso.
Haz que sea modesto en todo excepto en el deseo de conocer el
arte de mi profesión. No permitas que me engañe el
pensamiento de que ya sé bastante. Por el contrario,
concédeme la fuerza, la alegría y la ambición
de saber más cada día. Pues el arte es inacabable, y
la mente del hombre siempre puede crecer.
En Tu eterna Providencia, Tú me has elegido para velar
sobre la vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora preparado
para dedicarme a los deberes de mi profesión.
Ayúdame, Dios Todopoderoso, en este gran trabajo para que
haga bien a los hombres, pues sin Tu auxilio nada de lo que haga
tendrá éxito.
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