Conocí a Alfonso Nieto pocas horas después de que llegara a Pamplona para hacerse cargo de la dirección del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra. Sustituía a Ángel Benito tan querido por tantos y a Antonio Fontán que puso en marcha el Centro por encargo de San Josemaría, en 1958. Desde entonces se había hecho mucho pero, aún así, estábamos en los inicios.
Creo que fui el primero en invitarle a comer en casa. Preparamos todo para acogerle tan dignamente como era posible en un piso alquilado de la, entonces, Plaza del Alcázar. Le invitamos a que tomara asiento y al intentarlo la silla cedió hecha añicos y dio con Alfonso en el suelo y un buen golpe en su cabeza.
Quiero decir que el Profesor Nieto lo tenía difícil para cuidar, igualar o superar el entorno próximo en todos los órdenes y peliagudo en el ámbito nacional con Fraga dando voces por los pasillos del Ministerio, periodistas sangrando por su Ley de Prensa, muchos papás replanteándose la vocación informadora de sus hijos y Franco de cacería por El Pardo.
Otro que no fuera Alfonso Nieto hubiera declinado el encargo. Pero Alfonso era un serio académico asturiano, un fajador duro en el ring y en la vida de cada día, con una irrenunciable atracción de científico alemán clásico por el concepto, objeto y método de la vida, la amistad, la academia y la profesión periodística. Y aceptó, para el bien de todos.
El primer beneficio fue para la sometida empresa periodística de aquellos años a la que dio nombre ? Informativa -, concepto y sentido. El segundo fue para los profesionales convertidos en materializadores de la idea empresarial de donde veníamos a ser co-empresarios. A partir de ahí empresa e informadores jamás han dejado de mirar a Pamplona porque aquí había ideas.
En 1972 el Instituto de Periodismo dejó paso a la Facultad de Ciencias de la Información y Alfonso Nieto fue su primer decano. Siete años después fue nombrado Rector de la Universidad a la que sacó reforzada, fundamentada e indemne de todas las veleidades de esos años. En medio de tanta acción tuvo tiempo para una intensa labor docente e investigadora plasmada en una abundante y actual bibliografía. También para dirigir mi tesis doctoral dimensionada en un milhojas como le gustaba decir y para extender su labor y magisterio por medio mundo, literalmente. Y para conocer Navarra entera, sus valles y montañas como pocos. ¿Verdad José Javier?
Quienes vivimos con intensidad la Universidad de Navarra conocemos la capacidad de Alfonso Nieto para la rápida de comprensión de las cuestiones en todos sus términos y su decisión para afrontarlas. Una mañana de 1972 en una de sus visitas habituales a los estudios de radio, Juanjo García Noblejas y yo le hicimos ver que no teníamos un solo documento audiovisual del Gran Canciller de la Universidad. Nos pidió un presupuesto para los equipos necesarios de audio y cine, entonces todavía no vídeo. Era lunes. El martes tenía el presupuesto y lo aprobó esa misma mañana. El miércoles salimos de viaje y el lunes siguiente estábamos de vuelta con los equipos necesarios. Con ellos fueron filmadas un buen número de las tertulias de Mons. Escrivá de Balaguer en tantos lugares del mundo.
Mi último encuentro con Alfonso Nieto tuvo lugar en su despacho de la Universidad de Navarra hace solo tres meses. Me hablo de sus trabajos en marcha, de su enfermedad, de cómo le afectaba el tratamiento y del final previsto, incluso por fases y a no largo plazo. Lo hizo con la serenidad y la naturalidad con la que había actuado siempre. Me pidió una oración, el que tantas veces lo hizo por mí. Nos dimos un abrazo fuerte y prolongado. Hoy Alfonso Nieto ya conoce toda La Verdad, la que adoró siempre y que nos es revelada al final del camino.
El recuerdo de D. Alfonso Nieto permanecerá por siempre, porque él supo buscar la Gloria y porque también supo amar. Amó a su profesión; amó a sus amigos; amó a la Ciencia; amó a su trabajo y amó a la vida. Un hombre que ama de verdad no muere jamás porque permece vivo en todas aquellas personas que le aman y en todas aquellas a las que ayudó, que han sido muchas. El Amor es un sentimiento eterno, de modo que quien ama de verdad, vive ciertamente y a un hombre se le conoce que ama por sus obras. Ahí quedan las de D. Alfonso y ahí queda su ejemplo.
Aquel que ama a los semejantes, a quienes ve a diario, ciertamente ama a Dios Todopoderoso, a quien no se le ve pero bien que se le siente.
Absolutamente convencido de que al Amor jamás rechaza al amor, aunque sea el pobre amor humano lleno de limitaciones y de defectos, sé que ahora el excelente profesor se halla donde el tiempo ya no cuenta. Sin embargo, y como bien sabía D. Alfonso, al´li donde el tiempo cuenta es importante no pererlo y dedicarlo a lo que merece la pena.
Ignacio Población