En
cualquier campo de la medicina, desde el cáncer a las enfermedades
cardiovasculares o neurodegenerativas, hoy en día es imprescindible el
uso de animales de laboratorio cuyo genoma ha sido modificado para
que reproduzcan alguna patología humana. Disponer de un buen
“modelo”
para una enfermedad facilita enormemente el estudio de los mecanismos
moleculares que la causan, así como el diseño de nuevos tratamientos
que puedan curarla.

El
premio Nobel de Medicina de 2007
reconoce la labor de tres científicos que desarrollaron la
tecnología necesaria para generar animales con modificaciones genéticas
específicas.
Mario Capecchi y Oliver Smithies, a principios de los años 80, sentaron las bases teóricas y experimentales de lo que se conoce como
“gene targeting”,
es decir, algo así como “tiro al blanco genético”. Demostraron que era
posible modificar específicamente el genoma de una célula alterando un
gen concreto en un sitio preciso.
Por esos años,
Martin Evans
había conseguido obtener células madre embrionarias de ratón, que
podían introducirse en otros embriones y contribuir a la población
celular de éstos. La convergencia de ambas líneas de trabajo posibilitó
la generación, en 1989, de los primeros
ratones “knock-out” (en los que se ha “noqueado” un gen) y
ratones trangénicos (en los que se ha introducido alguna alteración genética transmisible).
Desde
entonces, esta tecnología ha dado numerosos frutos en la investigación
biomédica. Por un lado, ha permitido conocer mucho mejor los procesos
de diferenciación celular durante el desarrollo embrionario. Además, es
imposible calcular
cuántos pacientes se habrán beneficiado de estos avances: los ratones
modificados genéticamente son una herramienta clave para comprender
bien una enfermedad y desarrollar
estrategias eficaces que permitan combatirla.