Las
transfusiones de sangre son algo común y de gran importancia
en la
práctica médica habitual. Es de sobra conocido
que uno no puede recibir
cualquier tipo de sangre, sino que sólo puede recibir sangre
de un
grupo sanguíneo compatible. Esto se debe a que los
glóbulos rojos
tienen en su superficie unos azúcares que actúan
como
antígenos,
y que por tanto son reconocidos por anticuerpos específicos.
Por ejemplo (ver figura adjunta) los individuos del grupo A
tienen sus hematíes cubiertos por un azúcar
llamado
N-acetil-galactosamina;
los individuos del grupo B tienen anticuerpos contra esta sustancia, de
modo que si reciben sangre del grupo A los anticuerpos
reconocerán ese
azúcar y la sangre donada será destruida. Lo
mismo sucede con el grupo
B, aunque en este caso el azúcar que actúa como
antígeno en la
superficie de los hematíes se llama
galactosa.
Los individuos del grupo O no tienen ninguno de estos
azúcares en sus
hematíes, por lo que su sangre puede ser transfundida a
cualquier
persona sin problemas (son
donantes
universales); ellos, en cambio, sólo pueden
recibir sangre de ese mismo grupo.
Aunque
los bancos de sangre suelen estar suficientemente abastecidos en
circunstancias normales, la escasez de sangre disponible para
transfusiones es un problema sanitario que se hace especialmente grave
en determinadas situaciones, como catástrofes, accidentes,
etc. Además,
en algunas regiones donde gran parte de la población es del
grupo O
-como sucede en América- es difícil tener
cantidades suficientes de
sangre para hacer frente a las necesidades habituales o a posibles
emergencias. Por esta razón sería muy interesante
poder
tranformar
cualquier tipo de sangre en sangre del grupo O, que se
puede transfundir a personas de cualquier grupo
sanguíneo.
Los
intentos de modificar la sangre de los grupos A y B para convertirla en
sangre del grupo O comenzaron en los años 80, pero las
reacciones
químicas empleadas eran poco eficaces y alteraban
sensiblemente la
sangre, por lo que nunca llegaron a utilizarse en humanos. Ahora,
un grupo danés
ha publicado en la revista
Nature
Biotechnology un
nuevo método
que podría realizar esta función. El
método se basa en la utilización
de unas enzimas que eliminan de la superficie de los
hematíes los
azúcares de los grupos A y B, de modo que la sangre de esos
grupos
queda "convertida" en sangre del grupo O. Para obtener esas enzimas,
los investigadores han analizado las propiedades de unas
2.500 moléculas
distintas procedentes de hongos y bacterias,
hasta dar con unas que funcionan con gran eficacia. Además,
la reacción
se lleva a cabo en unas condiciones que no dañan los
glóbulos rojos,
por lo que la sangre está en perfectas condiciones para
poder ser
transfundida.
Habrá que esperar a los resultados de los
ensayos clínicos,
que ya han comenzado, para determinar la eficacia y la seguridad de
este tratamiento en humanos. Si el método funciona,
tendrá sin duda un
gran impacto en la disponibilidad de sangre y en la seguridad de las
transfusiones que se realizan rutinariamente en los hospitales.