La lucha por la justicia: la primera legislación de Castilla para las Indias como precedente jurídico de los derechos humanos

La condición del indio

¿Cuál fue el núcleo del problema? Obviamente, la condición del indio. Jurídicamente hablando, eran hombres libres súbditos de la Corona. Pero, he aquí la cuestión nuclear, siendo libres, ¿cuál era su capacidad y su grado de racionalidad? El abanico de posibles posturas estuvo comprendido entre dos extremos: la del noble salvaje, seres perfectos de acuerdo a la Utopía de Tomás Moro (la hemos visto en Montesinos y en Las Casas):


Todas estas universas e infinitas gentes a toto género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas, fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosoa, no querulosas, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas que hay en el mundo. Son así mesmo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión y que menos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cualquiera enfermedad, que ni hijos de príncipes y señores entre nosotros, criados en regalos y delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de os que entre ellos son de linaje de labradores. Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales […] «Cierto estas gentes eran las más bienaventuradas del mundo, si solamente conocieran a Dios» (Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Madrid: Cátedra, 1982, pp. 71-72).</


Y, en el otro extremo, la del perro sucio (palabras utilizadas en los primeros años y prohibidas por las Leyes de Burgos). En esta dirección el dominico Tomás Ortiz, refiriéndose, al parecer, a los indios caribes, expuso ante el Consejo de Indias:


Los hombres de tierra firme de Indias comen carne humana y son sodométicos más que generación alguna. Ninguna justicia hay entre ellos, andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos; no tienen en nada matarse ni matar; no guardan verdad si no es en su provecho; son inconstantes, no saben qué cosa sea el consejo; son ingratísimos y amigos de novedades; precianse de borrachos, que tienen vinos de diversas yerbas, frutas, raíces y granos; enborrachanse también con humo y con ciertas yerbas que los saca de seso; son bestiales en los vicios; ninguna obediencia ni cortesía tienen mozos a viejos ni hijos a padres, no son capaces de doctrina ni castigo ; son traidores, crueles y vengativos, que nunca perdonan; inimicísimos de religión, haraganes, ladrones, mentirosos, y de juicios bajos y apocados; no guardan fe ni orden, no se guardan lealtad maridos a mujeres; son hechiceros, agoreros, nigrománticos: son cobardes como liebres, sucios como puercos… (HANKE, Lewis, La lucha por la justicia, pp. 97-98).


En el ámbito jurídico-político, la repercusión de la postura que se adoptara era vital. No era lo mismo legislar y administrar un territorio cuyos habitantes eran campesinos libres, al estilo de los de Castilla, que hacerlo considerando que eran hombres necesitados de un intenso proceso racionalizador.

La doctrina jurídica de la época consideró a los habitantes del Nuevo Mundo “personas miserables”, es decir, dignas de misericordia y de especial protección por su debilidad de juicio (Solórzano Pereira, Política indiana, II. 28, 1-3), como “los huérfanos, e las viudas, o los omes muy viejos, o cuitados de grandes enfermedades, o de muy gran pobreza” (Partidas, III, 18, 45).

Mas no debemos olvidar que el debate sobre la capacidad y racionalidad del indio se desarrolló en el marco de la conquista y, por tanto, en el de los fines perseguidos: la evangelización y la explotación de la riqueza. El segundo estaba claro, pero, ¿y el primero? Evangelizar suponía atraer a los indígenas a Cristo y a su Iglesia. Pero, ¿cómo hacerlo?, ¿por la fuerza o respetando la libertad de conciencia? Habla el monarca: “Debido a nuestro deseo de que los indios sean convertidos a nuestra sagrada fe católica y sus almas sean salvadas, ya que esto es el mayor bien que podemos desear para ellos, y como para que esto se logre deben de ser informados de las particularidades de la fe, debe usted tener gran cuidado en asegurar que los clérigos así lo informen a ellos y los ynstruyan con mucho amor, sin el uso de la fuerza de forma que puedan ser convertidos tan rápidamente como sea posible” (Real Cédula de 16 de septiembre de 1501). Sin embargo, dejando al margen a todos aquellos que actuaron con rectitud de intención, que los hubo y muchos, hemos de cuestionarnos si no se utilizó la evangelización como excusa política o como coartada moral para someter a los indígenas y explotar el territorio. Desgraciadamente la evangelización estuvo contaminada por otros intereses y, por ello, sufrió un daño irreparable por la violencia de los conquistadores y la desidia de los gobernantes. La evangelización debería haberse acompañado de un proceso humanizador de respeto a sus personas y de superación de su incultura y costumbres bárbaras. Lamentablemente, quedó supeditada al interés político y económico. Las fuertes denuncias y el tesón de algunos dominicos obtuvieron de Pablo III la Bula Sublimis Deus (1537) que proclamó, sin ambages y de manera definitiva, la racionalidad de los indios en cuanto hombres, su capacidad para recibir la fe y su libertad como personas, aun viviendo “fuera de la fe cristiana”.

Bartolomé de las Casas, en una de sus tres grandes obras –al decir de L. Hanke–, Del único modo de atraer a todos los pueblos a la religión verdadera, defendió la predicación pacífica de la fe mediante «la persuasión del entendimiento por medio de razones, y la invitación y suave moción de la voluntad». La violencia era innecesaria. Pero, como denunció Francisco de Vitoria, la expansión espiritual se vinculó a la conquista del territorio y ésta pasaba por someter a sus habitantes.

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