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Universidad de Navarra

 

Estudios iconográficos

Exposición virtual:
Ediciones académicas del Quijote

Para este apartado seguimos muy de cerca a Eduardo Urbina, quién pone el punto de referencia en los catálogos ilustrados de las exposiciones cervantinas de la Biblioteca Nacional (1905 y 1947), y publicaciones como las de Ashbee (1895) y Henrich (1905) dedicadas a dar a conocer en facsímil la iconografía del Quijote. También hay que mencionar la primera edición fototipográfica de López Fabra quien en 1879 reprodujo en facsímil 101 láminas.
Especial mención merece la Historia gráfica de Cervantes y el Quijote de Juan Givanel Más, y Galziel, dedicada a la iconografía del Quijote en la que describe, comenta e ilustra cronológicamente las contribuciones artísticas de 77 ilustradores. Sin duda es una obra que muestra la relación existente entre los textual y lo visual.
Otras obras destacadas en los estudios de iconología del Quijote son las de Rachel Schmidt que ha investigado sobre el proceso de canonización del Quijote en el siglo XVIII y el papel que tienen las ediciones ilustradas, en especial las de lujo como las de Lord Carteret (1738) y la Academia Española (1780). Las de María Caterina Ruta y la de Edward Calverley Riley que considera que el texto escrito se convierte en un icono visual. Señala además que el Quijote es una obra en la que se pinta y se despinta la visión ilusoria del hidalgo. El eje de la trama reside en el deseo constante de hacer realidad las percepciones visuales de don Quijote, de los molinos a Dulcinea, las cuales constituyen la temática de la novela y gobiernan su estructura paródica. Creencias, ilusiones, percepciones e ideales quedan expuestos como representaciones de una locura encarnada visualmente en los molinos, que intenta captar y fijar así su significado, es decir, pintar lo que en el texto se despinta.
Riley cita el capítulo LXXI. Recordamos: de regreso a su aldea don Quijote y Sancho paran en un mesón y en la sala en que se alojan encuentran unas sargas viejas pintadas. Al contemplar el asunto de las pinturas —el rapto de Elena y la historia de Dido y Eneas— don Quijote proyecta su imaginada intervención en las pintadas historias para compensar así sus despintadas desdichas. A todo lo cual Sancho responde lo siguiente: Yo apostaré que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón o tienda de barbero donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado a estas.
Pintar es otra manera de contar. La iconografía textual hace realidad la profecía de Sancho y funde en las páginas del libro el texto verbal con el visual. De alguna forma se hace real lo que en la imaginación era fantasía.
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