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Especiales > Alfonso Nieto, in memoriam

La última lección

Por Mercedes Medina

D. Alfonso Nieto ha sido un "maestro" y muchos nos hemos beneficiado de su ciencia y de su buen trabajo, pero quizá sólo unos pocos hemos podido ser testigos de su última lección. Esta lección era de las más difíciles del programa y transcurrió en menos de un año, pero no se nos olvidará en la vida. Me refiero a cómo afrontó la enfermedad.

Tras unos meses de lucha contra el cáncer, recuerdo su llamada del 29 de agosto. Venía de la consulta donde le habían dado los resultados del tratamiento. Llamó desde su móvil - se oía ruido de coches de fondo -, para decir que tenía una noticia buena y una mala. Con sencillez, sin dramatismos, con la serenidad que da el realismo, dijo que la buena era que había desaparecido el tumor de la espalda, y la mala era que había aparecido uno nuevo en el hígado. Eso no sonaba nada bien, pero su temple denotaba una gallardía propia de quien pasó su vida pensando siempre en los demás.

No me atrevo a dar razones de por qué reaccionó así ante esta enfermedad. Quizá la experiencia acumulada en trances parecidos, el convencimiento de que el dueño del tiempo es otro, o su gusto por la poesía de San Juan de la Cruz, podrían ser posibles explicaciones. Pero lo que sí puedo aportar es que pocas personas son capaces de afrontar así un diagnóstico como éste, que para muchos se convierte en un estuche blindado de soledad y sufrimiento.

Don Alfonso, con toda sencillez y precisión, explicaba la evolución de su tratamiento a todo aquel que le preguntaba "profesores, bedeles, secretarias, amigos, antiguos alumnos -. Durante las sesiones de quimioterapia, puso en juego los rasgos que mejor le caracterizaban: trabajador incansable, hombre lleno de afabilidad y persona que sabe disfrutar de la vida. Durante estos tratamientos procuró aprovechar el tiempo y así consiguió instalar sus fichas y libros para poder investigar y pensar mientras el gotero hacia su función. Cada nueva sesión iba precedida de la compra de una caja de bombones o pastas para las enfermeras que le atendieron "con tanta delicadeza", y después, cuando volvía al departamento, narraba la aventura como un nuevo episodio de su vida del que podía aprender algo nuevo y duradero.

Los mails de los días que no podía bajar al departamento y que siempre contestaba, muestran ese señorío y gran sentido del humor. En uno de tantos -el 10 de octubre-, decía: "Se nota el recuerdo desde tu profunda oscuridad. Pero... ¿qué haces para ir fundiendo las pocas "luces" que nos quedan? Muchas gracias. A la espera del vaso de agua ..." La oscuridad se debía a que se habían fundido todos los neones de mi despacho y el vaso de agua, al nombre que usábamos para denominar los tratamientos de quimio.

Una virtud que le gustaba especialmente era la sinceridad. En estos meses, la verdad estaba en sus palabras; sin adornos, ni victimismos, las cosas eran como él decía. Sólo quien le conocía bien podía intuir el "engaño" de sus gestos. Ante el dolor, una sonrisa; ante el pronóstico malo, una broma o una metáfora. En los meses que le tuvimos en el departamento, no le "vimos" sufrir; sólo lo "sentimos". Disfrutamos con él - como siempre - : con el canto "Va pensiero" que Muti dirigió en Roma y le enviaron por mail, con las castañas asadas con mermelada que tanto le gustaban, con la visita a Ujué y las tradicionales migas.

Su última lección fue "hacerse amigo de lo inevitable" - como él decía - y se hizo muy amigo, como siempre, con un gran sentido del humor. Cuando uno de los días de enero fui a verle a la Clínica y ya apenas podía llevarse a la boca la cuchara para tomarse un flan, que le estaba costando la vida, le pregunté si quería que le ayudase, y con una mirada cómplice, llena de simpatía, me dijo: "Mira, si me ayudas, me da un soponcio". En la siguiente visita, había empezado la larga carrera de tomarse las 16 pastillas que le correspondían. Apenas podía tragar, pero me dijo: lo bueno es que el agua "está fría".

Algunos días tuve la tentación de hacerle un encargo, que era buscarnos en el cielo un rinconcito para reunirnos a tomar el café de las 11 del departamento. Por pudor, no lo hice. Pero ahora sí lo puedo hacer, con la esperanza de volver a encontrarnos allí, tomando los chocolates que alguien habrá traído de su último viaje y el café, con la "hipocresía" de la sacarina.

El recuerdo de D. Alfonso Nieto permanecerá por siempre, porque él supo buscar la Gloria y porque también supo amar. Amó a su profesión; amó a sus amigos; amó a la Ciencia; amó a su trabajo y amó a la vida. Un hombre que ama de verdad no muere jamás porque permece vivo en todas aquellas personas que le aman y en todas aquellas a las que ayudó, que han sido muchas. El Amor es un sentimiento eterno, de modo que quien ama de verdad, vive ciertamente y a un hombre se le conoce que ama por sus obras. Ahí quedan las de D. Alfonso y ahí queda su ejemplo. Aquel que ama a los semejantes, a quienes ve a diario, ciertamente ama a Dios Todopoderoso, a quien no se le ve pero bien que se le siente. Absolutamente convencido de que al Amor jamás rechaza al amor, aunque sea el pobre amor humano lleno de limitaciones y de defectos, sé que ahora el excelente profesor se halla donde el tiempo ya no cuenta. Sin embargo, y como bien sabía D. Alfonso, al´li donde el tiempo cuenta es importante no pererlo y dedicarlo a lo que merece la pena.

Ignacio Población

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