La vida lograda

Este artículo es un resumen del libro "La vida lograda" de Alejandro Llano, catedrático de Metafísica por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente profesor en la Universidad de Navarra.

Las condiciones de la sociedad actual hacen suma­mente problemático el ideal de estabilidad y exclu­sividad propio del amor matrimonial y del celibato elegido por motivos trascendentes, que a muchos les pare­cen hoy bellas utopías. La complejidad de nuestro mundo, la movilidad profesional, el hecho de que los dos cónyuges trabajen, la rebeldía juvenil, la revolución sexual, la eman­cipación de la mujer, la aparente pérdida de vigencia social del sentido religioso de la vida, éstos y otros fenómenos están haciendo que el modelo tradicional de familia sea casi una excepción.

Ahora bien, todo ello no quita valor a la institución fami­liar, cuya debilitación se está manifestando como la causa principal de graves patologías sociales, cuales son la dro­gadicción, la delincuencia juvenil, la "cultura del botellón" o la prostitución temprana. Es curioso y significativo que, cuando se interroga a los jóvenes por sus preferencias, la familia aparezca en primer lugar; y el modelo de matrimo­nio que llamamos "tradicional” sea el que en principio les atrae más. Después funciona también una especie de prin­cipio de tolerancia, en virtud del cual estarían dispuestos a aceptar que otros se unan en "parejas de hecho". Pero eso no lo suelen desear para ellos mismos. La familia aparece como institución no sólo protectora de tradiciones y bue­nas costumbres, sino también como manadero de liberta­des. No hay que olvidar lo que decía Hannah Arendt: que el aislamiento es pretotalitario.

 

La fidefidad:  milagro profano

Sólo se puede ser feliz, alcanzar una vida lograda, siendo constante en el amor. La fidelidad, según ha dicho Nicolas Grimaldi, es el milagro profano. En cierto modo, resulta increíble que una persona permanez­ca fiel a su elección primera en medio de todas las varia­das vicisitudes de una vida. Pero esto es algo que habla a favor de la fuerza de la libertad. La libertad no es velei­dad: escoger hoy esto y mañana lo otro. La libertad es perseverancia por amor en la decisión original. Precisa­mente por su índole espiritual, porque trasciende las con­diciones limitadoras de la materia, el ser humano resulta capaz de continuar hasta la vejez siendo fiel al amor de la juventud.

La decisión irrevocable que tomé en mi juventud no es hoy menos firme que hace cuarenta años. Al contrario, el paso del tiempo, lejos de marchitarla, le ha conferido pro­fundidad, riqueza de matices, solidez y constancia, junto con experiencias de mis propias limitaciones y debilidades. Los bienes constitutivos y vitales cuya elección inauguré enton­ces (y mal que bien he venido confirmando hasta la fecha), siguen teniendo ahora una relevancia que los convierte en mis decisivas fuentes morales, en criterios para la vida buena. De modo que mi propia identidad, como ha subraya­do el filósofo canadiense Charles Taylor, está vinculada a tales bienes. Si los abandonara, si trocara por otros los amo­res que intervinieron decisivamente en la configuración de mi personalidad, ésta quedaría rota, y mi vida entera se con­vertiría en una prolongación inercial, incapaz de valoracio­nes fuertes.

La libertad es inseparable de la verdad y va, por lo tanto, unida a la responsabilidad, que asume las consecuencias de la decisión tomada. Porque la responsabilidad es la adecua­ción de la libertad consigo misma y la coherencia con las finalidades que ha hecho propias. No pechar con la personal responsabilidad, transferirla a otros, o quitarse de en medio cuando parece que las cosas empiezan a ir mal, equivale a cancelar la memoria de la propia libertad. El ejercicio volun­tario de la "voluntad de olvido" agrieta al propio yo, como se advierte trágicamente en la nietzscheana filosofía de la sospecha. Yo podría decidir orgullosamente vivir como si no hubiera hecho lo que realmente he hecho. Pero entonces me cerraría a las posibilidades tanto del premio como del perdón. Renunciaría a ejercer una libertad madura, capaz de recordarse a sí misma.

 

Fiel a uno mismo

Ser constante en el amor equivale a ser fiel a uno mismo, a vivir auténticamente. La existencia puntiforme y dispersa del que, pretextando el vitalismo espontáneo y el completo apro­vechamiento de oportunidades, picotea estérilmente el panorama de la vida, encuentra su causa original en la ausencia de decisiones decisivas, que son las que establecen proyectos, las que trazan planes, las que diseñan líneas posteriores de conducta, las que suscitan consecuencias conscientes y queri­das.

La autenticidad es la concordancia de mis decisiones libres ‑particulares, concretas, diarias‑‑‑ con esas decisiones deci­sivas, libres por antonomasia, por las que asimilo y me com­prometo con los principios radicales de mi vida. Esta autenti­cidad se configura como amor y, en definitiva, como fideli­dad. Algunos caricaturizan hoy la fidelidad como rutina, sin caer en la cuenta de que son compatibles la estabilidad y la constancia con una fidelidad perennemente restaurada, extraña a cualquier tipo de monotonía. Se presenta a veces la infidelidad como máscara de la liberación, cuando en reali­dad es el primer catalizador de la desintegración interna, de la autodisolución de la personalidad. La autenticidad es, por tanto, amor y fidelidad a una verdad vital, personalmente asi­milada y libremente decidida.

La fidelidad es la libertad mantenida y acrecentada. Es el necesario incremento del amor. El amor se superpone a sí mismo en la duración temporal de la existencia humana y se va transformando en fidelidad, que es la puesta al día, la actualización, del amor primero a través de todas las peripe­cias existenciales. El amor nunca es algo dado de una vez por todas, ni siquiera algo que progrese en un flujo imperturbable y armónico. Siempre hay implicado en el amor, además de un "ya", un "todavía no" que, al privarme de la plenitud inmediata, me impulsa a la fidelidad como decisión libre­mente mantenida.

 

“¡Qué bueno que existas!"

La fidelidad no es la estática del amor. Es su interno dinamis­mo: una dimensión de su constitutiva libertad. No hay amor sin libertad. La simple elección ‑entendida como veleidad, como choice‑ no es la forma más alta de libertad. La liber­tad en el querer consiste, sobre todo, en estar abierto a querer más. Obviamente el querer más no se identifica con algún tipo de elección, que sería querer más medios, pero no el incremento del querer. El perfeccionamiento del querer depende de que la persona no puede quedar para siempre insatisfecha.

El crecimiento en el amor no concierne al aumento del número de cosas a las que cabe dirigir la propia querencia. Se trata de amar más a quienes ya se ama. Y esto es sólo posible si descubro en ellos nuevas perfecciones o nuevas luces en las perfecciones ya descubiertas. Por eso el amor no es ciego, sino inquisitivo y lúcido. La fidelidad exige que la visión se renueve de continuo. Pues bien, siempre me cabe ahondar en los motivos por los que una persona es amable. Su propia existencia tiene ya un valor que nunca podré ponderar sufi­cientemente. De ahí que, puesto a buscar una fórmula para­digmática en la que el amor se exprese, Josef Pieper llega a la siguiente: ¡qué bueno que existas!

La poesía del corazón se da así la mano con la prosa del mundo. Cabe, por este camino, contribuir a que no prolifere este tipo humano compuesto por aquellos que Max Weber denominaba "especialistas sin alma, vividores sin corazón", que hielan todo lo que tocan. Son, recordemos a T. S. Eliot, los hombres huecos, los hombres rellenos, con la cabeza llena de paja. En su primitivo cinismo, todo lo relativizan, se burlan de los ideales que otros encienden, están ya de vuelta, sin haberse tomado aún el trabajo de hacer el camino de ida. El amor fiel triunfa sobre tal escepticismo: es fuerte y exigen­te. No se reduce al sentimentalismo subjetivo ni a la filan­tropía anónima. Amar es vivir la vida de otros como si fuera la propia, con pudor, con respeto, con cuidado. Alguien dijo que en este mundo nada sustituye a nada. Pero lo menos sus­tituible de todo es la persona, cada persona, dotada de una dignidad intocable y de una peculiaridad irrepetible. El ámbi­to en el que este carácter insustituible resplandece es el corazón entrañable de la sociedad. Viene dado por aquellas relaciones en las que se quiere a alguien precisamente por ser quien es, y no por lo que representa, por lo que tiene o por lo que puede.

Lo que se quiere decir en la citada fórmula de Pieper es que es bueno que existas precisamente tú, en aquello que de único e insustituible tienes de por vida. Porque, en la perspec­tiva del amor, la individualidad personal no constituye un factor limitante, sino todo lo contrario: tu temple moral, tu carácter, tu presencia y tu figura son motivos irrepetibles para amarte.

 

El amor es ingenioso

Pero he de advertir inmediatamente que la perspectiva de la fidelidad no está inspirada por un optimismo superficial, por una alegría de opereta, por esa ligereza que la ausencia de ponderación provoca. El vivir con espesor y densidad exis­tencial implica siempre una cierta pesadumbre, que resulta eliminada por un optimismo que nada tiene que ver con esa esperanza que alimenta toda forma de amor auténtico. El optimismo que hoy se ha convertido en un estilo de vida prácticamente obligatorio brota de la vaciedad del nihilismo banal, como el propuesto por Richard Rorty, que ha venido a ocupar el lugar del nihilismo heroico de Nietzsche. El nihilis­mo banal se llama a sí mismo liberal y a sus adversarios fun­damentalistas. Para este nihilismo light, libertad significa sólo multiplicación de las posibilidades de opción, pero no deja emerger ninguna opción por la que valga la pena renunciar a todas la demás. Ya no hay lugar para el tesoro escondido en el campo, por el cual vende todo quien lo encuentra.

Quien quiere querer cada vez más a una persona piensa que vale la pena entregarlo todo por ella. El amor es una fuente inagotable de incitaciones e invenciones. El amor es ingenio­so: jamás se resigna con lo ya logrado. Cuando se ama de verdad, lo que se ha hecho nunca basta, siempre parece poco. Continuamente se buscan caminos nuevos para hacer más irrevocable la fidelidad, más fecunda la entrega, más cabal el servicio. La perspectiva vital no es aquí la del optimismo: es la de la esperanza que, en último término, apela a horizontes trascendentes. La esperanza no es la superficial convicción de que al final, no se sabe por qué, todo acabará bien. Es más bien la certeza sapiencial de que todo es para bien, porque hay una mente previsora y providente que todo lo dispone para el bien de aquellos que aman la verdad.

 

Con nombres y apellidos

Y, a su vez, la verdad no se ama como algo ajeno a los seres humanos: el amor tiende hacia personas que encar­nan existencialmente la verdad. Éticamente, la verdad tiene para mí nombres y apellidos. De manera que la índole perseverante, insistente y estable, que posee en mí el amor a la verdad, se focaliza en aquellas personas que la encarnan: en mi familia, en mis seres queridos, en mis amigos íntimos, en mis maestros, en mis alumnos. Al cre­cer en amor a la verdad a lo largo de la vida, se intensifica un amor hacia ellos que ya no es posesivo sino dadivoso. Porque la verdad no apela a mi dominio sobre ella, sino a mi servicio a ella. Llegar a ser "servidor de la verdad" constituye un buen modo de expresar que he avanzado en el logro de mi vida.

Como buscador de la verdad, mi vida ha de ser interna­mente dinámica: la propia de un perfeccionador perfecciona­ble. Lo cual se refiere de modo preferencia¡ a las personas que, por diferentes motivos, me son especialmente entraña­bles. A aquellos a quienes quiero, los quiero mejores de lo que ahora son. Y éste es un sentido central de la creatividad característica del amor.

Cuando estoy con una persona de quien sé que me aprecia de veras, que me quiere, me siento empujado a dar lo mejor de mí mismo. Cree en mí ‑pienso‑ y no le puedo fallar. Es desolador, por el contrario, ver que, en no pocas ocasiones, tanto padres como profesores hunden a personalidades jóve­nes con una total falta de exigencia o con un tipo de exigen­cia predominantemente negativa. Ambos extremos son leta­les para el joven, porque en el fondo, si no se siente exigido de una manera realista, sabe que no es verdaderamente queri­do.

Esto es de importancia decisiva para la educación. Por lo que se refiere a la formación del carácter, sólo se consiguen resultados netamente positivos si el clima que se crea entre profesores y alumnos es auténticamente estimulante. Para ello, resulta imprescindible que se den procesos de admira­ción mutua, que casi nunca conviene hacer explícitos, para evitar todo asomo de halago y autocomplacencia. En cam­bio, es un crimen de lesa educación sembrar la desconfianza entre profesores y alumnos, entre los propios profesores y entre los estudiantes mismos. Lo cual resulta todavía más patente en esa comunidad radical que es la familia. Si alguno de sus componentes no está convencido de que se le quiere por sí mismo, con independencia de sus éxitos profesionales o de su sensatez personal, se retraerá progresivamente hasta convertirse en un extranjero en su casa, con tremendas con­secuencias psicológicas, de cuya naturaleza me temo ­apenas sabe nada el psicoanálisis convencional.

La heroicidad perseverante en el amor rompe la sensa­tez de los calculadores. "Con estos bueyes hay que arar", dice el hombre práctico. Y no está mal, pero se queda muy corto. Más lejos llega el poeta cuando canta: "Si quieres que el surco te salga derecho, ata tu arado a una estrella".

Fuente: Mundo Cristiano (abril 2002)