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Especiales > Alfonso Nieto, in memoriam

La bandera de los libres

Ángel J. Gómez-Montoro

HACE unas semanas, cuando ya sabía que estaba perdiendo su larga batalla contra el cáncer, Alfonso Nieto recibió un correo electrónico de Sao Paulo; un profesor de Brasil, a quien había dirigido su tesis doctoral, le escribía: "imagino que ahora le gustará recorrer con el pensamiento su vida y recordar con alegría que ha formado a muchas personas de tantos países …".

En realidad, ni siquiera al final de su vida Alfonso Nieto se entretuvo en contemplar con nostalgia el pasado; siempre miraba hacia delante, siempre estaba atento para detectar en qué nuevas aventuras podía embarcar separa lograr un impacto positivo en la sociedad. En mis últimas conversaciones con él en la Clínica casi sólo hablaba de proyectos: planes de la Universidad en China, alojamientos en el campus para alumnos de posgrado, posibles actividades académicas en Nueva York… Al profesor Nieto el mundo se le quedaba pequeño. Su corazón intrépido y aventurero se manifestaba tanto en sus correrías por los montes de Navarra como en sus clases, en sus investigaciones y —sobre todo— en el modo de plantear su vida.

Tenía una intuición singular, en parte innata y en parte cultivada por esa mirada suya tan característica, que fijaba la atención en quienes le rodeaban. Nieto, por ejemplo, escribió sobre el desarrollo de la radio de frecuencia modulada, sobre la prensa gratuita o sobre las experiencias previas a Internet años antes de que esos nuevos modos de comunicar fueran una realidad consolidada en España. Nunca le interesó describir acontecimientos pasados: quería estar en el origen de los cambios, e influir con sus escritos y con su docencia para que esas innovaciones estuvieran al servicio de los hombres.

Tras doctorarse con una tesis en Derecho Mercantil, su interés se centró muy pronto el mundo de la Empresa Informativa. Su trayectoria académica pionera en este ámbito será seguro glosada por quienes tienen más competencia. Como Rector de la institución a la que dedicó su vida, me gustaría subrayar su labor de gobierno en la Universidad de Navarra. Sus primeros encargos tuvieron que ver con el Instituto de Periodismo del que fue Subdirector desde 1966 y Director en 1968, convirtiéndose en el primer Decano una vez que el Instituto pasó a ser Facultad. En realidad, fue una de las personas claves para el nacimiento de las Facultades de Ciencias de la Información en España, haciendo realidad un propósito muy querido por el fundador de la Universidad de Navarra, San Josemaría Escrivá: la sólida formación universitaria de los profesionales de la información.

Una formación rigurosa, sustentada sobre una concepción cristiana de la persona, y, a la vez, orientada al ejercicio profesional competente, como servicio a una sociedad cada vez más informada y, por tanto, más libre. En 1977, el Profesor Nieto es nombrado Vicerrector y dos años más tarde, Rector, cargo que desempeñó hasta 1991. Fue una etapa especialmente delicada, de efervescencia política y social, que se tradujo también en no pocas dificultades para la Universidad de Navarra. Frente a la desconfianza y los recelos, el Rector Nieto defendió con sabiduría asturiana y tesón navarro, —siempre con la mano tendida y la sonrisa en los labios—, la independencia de este Claustro Académico y su derecho a trabajar sin cortapisas de acuerdo con nuestra identidad fundacional. Como en el conocido poema de Chesterton, mantuvo erguida la cabeza como bandera de los libres.

La Universidad dio pasos importantes durante sus 12 años como Rector. Abrieron sus puertas la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y el Instituto de Ciencias para la Familia; despegó en San Sebastián y en Pamplona la investigación en servicio de la empresa y la industria; y se construyeron la nueva sede de la Facultad de Derecho, la fase IV de la Clínica y las instalaciones deportivas.

Pero por encima de esos proyectos y de la construcción de nuevos edificios que iban completando el campus, a Alfonso Nieto le interesaba cada persona. Conocía nombres y circunstancias familiares de muchos alumnos, profesores, bibliotecarios, bedeles, secretarias, médicos y enfermeras de la Universidad. Se acordaba de ellos porque les quería y esa amistad era correspondida: por su despacho de la biblioteca pasaban a menudo antiguos alumnos y empleados que se habían jubilado hacía tiempo, pero que buscaban un consejo o deseaban agradecer una ayuda recibida o simplemente les hacía ilusión enseñarle fotografías de hijos o nietos.

Alfonso Nieto recibió muchos reconocimientos a su labor, entre los que me gustaría destacar la Cruz de Carlos III el Noble. Pero sobre todo vivió para sus alumnos, para sus amigos, para sus colegas de trabajo. Planteó así su vida porque era un hombre de fe. Desde niño aprendió de sus padres a confiar en Dios y, más tarde, ya como miembro del Opus Dei, esa convicción se fue haciendo más madura, más profunda.

Su última salida, el día 1 de enero, fue para visitar el Santuario de Santa María de Ujué, lugar al que acudió con frecuencia como peregrino durante varias décadas. Muchos lloramos la marcha de un amigo bueno, noble, entrañable, magnánimo. Pero nos queda el consuelo de saber que contamos con su ejemplo. Y sabemos que –aunque no esté con nosotros- nos sigue mirando con esos ojos claros y cariñosos.

El recuerdo de D. Alfonso Nieto permanecerá por siempre, porque él supo buscar la Gloria y porque también supo amar. Amó a su profesión; amó a sus amigos; amó a la Ciencia; amó a su trabajo y amó a la vida. Un hombre que ama de verdad no muere jamás porque permece vivo en todas aquellas personas que le aman y en todas aquellas a las que ayudó, que han sido muchas. El Amor es un sentimiento eterno, de modo que quien ama de verdad, vive ciertamente y a un hombre se le conoce que ama por sus obras. Ahí quedan las de D. Alfonso y ahí queda su ejemplo. Aquel que ama a los semejantes, a quienes ve a diario, ciertamente ama a Dios Todopoderoso, a quien no se le ve pero bien que se le siente. Absolutamente convencido de que al Amor jamás rechaza al amor, aunque sea el pobre amor humano lleno de limitaciones y de defectos, sé que ahora el excelente profesor se halla donde el tiempo ya no cuenta. Sin embargo, y como bien sabía D. Alfonso, al´li donde el tiempo cuenta es importante no pererlo y dedicarlo a lo que merece la pena.

Ignacio Población

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