
LAPOBLACION.
Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.
Retablo Mayor. Detalle.
Localización.
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Preside el presbiterio Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Lapoblación un monumental retablo mayor, fechable hacia 1560, con traza plateresca y esculturas de arrebatado estilo expresivista propio de la época. Por sus caracteres forma grupo con otros retablos navarros del segundo tercio del siglo XVI, de influencia riojana, como Genevilla, El Busto y Armañanzas, que mezclan rasgos de Joly y Berruguete, en sus movidas y llameantes figuras. Tradicionalmente suele situarse en el círculo de Andrés de Araoz y Arnao de Bruselas, dados los puntos comunes y gran semejanza que tiene con el retablo de Genevilla; no obstante, la crítica reciente ajusta con mayor precisión la autoría de la obra, atribuyendo gran parte del retablo al segundo de los autores citados, particularmente las escenas del banco y los bultos del primer cuerpo.
El retablo consta de pequeño banco y tres cuerpos de estilizadas columnas que dividen el conjunto en tres calles y dos entrecalles extremas. Se decora el conjunto con los grutescos del banco y la ornamentación «a candelieri» de los frisos y contrapilastras. Pulseras decoradas por cartelas de cuero retorcidas y tondos con bustos quedan en los extremos del retablo. Culmina la mazonería un ático triple coronado por frontón triangular y templete abierto sobre la calle central y pirámides con niños recostados sobre las laterales.
Tallas de bulto y relieves se reparten por los registros, correspondiendo aquéllas a la calle central y entrecalles y éstos a las calles laterales. En el primer cuerpo están San Andrés, la Piedad -en la imagen-, Jeremías, David, Santo Entierro y San Bartolomé; en el segundo cuerpo Santiago, el Nacimiento, la Virgen con el Niño, la Epifanía y San Juan Evangelista; en el tercero apóstol, la Anunciación, la Asunción, la Visitación y otro apóstol; y en el ático San Marcos, el Calvario y San Mateo.
Tanto los bultos como las escenas relivarias destacan par la gran fuerza interior de sus personajes, traducida en aborrascadas cabezas de cabellos sinuosos y rostros sumamente expresivos así como en cuerpos de dinámicos ritmos, con frecuencia muy movidos, y posturas contorsionadas e inestables. A este efecto también contribuyen las telas, revueltas en abundantes plegados curvos, muy aristados y de disposición paralela. Estos rasgos están patentes en las tallas de los apóstoles de las entrecalles, en particular las de San Andrés, San Bartolomé, Santiago y San Juan; igualmente en los profetas del primer cuerpo y sobre todo en el Jeremías, que recuerda al Job de Berruguete. Por su gran fuerza y dramatismo destacan las escenas del Entierro de Cristo y la Piedad, en especial ésta última, sumamente patética, con el desmayo de la Virgen, cuyo cuerpo se curva de manera forzada, al igual que los personajes que la atienden, como podemos comprobar en la imagen. Sobresalen por su hermosura las escenas correspondientes al ciclo mariano, donde dominan las composiciones simétricas y equilibradas, incluso con compensación de movimientos, todo ello muy renaciente, particularmente la Epifanía.