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De la esponja al cerebro

Nuevos datos sitúan el origen de los animales mucho antes de lo que se pensaba
5 de febrero de 2009


Desde hace décadas los científicos discuten acerca del origen de los metazoos, es decir, los animales formados por varias células (entre los que, por supuesto, nos contamos los humanos). Ya Darwin y sus contemporáneos estaban intrigados por la “súbita” aparición de fósiles de animales en el periodo Cámbrico, que hoy sabemos que comenzó hace unos 540 millones de años. Estudios posteriores encontraron fósiles de animales multicelulares más antiguos que vivían en el mar. Dos estudios recientes añaden nuevos datos a esta historia.

Una investigación publicada en la revista Nature demuestra la presencia de animales parecidos a las esponjas hace 635 millones de años. Estudiando rocas de esa antigüedad, los científicos han encontrado un tipo especial de esteroide que sólo se encuentra en esas esponjas, y que se emplea como un marcador de la presencia de restos fósiles de estos animales. Este hallazgo adelanta en varios millones de años la fecha más probable para la aparición de los metazoos, en un periodo en que la tierra estaba helada y sólo el fondo del mar contenía cantidades suficientes de oxígeno como para permitir la vida de estos organismos.

Por otro lado, una de las versiones más aceptadas sostiene que los animales superiores proceden de organismos multicelulares más sencillos, como las esponjas o medusas. En cambio, un estudio publicado en la revista PLoS Biology sugiere que el ancestro común a todos los metazoos era muy similar a un animal marino muy simple llamado Trichoplax adhaerens. Según estos investigadores, a partir de este organismo se habrían originado dos ramas paralelas de animales: esponjas, corales y medusas por un lado, y el resto de los animales por otro. El problema con esta hipótesis es que implica que ciertas características complejas, como el sistema nervioso o los órganos sensoriales, aparecieron independiente y por separado en ambas líneas. Esto encaja con el hecho, demostrado recientemente por estos mismos autores, de que el genoma del Trichoplax contiene un número sorprendentemente alto de genes, incluidos los genes necesarios para formar los patrones corporales de animales más complejos (ver "La elegancia del erizo"). Al parecer, las herramientas genéticas necesarias para construir animales con un plan corporal complejo ya estaban presentes mucho antes de lo que se creía.

Javier Novo
Departamento de Genética

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