
PAMPLONA
Catedral.
Sepulcro de Carlos III y Doña Leonor
Localización.
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Pieza sobresaliente del ajuar de la Catedral de Santa María de Pamplona es este sepucro de los monarcas Carlos III el Noble y su esposa doña Leonor de Castilla, situado en el segundo tramo de la nave central, antes del crucero. Su historia constructiva y análisis estilístico han sido perfectamente estudiados, gracias a la abundancia de datos documentales que se han conservado. Su autor, Jehan Lome, procedía de la ciudad belga deTournay, estableciéndose en el reino de Navarra por deseo del monarca Carlos III, quien actuó como verdadero mentor. El sepulcro, realizado en alabastro, parcialmente policromado se comenzó en 1413 dándose por terminado en 1419, si bien hubo en este período momentos en que los trabajos se paralizaron o sufrieron demoras. El mausoleo real se acomoda al tipo de cama exenta, de planta rectangular con las figuras reales yacentes en la parte superior, cuyas cabezas enmarcan ostentosos doseletes, tipo templete, con dos cuerpos de arquerías ojivales. En torno a la cama se dispone una secuencia de veintiocho figuras, en actitud plorante, cobijadas en otros diseños arquitectónicos también góticos que sirven para individualizar a los personjes. A Jehan Lome se le debe la dirección del sepulcro y la realización de los elementos más importantes si bien a su alrededor trabajaron numerosos maestros entre los que se encontraban albañiles, mazoneros, pintores, etc. Entre sus colaboradores más cercanos se encuentra el también escultor Michel de Reims, Anequín de Sora, Vicente Hugart, Juan de Borgoña, Collin de Reims, Johan de la Garnie o el pintor y mazonero Johan de Lille, entre muchos otros. En 1418 se comienza el traslado de las distintas partes del sepulcro desde el taller de Olite a la Catedral de Pamplona.
El modelo de sepultura que eligió el artista no sigue la creación más innovadora que años antes, en el siglo XIV habían desarrollado los autores del cenotafio de Felipe el Atrevido, duque de Borgoña cerca de Dijón, prefiriéndo soluciones más tradicionales, si bien no escapa totalmente a la inspiración borgoñona. Dentro de la costumbre escultórica está la individualización espacial del cortejo de plorantes así como la presentación de los monarcas bajo dosel, con las cabezas reposando en una almohada y los animales simbólicos echados a los pies; aludiendo al valor un león se acomoda a los pies de Carlos III en tanto que doña Leonor cuenta con una pareja de perros que recuerdan la fidelidad. Desde muy temprano, los comentaristas han alabado la belleza formal de esta obra, ponderando el realismo con el que están tratados los rostros de los monarcas: el de Carlos III parece un verdadero retrato, mientras que el de su esposa, muerta antes de la terminación de su escultura, dulcifica la expresión con cierta dosis de idealización. Sobresaliente resulta, asimismo, el tratamiento de los ropajes, tallados con suavidad en el duro alabastro, en el que se estudia con cuidado la incidencia de la luz en las partes lisas y en las otras labradas o la riqueza que confiere a la indumentaria las orlas decorativas, policromadas en azul y oro, la minuciosidad de las coronas, etc. En suma que el artista ha plasmado en la pareja real la elegancia y suntuosidad con que se presentaban a la corte, dejando no sólo testimonio del dominio de su arte de escultor sino también un documento de interés sociológico.
El mismo interés despiertan los veintiocho plorantes que circundan el lecho mortuorio, repartidos seis en los lados cortos y ocho en los largos. Esta menudas figuras, que miden entre 48 y 55 cm., están concebidas como altorrelieves, enmarcadas, como se ha dicho, en una secuencia de arcadas con doseletes góticos, que las individualiza y aísla unas de otras. Sin embargo el cortejo fúnebre, a pesar de costreñirse a las limitaciones de la arquitectura, logra veriedad y movimiento gracias a la diversidad de los representados, entre los que se distinguen seis eclesiásticos presididos por el entoces obispo don Martín de Zalba a quien acompaña su sobrino Miguel, o el también obispo don Sancho Sánchez de Oteiza además de fray Pere Deça, confesor de la reina y otra serie de personajes, ya eclesiásticos, ya laicos. Todos coinciden en su actitud triste y recogida, propia de los velatorios de los difuntos, ambiente lacrimoso en el que incide las cabezas reclinadas o las que se tapan con las capuchas. Los plorantes velan los restos de los monarcas bien rezando bien leyendo. Es en esta zona del sepulcro real donde se ve con claridad la intervención del taller de Lome hasta el punto que un análisis estilístico del mismo ha llevado a formar tres grupos de esculturas, "las figuras esbeltas y amaneradas, las de taller regular, y las de fuerza esluteriana" . Como conviene a estas obras reales, la presencia epigráfica además de tener un posible caracter ornamental lo tiene explicativo, así los doseletes de los reyes incorporan una larga leyenda en la que, además de identificar las efigies con sus títulos y dignidades, se explican las cualidades del gobernante; la correspondiente al rey se completa en el borde superior de la cama sepulcral.