DERECHOS HUMANOS: precedentes intelectuales

Tradición judeo-cristiana

Uno de los más claros precedentes intelectuales de los derechos humanos se encuentra en la tradición judeocristiana, especialmente en el libro del Génesis y los comentarios y tratamientos intelectuales posteriores, especialmente en el periodo patrístico. La novedad del mensaje cristiano residía en la especial consideración del ser humano como una realidad creada pero dotada de un lugar y una función particular entre todo lo creado. Primero, su creación en el último día, tras la originación de todo lo real (cielos y tierras, criaturas terrestres y acuáticas, plantas y animales), según relata el primer relato de Génesis, propone que como criatura es de algún modo la culminación de la creación. Pero además, es creada con una especial distinción, porque es hecha a imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1, 26: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra”, lo cual le dota de un destino y dignidad que supera a todas las demás realidades.

Dicho destino y dignidad afecta al ser humano en cuanto humano, es decir, es parte de su naturaleza, y por ello es una base común a todo hombre sobre la que se añadirán otras dignidades de alcance menos universal y fundamental.

A dicha naturaleza común, por ejemplo, se le debe el que el ser humano tenga un dominio sobre el resto de las realidades creadas (animadas e inanimadas, en el cielo y en la tierra: Génesis, 1, 26: “y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres…”; 1, 27: “henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal”) que tiene como justificación la misión encomendada al hombre de completar la obra de la creación, que empieza (según el Génesis) por la labor de darle nombre: “los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn., 2, 19).

Dicha misión encomendada al ser humano queda comprometida con la caída (expresión de la libertad humana, signo de ese ser “a imagen y semejanza”) con la desobediencia de la criatura a su creador; y la naturaleza humana desordenada recibe como nuevo don una dignidad sobreañadida, la dignidad de la re-creación por la gracia, una dignidad sobrenatural que se añade a la natural.

Estos y otros pasajes de los textos de la Sagrada Escritura son la fuente con la que la tradición de los Padres de la Iglesia explican, comprenden intelectualmente y defienden la originalidad y la verdad del mensaje cristiano. Tras los primeros apologistas, los filósofos y teólogos de este primer periodo (Clemente de Alejandría, Orígenes, Gregorio de Nisa, Agustín de Hipona, Dionisio Areopagita…) van depurando conceptualmente una concepción del ser humano y de la realidad en la que ella está, y que continúa, renovando y modificando el legado de la tradición intelectual que le precede, en particular del pensamiento grecolatino, pero dando un alcance nuevo a la noción de naturaleza humana. La realidad de la libertad está vinculada nativamente a la naturaleza humana como tal, no es un privilegio para unos pocos, un logro ético o político, una concesión socio-política, o el atributo de quienes se encuentren en privilegiado estado de gracia. Naturaleza-racionalidad-libertad forman una unidad compleja pero indisoluble a nivel ontológico, constitutivo. Una unidad que no es estática, en cuanto la vida humana no es un dato sino un camino, expresión de que tras la creación como salida de Dios como origen, hay una dirección de retorno o regreso del ser humano y todo lo real a Dios como fin: de aquí brotará la necesidad de orden de la vida moral y social.

La principal aportación a la idea de una dignidad humana en la patrística se concentra principalmente en la reflexión sobre qué significa ‘persona’. Esta noción, de origen jurídico romano, es cuestionada por motivos teológicos: tanto para iluminar el problema trinitario de cómo en Dios pueda darse una única naturaleza en tres personas, como el problema cristológico de la doble naturaleza –humana y divina– en la unidad de la persona de Cristo. Esta articulación de naturaleza y persona saldrá del marco teológico para vertebrar una antropología en autores posteriores.

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Universidad de Navarra
Textos: Idoya Zorroza
Fotografías y diseño: María Calonge e Inmaculada Pérez

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