
OLITE.
Castillo.
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En el extremo oriental de la plaza de Carlos III de Olite se localiza el imponente bloque del Castillo-Palacio de los Reyes de Navarra. Este monumento es uno de los más importantes de su género en Europa y dentro de España sólo admite parangón con el Alcázar de Segovia. Tal como hoy aparece, dicho palacio configura un conjunto complejísimo de estancias y patios que incluye además la parroquia de Santa María con su torre, todo ello rodeado de altas murallas que definen un perímetro irregular y lleno de quiebros, como si el edificio se tratara de un agregado anárquico de construcciones diversas.
Su remate aún resulta más espectacular con ese auténtico bosque de torres, cada una de ellas distinta y de diferentes alturas, que le otorgan esa peculiar silueta que lo destaca respecto a los demás monumentos de la ciudad. Pero por mucho que pueda impresionar el palacio en su estado actual, dista bastante de lo que realmente fue. Los incendios que le afectaron, especialmente el que ordenó Espoz y Mina en 1813, y sobre tódo el abandono en que se encontró durante el siglo XIX, una vez que dejo de ser utilizado por los virreyes de Navarra, convirtiéndose entonces en cantera de piedra para las construcciones vecinas, lo redujeron a unas hermosas ruinas de romántica imagen que impresionaron a pintores como Pérez Villaamil o viajeros como Cenac-Moncaut. A pesar de ello, el castillo conservó lo fundamental de las estructuras según puede verse en la maqueta y planos que levantó el arquitecto José Yárnoz Larrosa; la ruina afectó sustancialmente a las partes altas del edificio, como remates de murallas, algunas torres y las cubiertas, así como diversas dependencias, principalmente las del núcleo septentrional, que correspondían a la parte más antigua o de construcción menos sólida. A partir de 1925 la Diputación de Navarra procedió a su restauración, siguiendo el proyecto de Yárnoz Larrosa.
El Castillo-Palacio de los Reyes de Navarra y su compleja organización es el resultado de construcciones y reformas llevadas a cabo a lo largo de los siglos, aunque fundamentalmente se trata de un núcleo primitivo de época romana, ampliado y configurado definitivamente en las primeras décadas del siglo XV. Su origen se encuentra, precisamente, en el «praesidium» romano que una vez constituida la monarquía navarra pasó a ser propiedad real. A partir de este núcleo se completó el castillo-palacio con las ampliaciones emprendidas por Carlos III el Noble, a cuyo patrocinio se debe la grandiosidad del edificio.