La lucha por la justicia: la primera legislación de Castilla para las Indias como precedente jurídico de los derechos humanos

La primera legislación castellana

¿Qué se hizo para remediar la situación? ¿Qué podía haberse hecho? Las denuncias de Montesinos llegaron hasta la Corte. El rey, confundido ante tanto informe contradictorio, reunió en Burgos (1512) una junta de letrados y teólogos. En ella, hubo una gran disparidad de criterios en torno a la naturaleza y la capacidad del indio. Solo pudieron consensuarse algunos principios: que los indios eran vasallos libres y como a tales había que tratarles; que debían ser instruidos en la fe católica; que los reyes podían obligarles a trabajar sin que ello perjudicara su evangelización; que el trabajo que se les impusiera habría de ser acorde a su constitución física y debía estar acompañado del necesario descanso; que recibirían por ello un salario justo; y que tendrían haciendas y casas propias. Aquellos principios, por orden del monarca, pasaron a conformar las conocidas Leyes de Burgos, de 1512, y de Valladolid, de 1513. Estas eran el único instrumento para hacer justicia.

En ellas, se trató de hacer compatible la libertad del indio y su adoctrinamiento mediante la encomienda. Podríamos hablar de una proclamación de derechos de los indios siempre que se tenga presente el marco histórico en el que se realizó: la consideración del indígena como hombre libre, pero incapaz de regirse por sí mismo y, por tanto, necesitado de la tutela del castellano. Aunque con estas leyes no se logró suprimir la encomienda, deseo de los dominicos, sí recogen el propósito de salvaguardar a los indios del trato inhumano al que estaban siendo sometidos, al regular con detenimiento las obligaciones de los encomenderos y al introducir un mecanismo de control para garantizar el cumplimiento de las normas. ¿Fue suficiente? No. Las leyes no bastan si los hombres fallan. En efecto, se hubiera necesitado que los reyes hubieran perseguido su estricto cumplimiento mediante las autoridades que nombraron.

De la Junta de 1513 saldría un documento, redactado por Palacios Rubios, enmarcado en el ius commune y nacido –se dice– de la necesidad de poner un poco de orden en una conquista que se está realizando de forma caótica. Recoge la visión del mundo válida en ese momento, la teoría teocrática medieval. Hablamos del Requerimiento, un texto viciado por la ignorancia y el miedo, según Francisco de Vitoria, e «injusto, impío, escandaloso, irracional y absurdo. […] infamamia de la fe y religión cristiana y del mismo Jesucristo», en palabras de Bartolomé de las Casas. No ha de extrañar tan dura valoración; se anunciaba un mensaje libertador mediante la fuerza.

Está claro que con todo ello ni se cerró el problema de la naturaleza del indio, ni se tranquilizaron las conciencias, por lo que se puso en marcha algún otro experimento. Cisneros mandó a tres Jerónimos para valorar la situación sobre el terreno. En su opinión, se estaba muy lejos de poder dejar vivir en libertad a los indígenas. Las Casas, por su parte, logró autorización para poner en práctica su propio modelo de evangelización y colonización pacífica en Cumaná (Venezuela), que vino a fracasar estrepitosamente.

Los hombres fallaron. Carlos V, consciente de ello y, una vez creado el Consejo de Indias en 1524, aprueba las Ordenanzas sobre el buen tratamiento de los indios en 1526, con las que se busca frenar «la desordenada codicia de algunos de nuestros siervos» y a los excesivos e inmoderados trabajos a los que sometían a los indios «tratándoles con crueldad y desamor mucho peor que si fueran esclavos […] con gran estorbo a la conversión de los dichos indios». Ordenanzas que acogieron mejor los postulados de los defensores de los indios, condenando a los colonos por sus métodos.

El problema se recrudeció con la conquista del Perú. El monarca, con graves dudas de conciencia, que desea solucionar el problema de los indígenas y cerrar la crisis peruana, promulga las conocidas Leyes Nuevas de 1542. En ellas, quedaron reguladas instituciones vitales para la organización de las Indias, como el propio Consejo de Indias y las audiencias, y, lo que a nosotros más interesa, declara la libertad de los indios prohibiendo su esclavitud por causa alguna y regula la encomienda de forma crítica y restrictiva (no se concederán nuevas encomiendas y las ya existentes dejarán de ser hereditarias), lo que supuso una quiebra entre la Corona y los encomenderos que vieron cercenadas sus expectativas.

Nos queda por responder la última pregunta: ¿podría haberse hecho de otra manera? No es fácil responder y, menos, adentrarse en el mundo de lo que pudo haber sido y no fue. Sin embargo, podríamos pensar que, tal vez, sí pudo realizarse de otra forma. No desde el primer momento, porque lo inopinado del encuentro, la sorpresa, el desconocimiento de las nuevas tierras y sus habitantes..., convirtió la actuación de unos y otros en un verdadero caos. Pero, tras la denuncia de Montesinos, se podría haber cambiado el rumbo de la conquista. Bartolomé de las Casas, gran defensor de los indios, de su racionalidad, de su condición de sujeto de derechos naturales, y que articuló un conjunto trabado de ideas basadas en el ideario de la Europa medieval, diseñó un proyecto evangelizador, recogido en su obra De unico vocationis modo, basado en el diálogo y la persuasión. Fracasó en Cumaná, pero no en Vera Paz, donde, a partir de 1537, llevó a cabo una conquista pacífica, sustituyendo la encomienda por el pago de un tributo (idea que habían tratado de imponer los monarcas en las primeras normas).

Por esos mismos años, Francisco de Vitoria está enjuiciando desde la Universidad de Salamanca la conquista y colonización en sus famosas relecciones (1537-1539). En ellos, atendiendo sola a lo que aquí nos interesa, recoge principios de derecho natural; principios que le llevan a diseñar a él y a sus seguidores una alternativa fundamentada en el reconocimiento del otro como igual, es decir, en el reconocimiento del principio fundamental de la igualdad esencial entre todos los seres humanos y en el valor de los principales títulos legítimos defendidos por el propio Vitoria (la sociedad natural universal y la libre comunicación humana, el derecho a evangelizar, la elección libre y la aceptación voluntaria por parte de los indios de la soberanía del rey de España, la existencia de pactos de amistad y cooperación...).

Finalicemos ya. La conquista y colonización de América fue una historia de luces y sombras. No la hicimos nosotros, la hemos heredado tal como fue. De haber estado allí, tal vez hubiéramos actuado de otra manera, o…, tal vez, no.

Aquella afirmación de que las leyes no bastan si los hombres fallan sigue vigente hoy. Los hombres que entonces fallaron tenían nombre y apellido, algunos los conocemos bien. Hoy, ante la injusticia y la alarmante carencia de humanismo de nuestro tiempo, deberíamos preguntarnos si, entre los nombres de los hombres que están fallando, no figurará el nuestro, el mío, aunque sólo sea por indiferencia, por omisión.

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